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Historia 7235 — capítulo 15
Capítulo XV
De regreso a Privet Drive
- Los resultados estarán al final de mes como siempre – dijo la profesora McGonagall recogiendo los exámenes de Transformaciones. – Recuerden que este domingo es la salida a Hogsmeade.
Todos los alumnos asintieron con alegría mientras que recogían sus cosas para irse a clases de Cuidado de las Criaturas Mágicas. En las afueras todo estaba empezando a congelarse y la mayoría del lugar estaba ya cubierto con una fría nieve. Cuando Harry, Ron y Hermione llegaron un grupo de Slytherin y Gryffindor se arrinconaban cerca del lago viendo algo con curiosidad.
-
Le tienes miedo al agua, Rockwood – dijo la voz de Pansy Parkinson, empujando a la Gryffindor hasta el precipicio del lago congelado.
-
¡PARKINSON! – gritaron Hermione y Draco al mismo tiempo.
-
Si se mueven un paso la tiro al agua – los amenazó apuntándolos con la varita, mientras que Erica Rockwood miraba el lago con un miedo espeluznante.
-
Tranquila, Pansy, suelta a Erica – le dijo Harry adelantándose de repente mientras que Draco negaba con la cabeza para que se detuviera. Parkinson, al verse rodeada, del miedo empezó a lanzar a diestra y siniestra conjuros al mismo tiempo que tiraba a Erica al lago. El Gryffindor como acción inmediata se quito la túnica, dejándola en el suelo con su mochila, y se lanzó al agua congelada para salvar a su compañera.
-
¡Harry! – gritó Hermione mientras que todas las Slytherin y Gryffindor del sexto curso lo buscaban con la mirada preocupadas. A los pocos minutos éste salió con Erica, que aún estaba respirando, mientras que muchas se desmayaban al darse cuenta de que la camisa de Harry se había pegado a su pecho tras mojarse, dejándolo ver por completo.
-
Ha..Harry – dijo Hermione temblando un poco ante el buen físico de su amigo.
-
Toma – dijo Draco, pasándole una toalla algo sonrojado. Harry la agarró y se cubrió con ella mientras que por la escalinata para entrar al castillo aparecía la profesora Li.
-
¿Qué paso aquí? – preguntó sorprendida al ver tantas chicas desmayadas y a Harry y a Erica empapados hasta la cabeza.
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Parkinson tiro al agua a Rockwood al suelo y Harry la rescato – respondió Hermione.
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Que alguien los lleve a la enfermería – dijo.
-
Yo los llevo – se ofreció Draco, ayudando a Harry y a Erica a levantarse para ir a la enfermería mientras que la profesora Li regañaba a Parkinson, dándole un severo castigo por su acción ante la aprobación de todo Gryffindor.
-
¡Ah! – se quejo Harry tratando de levantarse, pero sentía un profundo dolor en cada músculo y hueso.
-
Quédate quieto – le dijo Draco devolviéndolo a la cama para luego pasarle las gafas. Harry se las puso y pudo ver que se encontraba en la enfermería y que ya era de noche.
-
¿Qué paso? – preguntó mirando al Slytherin a los ojos.
-
Te volviste a hacer el héroe, salvaste a Rockwood de morir congelada en el lago.
-
¿Y cómo está ella?
-
Bien, gracias a Dios. La señora Pomfrey le dio una poción y salió a los pocos minutos de la enfermería. Dijo que aunque habías permanecido menos tiempo que ella en el agua estabas muy débil y por eso te pusiste así.
-
Yo no soy débil – se quejó.
-
Según la Señora Pomfrey sí – dijo riéndose de Harry, quien hacía pucheros molesto.
-
Que malo eres conmigo. – Draco se rió un poco mientras que peinaba con su mano los cabellos desordenados de Harry. - ¿Te has quedado cuidándome? – El Slytherin asintió en silencio. – Te vas a enfermar si sigues así, no estás comiendo nada.
