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Érase una navidad, hace 17 años... — capítulo 2

Teddy Lupin seguía sin moverse de su sitio. Con la mirada fija en el paquete que su abuela acababa de entregarle, la mente se le fue en un sinfín de recuerdos creados a partir de las anécdotas que Andrómeda, Harry y los demás le habían contado acerca de sus valientes padres quienes lucharon hasta el último aliento por devolver la paz al mundo mágico en el que ahora él vivía tranquilamente.

— ¿Teddy? —Victoire seguía ahí, pero él no le prestaba atención— ¿Quieres que te deje solo?

El muchacho al fin regresó a la realidad… acarició suavemente la mano que aún lo sujetaba y la miró a los ojos con dulzura.

— Te necesito aquí… conmigo —dijo finalmente.

Hacía muy poco que habían comenzado a salir, si bien su relación aún era un secreto que guardaban celosamente ellos dos y su abuela, toda la familia sospechaba que tarde o temprano habría algo entre ellos.

Haciendo acopio de su valor, alargó el brazo y tomó el paquete entre sus manos. Era pequeño, pero pesaba lo suficiente como para guardar en su interior un gran tesoro, que traería a él más pruebas que confirmaran la existencia de esos grandiosos seres de los que todos hablaban maravillas, más pruebas de que sus padres de verdad existieron.

Retiró el papel que lo cubría y con una enorme curiosidad y necesidad de saber qué contenía la pequeña caja, procedió a abrirlo cuidadosamente para que nada de lo que estuviera ahí pudiera caérsele por accidente y terminar hecho añicos.

— Lo sabía —susurró para sí mismo.

Un reloj de oro, con planetas y estrellas en lugar de manecillas, era lo primero que se podía apreciar, parte de la tradición mágica al cumplir la mayoría de edad. Al sacarlo encontró una cajita que decidió dejar para después al ver que en el fondo había un trozo de pergamino viejo doblado un par de veces.

— Una carta —volvió a hablar para sí mismo.

Por primera vez en todo el tiempo que llevaban ahí, soltó la mano de Victoire y se apresuró a sacar el pergamino para desdoblarlo y leer lo escrito.

Una foto de sus padres sonriendo con él en brazos cayó al piso y eso fue suficiente para que sus ojos se llenaran de lágrimas con las que luchaba para no dejarse vencer.

Querido hijo:

Si estás leyendo esta carta es porque seguramente no sobrevivimos a la guerra y hoy estarás cumpliendo tu mayoría de edad.

Quiero pedirte perdón por haberte dejado. Tu padre tenía que ir y luchar, ayudar a Harry a terminar con esto, era una promesa que tenía con James, el padre de tu padrino, pero yo… Sé que pude haberme quedado contigo y con la abuela… y no lo hice, no lo haré. Perdóname, porque mi decisión de seguir a tu padre, aún ahora, antes de la gran batalla que se avecina, ya tomé una decisión y aunque él no lo sepa, iré tras él y lucharé a su lado. Yo también me siento comprometida con el mundo mágico que durante muchos años protegí siendo auror.

Me gustaría poder haber pasado más tiempo contigo, verte crecer y contarte lo difícil que me fue atrapar a tu padre. Ese lobito terco fue duro de cazar, el muy tonto creía que no se merecía ser feliz y aún cuando lo logré, se negaba a tener hijos por el temor de pasarle su condición a un pequeñín. Pero sabes, yo sé que tú serás un niño sano y hermoso. ¡Seguro hasta serás metamorfomago como yo!

Pasando a tu regalos. Ese reloj me lo dio tu abuelo, Ted Tonks, lo compró el día que les dije que estaba esperándote. No sé cómo pero desde el primer día él sabía que serías niño y me dijo que te lo diera cuando cumplieras la mayoría de edad. Creo que él tampoco tenía mucha fe en que sobreviviría después de la guerra, como vez, nuestra pequeña familia se redujo a tu abuela y tú, pero espero que pronto la hagas crecer con muchos niños… Bueno, no tan pronto, apenas tienes 17 años, tienes toda una vida por delante y no quiero presionarte.

En la cajita que seguramente no abriste por desesperado, encontrarás los anillos que durante algunos meses usamos tu padre y yo. Esos son regalos de la abuela. Creo que mi tía Walburga se moriría (de nuevo) del coraje si supiera que los anillos de plata de la Noble y Ancestral casa de los Black llegaron a ser nuestros. Espero que cuando llegue el momento, tú y la chica con la que decidas compartir tu vida, los usen.

Quiero que sepas que todo lo que hicimos fue por ti; queríamos darte una vida mejor que la que nosotros tuvimos y una vida más pacífica que la que tu padrino y sus amigos tuvieron que vivir.

Seguramente en tus tiempos se conocerán algunos datos de la guerra contra el malnacido de Voldemort, pero no creas nada de lo que te digan afuera, la única verdad es la que te contarán Harry, Hermione, los Weasley y tu abuela.

Bueno, creo que ya me extendí demasiado y tu padre se niega a escribir, pero me dijo que te dijera que te ama y que hará todo lo que esté en sus manos para terminar esta guerra y regresar a casa a salvo para vivir nuestras vidas llenas de paz y amor.

Lo sé, no lo logró… ni siquiera yo lo logré. Pero te amamos, hijo, no importa el tiempo que pase ni dónde nos encontremos… Siempre te amaremos.

Con amor,

Mamá y Papá

Una única lágrima se deslizó por el rostro de Teddy al tiempo que doblaba el pergamino y volvía a colocarlo en su lugar, se puso el reloj en la muñeca izquierda y tomó la cajita en donde el par de anillos permanecían aún sin ser descubiertos.

— ¿Te importaría esperar a que tus padres y mis padrinos crean que es correcto? —dijo aún con lágrimas en los ojos, pero con una enorme sonrisa en los labios mirando a Victoire que ahora era quien permanecía inmóvil.

— Sí —fue lo único que pudo responder.

— No te preocupes, sé que serás tú… siempre has sido tú.

Teddy Lupin la besó tiernamente y se levantó de su lugar invitándola a seguirlo. Salieron de casa de su abuela con rumbo a la casa de los Potter donde celebrarían la Navidad en compañía de sus familias.

En el piso superior, Andrómeda Tonks miraba una foto de su hija abrazada de aquel hombre que a pesar de las diferencias de edades, logró darle una corta pero muy feliz vida en familia.

Una parte de ella le decía que había actuado mal por haber metido la foto en el paquete, pero por otro lado, sentía que si ella se la hubiera dado desde pequeño no hubiera sido lo correcto, tenía que ser en un buen momento. Como ahora.

Tomó la foto entre sus manos y suspiró.

— Creo que hemos hecho un buen trabajo, Dora; Teddy es un gran hombre.