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La Tercera Generacion de Hogwarts II — capítulo 33
Último capítulo: Quienes más cuerdos se creen.
La melancolía era una sensación que la joven de bata blanca conocía. Había aprendido a mostrarla solo en momentos en los que la soledad le embriagase y entonces entonaba canciones que aprendió de niña en un pueblo que se había perdido de la faz de la tierra y de los recuerdos. Su largo cabello platino respondía brillando a los rayos de sol que entraban por la ventana de la amplia enfermería de Hogwarts.
La sala se encontraba vacía por primera vez en muchos meses. Samantha sabía que a una semana de acabar el curso escolar, ningún alumno quería pasarla en una camilla por un simple resfriado. Había empezado a entender la vida en aquel extravagante colegio y a admirar el coraje de unos niños que no les importaba subirse en una escoba voladora y caer desde varios metros de altura, ganándose varias lesiones.
Era una vida, una cultura, que no pertenecía a Samantha. Sin embargo, ella se escondía en ella como si de una bruja especializada en plantas se tratase.
-Me podría recetar unas pastillas para dormir, señorita.- pidió un niño sacándola de sus pensamientos.
La expresión que el niño le ofreció a Samantha la horrorizó, no era de inocencia sino de maldad escondida en una sonrisa sarcástica.
-¿Qué-qué quieres…?
-Soy Frank Badmood, hijo de Cayo Badmood, miembro honorífico del Clan del Ojo, como yo mismo. - Recitó como si estuviese diciendo que su padre era profesor.- Y sé perfectamente que usted no pertenece aquí. Es más, no pertenece a ningún sitio… -agarró de la muñeca a Samantha y formuló un conjuro transportador que hizo que la joven tuviese arcadas. El sitio al que fue transportada era muy ruidoso, sonaban claxons de coches que atestaban una calle principal cuyo techo era un cielo gris. Los transuentes que se topaban con ellos ignoraban que el joven estuviese vestido en una túnica y que la joven llevase un traje de enfermera del siglo XX.- O quizás, perteneces a las calles del mundo Muggle, dónde a nadie le importa quien eres y, como los humanos son seres egoístas, no harán nada por ayudarte.
-Devuélveme a Hogwarts, allí soy alguien…- sollozó antes de encogerse y vomitar sobre el pavimento gris, haciendo apartar a varias personas con traje y teléfonos móviles sobre sus manos.
Frank rió secamente y se quitó la túnica revelando un traje hecho a medida que le hacía varios años mayor. Volvió a agarrar a Samantha del brazo y la arrastró hasta el edificio que se encontraba justo en frente de ellos. Labrado en una placa metálica la entrada del lugar se podía leer: "Psiquiátrico de Londres."
Samantha intentó resistirse a entrar a ese lugar, pues no conocía las intenciones que aquel niño diabólico tenía. El hall del centro médico estaba repleto de guardias de seguridad y enfermeras que en seguida analizaron la escena que se presentaba ante ellos.
El niño susurró un conjuro al oído de la joven mientras su varita le apuntaba escondida en su chaqueta: "Veritate revelare".
-Perdonen las molestias, pero desconocía el número de teléfono del lugar…- su expresión se volvió teatralmente triste.- Es mi hermana. Nunca me he atrevido a traerla a ningún lugar como este… Pero cree que existe un mundo mágico, los magos, las brujas… ¡Cree que nació en un pueblo pesquero asolado por un hombre lobo!- miró a Samantha como si sientiese piedad por ella.- Esto es lo mejor para ti, hermana…
La dejó abandonada, tirada en el suelo de aquel lugar, del cual aparecieron doctores y enfermeros que la levantaron y la entraron dentro de unos pasillos repletos de gritos, suicidas y asesinos encerrados entre los barrotes de una cárcel y pastillas que les drogaban para ahogar los relatos de aquellos que más cuerdos se creían.