-
Sabes que no me importa – dijo con un aire de tristeza en la voz.
-
Pero a mí si me importa, eres importante para todo mi ser – le contestó mirándolo con sinceridad.
-
Gracias, tú también lo eres para mí. – En ese momento una sombra se empezó a dibujar desde la puerta de la enfermería y Draco se apartó de Harry inmediatamente. Se trataba de David, quien le sonrió a su amigo y fulminaba con la mirada al Slytherin.
-
¿Cómo estás? – le preguntó David a Harry sonriendo.
-
Un poco adolorido, pero bien – le contestó con una sonrisa.
-
Te visitó rápido porque tengo cosas que hacer, te traje de cenar y tus clases que Parvati Patil me presto tan amablemente.
-
Gracias, cuando la vea le devuelvo sus cuadernos.
-
Bueno, come todo y espero verte pronto recuperado – dijo despidiéndose, dándole un beso en el cuello a Harry. Draco lo fulmino con la mirada mientras que el Slytherin se iba.
-
Que abusador – dijo bajito.
-
¿Qué dijiste? – le preguntó Harry, asiéndose el loco pues había escuchado muy bien lo que Draco había dicho.
-
Nada – le contestó sonriendo nervioso.
El sol sabatino despertó a Harry de su profundo sueño. Cuando intentó levantarse sintió un peso sobre su estomago y al ponerse las gafas para divisar bien vio que Draco se encontraba durmiendo en su pecho. Sonriendo, empezó a jugar con su cabello, despacio para no despertarlo mientras que agarraba un libro qué tenía en la mesita de luz y empezaba a leerlo. A los pocos minutos entraron Ron y Hermione en el lugar, pero se quedaron de piedra al ver la escena.
-
¿Qué...hace...Malfoy...durmiendo...sobre...tu pecho? – preguntó Ron echo una furia.
-
¡Eh!, se quedo dormido – le respondió rápidamente.
-
¿Y estuvo cuidándote toda la noche? – le preguntó Hermione mirándolo con sospecha.
-
Pues, me estuvo molestando toda la noche, pero ya vez, hasta los más malos duermen – le dijo con una sonrisa.
-
¿En serio? Ya le voy a dar sus pataditas, no se cansa de molestarte – dijo Ron.
-
Oye, amorcito, puedes dejarme sola con Harry, por favor – dijo Hermione suplicándole a su novio. Ron, anonadado por el encanto de sus palabras, se fue no sin antes recibir un tierno beso de su novia. Cuando estuvieron solos, la Gryffindor cerró las cortinas y se apoyo en la cama con sus codos viendo con ojos sospechoso a su amigo. – Amiguito, dime la verdad, te lo pido de rodillas. ¿Tú tienes algo con Malfoy?
-
No – respondió de lo más tranquilo.
-
¿En serio? Mira que te estoy creyendo. Yo no soy Ron, a mi me puedes hablar abiertamente y lo sabes.
-
En serio – dijo asintiendo con la cabeza. Hermione le sonrió y le sirvió el desayuno. – Me voy, no puedo dejar a Ron con las fieras. – Harry se rió mientras que veía a su amiga salir del lugar, pero cuando ésta desapareció dio un largo suspiro.
-
Gracias por mentirle – le dijo Draco, aún abrazado a él. – Te iba a perder como todos los demás si le decías la verdad.
-
Tranquilo, además tendría que explicarle muchas cosas y no quiero dañar los planes de...
-
Voldemort.
-
¿Cómo sabes?
-
Mi padre me dijo que ahora estás en su bando, que eras casi el Lord parte dos – dijo riendo. – Somos compañeros de destino, si esto sigue así en mi próximo cumpleaños seré un mortífago al servicio de Lord Voldemort.
-
No sé si alegrarme o entristecerme.
-
Pienso que deberías alegrarte, serás el nuevo Lord de la comarca – dijo riendo. Harry le correspondió con una sonrisa.
