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El Regalo — capítulo 2

-¿Matarlo?

-Así, es. Pero bueno, chico, a las once de la noche, yo estaba con un nudo en el estomago, y me sentía como un enamorado. Los nervios me aplastaban el alma, y luego las campanadas…una, dos… y doce. Las luces se volvieron a apagar, y se encendieron apenas me percaté de que las campanadas seguían sonando… Vi entonces que la oscuridad me había dejado una vasija de piedra, que desprendía un brillo plateado. Corrí hacia ella, y me incliné hacia esa sustancia plateada, que no paraba de arremolinarse…

-Un Pensadero.- afirmé.

-Un Pensadero. Apenas mi nariz tocó la punta de esa sustancia, y me vi absorbido por ella. Cerré los ojos, y cuando los abrí, me encontraba en un lugar totalmente distinto.

Fue el turno de Abertforth de bajar la mirada. La mirada de Abertforth se ensombreció cuando me observó nuevamente. Parecía más viejo, y las arrugas en su cara más notables. Unas profundas ojeras habían aparecido bajo sus ojos en unos segundos. Se veía tan anciano y desgastado como el profesor Dumbledore antes de morir.

-Volví a ver la muerte de Ariana. Pero desde otro punto de vista. Yo miraba todo como sí solo fuera un testigo, y no parte del momento. Me vi a mi mismo acusar a Albus de egoísta y… amenazar a Grindelwald con matarlo sí no se alejaba de nosotros. De Ariana…la volví a ver llorar, destrozarse…perder el control. Y volví a ver a mi hermana morir. Las cosas fueron más claras esa vez…Y más dolorosas también.

Guardamos silencio por unos minutos que se me antojaron eternos, quizás por el hecho que no sabía que decir o hacer. No me atrevía a brindarle a Abertforth algunas palabras de aliento o una palmadita en la espalda. No sabía sí debía decir algo, por lo que preferí no decir nada.

Fue Abertforth quien rompió el silencio, contando su historia nuevamente con voz ronca. Había en sus ojos un brillo de determinación que jamás había visto en él.

-Era el Regalo del Perdón. Albus…siempre cargó con la culpa de la muerte de Ariana. Siempre se sintió culpable y se arrepintió de todo corazón sobre lo que hizo. Nunca se perdonó a sí mismo, y yo tampoco lo perdoné a él. No entendía su dolor. Creí que para él, no había sido importante…ese recuerdo me hizo entender que estaba muy equivocado.

-Lo siento mucho.

-No te disculpes, Weasley. No tienes porque pedirme disculpas a mí. Pregúntate a cuantas personas has herido está noche, y todas las anteriores con tu amargura. No es a mí a quién tienes que decir "lo siento mucho"- masculló a medias. Baje la mirada, avergonzado, y con la sombra de la culpa comenzando a aparecer en mi corazón.- Cuando el recuerdo hubo terminado, me encontré otra vez en la solitaria Cabeza de Puerco. En ese entonces estaba furioso con Albus por haberme hecho recordar la muerte de Ariana. En ese entonces, no entendí que con ese recuerdo, Albus me pedía perdón por todo el daño. Me embriagué, así como tú estás haciendo, y me deje caer en un abismo desesperanzado por toda la hora siguiente. Rompí vasos, tiré mesas…- Me pareció que su voz estaba hablando en un tono de arrepentimiento.- Maldije a todo el mundo. Maldije a Albus, a la vida, a Ariana, a mí. A todo. Y las doce, las campanadas comenzaron a sonar…una, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce. Doce campanadas indicando medianoche. ¿Y sabes qué pasó, Weasley?- me cuestionó, bruscamente.

-¿Se…fueron las luces?- pregunté tímidamente.

-No. Me morí.

-¿Te moriste?

-Sí, me morí. ¿O estás sordo?

-No, no…-interrumpí rápidamente, con el ceño fruncido.- Solo que no entiendo como…

-Entre mi furia había hecho demasiado ruido. Unas voces frías se escucharon cerca de mi puerta. Me asomé por la ventana, y vi que eran dos tipos encapuchados. Supe, sin ver nada más, que eran mortífagos. Me exigieron que les abriera, y yo empecé a buscar mi varita…pero entre el revuelo, no logré encontrarla. Los mortífagos entraron por la fuerza, volando la puerta en pedazos. Lo último que vi fue, la varita de uno de ellos, apuntándome. Un rayo de luz verde, unas palabras burlonas… Sentí frío, sentí miedo…supe que moriría. Estaba desarmado, débil, medio ebrio…era el fin… y lamenté haber culpado a Albus de todo. Lamenté no haberlo perdonado. Lamenté haber vivido toda mi vida amargado, deseando que todo terminara pronto, para alejarme de este estúpido mundo podrido. Lamenté todo eso, y supe, aún así, que mis lamentos no servirían de nada. Pues moriría.

