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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 25

Han pasados los días, no sé cuantos exactamente, pero para mí había sido casi una eternidad. Los exámenes habían dado comienzo, dando término a una racha diaria de lectura. Ahora los únicos libros que sostenía durante horas eran los del colegio, pero siempre me daba mis tiempos de receso para tomar por lo menos unos cuantos minutos el cuaderno de Sam entre mis manos y releer alguna de las frases impresas en tinta negra en aquel cuaderno viejo, o tomaba el anuario para ver las imágenes de sus rostros. ¿Qué había pasado con ellos?, ¿por qué nadie los conocía?... Por que hay que mencionar que Rose y yo nunca dejamos del lado la tarea de buscarlos. Lo hacíamos siempre que teníamos un segundo libre, llevábamos el anuario a escondidas casi todo el día con nosotras, y le preguntábamos a cualquier estudiante que nos encontráramos en el corredor. Pero siempre escuchando la misma respuesta de parte de todos: No.

  • Estoy a punto de tirar la toalla - exclamó Rose después de nuestro último examen, tras preguntarle a una grupo de chicas bastante risueñas sobre las personas de las fotografías del viejo anuario.

  • No lo digas ni de broma - la amenacé yo apuntándola con un dedo directamente -. Tenemos que encontrarlos, Rose. No creo que estén muy lejos. Quizá… quizá no eran tan populares.

  • O quizá se hayan ido de la ciudad una vez que terminaron el colegio - puntualizó ella pensativa -. ¡Ya sé!... probablemente se casaron y se fueron a vivir a una ciudad cerca de la playa, o Londres… o París. ¿No sería romántico? - preguntó con ojos soñadores.

  • No lo sé…

Dudaba mucho de aquellas hipótesis realizadas por mi amiga, pues si algo tenía Sam o parecía tener en su historia, era un gran lazo de unidad con su familia, con aquella ciudad, con la cafetería de Chad. Probablemente aún seguía trabajando allí…

  • ¡Lo tengo! - grité dando un salto y sintiendo que todo estaba a punto de terminar.

  • ¿Qué…?

Sin darle explicación alguna a mi amiga, la tomé del brazo y me eché a correr por el pasillo con ella casi siendo arrastrada por mí, o más bien siendo arrastrada. Pero es que allí estaba la clave, ¿cómo no se me había ocurrido antes? La cafetería, la famosa cafetería de Chad. Tantas veces lo había leído en aquel cuaderno y apenas hasta ahora caía en cuenta sobre ello.

  • ¡¿A dónde vamos?! - preguntó mi amiga tratando de no resbalar por la velocidad con la que corría.

  • ¡A la cafetería! - grité yo con una sonrisa en los labios.

  • ¡Pero aún nos queda una clase!

  • Qué importa. Esto es mucho más importante para mí - respondí sin dejar de correr.

Esperaba que mi amiga me frenara o dijera que ella se quedaba a la clase, pero en lugar de eso apuró el paso. Ya no tiraba de ella para que avanzara, corríamos a la par por el pasillo con una sonrisa y el cabello hacia atrás, impulsado por la velocidad que llevábamos.

Recorrimos el pasillo en pocos minutos, y cuando menos lo esperamos salíamos ya por las puestas dobles de hierro hacia la hermosa tarde del inicial otoño, recordándome una vez las palabras de Sam describiendo todo a su alrededor en su historia. Las hojas amarillentas escasas en los árboles y esparcidas sobre el pasto y acera estaban allí; la escuela que también la había visto cada mañana llegar para una ronda de aburridas clases, pero que sorprendentemente ya no la recordaba. Incluso había ido a visitar ese lugar en el patio en el que compartió las horas de clases saltadas con Curtis. Era como visitar un sueño en persona.

  • ¿Cómo vamos a encontrar la cafetería? - preguntó mi amiga.

Ya no corríamos, andamos a paso lento por las calles del vecindario, mirando a lo largo y ancho cada una de las viviendas que la conformaban. Nunca había leído en el cuaderno alguna dirección, solamente sabía que llevaba el nombre de Nichols, por el apellido de Chad y Sherly, ya que era de la familia.

