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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 21
- ¿Cuándo lo devolverás? - preguntaba Rose.
Aún seguía insistiendo con dejar de nueva cuenta el anuario en la biblioteca, cuando apenas llevaba un solo día con este en mis manos. Aferré mi mochila con ambas manos en señal de protección al preciado objeto que sin duda podría ayudarme a encontrar a Sam y Curt. Aquello, junto con el diario (ahora tenía completamente claro que aquel cuaderno viejo y a punto de deshojarse era un diario personal) me iban a indicar el camino correcto a seguir para llegar junto a Sam o Curt… o quién sabía, quizá junto a los dos.
La muchacha me miró con gesto resentido. Mantenía una mano sujeta a mi mochila, pero no tiró de ella, sólo la mantuvo ahí, quieta e indecisa. Alejé la bolsa de su mano y la escondí con mi cuerpo un poco, tras mi espalda. Ella se alisó su blusa con ambas manos y luego pasó una mano por su cabello, yo sabía perfectamente que estaba molesta, pero no era tan tonta como para enojarse conmigo abiertamente por una cosa como aquella.
-
Empiezo a creer que no lo vas a devolver - volvió a acomodarse el cabello castaño con incomodidad.
-
Siempre esa manía por seguir las reglas - me burlé yo. Pero era claro que ella hablaba completamente enserio.
-
Por favor - suplicó con voz baja y un tanto llorosa -. Sabes que eres mi mejor amiga y no quisiera verte en un lío… Menos el saber que podrían expulsarte por ese motivo…
-
No te preocupes, no pasará eso, Rose - dije yo en forma tranquilizadora, tratando de esbozar la sonrisa más convincente que me fue posible -. Además, ¿sabes?... Nunca había sentido un impulso por saber más como lo he tenido con este cuaderno, con la historia de Sam. Es tan… ¡Es que si lo leyeras, Rose! Comprenderías el por qué quiero encontrarla…
-
¿Es tan bonito así? - preguntó la muchacha ya más tranquila.
-
Es más que solo bonito. Es… es inigualable, puro… no lo sé, es algo que no puedo explicar.
Del rostro de la chica se escapó una tímida sonrisa que yo devolví al instante. Rose y yo éramos amigas desde que tenía memoria, desde Preescolar para ser exactas.
-
¿Qué tal si me lees un poco de ese libro y en el camino preguntamos si alguien conoce a Sam o a Curt? - propuso ella, sorprendiéndome en un principio.
-
Vamos.
El aire frío circulaba rápidamente entre mis pulmones mientras nuestras pisadas resonaban contra la firme acera. La mano de Curt seguía fuertemente entrelazada con la mía, llevándome velozmente tras él. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, no sabía si por la adrenalina que inundaba cada una de mis células, o por haber corrido aquel largo tramo sin parar ni un segundo.
-¡Y…!... ¡ya!... ¡Para, Curt… Por favor! - dije con voz entrecortada, sintiendo unos dolorosos pinchazos en el costado. Me faltaba en aire.
Traté con un primer freno, hundiendo mis pies en el cemento y jalando la mano de mi novio hacia mi cuerpo para hacer que aminorara la velocidad. Pero no fue hasta mi tercer freno que pude detenerlo por completo. Puse mi mano contra mi pecho, doblándome un poco por la cintura. ¡Dios!, en verdad mi corazón parecía loco por salir de mí. Mi pecho era un vaivén por la rápida y frenética respiración que hacía casi convulsionar mi cuerpo. Alcé un poco la mirada, Curt también se había doblado hacia el frente y me miraba fijamente, casi a la misma altura de la que me encontraba yo, me lanzó una sonrisa que tembló un tanto por las sacudidas de una risa ahogada y el querer tomar aire a bocanadas.
-
¿No… no fue genial? - exclamó con voz entrecortada.
-
¿Estás loco? - fue casi incomprensible mi expresión entre jadeos y la voz tan agitada.
La sonrisa del muchacho se desvaneció al instante.
- Fue más que eso… Lo mejor que he vivido, nunca había sentido tanta adrenalina antes - repuse sonriendo, y entonces mi sonrisa dio paso a una nueva en aquel rostro juvenil y hermoso que tenía frente a mí.
Curt lanzó una carcajada estridente que se escuchó a lo largo de la calle, casi entrando a cada uno de los lugares más oscuros y profundos de la avenida; se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza, despegando mis pies del suelo, y dando rápidas vueltas conmigo entre sus fuertes brazos.