-Pero…Pero… ¿cómo puede ser qué haya muerto, sí está aquí hablando conmigo…?- pregunté, con la voz quebrada.

-No te asustes, chico. Que sigo vivo. Y no estás hablando con ningún muerto. Todo se volvió oscuridad después del rayo verde. Me vi envuelto en algún tipo de sueño, pero era tan real, que creí estar viviéndolo. ¿Sabes qué vi, chico? Pues, vi una noche oscura, fría y lluviosa. Las gotas caían sobre un pequeño y solitario cementerio, de lápidas grises y abandonadas. Yo no era un humano, no era nada…solo veía, pero no podía hacer nada. No creo que lo entiendas, porque nunca lo has vivido en carne propia. Yo era, sin ser. Yo veía sin ver, y sentía sin sentir. No era algo. Nunca lo fui. Descubrí que era, solamente, un nombre grabado en una tumba. Una tumba sin ninguna flor, cubierta de polvo y telarañas. Obviamente nadie la había visitado nunca. Y ahí yacía el viejo Abertforth, el cascarrabias tabernero de Cabeza de Puerco. - Suspiro, con cierto cansancio.-Fue el dolor más grande de toda mi vida. Hasta que desperté, en mi cama. Vivo, sano y salvo. Cuando apenas comencé a creer que todo pudo haber sido un sueño…encontré una carta nueva en mis manos.

-¿Y qué decía?- pregunté. Finalmente, el regalo final había llegado. ¿Qué podría ofrecerle Dumbledore a su hermano? ¿Dinero, poder?

-Y pensar que haces un momento fingías no estar interesado.- agitó, nuevamente, su varita, e hizo aparecer una carta, la cual comenzó a leer inmediatamente.-"Querido Abertforth. He hecho mucho daño a muchas personas durante mi vida. Han sido tantas que ya perdí la cuenta. Pero a ti, mi querido hermano, te he hecho tanto daño y causado demasiado dolor. Cuando leas está carta, seguramente yo estaré muerto. Decidí darte estos tres regalos, para recompensar el dolor que te he causado. Sé que no será suficiente, y seguramente no entenderás hoy el significado de estos regalos. Pero algún día, lo harás. Tu vida necesitaba tres cosas para ser feliz. La primera, necesitabas un motivo para vivir. Necesitabas creer en un futuro. Por eso, te di un motivo por el cual hacerlo. El Regalo del Futuro. Necesitabas sanar tu corazón de esas heridas del pasado, y por eso, te di mis recuerdos, para que perdonaras a tu estúpido y torpe hermano por haber abusado de la soberbia y olvidarse cada Navidad de lo que realmente era importante. El Regalo del Perdón. Y por último, valorar esa hermosa vida que se te ha dado, y salir de ese profundo abismo al que habías estado metido estos últimos años. El Regalo del Amor a la Vida. Juntos, estos tres, te dan la felicidad. Y la felicidad, es ese regalo perfecto que te prometí. El final de esta aventura, es ser feliz. El Regalo Supremo de la Felicidad. Hermano mío, sigue creyendo. Feliz Navidad. Tu hermano, Albus."

Guardé silencio inmediatamente. ¿El regalo final, supremo y perfecto…era ser feliz? No lo entendí.

-Sé lo que piensas. Que es una estupidez.- dijo, como sí leyera mis pensamientos.- Pero, apenas leí esa carta…-bajo la voz hasta convertirla en su susurro.- Lloré como nunca antes. Solo por esta carta logré, perdonar a mi hermano.No se lo digas a nadie, o te arrepentirás. -Me amenazó, con una sonrisa.-Esa carta traía una posdata. "Por cierto, Abertforth. La próxima Navidad, a la medianoche, pide un deseo. El que sea. Escógelo bien, porque se te será cumplido, sea lo que sea."

Un extraño calor brotó de lo más profundo de mi corazón. La próxima Navidad… ¡eso significaba que está noche Abertforth pediría su deseo!

-¿Entonces, está noche…?- me interrumpió con una pícara sonrisa. Me recordó aún más a su fallecido hermano.