  • Es la cafetería Nichols - respondí frunciendo el seño.

Aún no llegábamos a la zona comercial, de hecho aún faltaba mucho para llegar, pero no podía evitar leer los letreros de los comercios dispersos que había a las horillas de las calles.

  • Tengo la idea de que se encuentra en la zona comercial de Manhattan, pero no sé la dirección exacta. Nunca la pone en el cuaderno - dije sincerándome.

¿Por qué no sigues leyendo el cuaderno?, tal vez diga algo más adelante - propuso ella encogiéndose de hombros.

Abrí mi mochila y extraje con el mayor cuidado posible el cuaderno que llevaba conmigo. Fui hasta la hoja doblada por la esquina que había marcado para hacer referencia de en dónde me había quedado. Seguí andando con el cuaderno entre las manos, y sin temor a tropezar por llevar la vista sobre él, a lo queRose me puso una mano sobre el hombro en un intento de guiarme.

El trato de hacerme amiga de Fred había sido una gran idea, y tal como él mismo lo había dicho, nada de lo hablado dentro de su consultorio salía de este. Había escuchado que le hablaba a mi mamá los sábados por la tarde, pero la llamada no duraban más de un simple saludo y una corta respuesta a cerca de mis citas los viernes por la tarde. Y tal parecía que la respuesta que le daba a mi mamá sobre las citas eras bastante positivas, puesto que la mujer se quedaba muy tranquila después de las cortas charlas con su antiguo mejor amigo.

  • ¿Era Fred? - le pregunté uno de aquellos días cuando la vi dejar el teléfono y esbozar la misma sonrisa que siempre tenía en el rostro cuando recibía su llamada.

La cafetería volvía a cursar por un estado de suma soledad y tan poco clientela que era innecesario que todos fuéramos a trabajar, por lo que Chad había decidido darnos la tarde a mi mamá y a mí aquel día.

  • ¿Desde cuándo lo llamas Fred? - exclamó acentuando aún más la sonrisa y mirándome con los ojos entrecerrados.

  • Desde que él me lo pidió - contesté sentándome en uno de los sillones de la estancia. Ella me siguió y se sentó de frente a mí.

  • Sabía que te caería bien.

  • Sí, es buena persona - respondí encogiéndome de hombros -. Nunca me habías contado sobre él, y según sé fueron muy buenos amigos durante su juventud ¿Por qué?

  • Bueno… - empezó ella frunciendo un poco los labios y mirando por encima de mi cabeza con aire soñador, siempre que hacía cuando recordaba algo -, no lo había visto desde años atrás y no pensé que lo volvería a ver. Hasta que surgió este problema y… ya sabes lo demás.

Pude presenciar cómo sus mejillas se sonrojaron un poco. Si nome equivocaba aún debía de estar recordando algo en su mente, y era fácil saberlo, por que seguía mirando al vacío con una media sonrisa en los labios.

  • ¿Lo querías mucho? - pregunté con un hilo de voz.

  • ¿Qué?, ¿a qué viene esa pregunta? - su mirada paso de soñadora a posarse en mí dudosa y un tanto alterada.

  • A nada - dije de inmediato. No podía decir más, aquello lo había hablado con Fred dentro de su consultorio y por más que quisiera sacar el tema, no podía -. Será mejor que lleve Milo a dar una vuelta.

Me puse en pie rápidamente y la dejé allí mirándome ceñuda. Sonriendo por lo que estuve a punto de hacer fui hasta la puerta de la cocina que llevaba directo al jardín trasero y abrí la puerta, dando entrada directa a un perro grande de pelaje dorado que comenzó a dar salto y jalar mi ropa para que lo llevara a la calle. Tomé la correa que estaba colgada en el perchero junto a la puerta y se la puse, eché un vistazo hacia atrás y vi que mi mamá seguía mirándome con recelo. Le dediqué una sonrisa y después salí hacia la fría tarde de aquel estupendo sábado.

