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Historia 7235 — capítulo 16

Capítulo XVI Festividades

Las semanas del mes de diciembre pasaron volando a favor de Harry, quien sentía que cada hora que pasaba con los Dursley o con los Wilde, o con todos juntos, era interminable. La mañana del 24 de diciembre tía Petunia lo mando a despertarse temprano para que la ayudase con la cena de navidad mientras que Dudley y Natasha, acompañados por Antoniette Wilde, fueron a comprar el desayuno en la panadería más cercana.

Cuando Harry ya estaba terminando de decorar el pavo alguien llamó al timbre de la casa y el señor Dursley fue a abrir, esperando que fuese aquella persona que tanto esperaba. A los pocos minutos, éste y tía Marge entraron a la cocina, acompañados por Ripper.

  • Marge, que bueno que viniste – dijo Petunia dándole un beso en la mejilla.

  • Sabes que no me puedo negar a una de sus invitaciones – le contestó riendo un poco, pero dejo de hacerlo al ver a Harry, quien metía en pavo en el horno. – Pensé que estaba en ese colegio.

  • Bueno, Marge – empezó tío Vernon – lo que pasa es que el colegio vio que el chico está progresando y decidieron enviárnoslos para la casa a ver que tal se porta.

  • Se a estado portando muy bien, los azotes le hicieron reflexionar – continuó Petunia.

  • ¿A sí? Haber chico, lleva mis maletas y ata a Ripper en un lugar seguro.

  • Inmediatamente, tía Marge – dijo quitándose los implementos para cocinar.

Con algo de fuerza logró llevar a Ripper afuera, quien hacia todo lo posible para resistirse. Cuando Harry lo empezó a atar, éste temblaba incontrolablemente de miedo. El joven, sin hacerle mucho caso, fue en busca de las maletas y las llevo hasta la habitación de tía Marge antes de regresar a la cocina. En ese momento llegaron Natasha, Dudley y la señora Wilde con el desayuno, que fue servido en la mesa para que todos empezaran a comer.

Aunque Harry no tenía muchas ganas de comer, la señora Wilde le sirvió el desayuno y no le quedo de otra que quedarse en la mesa y tragar lo que podía mientras que Marge hablaba con Dudley de lo mucho que tenía que cuidar a Natasha sino quería que se fuera. A los pocos minutos, y con la excusa de que tenía que ver el pavo si ya estaba listo, el joven se levantó y se escapo a la cocina, en donde pudo respirar tranquilamente.

A los pocos minutos tía Petunia volvió a la cocina para que los dos siguieran con la cena de navidad, hasta el mediodía, pues a los Wilde se le habían ocurrido una idea que involucraba a Harry en ella. Cuando éste estaba haciendo la torta de navidad, la señora Wilde y Natasha se aproximaron a la cocina.

  • ¿Se les ofrece algo? – preguntó tía Petunia con voz alegre.

  • Nos preguntábamos si podrías prestarnos un momento la atención de Harry – le contestó Natasha.

  • ¡Ah!, claro. Ve con ellas Harry – El joven así lo hizo mientras que tía Petunia terminaba con lo que él había empezado a hacer.

  • ¿Podemos revisar tu ropero? – le preguntó la señora Wilde.

  • Sí, acompáñenme que las llevo a mi habitación. – Ambas asintieron sonriendo y Harry las llevó a su habitación, en donde le mostró lo que contenía su ropero.

  • Te gusta mucho la ropa negra por lo que veo – dijo Natasha.

  • Sí, bastante. Perdonen la pregunta, pero ¿para qué quieren ver mi ropero?

  • Pues, queremos comprarte unas cosas, pero no sabíamos tus gustos. Arréglate bien que y, si no tienes inconveniente, vamos a llevarte a un Centro Comercial muy lindo que hay en Londres.

  • Pero no se tienen que molestar.

  • No es una molestia. Vamos, te dejamos solo para que te arregles.

Harry iba a decir algo, pero la señora Wilde y Natasha salieron antes, así que no le quedo de otra que arreglarse para salir a Londres. Cuando paso una hora, la hija de los Wilde vino a buscarlo mientras que en la Sala Principal Dudley, Petunia, Vernon, el señor Gustave Wilde con su esposa, tía Marge y Natasha se encontraban elegantemente vestidos y arreglados.

  • Ya sabes sobre lo que conversamos Natasha – le dijo su madre guiñándole un ojo.