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Fue un beso prolongado, de amantes furtivos que saben que lo que hace está mal. Sus barbas se entrelazaron. Mientras que una era una mata de pelo negro, la otra era casi inexistente debido al color pálido que el rubio rojizo le caracterizaba. Sus ojos se encontraron prometiéndose cosas que sabían que quedaban lejanas.
-Christopher, creo…Creo que deberías contárselo a Lucy.- pidió el joven Louis Weasley mientras un rubor coloreaba sus mejillas. Cogió a Christopher Nott de la cintura y posó su frente contra la frente del que era el novio de su hermana.
-No quiero romper el corazón de Lucy, no quiero eso, sólo quiero…Que todo se arregle solo y fácilmente.- confesó con algo de vergüenza el Slytherin.
-No sé si podremos esconderlo durante mucho más tiempo…- razonó el joven justo antes de besar de nuevo y con dureza a Nott.-Aún así te animaré con todas mis fuerzas en tu partido de pasado mañana.
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-Es un honor para nosostras ser recibidas por usted, señor Loring, miembro del Clan del Ojo.- dijo la anciana entre una sonrisa de felicidad extrema. Sus ojos brillaban con la certeza de que se encontraba ante algo grande.-Aquí se encuentran las tres brujas procedentes de Salem que solicitó.- añadió haciendo una reverencia secundada por otras dos ancianas de cuerpos robustos, en contraste con la esquelética delgadez de la que parecía la líder.
Loring las observó durante un segundo antes de ofrecerles un asiento en Palacio de hielo que había construido sobre las muertes de muggles en un rincón escondido en Groenlandia.
-¿Saben por qué han sido llamadas?- cuestionó.
- Esperamos que se trate de que ha llegado la hora, señor. - miró a sus compañeras con algo de nerviosismo infantil.
Loring sonrió.
-¿La hora de qué?- concretó.
La líder de las Brujas de Salem se crispó y adoptó una expresión tan seria que parecía haber cambiado de persona.
-El momento más importante de la historia.- su rostro volvió a la felicidad contenida y el nerviosismo mirando de reojo a los semblantes serios de sus compañeras.- ¡Llevamos esperando este momento tanto siglos!- exclamó.
El hombre mostró una expresión neutra a la par que intimidante con la esperanza de hallar respuestas.
-¿Qué es lo que va a ocurrir?
La bruja soltó una carcajada y tuvo convulsiones por la misma, revolviéndose en su gélido asiento.
-Quizás es mejor que no lo sepa.- comentó en un tono helador la bruja de la derecha que no había cambiado su expresión en todo momento, mientras su aparente líder seguía removiéndose entre carcajadas y risas.
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Había doce tazas de té rotas a su alrededor. Por mucho que mirase los libros de la biblioteca de Hogwarts, jamás lograría acertar lo que le deparaba el futuro. Era terriblemente patético para Adivinación, ¿en qué momento se le había ocurrido coger aquella tediosa asignatura? Todas las manchas de té eran iguales, o demasiado similares, o, en general, inexistentes.
Soltó una maldición y lanzó el libro contra la estantería que tenía en frente, creando un ruido sordo que se prolongó por los pasillos contiguos.
-¿Qué demonios…?- exclamó una voz, cuya dueña apareció al lado de James al segundo. -¿Se puede saber que te ha hecho ese libro?
Brooks cogió el libro del suelo y le echó un vistazo al libro, sonriendo con aires de suficiencia.
-¿Qué?-preguntó el joven algo avergonzado.
-Puedo dejarte un libro más útil para Tercero. Este es para profesionales, Potter.- buscó un hueco entre la estantería que había sido golpeada y depositó allí el libro. A continuación, examinó varios lomos de libros con determinación hasta que finalmente sacó un tomo delgado.- Aquí tienes.
James alzó el brazo para tomar el libro: "Adivinación para principiantes, por Charlotte Breedlove". En su fuero interno, el joven se alegró de que fuese un libro delgado y con letras grandes, pues el examen era la mañana siguiente, y tan solo tenía unas pocas horas para aprender lo justo para aprobar.