-Así es, chico. Está noche, a las doce, pediré mi deseo, con la esperanza de que se me sea cumplido.- afirmó, alegremente.- Estoy seguro de que se me será cumplido. No me explico cómo, no me explico aún cómo sucedieron todas esas cosas esa noche, pero…

-La noche de la Batalla de Hogwarts. - Lo interrumpí.- Harry "murió" por unos instantes. Nos lo contó. Dijo que durante ese corto tiempo, se encontró en la estación King's Cross. Y ahí charlo a Dumbledore. Y Harry dijo que él tuvo la oportunidad de irse y no volver…-aseguré, con un hilo de voz.- Pero algo lo hizo quedarse aquí. Quizása Dumbledore…, quizás él sintió lo mismo. Aún le quedaba algo que hacer antes de irse…para siempre.

-Buena deducción, chico.

-¿Cuál es el deseo?- me atreví a preguntar. Por un momento, creí que no me respondería. Pero lo hizo.

-Lo tengo todo, chico. Quiero pedir, una última aventura.- se levantó de su silla perezosamente. - ¿Dormirás aquí?

Guardé silencio antes de responderle. Mi mente le dio muchas vueltas al asunto, pero mi corazón siempre supo cual sería la respuesta. Creí que este viaje a Cabeza de Puerco, había sido casiinnecesario. Yo quería estar con mi familia. Pero había valido la pena poder escuchar, como cuando era niño, un cuento de Navidad.

-No.- respondí, seriamente.- Creo que también tengo que realizar una última aventura

-Somos tan parecidos, chico. Feliz Navidad. Nos veremos…algún día.

No entendí porque dijo lo último en un tono tan misterioso. Recuerdo haberle sonreído, antes de salir de esa caverna. No me había fijado, pero jamás había estado tan limpia.

La última vez que miré a Abertforth, sus ojos azules se despidieron de mí como un padre haría de un hijo. Nunca lo había visto tan jubiloso. Pareciera que irradiaba felicidad.

Esa Noche Buena, llegué a mi casa, acompañado de las doce campanadas que indicaban medianoche. Apenas abrí la puerta, y me encontré con el rostro lloroso de Hermione, quién, cómo me ama demasiado, se abalanzó a mis musculosos brazos…

-¡Arg! ¿En serio hiciste eso, mamá?- preguntó mi pequeña Rose, con un brillo divertido en sus ojos que querían fingir asco.

-¡Ron!- me regañó Hermione, entre divertida y seria.

-¿Qué?- pregunté, con una sonrisa.- ¡Es la verdad!- me defendí.

-Papá.- dijo Hugo, con voz aburrida.- Eso es muy cursi. ¿No te lo estás inventando, como cuando nos dijiste que te enfrentaste a un basilico enorme, y lo venciste usando una mano? ¿O cuándo nos contaste que salvaste a mamá de un mono? ¿O cuándo…?

-¿Le dijiste eso, Ron?- interrumpió Ginny, al lado de Harry.

-De acuerdo, de acuerdo. A veces exagero las cosas-admití-Pero si tuve muchas batallas, las cuáles gané todas…

-¡Papá!- interrumpieron Rose y Hugo al unísono, estallando en una carcajada.

-¿Y bien? ¿Cuál fue el deseo del viejo Abertforth?- interrumpió Ginny.

-No lo sé.- mascullé, encogiéndome de los hombros.- Murió esa misma noche.

-Que triste.- murmuro Ginny, bajando la mirada. Los niños reprocharon el final con un abucheo

-Yo no diría lo mismo.- interrumpió Hermione, con una sonrisa de sabelotodo.- Creo que Abertforth escogió un deseo muy peculiar.

-Yo creo que también debemos ir a dormir.- dijo Harry, con un bostezo.

-Deberíamos visitar la tumba del viejo Ab mañana en la tarde.- le susurré a Hermione, poniéndonos de pie. Ella asintió tranquilamente.- No cualquier hombre escoge la muerte como regalo de Navidad.

-Es cierto. Pero…tal como te dijo, solo le faltaba una aventura más para estar completamente completo.

Mis ojos se quedaron en el árbol de Navidad, al lado de la chisporroteante chimenea, que adornado de luces y esferas de colores me daba un singular sentimiento. La esperanza.

-Pero a nosotros nos faltan muchas aventuras más.- murmuré. Por toda respuesta, Hermione me tomó la mano.

-Feliz Navidad, Ron.