  • Sí, mamá, que se diviertan, los esperamos para la cena. ¿Vamos? – le preguntó a Harry. Éste asintió y después de unas recomendaciones, ambos salieron a las afueras de la casa, en donde otro chofer, más adulto que Kevin, los esperaba para llevarlos a Londres.

Durante el resto de la tarde estuvieron visitando varias tiendas, en donde Natasha elegía una gran cantidad de ropa, a pesar de los suplicaciones de éste. Cuando se decidieron volver a Privet Drive ya era de noche, así que se fueron rápido con un montón de bolsas encima.

Al llegar a la casa, Natasha fue a acomodar las cosas de Harry en su armario mientras que éste guardaba todo lo que se había echo de cena de navidad y hacia un poco de comida para ambos.

  • La cena está lista, Natasha – le dijo Harry mientras que ésta terminaba de arreglar las compras.

  • Sí, vamos – dijo contenta, tomándolo de la mano para que ambos bajasen juntos al comedor.

Cuando llegaron ambos se sentaron en sus respectivos asientos para cenar y unos minutos después Harry recogió los trastes y los lavo mientras que Natasha iba a la Sala Principal a ver algo de televisión. Al terminar éste de limpiar el teléfono de la casa sonó y fue a atenderlo.

  • ¿De quién se trataba? – le preguntó Natasha cuando lo vio llegar.

  • Mi tío, dijo que se iban a quedar a dormir en un hotel cercano y que llegaban mañana antes de la cena de navidad – le contestó mientras que abría un libro.

  • ¡Ah!, que bien – dijo volviendo a prestar atención al televisor mientras que Harry comenzaba a leer tranquilo de no tener a los Dursley en casa aunque fuese por una noche.

  • ¿Te puedo hacer una pregunta Harry?

  • Claro, dime.

  • ¿Tú tienes novia?

  • Sí.

  • ¿Y la quieres mucho?

  • Bueno, no la quiero como tanto ella se lo merece, pero si le profeso bastante cariño. ¿Y qué tal va la relación tú relación con mi primo?

  • Pues, estuviese bien si no las rodearan las circunstancias. Yo me hice novia de Dudley porque mi padre me obligo, ya que tus tíos les parecieron encantadores. Además, no quería que sólo lazos económicos unieran a los Dursley y a los Wilde.

  • ¿Eso quiere decir que no lo quieres?

  • Dudley es muy bonito conmigo y lo quiero, pero no como una mujer ama a su futuro esposo. – En ese momento una tormenta empezó a desatarse con furia en las afuera, haciendo que las luces de la casa se fueran, quedando todo oscuro. - ¡Ah!, tengo miedo – exclamó Natasha abrazando a Harry gracias a los estruendosos ruidos.

  • Tranquila, voy a buscar unas velas. Quédate aquí. – Natasha asintió en silencio mientras que agarraba los almohadones del sofá con fuerza. Harry a los pocos minutos volvió con dos luces.

  • Gracias – dijo Natasha mientras que Harry ponía ambas velas sobre un plato. - ¿Podemos jugar a algo?

  • Claro, ¿a que quieres jugar?

  • A las cartas, quien pierda tendrá que pagar una penitencia, ¿qué te parece?

  • Esta bien – dijo riendo un poco mientras se sentaba de vuelta en el sofá, junto a Natasha.

Natasha también rió mientras que sacaba de su bolso unas cartas, que estaba tirado cerca de la mesa de vidrio que había en el lugar, y ambos empezaron a jugar. En la primera partida los dos demostraron sus aptitudes para el mismo, pero la hija de los Wilde terminó ganando mientras sonreía contenta por su triunfo.

  • Ahora el castigo – dijo riendo un poco. – Quiero...darte un beso.

  • ¿Un beso? – preguntó sorprendido.

  • Sí, ese es tu castigo.

Tomó el mentón de Harry con su mano derecha mientras que la otra la poso en su mejilla dándole un sensual beso. Éste le correspondió al mismo tiempo que un rayo iluminaba el lugar, pero de repente aquellas palpitaciones tan conocidas para él se hicieron presentes, cada vez más fuertes y sedientas de sangre.

Harry se despertó la mañana de navidad con un fuerte dolor de cabeza sin percatarse de la situación en que estaba. Intentó buscar sus gafas tanteando con la mano para ver si las encontraba y cuando las hallo se las puso inmediatamente.

