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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 22
La miré fijamente, sabía que mi rostro estaba desencajado por el coraje que sentía, pero no lo podía evitar, hasta hace un par de horas había dicho que volvíamos a ser amigas, y yo le creí como una tonta… ¿A caso se trataba de una venganza por el error que yo había cometido con anterioridad? Apreté mis manos empuñadas tan fuerte que sentí como mis propias uñas me dañaban las palmas de las manos. Advertí unas lágrimas de furia salir de mis ojos, pero no las dejaría salir por nada del mundo, no le daría la satisfacción de verme llorar.
El ambiente a nuestro alrededor se había tornado tenso e incómodo. Notaba la mirada de mi mamá sobre una y otra consecutivamente, en silencio, quizás sin saber qué decir o como reaccionar, pero estaba segura de que no era la única que nos observaba. Era una suerte que la cafetería nunca estuviera lo bastante llena, sobre todo por momentos como aquellos.
- Lo siento… - repitió una vez más, y sin siquiera levantar la mirada pasó por mi lado y salió del lugar sin mirar atrás.
Las campanillas colocadas por encima de la puerta de entrada de la cafetería repicaron un par de veces, indicando que la muchacha había salido. Yo permanecía en mi lugar, de espaldas a la puerta, que acababa de cerrarse con un sonido sordo parecido a los que hacía mi corazón dentro de mi pecho llenos de furia, de dolor…
Una lágrima se derramó de mis ojos que no podía sostenerla más dentro de ellos, resbaló por mi mejilla, y antes de que callera al vacío resbalando por mi barbilla, la limpie con el dorso de mi mano.
- Sam…
La voz de mi mamá de pronto se escuchó, y me hizo comprender que seguía plantada en medio de la cafetería.
-
Samantha…
-
Ahora no, ¿quieres, mamá?... Tengo que trabajar - exclamé de manera cortante. Pasé por su lado con la cara en alto y me dirigí hasta el baño, en donde me puse mi uniforme.
Durante el resto del día no hubo nada más en mi cabeza que no fuera lo ocurrido aquella tarde al entrar a trabajar, por más que quise pensar en alguna otra cosa, que traté de sacarlo de mi mente. Eso permaneció conmigo como una película que se echaba a andar consecutivamente.
Si bien he sabido que la traición duele, no se compara con el dolor de saber que aquel que te traiciona es alguien a quien amas.
Brooke y yo habíamos sido amigas desde que tengo uso de razón. En realidad no recuerdo mi vida sin ella. Siempre estuvo para mi cuando la necesité, y yo estuve para ella cuando me necesitó. Ahora no entendía lo que había pasado, y sentía una punzada en el pecho cada vez que pensaba que nuestra amistad había llegado a su fin, pero era verdad, ya no seríamos amigas más.
- ¿Has visto a mi mamá, Sherly?
Chad ya se encontraba enfrascado en su monitor observando las ganancias de aquel día -que sinceramente dudaba que fueran grandes-, y acababa de percatarme de la ausencia de mi mamá. No recordaba haberla visto durante casi todo el día. Para ser exactos, desde mi encuentro con Brooke.
-
No, querida. Dijo que tenía un par de cosas que hacer en casa y que no podían esperar - exclamó Sherly en voz baja, como si temiera poder interrumpir a Chad en su trabajo.
-
No me ha dicho nada - traté de hacer memoria por si algo se me había escapado. Quizá en algún momento me lo hubiera comunicado, pero más bien eran mis ansias por mantener la mente inmersa en otras cosas.
-
Al parecer fue algo de última hora- terció encogiéndose de hombros.
-
Quizá…
Volví al silencio que había mantenido durante casi toda la tarde, y de nuevo el recuerdo acudió a mi mente como una molesta mosca sobre un pastel. Miré a mí alrededor con los brazos cruzados sobre mi pecho; más allá, entre las sombras que reflejaban las paredes del lugar casi en penumbras, se encontraban Billy y Allison, besándose en silencio y riendo por lo bajo; a mi lado Sherly tenía el ceño levemente fruncido y lanzaba continuas miradas hacia Henry, quizá aquellos dos habían vuelto a pelear como de costumbre. Y allí, mientras observaba a cada uno de aquellos personajes a los cuales consideraba como miembros de mi familia, quise ser uno de ellos por lo menos un momento y olvidarme de lo que ahora sentía.