-
¿Quieres desayunar conmigo? – le preguntó Harry. Draco asintió y el Gryffindor les sirvió unas tostadas que les había traído sus amigos.
-
Gracias.
-
Te las puedes comer todas, no tengo hambre.
-
¡Me obligas a comer y tú no comes! – gritó levantándose furioso y agarrando a Harry por el cuello de la camisa. Éste le puso un dedo sobre los labios y Draco se quedo sorprendido.
-
Esta bien, pero poco porque no tengo hambre – dijo sirviéndose a regañadientes una tostada y comiéndosela ante el rostro de satisfacción de Draco. – Eres un tramposo.
-
Sabes que te gane – dijo riendo mientras que Harry lo miraba con los ojos entornados.
Ya al comienzo de la tarde la señora Pomfrey dejo salir a Harry a su Sala Común y éste se vistió y salió de la enfermería con paso rápido a la Torre de Gryffindor, aunque aún le dolía el cuerpo, pero no le importo.
Cuando llegó a la Sala Común, todos los recibieron con preocupación, pero él fue volando a su habitación, en donde agarró unos libros y su capa invisible y salió a los pocos minutos. Se dirigió al pasillo de las mazmorras, en donde alguien le tapo los ojos y lo abrazo por la cintura.
-
¿David? – preguntó.
-
Así no sé vale, me reconoces fácilmente – dijo en tono de reproche y soltando a Harry. – Llegas tarde.
-
Lo siento, ¿vamos?
-
Sí, no hay nadie en la Sala Común por suerte – dijo David mientras que ambos entraban a la residencia de los Slytherin. Ambos fueron hasta la habitación que tenía Draco apartada, quien al ver a Harry entrar le sonrió mientras que a su compañero lo fulmino con la mirada e inversamente ante la risa del Gryffindor.
-
Vamos a estudiar, no a armar un campo de boxeo, ¿no? – dijo Harry sentándose con toda familiaridad en la cama de Draco y sacando sus cosas. Ambos Slytherin se calmaron y se sentaron a cada lado del Gryffindor y empezaron a estudiar.
La próxima semana empezaban ya los exámenes finales de aquel trimestre, así que todos estaban estudiando todo lo que podían para disfrutar del mes de diciembre por completo. Estuvieron estudiando hasta bien entrada la noche y hasta que Harry no empezó a dar las primeras señales de que se moría de sueño no dejaron de estudiar.
-
¿Quieres que te lleve a tu Sala Común? – le preguntó David a Harry.
-
No, tranquilo, quiero quedarme aquí – dijo sonriendo mientras que Draco le sacaba la lengua en señal de triunfo.
-
Buenas noches – dijo despidiéndose y luego saliendo, no sin antes fulminar con la mirada a Draco.
-
Gracias por quedarte – dijo Draco recogiendo las cosas de ambos y poniéndolas en la mesita de luz.
-
No tengo muchas ganas ir a la Sala Común y el último piso está vacío, prefiero quedarme aquí.
-
¿El último piso? – preguntó asombrado. Harry abrió los ojos en grande al notar el error que había cometido. – Dime – le dijo con voz de ruego.
-
No, no puedo – dijo temblando de nervios. Draco agarró una filosa daga y se hizo un tajo pequeño en la muñeca con ella, botando un hilillo de sangre.
-
¿Quieres sangre? – dijo pasándole la muñeca ensangrentada cerca de los labios de Harry, pero cuando éste la iba a tomar Draco la alejo. – Dime lo de bendito último piso y te alimento. – El Gryffindor refunfuño molesto.
-
Es el último piso del castillo, él que está cerrado al público – le contestó y tomó la muñeca de Draco y tomando la sangre que emanaba de ella.
-
Donde murieron esos niños. – De repente cayó en cuenta de algo y abrió los ojos espantados, alzando el rostro de Harry con ambas manos sobre las mejillas del joven. - ¿Tú los mataste?, dime la verdad.