Cuando intentó levantarse sintió un peso oprimiéndole el pecho y al ver sobre éste, vio que se encontraba Natasha durmiendo tranquilamente. Rápidamente se levanto y vistió con su ropa, que estaba en el suelo para llevarla a su habitación. Al estar listo la cargo y la llevó hasta su cama, saliendo del lugar a los pocos minutos.

Al llegar hasta su habitación se encontró con que Hedwig lo esperaba con una sonrisa y muchos paquetes, seguro regalos de navidad.

  • Buenos días, amito, feliz navidad.

  • Buenos días, Hedwig, igualmente – dijo sonriendo. - ¿Qué son todos esos paquetes?

  • Pues, que van a hacer, regalos. Gracias por prestarme tu escoba, el viaje hasta Estados Unidos es largo, ¿sabes?

  • O sea, tienes regalos de Hermi y Ron – dijo contentó y empezando a agarrar los regalos.

  • Sí, y de Ayaname, los Weasley y muchos más – le respondió con una sonrisa al ver a Harry tan feliz.

Harry contento empezó a abrir los regalos. Primero abrió el que más esperaba, el de Ron y Hermione. Le mandaban en una caja unas fotos de su viaje y éste rió al ver a sus amigos juntos divirtiéndose en las playas de Miami. También le mandaron un libro titulado Costumbres de los Magos Americanos y una caja grande llena de todo tipo de golosinas.

Luego abrió un paquete alargado, regalo de Ayaname y sus ahijadas e hijas, que tenía bastante ropa y túnicas de todos los colores. Las dobló cuidadosamente y las guardó en su ropero para luego sentarse en la cama y agarrar otro paquete.

Esta vez se trataba de Lupin, que le había regalado dos libros gruesos sobre Defensa de Artes Oscuras y varias botellitas de tinta de colores raros. Mientras que guardaba todo sus ojos se quedaron en un paquete alargado y delgado. Lo agarro y lo destapo lentamente, fascinándole con lo que había ahí.

Una escoba con el mango perfectamente pulido y de roble, cada ramita acomodada finamente y brillando como si fuera oro, con un dibujo de un fénix que parecía vivo y con el nombre en letras doradas corrió por sus manos. Impresionado tomo un pergamino y leyó:

Phoenix Millenium

La escoba más rápida del lejano oeste ha venido a nuestras manos, con la rapidez de un rayo, la dureza de un Sauce Boxeador y la belleza del oro, la Phoenix Millenium es la escoba más rápida del mundo.

Como un Ave Fénix se quema cuando esta vieja y descastada y vuelve a renacer tan bella como la compraste. Puede acelerar de 0 a 500 km/h en un segundo. Más veloz que la Saeta de Fuego es la favorita de los jugadores profesionales de Quidditch.

Siente el fuego en tu interior y vuela sobre la Phoenix Millenium, tan rápida como el rayo y tan económica como el peluquero.

Harry, sorprendido, busco la nota que había en el paquete y se sorprendió al ver que era de Sirius. Le agradeció mentalmente y ya pensaba mandarle una carta, pero de repente sus pensamientos fueron interrumpidos por Natasha, quien se acercó a él y se sentó sobre sus piernas abrazándolo por el cuello, con sólo una sábana celeste alrededor de su cuerpo. Hedwig al verla desapareció en un instante, dejando a su amo solo con la joven.

  • Buenos días – le dijo Harry acariciando el cabello castaño de la joven.

  • Hola – dijo simplemente. – Te quiero, ¿sabes?

  • ¿A sí? – le contestó temblando un poco. - ¿Quieres que te haga de desayunar?

  • Esta bien, pero primero quiero algo.

  • ¿Qué cosa?

Natasha lo beso dulcemente y luego se levanto y se fue hasta su habitación. Harry, medio resignado por lo que había hecho la joven, se dirigió a la cocina, en donde hizo un rico desayuno para ambos. A los pocos minutos la hija de los Wilde bajo vestida con un jean y un suéter verde que combinaba con sus ojos.

  • Se ve rico – dijo sonriendo mientras que se sentaba. Harry sirvió para ambos y se sentó luego. - ¿Estás molesto conmigo?

  • No, ¿por qué?

  • Estas muy serio – dijo medio triste. – Si fue por lo de ayer... – continuó, pero Harry puso un dedo en sus labios interrumpiéndola.

  • Fue voluntario, aunque no tenía que hacerlo, eres la novia de mi primo y yo también tengo novia.