Me eché a andar por la acera al lado de Milo, que movía la cola con fuerza por la felicidad de estar fuera, ya que normalmente por nuestro exceso de trabajo no podíamos dedicarle el tiempo debido, y pasaba largo tiempo solo en casa. Caminamos un par de cuadras hasta una que me pareció bastante familiar. A mitad de la hilera de casas, se encontraba la casa de Curt, una enorme casa de colores claros y un jardín bastante bien cuidado a pesar del tiempo, que en primavera debía de verse aún más hermoso. La puerta de esta se abrió justo cuando mi perro y yo pasábamos delante de ella, y un chico vestido con unos vaqueros y una chaqueta oscura salieron por ella.

  • ¿Dando un paseo con el mejor amigo del hombre? - preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.

  • En esta ocasión es el mejor amigo de una chica.

  • ¿Y a quién no le gustaría ser el mejor amigo de esa chica? - abrió la puerta de la cerca y fue hasta mí, me dio un beso en la mejilla y acarició la cabeza de Milo -. Aunque debo admitir que me encanta ser más que un amigo.

  • Es por que eres un chico y no un perro

  • contesté riendo.

  • Me amarías aunque fuera un perro - dijo él con esa sonrisa tan coqueta que siempre había en su rostro al dirigirse a mí.

  • Sí, claro… - me burlé yo.

  • Es más, me amarías aun así fuera uno de esos conejillos de indias o un hámster.

  • Eso sí es de pensarse.

El muchacho soltó una carcajada que alborotó un poco a Milo, quien empezó a saltar alrededor de él. Nunca había entendido el por qué mi perro se había encariñado con Curt de aquella forma, sin siquiera haberlo conocido, sin haberlo visto antes. Pero tal vez era la prueba que necesitaba para saber que el muchacho era una buena persona. Dicen que ciertos animales sienten las intenciones, y sin duda aquel muchacho tenía las mejores.

  • ¿Por qué no vamos al parque a dar una vuelta?

  • Era justo lo que iba a decir - dije yo sujetando bien la correa de Milo.

Aquella tarde fue lo más parecido a tener una vida de la cuál yo me hiciera cargo por completo, en la que yo decidía qué hacer, con quién estar y a dónde ir. Era darle un gran respiro a mi vida rutinaria y un momento para olvidarme de mis labores en la cafetería de Chad. Pero había que mencionar que desde hacía unos días las cosas estaban mejor; Brooke y yo aún seguíamos distanciadas, y aunque sus constantes miradas cada que nos llegábamos a topar por los corredores del colegio me hacían suponer que estaba arrepentida de lo ocurrido, pero yo aún seguía molesta. Por otra parte las cosas se encontraban mucho mejor: la relación con mi mamá y Chad, las citas con Fred ya no me molestaban en lo absoluto, pues aparte de significar tener parte de la tarde libre, solía pasar dos agradables horas con aquel hombre hablando de cualquier cosa. Ahora comprendía por qué se había convertido en el mejor amigo de mi mamá en su juventud. Y sobre todo, tenía a Curt, apoyándome siempre en todo y acompañándome cuando más lo necesitaba. Las tardes a su lado eran inolvidables, y siempre sabía como sacarme una sonrisa cuando las cosas no parecían ir del todo bien…

  • Alexa…

Levanté la vista de la amarillenta y vieja hoja de papely miré a mi amiga, buscando explicación al por qué me había hecho desviar la atención de la lectura. En su rostro se reflejaba la decepción, ¿es algo que dije?, pensé yo al instante. Pero al parecer no era así.

  • Mira - exclamó señalando un mundo hacia el frente.

Sí, allí estaba, pero no como yo esperaba encontrarla. Unas enormes letras en color rojo encima del inmueble de una planta rezaban "Café Nichols", pero aquel sitio tenía menos vida que una rosa sin arrancada de la planta misma. Las paredes estaban sucias, rayadas por losvándalos y la pintura se caía a grandes trozos dejando ver el color del concreto debajo de ella; el acero de las ventanas estaba mohoso y los vidrios cubiertos por una gruesa capa de polvo que impedía ver el interior del lugar.

  • Vamos - dije dando un paso hacia adelante, tratando de esconder la desilusión que me había golpeado como una enorme mano sobre el rostro.