-
Bien, he terminado - dijo Chad en tono de triunfo empezando a apagar el ordenador y tomando las cosas que había dejado sobre el escritorio-. Vamos, Sam.
-
¿Sólonosotros?- pregunté con desconcierto mirando a mi alrededor. Posando la mirada y Billy y Sherly - ¿Qué hay de Billy… y Sherly?
-
Allison y yo iremos a ver una película - se adelantó el muchacho a contestar.
-
Y yo iré a casa de Margaret, ¿la recuerdas? Ha estado un poco enferma y quisiera pasar a verla un rato - dijo a suvez Sherly.
Sabía lo que aquello significaba, podía apostar a que Chad estaba al tanto de lo ocurrido aunque no hubiera estado presente cuando sucedió. Mi mamá le confiaba absolutamente todo, y si antes no se había atrevido a abordarme con preguntas sobre mis discusiones con mi mamá, estaba casi segura de que después de nuestra charla días antes ya no sería tan fácil escapar de dichas preguntas.
Salimos a la fría noche que aquel otoño nos regalaba, lleno de brillantes estrellas iluminando el firmamento que se había teñido ya de un color azabache. El auto de Chad estaba apostado casi frente a la cafetería, por lo que no nos costó mucho llegar hasta él. Me abrió la puerta del coche, para después ir hasta la puerta del copiloto y abrir la puerta de su vieja camioneta.
Cerré los ojos con fuerza, esperando oír en cualquier momento el ruido sordo de la puerta al cerrarse, sabía que en cuanto eso pasara ya no habría escapatoria para mí. Pero no, Chad echó a andar el auto y condujo en silencio por un par de minutos.
-
Y bien… - pensé por un momento que me salvaría - ¿Cómo estuvo tu día? - preguntó con toda calma.
-
¿Bien…? - respondí más como una pregunta que como una afirmación.
-
¿Sólo bien?
-
Sí, sólo bien - traté de sonar ahora lo más convencida posible, pero sabía que no daría resultado.
El silencio volvió a emanar como un gas que de pronto se colaba en el auto. Pero no duraría mucho tratándose del nuevo Chad. El Chad que ahora se preocupaba más por mí.
-
Este… tu mamá me platicó sobre lo que pasó con Brooke esta tarde - ahí estaba, ahora a esperar el discurso.
-
No volverá a pasar…
-
No, en realidad no me refería a eso… Yo… Brooke y tu han sido amigas desde hace años, ¿qué pasó?
-
No lo sé - dije yo. En realidad no lo sabía, mi mente estaba echa un revoltijo entonces.
-
¿Fue por un chico?
Lo miré ceñuda y confusa. ¿Qué le hacía creer aquello?... Aunque pensándolo bien, ella había ido con el chisme a mi mamá de que me había estado saltando las clases por un muchacho.
-
Supongo que eso quiere decir que sí - exclamó Chad con una leve sonrisa dibujada en su rostro -. ¿Vale la pena?
-
Sí… Bastante - de eso no me cabía la menor duda.
-
Ya lo creo - lanzó un suspiro que no pude dejar pasar desapercibido. Más sin embargo no dije nada, quería que el tema diera por finalizado.
Llegamos a casa en cuestión de minutos. Bajé del auto en cuanto Chad giró la llave para apagar el motor; lo único que quería era llegar hasta mi habitación y estar aislada de todos en cuanto antes, dormir y olvidarme de todo, y al día siguiente despertar y saber que aquello ha sido una pesadilla.
Crucé el jardín sin miramientos y fui hasta la puerta de entrada, abriéndola de un solo empujón, sin mirar hacia ningún lado. Estaba a punto de colocar un pie sobre la escalera cuando algo llamó mi atención. Hubiera querido en aquel momento ser una sorda y no haberla escuchado, pero al escuchar que mencionaba mi nombre me fue imposible no darme la vuelta.
- Sam… que bueno que ya están en casa.
