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Tras la muerte — capítulo 2

Dos fuertes brazos, sostenían a un hombre que como energúmeno, gritaba en aquella habitación blanquecina. Los hombres intentaban detenerlo, pero él era muy fuerte. Sus grasosos y rectos cabellos, estaban sobre su rostro. Estaba pálido y escupía saliva.

  • ¡Les he dicho, que lo he oído!- les gritó, pero quien estaba frente a él no le creyó- ¡Suéltenme!

  • Señor, está delirando. Será mejor que tome esto- le dijeron, ofreciéndole lo que parecía una pócima. Eso le ayudará a calmar sus nervios.

  • ¡Suéltenme!- les dijo- ¡Van a enterrar...! ¡Están equivocados!

Luego de aquel suceso, Severus Snape, no supo de sí. Despertó en una camilla de hospital. Le sangraba la nariz y la boca. Simplemente abrió sus ojos al percibir, el sabor de la sangre en ellos. Inspiró con fuerza y meditó. ¿Qué estaba haciendo, recostado en una camilla de hospital? ¿Y Por qué se sentía tan relajado, como si hubiese bebido un filtro de paz? Su mente no se encontraba despierta, no hacía una conclusión clara. Había algo que estaba mal en todo ese asunto.

Ginny estaba parada, junto a ambos ataúdes. Observaba los pálidos cuerpos, de su mejor amiga y de su hermano. Estaban muertos y ella, no podía hacer nada para remediarlo. Inspiró, cuando las lágrimas amenazaron con ahogar su aliento. Estaba derramándolas, sobre el rostro pálido de su hermano. Se veía tan tranquilo, como si nada hubiese sido real. Como si eso simplemente fuese un sueño y él, fuese a despertarse en cualquier momento. Quizá a decirle, "buenos días" a su esposa. Nada de eso, estaba sucediendo en ese instante y ella, sentía que su alma se perdía en ambos corazones muertos, que dejaban de latir tan pronto.

  • Hermione...Ronald...- sollozó con suavidad- Quiero que sepan, cuánto los voy a extrañar. Cuánto los amo.

  • Es hora de irnos. El entierro comenzará pronto- dijo Remus, al entrar en la habitación- Será mejor que nos demos prisa. Creo que mientras más rápido, más descansarán sus almas.

Ginny no dijo nada más y asintió en silencio. Con una sonrisa suave, acarició el cabello de Hermione y dijo palabras, que Lupin no pudo escuchar ni entender. Antes de irse, miró nuevamente a las urnas y suspiró con mucho pesar. Era un día negro, para la familia Weasley. Para la familia Granger. O simplemente, para la familia.

  • Maldita sea... ¿Qué diablos sucedió?- se quejó Snape, mientras se sentaba en la camilla. Ladeó la cabeza para mirar en dirección a la mesilla de noche. Su varita estaba allí.

Intentó tomarla, pero por una curiosa razón, su mano temblaba con espasmos muy fuertes. Al tomar su varita, sintió un ardor terrible entre sus dedos y se vio obligado a soltarla. La varita cayó al suelo con un ruido seco. Antes de poder volver a tomarla, un medimago entró en aquella habitación.

  • Me alegro que ya esté consciente, señor Snape.

  • ¿De qué demonios está hablando? ¿Qué es lo que está sucediendo?

  • Tuvimos que sedarlo. Estaba enloquecido, gritaba y golpeó a uno de nuestros medimagos. Afirmaba que íbamos a cometer una locura, en un entierro.

Su cabeza dio vueltas a través del pensamiento. ¿De qué demonios hablaba él? Seguramente estaba delirando él. Primero decía que gritaba y luego, que había golpeado a alguien por un entierro que... ¡El entierro! Claro, a eso se refería. Por eso estaba allí, gritándolo a todo pulmón. Por lo que había oído y visto.

  • ¡Tienen que entenderlo!- volvió a la carga- ¡Están cometiendo un error!

