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La Tercera Generacion de Hogwarts II — capítulo 32
Penúltimo capítulo: Los que protegen a los inválidos.
Su tensa piel se comenzaba a transformar en pliegues debido al prologando tiempo que había permanecido su cuerpo sumergido en el agua. La porcelana de la bañera había perdido su frialdad, sustituida por el calor que el agua ardiendo irradiaba. La espuma de la superficie escondía bajo el agua un cuerpo desnudo y pálido, que llevaba inerte unos veinte minutos. El largo cabello, cuyos pigmentos de color rojo resaltaban sobre la porcelana blanca, caía fuera de la bañera como una cascada de fuego. El cuello de la muchacha descansaba sobre el bordillo de aquella bañera ubicada en la parte más escondida del baño de las jóvenes alumnas.
El rostro de Rose transmitía un estado de trance y de lejanía respecto al mundo real que hacía tiempo que no sentía. Sus ojos azules zafiro descansaban cómodamente tras sus párpados, aspirando el vapor que inundaba aquel recoveco.
Paz. Aquello que buscaba desde la muerte de Hagrid le era entregado fácilmente con un baño caliente y relajante. Ni siquiera le había hecho falta fragancias aromáticas, por lo que su habitáculo tan solo olía a vapor de agua y sudor.
En un instante, aquella frágil sensación se crispó y luchó por no esvanecerse por completo. Parecía irreal que un agarre gélido empujase la parte de arriba de su cabeza bajo el agua. Los dedos de su agresor le presionaron el cráneo con fuerza, impidiendo a la joven pelirroja volver a la superficie a por una bocanada de aire. Sus pies se resbalaron hacia la superficie, salpicando en el suelo numerosas gotas de agua. Sus ojos lucharon por abrirse, mientras sus pulmones ofrecían una resistencia insuficiente.
Su raptor soltó el agarre y Rose se alzó hacia arriba jadeando. Hinchó de nuevo, con los ojos cerrados, sus pulmones para gritar con todas sus fuerzas. Sin embargo, su agresor se posicionó delante de ella y le propinó un duro puñetazo en su boca, que enseguida hizo reventar el labio de la joven. El agua se tornó poco a poco de un fluido rojo que la comenzó a rodear.
La agresora volvió a sumergir a Rose en el agua, agarrándola esta vez del cuello. Los cabellos de la joven se agitaban y su rojo fuego se mezcló en el agua con el oscuro color de su propia sangre. A la vez que sus pulmones se aprisionaban bajo el agua, Rose volvió a abrir los ojos para toparse con la persona que la estaba ahogando.
Su mata de pelo rubia estaba desordenada y sus ojos grisáceos mostraban una ira que la joven jamás había experimentado. Se mordía su propio labio con saña y apretaba los dientes a la vez que su agarre. De pronto, zandarandeó el cuerpo de su víctima cuando se dio cuenta de que su rostro ya no era de horror, sino de sorpresa. De reconocimiento.
Gwendoline Cross presionó el agarre con más dureza a la vez que un rugido salía de sus entrañas. Satisfacción era el término que explicaba la sensación de ver a la pelirroja en su propia sangre bajo el agua, su duro cuello bajo sus manos, el rostro contraído de una muchacha que justo en ese momento supo que iba a morir. Las manos que Rose había llevado a los brazos de su agresora para detener el agarre perdieron fuerza y se dejaron caer en el agua.
Cuando una sonrisa sádica se asomó en el rostro de Cross, Rose cerró los ojos. En el fuero interno de la pelirroja, la adrenalina hizo que la joven agarrase con fuerza inesperada a Cross del brazo y la volcase sobre la bañera. Esto hizo que la mejilla de Cross se enrojeciese al recibir un golpe con la bañera.
Rose liberó sus piernas del peso del cuerpo de Gwen sobre ella, he hizo ademán de levantarse. Una mano se cerró sobre su tobillo impidiendo su huida. Los pulmones de la pelirroja trabajaron con rapidez para recuperar el oxígeno perdido. Y gritó.
La joven que estaba agazapada en la bañera, presionando sus uñas sobre el tobillo de Rose soltó un sonido gutural que parecía más un sonido de exasperación que un hechizo de teletransportación. Y despareció.
Fue una alumna de cuarto la que encontró, segundos después, a Rose Weasley con el pelo enmarañado y sangre saliendo a borbotones de un labio partido. Con el cuello enrojecido y de pie sobre una bañera que desprendía un vapor que difuminaba la escena y el agua roja que cubría las rodillas de la joven.
-Me he caído de la bañera…- explicó sin emoción alguna en la voz la joven pelirroja.