  • Pero no los amamos. No como deberíamos amarlos.

  • Es verdad, pero igualmente. – Un silencio incomodo se extendió en el lugar, ninguno de los dos se atrevía a mover un músculo o a decir algo.

  • Yo te amo – dijo Natasha después de unos minutos. – Antes de lo que paso ayer te amaba, no sabes cuando. Lo hice a propósito, porque quería estar contigo.

  • Gracias por ser tan honesta – dijo con un tono sarcástico.

  • Lo siento, pero en los sentimientos no se manda – dijo llorando de repente. Ésta se levanto y salió corriendo a su habitación mientras que Harry dejaba caer su cabeza sobre la mesa.

  • Otra vez no.

Resignado, se levantó y subió hasta la habitación de Natasha, en donde se escuchaba a alguien sollozar. Abrió con poco la puerta y asomo la cabeza por ella, viendo tristemente como la joven lloraba. Se acercó y la abrazó contra su pecho, acariciándole la cabeza.

  • Lo siento, soy un bruto, no debí decirte eso.

  • Y yo no te debí mentir, realmente te amo y mucho.

  • Y te creo, pero por tu conveniencia y la mía te tienes que olvidar de ese amor.

  • Pero no quiero, deseo estar contigo.

  • Tranquila. Mira, vamos a la cocina y te preparo un té. Después ves televisión mientras yo hago la cena de navidad, ¿esta bien?

  • Esta bien.

Harry la llevó a la cocina y le preparó un té de manzanilla y ésta se lo tomo mientras que le secaba las lágrimas con cariño. Después como lo había prometido, Natasha se fue a ver televisión mientras que éste terminaba con lo que sería la cena de Navidad.

En la noche los Dursley y los Wilde llegaron con un montón de regalos envueltos. Convocaron a todos en la sala y los repartieron, para que luego subieran a sus respectivas habitaciones a cambiarse. A Harry le toco dos presentes, uno era más ropa y otro era una taza navideña que producía música.

  • Por lo menos compraron algo bueno – dijo sonriendo un poco ante el regalo de los Dursley.

Después de guardar todo, se fue a bañar y se vistió con una pantalón de tela negra y una camisa de botones del mismo color y al terminar de arreglarse bajo a la Sala Principal, en donde ya todos se encontraban celebrando.

  • Ven, Harry. Tomate algo con nosotros – dijo el señor Wilde sirviéndole.

  • No quisiera incomodar.

  • No incomodas – dijo haciéndole sentar y dándole una copa de ponche.

Harry, resignado, se quedo ahí sentado, tomándose de a poquito su copa mientras que veía a todos los presentes. De repente Natasha apareció y se sentó cerca de él, tomándole de la mano.

  • Tengo que hablar contigo, a solas.

  • Sí, claro. ¿En dónde?

  • En tu habitación, voy a subir primero y luego vienes tú y por favor, ven, te lo suplico.

  • Esta bien – dijo asintiendo con la cabeza.

Natasha subió como había dicho y a los pocos minutos éste se escabulló, intrigado por lo que le diría la joven. Cuando llego a su habitación, cerró la puerta con seguro y se sentó cerca de la muchacha.

  • Bien, quiero decirte que mañana me voy a Francia y que quizá nunca más te vuelva a ver – dijo con un dejo de tristeza. – No quiero irme.

  • Pero tienes que irte – le respondió acariciándole el rostro. – Ves como tienes que olvidarte por lo que sientes por mí.

  • Sí, pero aunque sea quiero pasar contigo mi última noche en Gran Bretaña.

  • Pero...

  • Sólo a dormir, por favor.

  • Esta bien, pero sólo a dormir.

  • Gracias – dijo abrazándolo.

Harry suspiro mientras que le acariciaba la cabeza. A los pocos minutos la cena se sirvió y todos empezaron a comer y a brindar por aquella navidad. A la media noche, cuando Vernon y Gustave Wilde terminaban de firmar su trato y pagar una cuantiosa suma de dinero, todos se fueron a dormir a sus respectivas habitaciones.

  • Buenas noches – dijo Harry acariciándole la cabeza a Natasha, quien se encontraba acostada sobre su pecho.

  • Buenas noches – le contestó acurrucándose y quedándose dormida a los pocos minutos. Harry también se durmió sin darse cuenta que alguien los veía.

  • Fue un placer tenerlos en casa – dijo Petunia mientras que Harry y Kevin ponían las maletas de los Wilde en la limosina.

