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El guardaespaldas Draco Malfoy — capítulo 1
"Severus Snape, un hombre de alto renombre. Un hombre "confiable" y recto. Un hombre capaz de no descansar hasta conseguir la paz de sus ciudadanos." — Hermione, ¿podrías dejar de leer eso? Intento concentrarme en no pensar en ello. Una joven ligeramente alta, de tez blanca y rizados cabellos castaños, sonrió suavemente desde una silla en un enorme comedor. Mientras tomaba el desayuno y leía la prensa diaria. Se levantó suavemente y su larga bata casi traslúcida, ondeó ante la fresca brisa de un largo ventanal, que se encontraba abierto en el salón. Próximo a ella. — Lo siento, Severus. Me hizo gracia la acotación de esa nota. Hablan de ti como si te conocieran. Ni siquiera te preguntaron algo de lo que han dicho allí. — Es parte de la publicidad, de mi campaña política. Si quiero ganar, habrá que exagerar con los calificativos. Habrá que decir que soy un dios griego que ha descendido desde el Olimpo y muy pronto, llenará de salud, sabiduría, de riquezas, a todo el país. Que lo convertirá en un país modelo. Hermione se mordió el labio inferior, mientras Severus miraba la revista y lo que decía el artículo sobre él. Con una gran fotografía suya. — Nada que mi casi primer ministro, no pueda hacer.— sonrió, sentándose en el sofá y cruzando las piernas suavemente.— Severus, tú siempre podrás realizar todo lo que te propones. Eres una persona inteligente, asertiva, no tropiezas con casi nada. No le temes a casi nada. Y serás un marido perfecto. No contestó y meditó en silencio. Se dijo que las presiones de una carrera política, ella no las conocía. ¿Sentiría lo mismo cuando estuviera ocupado y su vida amorosa terminase decayendo seriamente? No tendría tiempo para dedicarse a mucho. Solo a su trabajo. Y mucho peor si terminaban teniendo hijos o algo parecido. Hermione permaneció sentada en el sofá, sin insistir en su argumento. Severus asintió al final y soltando la revista, fue a su encuentro. — Y yo voy a estar a tu lado, Severus. Te lo prometo. — Te lo agradezco, Hermione. Acarició su rostro con una mano y lentamente depositó un beso en sus labios. Se levantó con otra sonrisa y miró en dirección a la cocina. — ¿Quieres desayunar, Severus? — Está bien supongo. ¿Qué tenemos esta mañana, en el menú? — Pues nos han traído: huevos florentinos, rebanadas de pan, mermelada y mantequilla. Cóctel de jugos. Se levantó del sofá y miró a Hermione, mientras ella destapaba cada una de las bandejas de alimentos. Tímidamente la rodeó con sus brazos y miró sobre su hombro. — Si quiere desayunar conmigo, estoy disponible. No tengo casi nada que hacer. Hoy no tengo clases que impartir, así que estoy libre. Meditó calmadamente sobre su hombro. — Cenaré contigo, también. Esta noche. La campaña parece que descansa, hasta el día de la votación. Hermione asintió con una sonrisa, mientras probaba un bocado de aquellos huevos que aún permanecían cálidos. Se sentó en una silla alta y Snape, muy pronto le hizo compañía. Hermione tomó su mano sobre la mesa y Severus, la llevó hasta sus labios, para besarla cuidadosamente. Algo pequeño. Un beso en el dorso de su mano. Para ella eso era suficiente. — Vencerás y entonces, yo seré la esposa del más famoso e importante primer ministro de todos los tiempos. "Severus Snape". El hombre no contestó, mientras probaba el desayuno y trataba de alejar aquellos pensamientos de su cabeza. Era apasionado con su oficio, pero había algo en todo eso que no le gustaba. Hermione. Ella estaba desprotegida. Ella podía sufrir un imponderable. Su vida o casi toda ella, estaba basada en Hermione Granger y su relación con ella. Había sido leal desde que la había conocido y no tenía interés en su dinero. Solo en él. En su persona. Pero ¿y si todo eso cambiaba? No. Ella no se interesaría en él por el dinero. Ella lo amaba. O eso esperaba. Respiró pesadamente, mientras Hermione sostenía el tenedor con los huevos. — ¿Me dejarás esperando, amor? Parpadeó y regresó a la realidad. Despegó los labios, mientras ella sonreía y lo alimentaba feliz. Parecía que nada cambiaría, aunque se esforzara en pensar mal acerca de su futuro. Ella lo amaba. Estaba seguro de eso. — Y entonces, podemos cenar con Narcisa. Nunca es buena idea perder el contacto con tus viejos amigos. Que digan que se te subió el poder a la cabeza y que todo en tu mundo, gira en torno a ti. Y para recordarle ese tipo de cosas, también. La amaba y por ese amor que le tenía, tenía que protegerla de cualquier amenaza. — Necesitas un guardaespaldas, Hermione. Lo miró confundida. — ¿Guardaespaldas, Severus? — Sí. No quisiera perderte. Es muy peligroso. Si llegara a ganar, todo podría cambiar. Siempre habrán enemigos. Tenemos que estar preparados, tenemos que estar protegidos. Bueno, tú más que yo. Lo observó. Realmente luchaba contra algo. — Creo que no podría perderte, Hermione Granger. Quizá no. Podía perder la elección, su fama y su dinero. Pero no a Hermione Granger.