  • Sus signos vitales eran inexistentes, en cuanto fueron revisados. No hay forma de que nos hayamos equivocado. Tenemos que enterrar sus...

  • ¡Les estoy diciendo, que están cometiendo una equivocación y si no lo creen, se los demostraré!- dijo Snape, poniéndose en pie, trabajosamente. El medimago negó con la cabeza.

  • No puede salir de aquí, señor Snape. Tiene un problema, delira. Tendrá que quedarse.

  • Traten de detenerme.

El lugar estaba lleno de familiares y amigos de la pareja, que decía el último adiós. Harry Potter, estaba reunido con los padres de Hermione. Albus Dumbledore, intentaba consolar sus penas, pero eso no iba a ser suficiente. Nunca podría serlo. Harry se sentía culpable, se sentía el verdugo de aquel cuento. ¡Si hubiese hecho algo para solventarlo! ¡Si hubiese salvado sus vidas a tiempo, nada de eso hubiese sucedido! Los pequeños tenían prohibido la presencia, en aquel entierro. Sin embargo, Rose insistía en desear despedirse de sus padres. Minerva McGonagall, le había prometido que los visitarían en cuanto todo terminase. Aquella joven estaba devastada, no hablaba ni miraba a nadie. Lloraba desde el día anterior y trataba de consolar a su hermano menor.

  • Creo que está todo listo- dijo Sirius, con mucha calma. Inspiró y colocó su mano sobre el hombro de Harry- ¿Estás bien, Harry?

  • Debí haber hecho algo más. Debí haber salvado sus vidas. Los condené a la muerte...

  • No fue tu culpa.

  • Sí lo fue. Ellos me buscaban a mí. Fue mi culpa que ellos murieran, gracias a mi fama de ser "el elegido"- dijo, con rabia en sus venas. Sirius ladeó la cabeza hacia Molly Weasley, quien no dejaba de llorar, mientras Arthur, acariciaba su espalda.

  • No seas tan duro contigo mismo. ¿Y si hubiesen muerto, pero en otras circunstancias? Eso no habría sido tu culpa.

  • Pero esta vez, fue mi maldita culpa- dijo Harry, mirando los espacios vacíos que pronto llevarían los nombres de sus dos más grandes amigos.

Severus Snape, mantenía su varita en riste, mientras el medimago lo miraba con cautela. Seguramente estaba creyendo que él estaba loco. Pero no, estaba muy cuerdo y sabía que había escuchado su voz. Ninguno de los hombres frente a él, se movió de su lugar. Severus inspiró con fuerza y con una sonrisa sarcástica danzando sobre sus labios, miró a su alrededor. Podrían ser más en número, pero él estaba bien entrenado, para ese tipo de situaciones. Huiría con facilidad.

  • No se arriesgue señor Snape. Podría ser peligroso para su salud.

  • Ustedes me partieron la nariz y la boca- les dijo, en sus trece- ¡Y esperan que permanezca aquí, cuando van a acometer una locura!

  • Tranquilícese, le hará daño.

  • ¡Cállese! ¡Me veré obligado a defenderme y será entonces, cuando no les gustará!- gritó, pero cada uno de los medimagos, tenía una varita también y él, estaba acalambrado. Aquella poción, aquel filtro de paz, estaba debilitándolo.

  • No creo que sea conveniente...

Las urnas estaban junto a sus respectivas fosas. Era el momento de despedirse de ellas. Molly Weasley no podía soportarlo y observaba el proceso a distancia. Dos fuertes hombres, sostenían las urnas y las colocaban a un lado de cada fosa, listas para descenderlas con varitas y enterrarlas para siempre. Ginny colocaba flores sobre ellas, antes de decirles el último adiós. Mientras descendían con lentitud bajo la mirada de todos, algo adentro podía sentir el movimiento suave. ¿Por qué todo se movía a su alrededor?