Recuerdo perfectamente aquella noche, el frío aire acariciando mi cabello y despeinándolo, el calor del cuerpo de Curt traspasar el mío con aquel abrazo, las escasas luces a mi alrededor dar vueltas como pequeñas luciérnagas amarillas, su aliento tibio sobre mi rostro, el brillo de sus ojos frente a los míos, el olor a hierva fría y humo de las chimeneas cercanas... Hay tantas cosas que recuerdo de aquello noche, pero nada que pudiera dar comparación a lo que yo sentía en realidad. Podría decir que era como una descarga recorriéndome mi cuerpo, pero no, era mucho más fuerte; quizá decir que era un inmenso calor, pero era mucho más intenso. ¿Mágico?... mágico… Quizá, pero una tan poderosa que era capaz de cambiar todo el mundo a mi alrededor; tan intensa, tan fuerte…
Nuestros labios se encontraron, juntándose en un beso. Sentía como si su boca quemara mis labios con cada rose, mientras que sus manos recorrían mi espalda con ternura, llegaban a mi cabello y sus dedos se enredaban entre un mechón, jugando con él como casi siempre hacía.
-
Es tarde… - me separé de él suavemente, sintiendo su corazón latir bajo mi mano que reposaba sobre su pecho -. Tengo que ir a casa. Mi mamá debe de estar furiosa…
-
Quisiera que estuvieras conmigo siempre - dijo él sin soltar sus manos de mi alrededor.
-
Siempre voy a estar contigo. Pase lo que pase, ¿lo olvidas?
-
No, nunca lo olvidaré - acarició mi mejilla con el dorso de su mano, con tanta delicadeza como si tocara una fina pieza de porcelana.
Pasados unos segundos más, nuestras manos se volvieron a entrelazar y emprendimos nuevamente camino, pero ahora en dirección a mi casa, disfrutando del silencio de la noche, del susurrar de las hojas con el viento, del aire frío en nuestros rostros, del calor que proferían nuestras manos al estar tomadas.
Al comenzar a hacerse aún más corto el camino hacia nuestro destino, nuestros pasos empezaron a aminorar, yo no quería aún llegar, y seguro que Curt quería decir un "hasta luego", aunque sabíamos que sólo sería por un par de horas antes de volvernos a ver en la escuela en cuanto saliera el sol. Cuando menos lo pensamos, la puerta de madera fina de la entrada de mi casa ya estaba a escasos metros de nosotros. Ni siquiera quería mirarla, era como si me apresurara a algo a lo que todavía no me sentía preparada.
-
Bueno… - lanzó un suspiro y su mano se apretó con más fuerza contra la mía -. Aquí estamos.
-
No quisiera…
-
No lo hagas - dijo al instante con un dejo de emoción en aquellas tres palabras -. Ven conmigo si así lo quieres.
-
No quisiera, Curt. Pero tengo qué - repetí yo encogiéndome de hombros -. Pero alégrate, nos veremos mañana - le di un pequeño empujoncito con el hombro.
-
Sí - una sonrisa melancólica apareció en sus labios.
Su colocó frente a mí, tomó mi rostro entre sus manos, llevándolo suavemente hacia su cara, acariciando por última vez en aquella noche mis labios con los suyos.
-
Te amo - dijo en un susurro, rosando nuestros labios al pronunciar aquellas palabras.
-
Y yo a ti.
Al entrar en mi casa noté con satisfacción que mi mamá no se encontraba allí, de haber sido así habría estado esperándome entre la oscuridad con un gesto tétrico y sombrío, esperando explicaciones que sin duda yo no podría darle, y a pesar de mi charla con Chad no querría proporcionarle. Estaba de acuerdo con él en que tenía que ser comprensible con ella respecto al asunto de Nathan, pero aún así seguía un tanto molesta.
Me puse en puntillas y recorrí el vestíbulo lo más silenciosa que pude, subí las escaleras con sumo cuidado y fui hasta mi habitación, cerrando la puerta tras de mí sin siquiera hacer el menor ruido. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo y esbocé una sonrisa casi sin querer al comprobar que la ventana por la que había salido hasta hace un par de horas seguía abierta, recordándome la noche que acababa de pasar. Aquella noche mágica que sin duda nunca olvidaría. Nunca.
