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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 24

Hacía un día espléndido, no había ni una sola nube en el magnífico cielo azul de aquella mañana, y a pesar del radical cambio de que el clima estaba sufriendo por aquellos días, Curt y yo preferíamos pasar las horas sobre el amarillento y deteriorado parto del patio trasero del colegio, bajo los tenues rayos del sol otoñal, a congelarnos dentro de las frías instalaciones del edificio.

Llevábamos más de tres horas recostados en aquel lugar del patio que ya parecía conocernos bastante bien. El muchacho reposaba su cabeza sobre mis piernas, y yo a mi vez me encontraba tendida sobre las mochilas de ambos, cargadas de pesados libros, que para mí, era una perdida estar llevando día con día si en realidad no entraba a clases.

De pronto, sentí que el peso sobre mis piernas se aligeraba y una sobra tapaba los rayos solares que iban directos a mi rostro.

  • ¿Sabes?, aún no me has contado cómo te fue con el doctor Jones - comentó Curt, tras pasar varios minutos en silencio desde que nos encontrábamos allí recostados.

Era verdad. Ya hacía cuatro días de aquel encuentro con el doctor Frederick Jones y yo no le había platicado absolutamente nada a minovio. Perono era por desconfianza o mucho menos, simplemente lo encontraba insignificante.

  • Bueno… - exclamé, buscando por dónde empezar -, fue como lo imaginé. Frederick es como todos los psicólogos.

  • ¿Ya habías visto a más psicólogos a demás de a Jones? - preguntó entre curioso y divertido.

  • No - me apresuré a decir en el momento en el que me incorporaba también y me recargaba sobre las palmas de las manos.

  • ¿Cómo lo sabes, entonces?

  • Lo he visto en televisión - expliqué como si fuera lo más obvio del mundo. Me moví un poco para ponerme más cómoda y aclaré mi garganta antes de continuar -. Ya sabes… Se muestran como si en verdad estuviesen interesados en tu vida, pretenden querer ser tus amigos y dicen comprenderte. Sólo están esperando a que caigas para usar su psicología y cargarte con alguna enfermedad mental para después mandarte a un loquero. Pero no he caído en su trampa, no he soltado nada - dije de manera resuelta cruzándome firmemente de brazos.

Curt soltó una estruendosa carcajada que fácilmente se escuchó a lo largo y ancho del jardín, se incorporó hacia mí y me plantó un beso en la frente.

  • Te amo, ¿lo sabías? - exclamó con una sonrisa en sus labios.

  • Quizá si me lo repites unas cien veces más lo grave en mi mente de por vida - comenté devolviéndole la sonrisa.

  • Es que no quiero que lo olvides.

  • Nunca lo voy a olvidar… - dije en un susurro, muy cerca de sus labios.

Y breve impulso hizo que nuestros labios se unieran y rosaran con suavidad en un beso. Un beso que provocó que todo dentro de mí diera un salto de satisfacción, que hizo que esas mariposas tan famosas revolotearan dentro de mi estómago y mi corazón latiera con fuerza dentro de mi pecho.

La pregunta en todo esto era: ¿Cómo olvidarlo?, ¿cómo olvidar a aquel muchacho que sólo había llevado a mi vida alegría y buenos momentos?, ¿cómo olvidar a esa parte que en mi hacía falta?, que había llenado el profundo vacío que durante tanto tiempo había persistido en mi corazón y alma. Nunca podría olvidar a Curtis Mason aunque yo misma lo pidiera a gritos.

Cuando nuestros labios se separaron al fin nos quedamos inmóviles, perdidos en la mirada del otro, con una sonrisa infinita gravada en nuestros labios.

  • ¡Ya llegó Sam!

La voz de Sherly resonó en cuanto puse un pie dentro de la abarrotada cafetería. No recuerdo haber visto el lugar tan lleno en mi vida; había gente que esperaba a que se desocupara alguna mesa para poder ordenar. Billy corría de un lado para otro, trayendo órdenes y limpiando mesas para los nuevos clientes, por su lado, mi mamá y Sherly daban las órdenes a Henry y limpiaban la barra. No quería ni imaginar cómo se encontraba Henry de atareado dentro de la calurosa cocina.