-Gracias, Brooks.- le sonrió y abrió la tapa del libro, con la esperanza de que le fuese más ameno que los doce libros que había intentado acabar.
Antes de acabar de leer la primera palabra, Brooks se sentó al lado de él y le cerró la tapa del libro con algo de timidez.
-He estado investigando, Potter. Después de lo que me ocurrió con el basilisco dudé entre hacerlo o dejar que los problemas se solucionaron solos. Pero el basilisco, la muerte de Hagrid, el hombre encapuchado con las cicatrices en la cara… Son síntomas de que algo no funciona bien, y no me refiero a la barrera de Hogwarts, que no es que sea muy segura.
-Brooks, no creo que debas investigar mucho, la verdad. - comentó James.
La joven soltó una pequeña risa sarcástica.
-No creo que me afecte tu opinión. Pero si que me gustaría informarte de algo que he descubierto, por eso estoy hablando contigo.- hasta ese momento la muchacha había estado hablando mirando a la nada, pero en ese momento buscó los ojos de James.- El árbol genealógico de los Badmood no existe. Es como si hubiesen nacido de la nada.
El ceño de James se frunció:
-¿Por qué investigas a los Badmood?
Como respuesta, Brooks puso los ojos en blanco:
-Parece mentira que no te hayas dado cuenta de que ellos también son parte de los encapuchados. ¿Por qué vosotros sois, normalmente, el objetivo de los Badmood? ¡Qué casualidad que el Clan del Ojo también! Teniendo en cuenta que sois una de las familias más protegidas del castillo… Es obvio.
James se rascó la barbilla:
-¿Y deberíamos decirlo?-Brooks negó con la cabeza.
-Voy a continuar con lo que creo que te puede interesar. Como he dicho, no existen documentos en los que figure ninguna familia Badmood en ningún país. El rastro se pierde en los documentos de Cayo Badmood, que parece no tener padres.
-Quizás sea huérfano…
-Eso pensé, pero su fama de poder proviene de siglos atrás. De una familia de gran reputación. Pero, ¿qué familia? Ninguna, aparentemente. Así que busqué hombres llamados Cayo que perteneciesen a familias poderosas y que coincidiese con la edad del padre de Zoe y Frank.
-No me lo digas, es Cayo Dumbledure.
La joven le respondió con una mirada asesina.
-Cayo McOrez. El hermano de Tristan McOrez. ¿Sabes quién es? Es un antiguo auror de Eslovaquia que fue expulsado por conducta peligrosa y sádica. Pertenece a una de las familias más antiguas de magos del centro de europa y actualmente se encuentra en paradero desconocido para su propio gobierno.
-¿Cómo sabes todo eso? ¿Te metes en la Intranet mágica?
Brooks enrojeció y se levantó de golpe:
-Un mago nunca revela sus trucos, ¿no?
James se rió con burla:
-Eso es demasiado muggle.- James se levantó y se despeinó a la vez.- Muchas gracias de nuevo, Brooks. Aunque realmente no sé qué importancia tiene esto…
Cornelia puso los ojos en blanco:
-Simplemente ten cuidado con Frank y con Zoe, por muy fuerte que te creas, ellos lo son más.
-Tienes poca fé en la persona que mató a un basilisco.
-Tengo entendido que tú solo no fuiste…- dijo la joven sonriendo.- Mucha suerte mañana, Potter.
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Era la noche antes de la final Slytherin contra Hufflepuff y muchos alumnos en el castillo no podían dormir. Significaba día de exámenes finales. Día de hacer maletas. Y el último día en su hogar durante todo el año.
Comenzando por la torre de Astronomía, la cual acogía a estudiantes que observaban las estrellas en busca de respuestas a sus exámenes. Los estudiantes, de corbatas mezcladas, sin importar la Casa o a quien apoyarían mañana. Entre ellos, una Molly Weasley que se dejaba apoyar en el hombro de una amiga para no quedarse dormida. Le aliviaba el hecho de que no estuviesen en ese grupo ni su ex Leo, ni Mark Langsman, quien le suplicaba día tras día una oportunidad.