  • Gracias a ustedes, Petunia, nos encanto su estadía, espero verlos pronto en Francia – dijo la señora Wilde.

  • Ahí nos verás, que tengan un buen viaje.

Todos los Wilde se despidieron y se fueron del lugar dejando a la familia Dursley sola. Cuando Harry se disponía a irse, Vernon se volteo y lo agarró del brazo fuertemente diciéndole así:

  • ¿Con qué el sobrino perfecto?

  • Ustedes me mandaron a ser así – le contestó con mirada furiosa y soltándose de su mano.

  • A ser idiota no perfecto, bueno, no tienes que fingir, porque ya lo eres.

  • Sí, idiota por fingir que ustedes son lo máximo para mí.

  • ¡Sino fuera por nosotros estuvieras muerto!

  • ¡Prefiero estar muerto que vivir con unos Sangre Sucia como ustedes!

Vernon iba a contestarle, pero de repente se agarro el pecho y cayó desmayado en el suelo. Harry, asustado, salió corriendo de la escena y se refugió en su habitación. Se dejó caer sobre la cama y sin saber por qué empezó a llorar amargas lágrimas, sintiéndose muy solo y débil.

La mañana del 27 de diciembre apareció lenta y fría para los habitantes de la ciudad de Londres y más en Privet Drive, en dónde Harry, sentado en el alfeizar de su ventana, miraba las calles sin muchos ánimos.

Vio como una bandeja de comida era introducida debajo de la puerta, pero no se levantó a buscarla, no tenía hambre ni ganas de pasar nada por su garganta. Abrió la ventana para dejar que el frío invernal de diciembre bañara su habitación y disfruto del mismo, una de las pocas cosas que podía disfrutar.

En ese momento alguien llamo a la puerta de su habitación, seguro era tía Petunia para pedirle que limpiara la casa. Con desdén se levanto y fue a abrir, viendo que efectivamente era aquella persona con esas intenciones.

Resignado y sin muchos ánimos bajo a la cocina y empezó a limpiar todos los trastes. Cuando estaba quitando la nieve del jardín, un par de chicas lo miraron embelesadas, pero no tenía ganas de que fuera alardeado. En la tarde acabó con la limpieza y cuando su tía lo llamo a almorzar, él se fue de largo a su habitación.

  • ¿Se puede saber que te pasa? – le preguntó Vernon abriendo de un golpe la puerta de su habitación.

  • ¿Qué? Ahora es un pecado no tener hambre.

  • Pues, fíjate que sí. Tu tía no te hace la comida por gratitud solamente.

  • Pues, que no me la haga y listo.

  • ¡Sino fuera por nosotros no tuvieras nada!

  • ¡¿Y se puede saber qué he tenido gracias a ustedes?!

  • ¡Todo, maldito bastardo!

  • ¡Ustedes no me han dado más que sufrimiento y tristeza, nada más, maldito Dursley! – De repente sintió como si algo le pegará en la cabeza y al tocársela palpó un tajo cubierto de sangre y luego vio un pequeño baúl antes de desmayarse.

La noche se extendía fría y oscura sobre el cielo mientras que un chico despertaba con un fuerte dolor de cabeza en el número cuatro de Privet Drive. Harry se intentó levantar, pero tuvo un fuerte mareo y cayó boca abajo en el suelo.

Volvió a intentar levantarse, apoyándose de la pared y cuando logró estabilizarse busco un suéter, algo de comida y remedios, los metió en un bolso junto a su varita y se fue, no sabía a donde, pero quería escapar de los Dursley lo antes posible.

Camino tanto que llego hasta las afueras de Londres casi al atardecer y vio una casa pequeña abandonada, en donde se refugió justo cuando una lluvia torrencial empezaba a caer. Prendió un par de velas y empezó a curarse la zona herida, despacio, ya que le dolía mucho. Unas horas después se terminó de curar y se acostó sobre unas mantas, refugiándose del frío y la soledad que sentía, preguntándose si alguna vez iba a salir de ésta.

Los días pasaron y pronto llego el 31 de diciembre a la vida de todos. Era el quinto día que Harry se quedaba en aquella cabaña, que para él era su casa, el único lugar con el que podía contar. Aquella mañana se levantó con una fuerte decisión y luego de guardar todo empezó su camino de regreso a Londres.