  • ¿Podrías apresurarte?, estamos volviéndonos locos - exclamó Billy al pasar por mi lado con cara de pocos amigos.

Sin perder más tiempo crucé el local, metiéndome entre la gente que se arremolinaba entre las mesas buscando que se les atendiera. Me colé por debajo de la barra y fui directo al baño para ponerme mi uniforme, completamente segura de que aquel día sería como cualquier otro en mi vida. Aunque por un lado estaba equivocada…

  • Al final de la barra hay alguien que espera a que le tomen la orden - dijo Sherly cuando me vio aparecer de nuevo.

  • ¿En la barra? - exclamé sin comprender.

Normalmente las órdenes de la barra las hacían mi mamá o Sherly, cualquiera de las dos que estuviera a cargo de la cafetería y tras la barra. Nunca Billy y yo, nosotros nos ocupábamos de las mesas.

  • ¿Por qué tu no…?

  • Estoy ocupada.

Y sin más, salió de detrás de la barra y se internó entre la marea de personas que buscaban algo de comer en aquella pequeña cafetería de las orillas de la ciudad.

Salí y sin poner más objeciones fui hasta el lugar más lejano de la barra, el punto exacto que había señalado la mujer. Y fue cuando mi corazón dio un repentino vuelco al ver de quién se trataba. Una chica de unos diez y seis años de edad, de cabello rojizo intenso y piel extremadamente blanca -con excepción de las pecas que cubríansu nariz y parte de las mejillas- se encontraba sentaba en uno de los tantos bancos de hierro y tapiz oscuro de la larga barra. Mantenía ambas manos sobre los cuadernos del colegio que tenía sobre la superficie de la barra, los dedos entrelazados delicadamente y la vista fija sobre estos. Tal vez estaba apenada, o quizá sólo se miraba las uñas recién pintadas con barniz rosa pálido que siempre solía llevar.

  • ¿Y bien?, ¿qué vas a ordenar?

  • pregunté secamente sin mirarla.

  • Que te sientes y me escuches - dijo ella. Pero más que una orden aquello parecía una súplica.

  • Lo siento, pero eso no está en el menú

  • exclamé dándome media vuelta.

  • ¡Espera, Sam!

Me volví casi por instinto en cuanto volví a escuchar su voz. Quería que se fuera, que se fuera y me dejara en paz de una buena vez. ¿Cómo se atrevía a buscarme después de lo que había hecho?

  • Creí que volvíamos a ser amigas…- dijo en un susurro apenas audible a causa del barullo que se estaba produciendo dentro del local.

  • Yo creí lo mismo, ¿sabes? - exclamé con rabia contenida. Su tono de voz me hacía sentir como si yo fuera la culpable de todo aquello, que yo era la única responsable de nuestro repentino distanciamiento -. Hasta que tú me defraudaste de aquella manera.

  • Es que tú…

  • ¿Yo? Brooke, yo te fallé, sí. Falte a tu fiesta de cumpleaños por culpa de la lluvia. Tú en cambio armaste una tormenta por un pequeño error y me diste la espalda como amiga.

Empezaba a sentir como un par de lágrimas se asomaban de mis ojos, pero las contuve, luche contra las ganas de llorar frente a ella y la miré fijamente. Esperé a que dijera algo más, que se defendiera de lo que le había dicho, que reclamara, que gritara o golpeara si era posible. Quería sacar lo que tenía dentro, el enojo yla frustración que llevaba dentro por su culpa. Deseaba que me enfrentara para así seguir con mis reclamos. Pero no fue así, bajó la mirada y volvió a posarla en sus manos sin más que decir, sólo dejando un largo silencio tras mis palabras. Sentía que iba a explotar, ¿a caso no era ella quien había insistido en que saliera con un chico?, ¿por qué no quería que ese chico fuera Curt?, ¿qué tenía en contra de él, ¿por qué el empeño en separarnos? Sin poder más con todo lo que llevaba dentro me di media vuelta, esperando y casi rogando que volviera a detenerme. Qué ironía, hasta hace unos segundos rogaba por que se fuera y ahora pedía que discutiera. Pero no.