Mi mamá me observaba desde la puerta de la cocina, recargada en el marco con los brazos fuertemente cruzados sobre su pecho, pero no por que estuviera molesta, pues en su rostro había una sonrisa forzada, una que siempre usaba cuando estaba nerviosa o indecisa con algo.
-
¿Qué sucede? - pregunté con curiosidad.
-
Nada, ¿qué tendría que suceder? - dijo acentuando la sonrisa, haciéndose ver aún más nerviosa.
-
Estas extraña…
-
No - se pasó una mano por el cabello y lo alborotó un poco -. No, yo… ¿Nos podemos sentar?
Señaló uno de los sillones de la pequeña estancia y yo la seguí aún más confundida. Antes hubiera pensado que me recibiría con gritos y sermones, no con un "que bueno que están en casa". Me senté frente a ella en la pequeña y vieja sala, esperando a que hablara nuevamente. Pero al igual que Chad se tomó su tiempo para hacerlo. Volvió a alborotarse en largo cabello castaño y alisó su blusa color naranja.
-
Todo lo que pasó hoy en la cafetería me ha dejado muy preocupada… - dijo tan bajo que tuve que acercarme más para escuchar mejor.
-
Te juro que no volverá a pasar - dije al instante sintiendo como mi rostro se encendía.
-
No sé qué esta ocurriendo contigo, Sam. Tu no eres así - continuó como si no hubiera escuchado mi disculpa -. Me preocupa tanto lo que está pasando contigo. Te lo dije… te pregunté una y otra vez qué era lo que pasaba y tu nunca me lo quisiste decir. Esto era a lo que temía. Si no hubiera sido por Brooke… Ella me contó sobre…
-
¿Esto tiene que ver con Curt?, ¿tu también crees que es una mala influencia? - pregunté interrumpiéndola.
-
Curt… - repitió ella en un susurro -. Hija… ¿por qué no lo dejas…?
-
No - respondí de inmediato.
-
Pero Sam… sólo te estas haciendo daño… - en sus ojos se asomaban algunas lágrimas que amenazaban con salir.
-
No - repetí con decisión. Pero las lágrimas me traicionaron -. Antes… antes sentía que mi vida estaba vacía, que le hacía falta algo. He encontrado ese algo, mamá. Curt es eso que me hacía falta.
Vi como se escapó una lágrima de los ojos de mi mamá, y no entendía como el amor que sentía por Curt podía provocar aquello, pero me sentí mal aún así.
-
Hoy… he hablado con Frederick Jones, un amigo de la universidad y hemos acordado que irás a verlo mañana por la tarde - se secó las lágrimas de sus mejillas y adoptó un tono más sereno y serio.
-
¿Qué quieres decir con eso?, ¿quién es ese tal Frederick Jones?
-
Él es psicólogo…
-
¿Psicólogo?, ¿crees que estoy loca? - me puse en pie con brusquedad y la miré como si ella fuera la loca en aquella casa.
-
No, claro que no.
-
¿Entonces por qué quieres que vaya a ver a uno? - cada vez me sentía más y más molesta.
-
Sam, creo que necesitas hablar con alguien y…
-
¡No!
Y sin mirarla empecé a caminar hacía la puerta,pero no a la de mi habitación, sino a la de entrada.
-
¡¿Sabes?! ¡No te lo estoy preguntando, irás a verlo y se acabó la discusión! - gritó a su vez ella caminando tras de mí.
-
¡No lo haré!
Abrí la puerta de un tirón y el aire nocturno golpeó mi rostro que hervía por la furia, pero no me detuve, seguí mi camino bajando los pequeños peldaños y cruzando de nuevo el jardín delantero cubierto por seco pasto amarillento.
- ¡Sam!, ¡¿a dónde vas?!
La silueta alargada de mi mamá se dibujaba a lo largo de la extensión de césped.
- ¡Lejos!, ¡muy lejos de todos ustedes! - grité para luego echarme a correr por la acera y perderme en la oscura calle.
Me abracé a mi misma fuertemente con ambas manos, había olvidado tomar un abrigo, pero bueno, con lo que acababa de pasar quién hubiera recordado ir por su abrigo. Empecé a tiritar del frío. Sentía la nariz congelada y los dedos de mis manos entumecidos.