Me tumbé sobre la cama con una sonrisa en los labios, los ojos completamente cerrados, observando en mi mente el rostro de Curt, su perfecto rostro, como si estuviera plasmado en el interior de mis parpados, con aquella hermosa y coqueta sonrisa tan llena de suficiencia y confianza, sus brillantes ojos castaños y el alborotado cabello oscuro que confinaba tan perfectamente con aquel estilo tan rebelde suyo.
Era un día esplendido. En el cielo había un sol abrazador, que a pesar de estar a punto de llegar al invierno calentó cada una de mis células en cuanto puse un pie fuera de mi fría y lúgubre casa. Me sentía feliz, feliz a pesar de todo lo vivida. Claro que las imágenes de lo pasado aún seguían en mi mente, pero eran como borrosos recuerdos de una vida pasada. Estaban ya un poco lejos de causarme un daño como el del día anterior. Se escuchaba raro, pero era así como entonces me sentía, como despertada de una horrible pesadilla, con unas ganas locas de vivir y ser feliz siempre.
La campana parecía acabar de sonar dentro del colegio, pues los pasillos se encontraban llenos de estudiantes apresurados que buscaban el camino hacia su primera clase de aquel día.
Caminaba tratando de no ser aplastada contra un par de enormes alumnos pertenecientes al equipo de futbol, cuando una voz proveniente a mis espaldas me hizo volverme para mirar a aquella persona que me llamaba casi a voz en cuello.
- ¡¡Sam!!...
Brooke corría lo más rápido que le era posible entre tantos estudiantes que se interponían en su camino, estrujándola unos con otros y golpeándola sin querer.
La miré por un momento con el ceño fruncido sin creer lo que estaban viendo mis ojos. Pesaba que la pelirroja estaba molesta conmigo, incluso había llegado a creer que nuestra amistad ya no tenía remedio alguno, pero el que fuera hacia mí entre una marea de apresurados estudiantes (la mayoría más altos que ella) parecía decir lo contrario. En lo que pareció una eterna hora, y al llegar a mi lado con el cabello rojo completamente despeinado y un poco de su labial corrido por su mejilla, lanzó un suspiro y dijo:
- ¿Podemos hablar de camino a clase?
En mi cabeza aún no cabía que ella estuviera hablando conmigo, pues a parte de todo lo que había pasado, parecía como si Brooke fuera la que quisiese ahora pedirme una disculpa. Parpadee un par de veces al ver que la muchacha ladeaba un poco la cabeza en tono de confusión al ver que yo no daba respuesta alguna.
- Claro, claro… - contesté haciendo un ademán para que ambas emprendiéramos camino por el aún abarrotado pasillo.
Durante los primeros segundos después de empezar a andar juntas por el corredor el silencio se hizo presente, tan tediosa e insoportable como siempre que no se tiene bien pensado qué decir o cómo actuar. En ese pequeño transcurso de tiempo me dediqué a analizar las agujetas de mi tenis, que se empezaban a desatar y golpear el otro zapato haciendo un ruidito apenas audible.
-
Este… no sé como empezar - dijo ella con un hilo de voz que hizo que mi estómago de encogiera levemente.
-
¿Por qué no por el inicio? - propuse yo con un poco de desesperación.
-
No me presiones, ¿quieres, Sam? Esto es difícil para mí aunque no lo creas.
-
Lo siento… - mascullé en voz baja.
Esperé en silencio hasta que la muchacha pudo continuar de nuevo, quizá tratando de volver a tomar el hilo de sus pensamientos y lo que tenía que decirme. Lanzó un sonoro suspiro y continuó:
-
Bueno… sé que fui un poco injusta por mi reacción de aquella noche cuando no te presentaste en mi fiesta. Pero… en verdad me sentí herida al pensar que había alguien más importante en tu vida que tu mejor amiga, y tal vez lo sea, pero, ¿cómo decírtelo? - se encogió de hombros mientras fruncía un poco sus labios. Me sorprendía al ver a Brooke así, por la general solía ser bromista y risueña, pero en aquel momento su semblante permanecía serio y concentrado -. Ese día era muy importante para mí y quería compartirlo con mi mejor amiga. Y luego, cuando me dijiste que habías estado con Curt… Me preocupo por ti, ¿sabes?
-
Curt es una buena persona si eso es lo que te preocupa - atajé como dando por concluido aquel comentario suyo.
-
Lo sé, pero… Sam, es que tu…
-
El problema queda atrás si es que así lo quieres. No quisiera que nuestra amistad terminara por algo tan absurdo.