No fui hacia la barra o a la cocina, atravesé a la multitud de gente que aún inundaba la cafetería, rodeando mesas y esquivando a Billy, que con los apuros no se dio cuenta de que salía del lugar. Abrí la puerta de golpe y las campanillas repicaron cuando esta las alborotó a su paso. Sentía que me ahogaba, quería gritar, maldecir a los cuatro vientos. Llevé ambas manos hacía mi cabello y tiré de él con coraje, ahogando un grito de rabia, para después recargarme contra la pared y llorar con ambos brazos cubriendo mi rostro.

Lloré con una rabia y un dolor que me quemaban por dentro. Quería desaparecer y perderme en el mundo por un momento solamente. Olvidarme que tenía que volver que tenía que volver y atender a los clientes con una sonrisa cuando lo único que quería en ese momento era llorar. Quería ser dueña por sólo unos segundos de mi tiempo y no dar explicaciones a nadie.

  • Me duele verte así.

Sentí como una mano se posaba alrededor de mis hombros y alguien se sentaba a mi lado. Y entonces me di cuenta de que estaba sentada en el suelo llorando.

  • Puedes cerrar los ojos, entonces - dije con voz ahogada.

  • Estoy hablando enserio, Samantha - exclamó el muchacho sentado a mi lado.

  • Yo también, Curtis.

  • Mírame… - tomó mi rostro entre sus manos e hizo que lo mirara fijamente -. ¿Esto tiene que ver conmigo?

Una lágrima resbaló por mi rostro y lo recorrió limpiamente. Los ojos castaños del muchacho parecían leer mi mente sin importar que yo quisiera impedirlo, pero aún así decidí arriesgarme y evadir la pregunta.

  • Ya no quiero hablar de eso, ¿quieres? Deseo olvidarlo y dejarlo atrás como un desagradable recuerdo, uno que quiero olvidar de mi mente desde hoy. Sacarlo de una vez, y…

  • Sólo quiero saberlo - insistió él seriamente.

  • ¿Para qué? Para cuando yo diga sí, decirme algo como terminar esto para que yo ya no sufra más o alguna estupidez por el estilo - pregunté molesta.

  • ¿Crees que te dejaría por una estupidez así? - preguntó con una leve sonrisa dibujada en sus rostro.

  • ¿Lo harías?

  • Claro que no - exclamó mientras me atraía hacia él y me abrazaba con fuerza.

Me hundí entre sus brazos, buscando el calor que me había hecho tanta falta, el consuelo que sólo encontraba en él y el amor que sentía fluir de cada centímetro suyo hacia mí. Nunca me dejaría, lo sabía bien, él lucharía por mí con todas sus fuerzas, tal como yo lo haría por él sin dudarlo ni un segundo.

  • Sólo hay algo que no me explico - dije yo separándome un poco de él para poder ver su rostro.

  • ¿Qué cosa?

  • ¿Cómo es que siempre apareces de la nada?

  • Siempre voy a estar para ti cuando me necesites - respondió en voz baja, muy cerca de mis labios -. ¿Querías que estuviera contigo?

  • Quizás… Sí, creo que sí lo quería - dije sonriendo.

No dijo nada, me devolvió la sonrisa. Una sonrisa que desapareció casi al instante cuando sus labios rozaron los míos y se unieron en un beso.

  • Tengo que irme - dijo de pronto el muchacho separándose de mí y poniéndose en pie.

  • Pero…

  • Nos veremos mañana, ¿sí? - me interrumpió.

Sonrió tranquilamente para después darse vuelta y desaparecer rápidamente al otro lado de la calle; lo vi caminar tranquilamente con las manos dentro de los bolsillos delanteros de sus vaqueros, voltear fugazmente y sonreírme una vez más. Entonces la puerta a mi lado se abrió, haciendo tintinear nuevamente las campanillas colgadas sobre esta y alguien asomó la cabeza desde el interior de la cafetería.

  • ¡Ah!, ¡allí estás! - exclamó mi mamá con la mirada desorbitada y el cabello alborotado.

  • Sólo necesitaba tomar un poco de aire - me puse en pie y sacudí el polvo de mi ropa. Ahora comprendía el por qué Curt se había ido. Estaba claro que no quería que tuviera más problemas con mi mamá.