Mis pasos fueron aminorando cuando estuve segura de que mi mamá no iba tras de mi para obligarme a ir a casa nuevamente, y conforme mis pasos me conducían más lejos de mi hogar, sentía como poco a poco el enojo se calmaba dentro de mi, seguía dentro, pero no como hacía unos minutos. Era como un monstruo que había dejado de dar patadas y lanzar salvajes rugidos, pero aún estaba ahí, calmado y silencioso. Pero más que dejarme tranquila, fue darle paso a un nuevo sentimiento. La tristeza. Lloré sin importante que alguien pudiera escucharme, quizá pensando que la oscuridad era como un escondite en el que nadie podría encontrarme. Pero como siempre, no podía estar más equivocada.
-
¿Sam?, ¿estás bien?
-
¿Curt? - exclamé escudriñando la silueta oscura que se dibujaba frente a mí.
-
Aquí estoy - dijo el muchacho en un susurro perfectamente audible.
Mi cuerpo reaccionó antes incluso que mi mente, y cuando menos lo esperé estaba en los brazos del muchacho, llorando sobre su pecho, aferrada a su cuerpo, buscando el consuelo y alivio que sabía que sólo él podía darme. Sentí sus brazos estrecharme contra él. Sabía que sentía mi dolor, éramos uno, ahora lo sabía. Era como si un alma se hubiera partido en partes iguales y fuera sido depositaba en cuerpos distintos. Y ahora necesitaran con todas sus fuerzas volverse a unir por siempre.
-
Por favor, Curt, no me dejes… nunca - exclamé entre sollozos aún entre sus brazos.
-
Estaré siempre contigo, Sam. Siempre voy a estar para ti cuando me necesites - me dijo al oído suavemente.
-
Te amo…
-
Y yo a ti… con toda mi alma.
Permanecimos así durante largo rato, olvidándonos por brevedad de lo frío que estaba allí afuera. Tenía la impresión de que si lo soltaba un dolor horrible me invadiría, que lo perdería para siempre, o que caería en un profundo abismo del que nunca podría salir. Quería estar así por siempre, entre los brazos de aquel joven que hacía que de mi mente se borrara toda tristeza habida y por haber, deseaba vivir y alimentarme del calor de su cuerpo hasta el fin, no escuchar nada más que no fuera su voz, no tocar nada que no fuera su piel…
- Vamos, aquí hace frío - dijo en un susurro apenas audible. Se separó un poco de mí, y pasando un brazo por mis hombros me encaminó por la calle oscura.
Por un momento temí que me fuera a llevar a casa, y yo aún no estaba preparada para volver, en realidad no estaba segura de si algún día querría volver allí de nuevo. Pero no. Caminamos en dirección contraria, con paso lento, pero seguro, escuchando simplemente el silencio de lanoche y los latidos del muchacho que iba tan cerca de mí.
Cruzamos el jardín delantero de su casa, dirigidos por el camino de cemento que llevaba hasta la puerta de madera fina que estaba en la entrada.
- Bueno, hemos llegado.
La puerta lanzó un rechinido bastante alto cuando Curt la empujo para abrirla por completo, dando la impresión de que casi nunca se abría, o que nadie vivía en aquella casa. Pero no era así, dentro estaba bastante limpia como para que la habitara un chico que por lo general se encuentra solo en casa. Los muebles de madera brillaron cuando la luz de la luna dio en ellos, pero al instante todo se quedó a oscuras cuando mi novio volvió a cerrar la puerta tras nosotros.
-
Espera, ya enciendo la luz - dio un par de largas zancadas hasta el apagador y lo accionó. Pero nada sucedió -. ¡Maldición!, debe de ser un fusible…
-
Curt - exclamé cuando este empezaba a ponerse de nuevo su chaqueta para salir una vez más al helado exterior.
El muchacho se volvió al instante.
-
Déjalo, ya mañana arreglarás eso. Además, hace frío y ya es muy tarde.
-
Bien - dijo lanzando un profundo suspiro y esbozando una sonrisa -. Iré por mantas y almohadas. Nos quedaremos aquí, mi habitación es un desastre.