Bajando las escaleras del castillo, se podía encontrar a Joshep McKing y a Annie Gallahger interrogando a los cuadros en busca de respuestas a la muerte del hermano del difunto hijo del Ministro, el cual estaba obsesionado con hallar la pieza con la que podría empezar a montar un complicado puzzle.
En la sala Común de Hufflepuff se había montado una pequeña fiesta con la que pretendían animar a los jugadores que al día siguiente se jugarían el pellejo contra los despiadados Slytherin. Habían invitado a todo aquel que quisiese venir, destacando la presencia del propio Chritopher Nott, capitán del equipo contrario, acompañado por su novia Lucy Weasley y su amigo Louis Weasley. Este último les dejó espacio a solas y buscó a su hermana Dominique, quien se hayaba algo triste por dejar Hogwarts.
Por otro lado, en la sala Común de los de las corbatas verdes y plateadas, tan solo se encontraba Albus Potter, quien vencido por el sueño, se había recostado en el sofá; olvidando su propósito de evitar que la joven Alice Longbottom saliese sonámbula en busca del peligro. Lo que el joven Potter no sabía era la ausencia de muchos de los alumnos de su Casa aquella noche en sus camas, entre ellos, la joven de ojos verdes a la que pretendía proteger.
Llenos de libros y de apuntes esparcidos estaban las alfombras que cubrían el suelo de la Sala Común de los Ravenclaw, aunque sus alumnos estuviesen bebiendo refrescos y recordando aquellos momentos de aquel curso en los que más cercanos a la magia se habían sentido.
Por último, la Sala Común de los leones estaba casi tan vacía como la de las serpientes, debido al hecho de que la mayoría de ellos se encontraban o bien celebrando una futura victoria con los Hufflepuff, o bien estudiando en la biblioteca. Scorpius Malfoy era, junto a dos alumnos de primero, uno de los pocos que se dejó arropar por el calor del sofá y de su pequeño trozo de hogar en el castillo. Se encontraba solo, ya que Rose se había ido a dormir tras la ducha, como le había comentado otra alumna algo mayor.
El joven dejó a un lado el libro de Herbología que estaba leyendo y se abrazó así mismo hundiéndose en el sofá, repasando mentalmente conceptos, conjuros y clases de plantas mágicas.
Lo único que el muchacho no quería era pensar en el verano. Dejaría a sus amigos y viajaría con sus padres a un lugar lejano, dónde los límites entre el mundo mágico y el mundo muggle se desdibujaban. Parecía que su padre tenía la necesidad de escapar aquellos últimos años. Y también se sentía en deuda con los muggles, por lo que a aquellas tribus africanas que conocían la magia pero no la practicaban, les facilitaba elementos que les ayudasen en el día a día. Draco Malfoy había cambiado, y, quizás por desgracia, solo lo sabía él. Era un cambio en la personalidad de su padre de la que se sentía orgulloso, pero que mantenía en secreto debido a que el mago no quería que aquellos niños de tez morena se enterasen de que su héroe tenía un cruel pasado por el cual estaba manchado de sangre.
Fue Fred Weasley el que le sacó de sus pensamientos. Tenía una expresión nerviosa y estaba respaldado por su fiel acompañante, Susan Jordan, y la hermana mayor de esta, Moniq.
-Tío, ¿has visto a mi hermana?
Tuvo que pensar quien de todas las pelirrojas mayores de Rose era Roxanne Weasley, ya que a veces se hacía un cacao mental con todas esas jóvenes de rasgos tan similares.
-Sí, salió hace un rato de la Sala Común…
-¿A dónde demonios habrá ido?- maldijo Fred.- ¿Y a James?- en este caso recibió una negativa de parte del muchacho.
-¿Qué le ha pasado a tu hermana, Fred?- preguntó Scorpius preocupado de pronto por la joven muchacha Weasley.