Comenzó a abrir los ojos con lentitud y no vio más que oscuridad. Apenas podía mover sus manos y se sentía aprisionada entre cuatro paredes. ¿Dónde diablos estaba encerrada? ¿Por qué estaba...? No podía respirar, no podía ver. Movió una de sus manos, con mucha dificultad. Estaba entumecida y el espacio era pequeño. ¿Quién demonios, la había encerrado allí? ¡Necesitaba ayuda! Apenas podía dar suaves golpes en lo que parecía ser algo de madera. ¡Estaba encerrada en una caja o algo similar! ¡Quería salir! ¡Ella no tenía por qué estar allí! ¡Ella estaba viva y allí iba a morir!

¡Asfixiante, agobiante! El calor en su cuerpo, comenzaba a bullir con lentitud. Sus dedos temblaban y el sudor en su frente, acariciaba sus labios. Sus ojos estaban abiertos en sorpresa, una mueca de miedo surcaba su boca. Estaba encerrada, sus huesos se achicaban, el espacio también. El oxígeno se dispersaba densamente, se hacía irrespirable. Sus pulmones se dilataban al inspirar, comenzaba a sentir mareos, un dolor de cabeza terrible. ¡Quería salir! ¡No podía gritar! ¡Que alguien la sacara de ese lugar!

  • Auxi...Auxilio... ¡Auxilio!- chilló, pero su voz sonaba débil, su cuerpo herido no le permitía mayor esfuerzo. Intentó gritar, pero no había acústica en un lugar tan pequeño. La poca luz que se colaba por las rendijas de aquel lugar, estaba desapareciendo. Algo aplastaba su cuerpo, se hacía más pesado. Sentía que caía con más fuerza. Arañaba la tapa, estaba por morir asfixiada. Transpiraba, estaba desesperada- ¡Auxilio!

Severus Snape, había desaparecido. Apenas podía caminar, por aquel pasillo de ese hospital. Debía huir, tenía que encontrarlos y decirles la verdad. Estaban cometiendo un error que podía costarle la vida a ella. Caminó, cruzando pasillos, intentando lograr que perdieran su rastro. Tantos años de entrenamiento en ambos bandos, debían derivar en algo.

Consiguió ocultarse, tras una oscura habitación. Necesitaba desaparecer, aunque su cuerpo siguiese dormido. Necesitaba llegar hasta ese lugar y alertar a todos de la verdad. Ladeó la cabeza hacia la rendija que permitía el paso de la luz y suspiró. Tenía poco tiempo, tenía que desaparecer pronto.

  • Malditas manos- dijo, cuando no podía sostener su varita con sus manos. Temblaban tanto, que se le dificultaba pensar en el conjuro- ¡Vamos! ¿Es que no puede ser más jodido, todo esto?

Desapareció, con la inquietud de si estaría a tiempo o si había fallado. Apareció, al caer la noche. Cuando todos los presentes, estaban por irse. En realidad, pareció un energúmeno, mientras corría como podía, hacia los reunidos.

  • ¡Des...!- pero nadie lo oiría. Nadie le creería. Perdería el tiempo en quejarse, en explicar. Direccionó sus movimientos, hacia la tumba. Ella debía seguir con vida- ¡Joder, vamos varita!

Desenterrarla, solo era otra parte difícil, pero eso no le detendría. Montones de tierra, saltaban por los aires. ¿Cuánto tiempo podía quedarle? No estaba seguro. Al final, sintió algo duro, bajo sus manos. La tierra daba paso al largo ataúd. No meditó, no esperó, simplemente usó su varita sobre él. Un simple hechizo, para destruir sus bisagras.

Ella estaba allí, aterrada. Con los ojos abiertos y la mirada fija. Sí, le pareció escalofriante. Pero de todas formas, no tenía tiempo de pensar en eso. Se inclinó entre los montones de tierra, tratando de no caerse en el enorme hoyo que habían cavado. Y la sostuvo, contra su cuerpo. Se resbaló, terminó sentado, con su cuerpo entre sus brazos.

Esperaba que no se hubiese muerto en el proceso.