  • Supe que volviste a discutir con Brooke - comentó en voz baja - ¿Ya te sientes mejor?

  • Sí, estoy mejor. Gracias.

Lo estaba. De pronto y casi sin darme cuenta, todo el rencor y la furia antes sentida habían desaparecido repentinamente con la inesperada visita de Curt.

  • ¿Podemos entrar de nuevo? Billy y Sherly se están volviendo locos allí adentro - exclamó esbozando una sonrisa.

Asentí con una decisiva cabezada y una sonrisa poco acentuada; y tras recordar las palabras que un día Chad me había dicho: "No te lamentes por aquellos que dicen no quererte, en lo más mínimo. Recuerda mejor a aquellos que te amamos y que estaremos a tu lado pase lo que pase…". Quizá, y aunque me doliera tanto, había perdido a una amiga, pero sólo tenía que mirar a mi alrededor y ver a todas aquellas personas que estaban a mi lado. Sonreí al hacerlo, en ese momento sus rostros estaban contrariados y mostraban un profundo estrés por el exceso de trabajo. Pero sabía que siempre tendrían una sonrisa para mí.

Casi como si el tiempo me hiciera una mala jugada, los días empezaron a transcurrir rápidamente contrario a lo que yo en verdad quería, y casi sin darme cuenta me encontraba una vez más sentada en la pequeña estancia del doctor Frederick Jones, esperando para mi nueva cita. Pues a pesar de mis ruegos y las exageradas promesas que le había hecho a mi mamá, esta no había cedido a que yo ya no tomara esas tediosas citas con mi nuevo psicólogo, repitiendo siempre lo mismo, asegurando que lo que hacía era por mi bien y el de nadie más.

La puerta se abrió un con suave chasquido y por ella salió un niño de aproximadamente doce años, en la mano llevaba una paleta, pero no parecía muy contento con ella, seguramente también odiaba los días de consulta tanto como yo.

  • Samantha - llamó Jones asomándose con una sonrisa de oreja a oreja.

Me levanté del sillón sin decir nada y fui hasta la puerta que él mantenía abierta para mí.

  • Un gusto volver a verte, y sobre todo saber que has decidido no dejar esto - comentó en el momento que pasaba por su lado.

  • Mi mamá no me ha dejado - contesté dando media vuelta y mirándolo sin expresión alguna.

  • Bueno, entonces recuérdame agradecérselo cuando la vea - dijo ensanchando aún más la sonrisa.

  • Claro - exclamé mirando a mí alrededor- ¡Ah!, pero qué maleducado soy. Siéntate por favor - hizo un ademán invitándome a tomar asiento frente a su escritorio.

Tomé asiento sin decir nada, seguía mirando la habitación en la que me encontraba por segunda ocasión. Todo en el pequeño consultorio seguía igual que siempre, desde los pesados libros hasta el escritorio desvencijado.

Frederick tomó asiento frente a mí, tras su escritorio casi al instante, entrelazó los dedos sobre el escritorio y me miró con una radiante sonrisa que casi me dio miedo.

  • Y bien… - dijo soltando un profundo suspiro -. Cuéntame, ¿cómo ha ido tu semana?

  • Bien - respondí sin más.

  • ¿Sólo bien? - insistió con desanimo.

  • Sí - dije a la vez que me encogía de hombros.

  • Sí, bien… Es que creí que todos los adolecentes como tu tenían aventuras y eso...

  • Ya vez que no todos las tenemos. Pero puedes platicarme algo tú si quieres - propuse con una sonrisa.

  • ¿Yo?, ¿qué podría platicarte yo? - preguntó curioso.

  • Pues… - empecé indagando en mi mente, tratando de sacar cualquier tema para que olvidara a lo que iba -. ¿Cómo conociste a mi mamá?

Frederick lanzó un resoplido acompañado con una sonrisa que se acentuó aún más. Esa sonrisa era de algo más que sólo un conocido de mi mamá, supe de antemano que entre ellos debía haber una historia.