Cuando llego a Privet Drive ya era de noche y todos celebraban con alegría la venida del año nuevo. Se escabulló sigilosamente hasta el número cuatro y tocó el timbre de la casa. Petunia Dursley le abrió la puerta y al verlo tembló de pies a cabeza.

  • ¿Qué haces aquí? – le preguntó con voz temblorosa.

  • Vine a buscar mis cosas, con tu permiso – dijo empujándola y dirigiéndose a las escaleras, pero de repente sintió como algo le pegaba en la espalda y cayó en la escalinata.

  • ¡No, Vernon, por favor! – le suplicó Petunia llorando.

  • ¡Este chico tiene que aprender quien es el que manda! – gritó Vernon temblando de ira.

Harry se levantó y pudo ver que su tío traía un látigo en la mano. Temblando intento subir, pero ahora algo lo quemo en un costado del pecho. Vio a Dudley sonriendo malignamente con el atizador de la chimenea en la mano. De repente volvió a sentir esa cinta pegándole de nuevo y cayó de vuelta al suelo.

Se volvió a levantar, pero el atizador le dio en la espalda y ahora también un objeto cortante, el cuál atravesó un costado de su pecho y sintió como su sangre escurría por ella. Volteo la mirada y vio a Marge antes de volver a caer sobre las escalinatas. La tortura continuo hasta bien entrada la media noche.

  • ¡Ya, paren! – gritó Petunia. Esta vez los tres le hicieron caso y se alejaron de su víctima. - ¿No estará muerto, verdad?, esta muy pálido.

  • Realmente no me importa – le contestó Vernon soltando el arma que había utilizado por el suelo. – Ayúdame a llevarlo hasta la alacena, Dudley.

  • Sí, papá.

Vernon y Dudley lo llevaron hasta la alacena y lo tiraron ahí como si estuviese muerto. Luego apagaron las luces de la casa y se fueron a dormir. Al sonar de la campanada de las doce, aquel cuerpo despertó, levantándose con dificultad y dolor.

Como pudo salió de la alacena y camino con esfuerzo hasta su habitación, ya que le dolía cada músculo de su cuerpo y se había torcido la pierna, no pudiéndola utilizar en su totalidad. Cuando llego empezó a guardar sus cosas como podía y al estar listo se cubrió con una túnica negra y se alejó de la casa con su maleta y la jaula de Hedwig, sin saber a donde ir, sólo con el deseo de no volver a ver a los Dursley más nunca.

De repente su varita se le cayó del bolsillo de la túnica y al poder alcanzarla, a pesar del dolor que sentía, un autobús de dos pisos, de color rojo se apareció al frente de él. Perfecto, eso es lo que le faltaba...

  • Buenas noches, señor – dijo Stan bajando del autobús, pero de repente se detuvo asustado al ver a aquel ser encapuchado. - ¿A...a dónde quiere ir, señor? – Harry iba a responder, pero mejor decidió que no, ya que iba a ser descubierto y lo menos que quería eso, si Dumbledore se enteraba que se había escapado de la casa de sus tíos de seguro lo iba a enviar otra vez. Se dio cuenta que en el bolsillo de su capa tenía un pergamino. - ¿Quiere una pluma, señor? – Éste asintió con la cabeza y el joven se la dio aún temblando. El chico escribió grande y claro: “CALDERO CHORREANTE”. – Bien, señor, eso costará... – No puedo seguir, porque ya le había pagado el monto justo. – Que bueno que se sepa las tarifas, suba que yo le llevo en equipaje.

Harry subió y se sentó en una de las cama, sintiendo que con el mínimo acto de sentarse ya le dolían todas las heridas que tenía dispersas por todo su cuerpo. Después de algunas paradas, llegó al Caldero Chorreante, en donde Stan lo ayudo con su equipaje mientras que Ernie lo miraba con algo de suspicacia. Cuando el joven entro en el lugar, se acerco al mostrador, en donde Tom tembló un poco al verlo.

  • ¿Qué desea, señor? – le preguntó temblando. Harry puso unos cuantos galeones sobre la mesa y Tom al ver su mano llena de heridas y zonas quemadas tembló más. – Veo que quiere una habitación, en seguida el llevo a una.

Tom lo llevó hasta una habitación con Harry pisándole los talones. Durante todo el recorrido volteaba de vez en cuanto con miedo a que aquel ser desconocido lo atacara por la espalda. Cuando al lugar, el camarero abrió la puerta y el joven paso. Al estar solo, se dejo caer en la cama, quejándose de todo el dolor que sentía.