-Llevo sin verla desde esta mañana... ¡Y son las doce de la noche!- respondió Moniq Jordan llevándose las manos a la cabeza.- Es raro. Extremadamente raro. Ni siquiera ha hecho la maleta.
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-Octavio.- susurró Alice Longbottom.
No pretendía gritar, como precaución en caso de que alguien estuviese por alguna zona cerca del bosque. Sabía que esta vez Albus no la seguiría, pues se había encargado de que bebiese una poción que lo dormiría durante horas.
El agarre que sintió la última vez en su antebrazo apareció de nuevo, pero sin tanta dureza como recordaba.
-¿Lo has conseguido?
Quizás si le dijese que no la tenía, evitaría que algo peligroso ocurriese en un futuro. Probablemente todos estarían más seguros sin que la piedra filosofal estuviese en manos de aquellos encapuchados. Sabía que estaba eligiendo un lado Oscuro.
-Tome.- la joven otorgó tanto la piedra original, que irradiaba una energía extraña, como la imitación a la figura alargada que mostró una torcida y desgraciadamente atractiva sonrisa como respuesta.
Y sin embargo, asegurarse de que sus amigos y su familia estuviesen un instante a salvo gracias a su elección se sobreponía a sus deseos de salvar el mundo.
La figura desapareció en un humo gris, dejando a Alice con el temor de llamarse así misma traidora.
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Era una escéna tétrica y terrorífica. Rozaba la tristeza a través de una extraña ira y fustración transmitida. Su autora la observó mientras tarareaba una canción que resultaba peculiarmente adecuada.
Enredado en un árbol se encontraba un cuerpo desnudo, cuya piel se encontraba en carne viva debido a que las ramas se habían encargado de sacudir el cuerpo. El peligroso árbol que se encontraba al pie del castillo parecía el autor de aquella pequeña barbarie. Las piernas de la víctima se hallaban enredadas en vertical, con numerosas heridas abiertas de las que goteaba sangre que coloreaba el suelo. Otras ramas ayudaban a la columna vertebral de aquel frágil y maltratado cuerpo a subir hacia arriba, de forma que la cabeza miraba directamente hacia el castillo.
El rostro de la joven tenía los ojos abiertos, pero mostraban un vacío inerte en contraste con la expresión de terror que el resto de la cara mostraba. Tenía el ceño fruncido, formando arrugas en la frente, y la boca abierta como si lanzase un grito silencioso. Por la boca asomaba un trozo de madera retorcido que había sido clavado desde la nuca, por dónde, escondido bajo una mata de pelo rojo, podía apreciarse. Una varita mágica.
Las manos de la joven estaban aprisionadas por ramas en su espalda, por lo que la muchacha hacía sobresalir sus pechos bajo un roído vestido rojo que tan solo le escondía los miembros que enseñaba al castillo. El vestido largo caía como una cascada rasgada hacia el suelo. En caligrafía un tanto atropellada, la autora había escrito un nombre con la sangre de la víctima.
"Ivonne".
La despiada asesina seguía tarareando la canción mientras guardaba su varita en la túnica con el Escudo de Slytherin. Un rastro de un grabado pudo verse en su arma mágica: "McOrez".
-Roxanne, you don´t have to wear that dress tonight…
El requiem dirigido a la víctima se convirtió en un susurro cuando las luces del amanecer rompieron la oscura luz de la noche.
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La anciana directora observó a todos sus alumnos abandonar el castillo, cabizbajos, con la promesa de un verano que les librase de la visión del asesinato de su compañera. Había tenido que dar el segundo discurso de defunción del año. Sus lágrimas mostraban más ira que tristeza. Comprensión ante una familia derrumbada que buscaba la razón de ese macabro acto.
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Nota de la autora:
¿Qué os ha parecido el final de esta segunda parte?
Me gustaría saber si alguien tiene interés en saber como esta aventura continúa.
Un saludo,
-A.