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Un bebé detiene la guerra — capítulo 5

Se había estado mirando en el espejo, mientras se probaba aquel vestido que el profesor había "comprado". Mientras estaba sentada en la cama, admirando el traje. Se preguntó; cómo era la madre de su ex profesor de pociones. ¿Podría ser una mujer con una personalidad como él? O al contrario, ¿una mujer encantadora? No podía precisarlo. Porque su hijo era una cosa distinta a la madre. ¿O tal vez era su culpa? No estaba segura de sentirse confiada, con su presencia. Severus permanecía sentado en un largo sofá, mientras una mujer de largos cabellos negros y un rostro pálido, blancuzco, le observaba con una sonrisa casi perceptible. Apenas moviendo sus labios. Snape mantenía los ojos cerrados. — Entonces no estás confiado en que ella termine amándote. ¿Me equivoco, Severus? Asintió, abriendo los ojos pesadamente. Aquella mujer, se acercó hasta estar a centímetros de él y colocó una mano sobre las suyas, que estaban firmemente unidas en su regazo. — Relájate y permíteme conocerla. Planificaré una cena y veremos. Ladeó la cabeza hacia ella, como si se tratara de un peso muerto. La dejó caer y suspiró profundamente. — No creo, sea buena idea. Creo que ella estaría presionada. Temerosa de acceder a una petición así. Ella volvió a sonreír y alzó una de sus manos, para apretar su hombro suavemente. Severus no volvió a hablar al respecto. — No tienes nada que temer, querido. Sé que ella entenderá y apreciará nuestro encuentro. Hermione se había quedado dormida, esperando. Por supuesto que comprendía que alguien como él, tenía obligaciones. No tomaba en cuenta; el hecho de que ella no tenía nada más en su vida. Y que pasaría el tiempo encerrada. Y no quería hacerlo, para no sentir tristeza. Ella no era tan necesaria como él.  Se sentó en la cama y se frotó los ojos con un bostezo ahogado. Escuchó ruidos en la planta inferior y supuso que él ya había llegado. Ya estaba allí. Caminó lentamente y apareció detrás del librero. Allí estaba. Sentado en el sofá. Sin hacer nada más que meditar. — No quise despertarte.— dijo y ladeó la cabeza hacia ella. Hermione parecía nerviosa y podía entender las razones. O eso creía— ¿Te sientes bien? — Su madre...ella... creerá que es un tema prosaico. ¿Podré agradarle a alguien como ella? Me preguntaba si debía adoptar una postura, si debía actuar de una forma. Si siquiera debía no decir ciertas cosas. Se levantó lentamente, de aquel sofá. Caminó hasta detenerse frente a ella y negó con la cabeza. Casi de forma imperceptible. — Mi madre no te juzgará. Además, considerando su procedencia. Considerando mi propia procedencia. ¿Cómo sabía que estaba pensando en eso, precisamente? — ¿Cómo supo que yo pensaba en que iba a llamarme, sangre sucia? — Una vieja corazonada que he sentido durante muchos años. Caminó hasta el librero y la dejó allí, con una expresión de confusión. Antes de perderse tras las viejas escaleras, se detuvo y lentamente se dio la vuelta. La contempló, mientras ella se mantenía en su lugar. Quieta. — Mi madre te invitó a cenar. Por supuesto, a mi también. No creí que fuera una buena idea, pero ella insistió. Si prefieres cancelarlo. Despegó los labios, pero no supo qué decir. Al final, negó con la cabeza y sonrió a medias. No le apetecía, pero eso no significaba que tenía que arruinar la misión. El trabajo. — Me prepararé, cuanto antes. Severus asintió y subió las escaleras. Ella se preguntó si aquel vestido, era la excusa para conocerla. Para vestirla y darle clase. Y si Snape solo mentía para engañarla y llevarla a aquella cena. De pronto sentía que estaba convirtiéndose en una persona paranoide. Al subir las escaleras, tras él, lo miró sentado en su cama. Estaba limpiándose los zapatos y acomodaba su traje negro. Caminó hasta la habitación y miró el largo vestido negro, abierto en su espalda. con un corte bajo. Por supuesto que él no había comprado algo así. Ni mucho menos, haberlo emparejado con un par de hermosos tacones. Aquella noche, ella se veía y sentía distinta. Una mujer diferente. Y por supuesto, él no podía evitar notarlo. Además tenía que notarlo. Halagar a una mujer, era una parte muy importante. — Te ves hermosa, Hermione. Jamás le había oído hablar de esa forma. Mucho menos a alguien como ella. Severus bajó las escaleras hasta detenerse en el recibidor y ella lo siguió. — No está muy lejos, he notado que no te gusta aparecerte. ¿Cómo podía...? Claro. Como espía, tenía que notar los pormenores de las situaciones. Nada debía escapársele. Comenzaba a causarle miedo y se preocuparía por no enviar señales equivocadas. — Andando, entonces. Hermione asintió, tomando su brazo. Severus respiró profundamente  y pensó en aquel lugar. Rápidamente se dispersaron. Dejaron de sentir el viento en sus rostros y muy pronto, tocaron tierra. Severus ladeó la cabeza para mirar a Hermione. Parecía sentirse mejor. Aquella casa, pequeña. Le recordaba tanto a la madriguera. Tenía calor de hogar. Se podía respirar. — ¡Oh, Severus! Ya estás aquí.— su madre. Idéntica a él. Pero mujer— ¡Oh y...! Pero qué hermosa mujer tienes allí. — Buenas noches, señora Snape. — Buenas noches, querida— dijo, mientras soltaba un par de copas con vino, sobre la mesa. Sonrió y caminó hasta ella, para sostener sus manos. Hermione miró a Snape y éste asintió en silencio. — Pero si eres toda una muñeca. ¡Sabía que ese vestido era exactamente; como Severus te describió! Ven...hay algo que quiero enseñarte. ¿Seguro que puedes quedarte solo por un rato, Severus? Quiero enseñarle la casa y el resto de nuestras pertenencias. Severus se sintió abochornado y asintió ligeramente. Con una sonrisa suave, Eileen guió a Hermione, a través de un pequeño pasillo. Hacia la cocina. — Esta era nuestra cocina. Bastante humilde, pero era todo para nosotros. Hermione se preguntó si tenía algún aspecto de ser millonaria. También le gustaban las cosas sencillas. — Severus ya me lo ha contado, cariño. Que ambos deben tener un hijo. Lamento mucho que no haya sido tu decisión. Él no sabe qué hacer. Cree que al último momento, solo te rehusarás y... Pero tuvo que interrumpirla. — ¿Por qué teme eso? Eileen hizo un curioso gesto. Como si meditara en voz baja. Hablando consigo misma. — Pues no lo sé, cariño.— dijo con una sonrisa— pero cada vez que hablamos o lo miro a los ojos, tiene un brillo en ellos, que yo creía haber visto desfallecer. Algo hay en él, que lo motiva. Y creo que tiene que ver contigo. Muchas de sus preguntas se podían responder con eso. Pero le generaban más y más.