La muchacha me observó atentamente con una sonrisa vacilante, tratando de ver a simple vista la sinceridad que emitían mis palabras. Pero ¿era tan difícil?, yo era completamente sincera al decir aquello. Brooke era mi única y mejor amiga, y aunque tenía a Curt a mi lado, aún había un vacío en mi pecho que llevaba el nombre de aquella pelirroja de sonrisa contagiosa.
-
Ni yo - repuso después de un par de minutos que me parecieron una eternidad - ¿Amigas? - dijo a la vez que tendía una mano hacia mí.
-
Amigas - exclamé mientras estrechaba su mano.
Una sonrisa apareció en cada uno de nuestros rostros por primera vez desde aquel encuentro. ¿Cómo no estar felices?, volvíamos a ser de nuevo las mejores amigas, habíamos dejado atrás las diferencias y dábamos continuación a una amistad que se había empezado a escribir muchos años atrás. Ahora que lo pensaba, tenía tantas cosas que contarle a mi amiga, empezando por cómo estaba mi relación con el chico más maravilloso sobre la tierra, lo tierno y sensible que era muy por encima de aquella apariencia rebelde y desastrosa que mostraba; y también el encuentro con Nathan. Tantas cosas qué relatar, tanto por platicas… pero aquello tendría que esperar unos minutos más, por que mis ojos acababan de ver a un chico de ropa oscura y cabello revuelto desaparecer al final del pasillo en el que nos encontrábamos.
-
¿A dónde vas? - preguntó la chica al percatarse de que empezaba a alejarme de ella.
-
Ahora vuelvo - no podía despegar la vista del punto en el que Curt había desaparecido.
-
¡Pero la clase!
-
¡Nos veremos más tarde! - grité echándome a correr y dejándola atrás con un profundo sentimiento de confusión muy marcado en su pálido rostro.
Anduve por el pasillo a largas zancadas, mirando en el interior de cada uno de los salones de clases, la mayoría allí estaban solos, era un área poco utilizada gracias a su lejanía al resto de los otros salones, y a que la mayoría de las bancas y demás material estaba en tan mal estado que era casi inútil impartir una clase con ello. Sin duda fue algo que no me extrañó de Curt, estar en un lugar tan deshabitado, pues por la general era en los lugares en dónde se podía encontrar a aquel chico. Y allí, en uno de los salones más alejados, el que estaba casi al final del largo y solitario pasillo estaba Curt, jugando de nuevo con aquella pelotita suya, pasándola de un pie a otro, golpeándola con la rodilla sin dejar que callera ni una sola vez al suelo.
- Hola - saludé al entrar en el aula casi desierta.
Caminé lentamente y tomé asiento en uno de los muchos bancos polvorientos, puse mi bolsa en el suelo y me crucé de brazos sobre la paleta de este.
-
Creí que estabas ocupada con Brooke - dijo él cachando ágilmente la pelota con su mano derecha y volviéndose hacia mi con una sonrisa.
-
Lo estaba… Hemos arreglado las diferencias - declaré con una sonrisa de suficiencia.
-
Te lo dije. Yo sabía perfectamente que tu amiga solo se preocupaba por ti. Ella te quiere mucho…
-
Pues la verdad es que quien le preocupa eres tú - el muchacho se volvió extrañado, fue hasta un banco próximo al mío y tomó asiento, observándome fijamente.
-
¿Yo? - dijo con el ceño fruncido.
-
Cree que eres una mala influencia - dudé por un momento en decírselo, no quería que le tomara ojeriza a mi amiga.
-
¡Ah, bueno! - dejó salir una estruendosa carcajada que resonó en todo el salón -. Creo que eso no podrá cambiar nunca.
-
¿Por qué lo dices?
-
Por nada. No hagas caso a las locuras que de pronto salen de mi boca - dijo él haciéndose hacia adelante, acariciando mi mejilla con el dorso de su mano como había echo la noche anterior. Acercó su rostro al mío y plantó un beso en mis labios.
No regresé a clases durante el resto de aquel día. Las horas al lado de Curtis Mason se hacían cortas entre risas, abrazos, anécdotas de su pasado y tiernos besos. Era como experimentar el más bello sueño, como flotar entre las nubes cuando sus brazos rodeaban mi cuerpo, y sus labios rosaban los míos. Nunca antes había tenido novio, y nunca hubiera imaginado que alguien me pudiera hacer sentir de la forma que lo hacía aquel muchacho de ojos castaños y cabello alborotado.