Curt dejó la chaqueta sobre el sillón y corrió escaleras arriba rápidamente. Lo miré subir como un rayo, saltando los peldaños de dos en dos, preguntándome qué tan desordenada podría estar su habitación para no poder estar en ella. Di vueltas en mi lugar observando la habitación en la que me encontraba. Todo estaba perfectamente limpio, ordenado y en su lugar, a diferencia de la motocicleta que seguía en un rincón de la estancia, tan sola como la había visto la primera vez.
Escuché unas fuertes pisadas sobre las escaleras, y al mirar hacía ahí, vi la silueta de Curt volver con una pila de mantas sobre las manos y algunas almohadas.
- ¡Las tengo! - exclamó alzando las mantas que llevaba sobre las manos al momento que entraba en la estancia.
Esbocé una sonrisa como respuesta.
-
He traído bastantes. Parece que va a ser una noche muy fría y no quisiera que te congelaras.
-
Sí, sería una tragedia.
Ayudé a Curt a tender algunas mantas sobre la alfombra, tiramos las almohadas encima y me senté sobre estas, observando al muchacho ir de un lado a otro por la habitación, alejando más los sillones y las mesitas del centro de la estancia y moviendo objetos los cuales no pude identificar.
-
Y ahora… - se colocó frente a la larga cortina que cubría la enorme ventana-. Una hermosa vista para acompañar la velada.
-
¡Wow! - exclamé sin poder contenerme.
Una enorme luna se asomó por la ventana, iluminando casi por completo la oscura habitación, bañando los muebles y al muchacho que estaba apostado frente a ella. Fue como darle color de pronto a un mundo en blanco y negro, como darle sonido y movimiento a una vieja fotografía. Era hermoso, simplemente hermoso.
Curt se quitó los zapatos, y se recostó a mi lado con la vista fija en la ventana que teníamos enfrente. Yo hice lo mismo al instante y me cubrí con las mantas hasta el pecho.
-
Me encanta - dijo él de pronto.
-
A mi también. Es hermoso como es que algo tan simple puede dejar ese sentimiento… Dar la esperanza de que a pesar de toda la oscuridad, siempre habrá un poco de luz para todos.
-
Sí, eso también me gusta - lo sentí moverse a mi lado y mirarme fijamente -. Pero yo me refería a esto. A estar contigo.
-
¡Oh! - exclamé sintiendo como los colores me llegaban al rostro -. Sí… a mi también me gusta estar contigo, Curt. Quisiera estar siempre contigo, que nunca te vayas demi lado.
-
Nunca me iré de tu lado - el muchacho se incorporó, colocándose un poco por encima de mi para ver mi rostro de frente -. Siempre voy a estar para ti.
Mi corazón latía violentamente al sentirlo tan cerca de mí, al notar su respiración cálida sobre mi rostro, sus manos sobre mi cintura, su calor tan cerca de mi cuerpo.
Lentamente llevé mis manos hacia su cuello, acariciando su cabello, llevando lentamente su rostro con el mío. Haciendo que nuestros labios rozaron suavemente, casi como una caricia, una caricia que pronto incrementó su ritmo conforme los minutos pasaban. Mi respiración se agitaba y mi corazón latía cada vez con más fuerza, pero no quería terminar con aquel beso, no quería desprenderme de los labios de Curt. Quería seguir sintiendo sus manos recorrer mi cuerpo, quemando cada pedacito de piel que rosaba por encima de la ropa, mientras que las mías continuaban en su cuello, sin atreverse a nada más.
El calor de su cuerpo contra el mío era embriagante, tanto que le impedían a mi mente pensar con claridad. Sólo sabía una cosa, que quería aquello con toda mi alma.
Sentí el calor y la suavidad de su piel contra la mía, y comprendí que ya no había barreras entre ambos cuerpos. Los calores que ambos desprendían inundaban la habitación, dejando a un lado el frío de aquella noche de otoño.
Nuestros cuerpos se movían como si fueran uno solo, nuestros corazones latía al mismo tiendo, rápida y ruidosamente dentro de nuestros pechos, y nuestros labios seguían unidos en un beso que no parecía tener fin.