  • ¿A dónde…?

No presté atención a lo que dijo, la ignoré y fui hasta una de las dos enormes ventanas del lugar, limpié el polvo haciendo un círculo de buen tamaño y observé. El aspecto del interior era aún más devastador, las sillas y mesas estaban cubiertas por una capa de polvo aún más gruesa, y estaban desordenadas por todo el lugar.

Empujé la ventana casi sin saber qué era lo que hacía, algo en mi interior pedía entrar, necesitaba estar en contacto con cualquier lugar en el que Sam y Curt se hubieran encontrado un día. Fui hasta la puerta y la empujé, y para mi gran sorpresa, esta se abrió.

  • ¡¿Qué estás haciendo?! - se alarmó mi amiga al ver lo que pretendía.

  • Sólo iré a inspeccionar un poco el lugar - respondí con el semblante completamente sereno.

Introduje un pie en el interior de la que una vez fue la cafetería de Chad y una nube de polvo se elevó, formando graciosas figuras al contraste con la gruesa franja de luz que entraba del exterior.

Di una vuelta en mi lugar, apreciándolo, imaginando lo que una vez fue aquel lugar, lo que significó para Sam y su familia, y ahora estaba en ruinas. Mi mente divagó hacia unos años atrás, una época y momento desconocido para mí, un día en el que aquella cafetería estuvo a su máximo esplendor, abarrotada de gente buscando algo que comer, un aroma a café y pan calientito salir de la cocina, a un muchacho correr con una orden sobre una bandeja de metal, una mujer de cabello rubio y rizado tras la barra gritando ordenes a un hombre de edad adulta en la cocina, y una chica de cabello castaño y ojos verdes entrando por la puerta, con una sonrisa radiante. La sonrisa del primer amor.

  • ¿Qué es lo que crees que vas a encontrar aquí según tu? - preguntó Rose sacándome de mi sueño.

  • ¿Eh…?

  • ¿Qué es lo quebuscas? - dijo con desesperación pasando una mano sin darse cuenta por encima de una mesa y manchándose de polvo.

  • Cualquier cosa que me sea de utilidad.

Empecé a pasearme por el lugar haciendo caso omiso a sus advertencias y reclamos, caminando entre las mesas, levantando todo papel que se pusiera en mi camino. No sabía qué era lo que quería encontrarme, sólo sabía que quería que fuera cualquier cosa que me diera una pista sobre Sam. Pero todos aquellos no se trataban de otra cosa que hojas de impuestos y pagos, o viejos menús de la cafetería, tan manchados de polvo que era casi imposible poderlos leer.

  • Vámonos, Alexa. Aquí no vamos a encontrar nada- dijo mi amiga en tono consolador colocando una mano sobre mi hombro.

No dije nada, me limité a echar una rápida mirada a aquel solitario y polvoriento lugar antes de darme vuelta, con la última esperanza de encontrar algo en él cayendo hasta mis pies. No quería pensar en la derrota, quería suponer que era sólo el inicio de una búsqueda que al final traería una grata recompensa, pero algo en mi interior me decía que en lugar de ello, era una búsqueda sin fin.

Al llegar a casa después de aquella excusión a la cafetería de los Nichols tiré mi mochila a la cama sin importarme por primera vez el tener cuidado con el frágil cuaderno que llevaba dentro de ella. Estaba molesta y no sabía con quién exactamente, si conmigo por haber creído lo que casi era imposible, si con aquel cuaderno que había llegado a ilusionarme o con Samantha, que había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro alguno. Además, me sentía apenada con Rose, ella debía pensar que era una niñita tonta obsesionada con algo que no entendía del todo. Durante el trayecto de vuelta a casa ninguna dijo absolutamente nada, caminamos en silencio mirando nuestros pies y la acera. Fue lo más incómodo que había vivido en mi vida. Después de eso, mi abandono hacia aquel objeto de hojas viejas y amarillentas continuó una vez más a pesar de ya haber terminado mis exámenes. Quería un descanso de aquel cuaderno, un descanso de la repentina obsesión por aquella historia.