Sí bien, las películas románticas nunca habían sido de mis preferidas, pero ahora vivía en carne propia una, y más que gustarme, la amaba. Amaba la forma en que Curt me miraba, en la manera en que rosaba sus manos con las mías y ese escalofrío recorría mi cuerpo de pies a cabeza. Me encantaba que hablara en susurros en mi oído y mi piel se erizara; amaba su estruendosa risa y su cara cuando estaba completamente concentrado al escucharme hablar.
El reloj del salón marcaban las tres de la tarde menos cinco, ya venía siendo hora de que empezáramos a abandonar el aula si queríamos salir de la escuela junto con los demás alumnos, así no levantaríamos sospecha alguna de dónde habíamos estado durante todo aquel día.
-
Podríamos quedarnos el resto de la tarde aquí, y quién sabe, dormir aquí si así lo quieres - comentó el muchacho con una amplia sonrisa evaluando detenidamente la habitación con más de treinta bancos.
-
Estás loco, ¿lo sabías?
-
¿Qué?, ¿por qué no? - parecía bastante convencido de que su idea era perfecta -. ¿Nunca has pasado la noche en el colegio?
-
No - contesté al instante.
-
Sí, bueno… ni yo tampoco.
-
Además tengo que ir a trabajar, ¿lo olvidas? - tomé lo bolsa del suelo y poniéndome en pie.
-
El trabajo, claro.
Curt volvía a jugar con aquella pelotita de tela, lanzándola de un lado a otro y cachándola con sorprendente agilidad.
- Sí, mi trabajo. Y si me disculpas tengo que irme ahora mismo y mi mamá se molestará.
Fui hasta él, arrebatándole el juguete de las manos para llamar su atención, para después darle un fugaz beso en la mejilla y salir del salón con paso decidido. Sólo me volví hacia atrás para lanzarle de nuevo la pelota y mirarlo con gesto sorprendido a la vez que en su rostro aparecía una sonrisa.
Corrí por la acera a todo lo que mis piernas podían, se me hacía tarde, bueno, en realidad ya era tardísimo. Apostaba lo que fuera a que mi mamá estaba furiosa por ello. El aire ya me hacía falta, necesitaba de un respiro, de detenerme y descansar un poco, pero no podía, si me retrasaba un poco más sabía que sería peor. Por algún motivo aquello me recordó a la noche anterior, sólo que menos emocionante y más preocupante.
Había llegado, la cafetería estaba allí, a unos metros de distancia. Sólo un poco más, un poquito…
Me detuve a tomar un poco de aire. Respiré profundamente para normalizar los latidos de mi corazón, me acomodé el cabello y abrí la puerta cuando estuve segura al fin de hacerlo, preparada para el grito y la reprimenda de mi mamá. Para la mirada de advertencia de Billy y Sherly. Pero no, no fue eso lo primero que encontré al abrir la puerta de la cafetería de Chad, fue algo aún más sorprendente e inesperado.
Una cabellera rojiza estaba de espaldas a la entrada hablando en silencio a sólo unos cuantos metros de la puerta con mi mamá. El rostro de la segunda estaba pálido, como si acabara de ver a un fantasma, o alguien hubiera muerto; se llevó una mano a la boca y miró al suelo. ¿Qué estaba pasando?
-
He llegado. Siento mucho haberme demorado, pero las clases…
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No digas nada - me calló ella secamente, con la mirada perdida en la nada.
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¿Mamá…?
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¿Desde cuando lo haces? - parecía herida, y yo aún seguía sin comprender.
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¿El qué? - mi voz sonó áspera y temerosa.
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Faltar a clases.
-
¿Qué?
Mi atención de dirigió a la muchacha pelirroja que había permanecido en silencio desde que se había percatado de mi presencia en el lugar. Su rostro estaba tan rojo como el cabello que lo enmarcaba y sus ojos miraban a todos lados. A todos, menos a mí.
Sentí como mis entrañas se retorcían dentro de mí como en una guerra mortal. "¿Amigas?", me repetí para mis adentros recordando que horas antes habíamos arreglado nuestras diferencias, y sentí unas ganas terribles de golpearla por haber sido tan hipócrita.
-
Lo siento, Sam… - dijo Brooke en un susurro al momento que agachaba su mirada y la depositaba en sus zapatos.
-
¿Qué hay con lo que me dijiste hace un rato, eh?- exclamé con furia contenida. Consiente que mi mamá nos observaba - ¿Amigas?, ¿amigas?... Al parecer la que no sabe ser una amiga eres tú.