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En ocasiones, una extraña claustrofobia le acosaba a través de las paredes de su despacho. Era un hombre poderoso. Era el Ministro Mágico francés. ¿Desde cuando el poder era claustrofóbico?
Loring se rascó el pico de viuda que le nacía de la frente al analizar por segunda vez al hombre que se alzaba imponente al otro lado de su escritorio. Lo había visto las suficientes veces en su vida como para saber que él era la causa de la inoportuna claustrofobia que sentía en ese instante.
Poseía un rostro sin sangre, unos ojos negros como el más oscuro pozo del mundo, y unos dientes afilados que aterrorizaban a los grandes depreradores animales. Su cabello era tan negro como su iris y fino como las hebras de lino que surcaban la túnica roja que llevaba puesta. Su juventud y sus rasgos delicados le hacían temerle incluso en sus recuerdos.
-Estamos en proceso, Señor.- respondió Loring con cuidado.- Limpiaremos sin problemas todo aquello que usted considere una molestia. - los ojos del deprerador seguían esperando más explicaciones.- Un cambio brusco en el sistema no sería recomendable para el Ojo. Si tenemos en cuenta los factores que propician nuestra entrada en el poder, la cautela es un elemento importante.
-A Tristan McOrez no le importan los cambios bruscos, Loring.- el Ministro estaba acostumbrado a que su superior se refiriese nombrase a sí mismo siempre en tercera persona.- Si algún individuo tiene algún problema con eso, la eliminación resulta una solución apta. No tenga usted miedo de despertar dudas entre los que se creen protectores de los inválidos. ¡Las dudas son buenas!- río de forma macabra y Loring secundó su burla.
-De acuerdo, Señor.
El hombre de rasgos procedentes de una Europa profunda y antigua se dio la vuelta y abrió la puerta del despacho de par en par.
-Que todos mueran hasta que la encontremos a ella.
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La cicatriz que surcaba su rostro era lo que hizo saber a Theodor que su cómplice estaba en el fondo del bar atestado por estúpidos magos que se regoceaban en su supuesta y amada paz. El enorme hombre, de rasgos demacrados y pelo abundante, se sentó al lado de Montdark.
-A veces me dan ganas de hacer una carnicería en sitios como este.- rió sin bajar apenas su tono de voz. Su amigo no le reprimió porque sabía con certeza que la gente de su alrededor estaba inmersa en sus propios asuntos y no se percataban del peligro que les acechaba en la nuca.
-Cuiado con los impulsos, joven.
Theodor soltó una carcajada sarcástica.
-Las arrugas no marcan la edad, sino las palabras.
-¿Te consideras inmaduro? ¿Es un modo de afirmar que nunca acabaste realmente el primer curso de Hogwarts?- Montdark sonrió con nostalgia.- Perdona si aún te veo como aquel hombre lobo de grandes proporciones que tan solo tenía doce años cuando hizo su primera carnicería. - comentó imitando sus palabras.
El hombre sonrió sinceramente con nostalgia. Era una sonrisa demasiado torcida, demasiado presionada por los músculos que se le amontoban en el rostro.
-Que tiempos aquellos, es una pena que ni el director lo hubiese recordado. Entonces el problema hubiese sido yo desde siempre, no el inútil prepotente de John Tiddle. - se burló de aquel nombre con sorna, una broma que siempre compartía con sus secuaces en memoria de aquel hombre que se creyó poderoso por tambalear un poco el sistema inglés hacía veinte años.
-Podría ser perfectamente tu nieto, Theodor. - rió Montdark.
-No digas bobadas, mi nieto no se hubiese hecho añicos por la varita de un estúpido sangresucia. - le dio un trago a la cerveza de Montdark acabando con todo el líquido que contenía.- Mi nieto hubiese tenido las luces suficientes en la cabeza como para pegarle una hostia bien dada a Loring- volvió a reír.- Estoy deseando de que a alguno se le escape un Avada Kedavra… ¡Octavio podría ser su sucesor! Confío en ese chico…
-Yo confío más en Tristan, puede que sea un degenerado, pero tiene ideales que son a prueba de bala. Aún recuerdo aquella vez que me mandó asesinar a…- se calló en seco de forma confidencial.
Theodor volvió a reírse.
-Sé que has asesinado a más malditos magos de los que puedes recordar… ¡A veces solo soy tu amigo para que no me mates!- cogió una cerveza de un mago que estaba sentado en una mesa contigua y se lanzó el contenido de un trago a su estómago obviando los comentarios de su víctima.- Un puto basilisco como mascota… ¡Estás como una puta cabra, Monty!
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