  • Es una larga historia - dijo un poco sonrojado. Mis suposiciones iban en aumento -. Conozco a tu madre desde que tengo uso de razón. Creo que desde que iba en preescolar, nuestros padres fueron amigos, y de allí mismo nuestra amistad surgió al vernos a diario y crecer casi juntos. No le digas a tu mamá que te lo dije, pero ella es mayor que yo por un año - comentó guiñándome un ojo.

  • ¿Mi mamá te gusta? - no pude contener que se me saliera aquella pregunta.

Fred, como él me había pedido que lo llamara se sonrojó aún más, si es que eso era posible y me miró fijamente con los ojos entornados. Yo a mi vez le sostuve la mirada, sabiendo perfectamente que si su deseo era que yo dijera algo de mi vida, él tendría que hacer lo mismo antes. Según sabía, eso era lo que los psicólogos hacían con sus pacientes para ganarse su confianza.

  • Sí, la verdad es que sí llegué a enamorarme de tu madre - declaró pasados unos minutos.

¡Eureka!, pensé para mis adentros. Podía sacarle cualquier cosa a aquel hombre si me lo proponía. Sólo tenía que ser sumamente cuidadosa de no ser yo la que revelara más de lo que debía.

  • ¿Qué pasó?, ¿llegó a haber algo entre ustedes? - pregunté con interés.

  • No. Ella siempre estuvo enamorada de Nathan Northon, y yo siempre fui solamente su mejor amigo - declaró con un poco de pesadumbre.

  • Se le fueron las cabras por completo cuando se fijó en Nathan - exclamé haciendo un gesto negativo con la cabeza.

  • Fue su primer amor, Sam; debes comprenderla. Todos perdemos la cabeza por ese primer amor de juventud, aunque muchas veces nos enamoremos de alguien que no valga la pena - explicó cruzando los brazos e inclinándose un poco hacia adelante para mirarme más fijamente con sus ojos castaños -. Creo que tu madre teme que tú cometas el mismo error con respecto a Curt.

  • Ni siquiera lo conoce, no sé por qué se opone - reproché cruzándome de brazos como una niña haciendo un berrinche.

  • ¿Y tú crees que él valga la pena?

  • Claro que sí - atajé al instante, completamente a la defensiva.

  • ¿Cómo lo sabes?

  • Por que simplemente lo sé. Es que… él no es como los demás chicos, y lo sé por su forma de mirarme, hablarme y escucharme. Todo eso me dice que en verdad me ama y que nunca se alejará de mi lado. Sé que parece un poco problemático, pero no es así… De seguro mi mamá es de esas personas que se dejan guiar por las apariencias, y admito que yo hice lo mismo en un principio, pero una vez que me di la oportunidad de conocerlo…

Me quedé callada, No podía creerlo, había caído en la trampa y había soltado casi todo sobre Curt.

Lo miré detenidamente, casi esperando a que me dieran mi sentencia… Tres, cuatro… quizá cinco meses en un loquero si me iba bien. ¿Pero por qué?, me pregunté a la vez, ¿por estar enamorada?

  • Te enamoraste de él - terminó Fred la frase que yo había dejado incompleta.

  • Sí… - dije en voz baja.

Sonrió. Pero no sabía si por que había logrado que yo hablara, o por la expresión de desconcierto de mi rostro.

  • Bueno, Sam… - se estiró sobre su silla y alargó al máximo sus brazos -, me alegra mucho haber charlado contigo. Nuestra cita es el próximo viernes. Espero que no lo olvides.

  • Claro - me puse en pie aún con la mirada un poco perdida, recordando las palabras que había dicho -. Este… lo que dije… - empecé antes de darme vuelta a ir hacia la puerta de su consultorio -. No se lo dirá a nadie, ¿verdad?

  • Este es un consultorio de psicología. De aquí no sale nada - repuso con una sonrisa de complicidad -. Y en verdad me gustaría que seamos amigos. ¿Qué dices?

Tendió una mano de largos y finos dedos que yo miré por un momento con los labios fruncidos. ¿Podía confiar en él?, era la pregunta que me hice mentalmente mientras la observaba. Él lo había hecho conmigo al contarme sobre su pasado y cómo se había enamorado de mi mamá.

  • Bien - dije estrechando su mano a la vez que le devolvía la sonrisa que me dedicaba.