-
¿No me vas a odiar? – preguntó Harry resignado.
-
¿Por qué lo hiciste?
-
Voldemort me mando a hacerlo – dijo bajando la mirada. – Guarda el secreto, por favor – le pidió.
-
Tus secretos son míos – dijo sonriéndole para reconfortarlo.
-
¿De verdad no me odias?
-
Mis sentimientos por ti están muy lejos del odio.
-
Del amor al odio hay un solo paso.
-
Pero ese paso está bien lejos, así que tranquilo – dijo sonriéndole. – Toma, te la ganaste – dijo dándole su muñeca. Harry la agarró y empezó a tomar su sangre, pero a los pocos minutos cayó rendido en los brazos de Draco.
-
Harry, despierta – dijo Draco zarandeándolo con ahínco.
-
¿Qué paso?
-
Dumbledore quiere hablar contigo ahora mismo – dijo buscándole algo de ropa y ayudándolo a cambiarse.
-
Que quiere ese viejito ahora – dijo aún dormido mientras se dejaba vestir.
-
¡Harry! – lo regaño Draco mientras que le terminaba de colocar la corbata.
Cuando Draco logró arreglarlo decentemente, se llevó a Harry hasta el despacho de Dumbledore, quien lo esperaba en su escritorio, acompañado por la profesora McGonagall.
-
Ve, te espero acá afuera – le dijo Draco dándole un último empujoncito. Harry subió hasta el despacho de Dumbledore.
-
Adelante, señor Potter – dijo el director. Harry paso y se paro cerca de su escritorio. – Siéntate – le pidió, el Gryffindor así lo hizo.
-
¿Quería usted decirme algo? – preguntó con voz seria y mirándolo directamente a los ojos.
-
He recibido informes de que últimamente no estás en los lugares que te corresponden, ¿es eso verdad? – Harry no contestó.
-
Señor Potter, responda – le dijo McGonagall mirándolo seriamente.
-
Es verdad, señor.
-
¿Por qué? – volvió a preguntar Dumbledore. – Sabes muy bien que no puedes estar dando vueltas por ahí ahora que no sabemos de Voldemort – La profesora McGonagall tembló al oír ese nombre.
-
Lo siento, señor – contestó Harry bajando la mirada. – He tenido tantas pesadillas que he querido buscarlo y por eso quizá no se me encuentre en la Torre de Gryffindor.
-
¿Y por qué no dijiste nada, Potter? – le preguntó McGonagall mirándolo con preocupación ante la confesión de Harry.
-
Porque no quiero ser el héroe pobre que le pasan las cosas – respondió mirando fríamente a la profesora, quien se sorprendió ante la mirada de Harry.
-
Tengo que admitir que Hogwarts no es un lugar seguro para ti, Harry, y lamentablemente tengo que tomar la decisión más drástica. Tendrás que estar con tus tíos maternos hasta que puedas volver con seguridad para acá – dijo Dumbledore. Al joven se le cayó el mundo a los pies al oír que tenía que volver con los Dursley.
-
No, señor. Quíteme puntos, hágame limpiar todo Hogwarts durante todo el año, pero no me haga volver con los Dursley – suplicó.
-
Es mi última palabra, lo siento mucho Harry. – McGonagall vio con tristeza al chico, que estaba temblando.
-
¿Por qué? ¡No quiero ir con los Dursley! – gritó levantándose de un golpe mientras que de su cuerpo empezaban a salir llamas negruzcas. Sus manos estaban tan apretadas que ya estaba botando sangre de ellas. Los directores, que estaban en sus recuadros, se escondieron del susto mientras que el fuego negro crecía más y más alrededor de Harry mientras que varias cosas explotaban.
-
Harry, tranquilízate, por favor – le dijo Draco al oído, sujetándole los brazos fuertemente.
-
Lléveselo, señor Malfoy y trate de tranquilizarlo – dijo McGonagall.
-
Sí, profesora.
Draco se llevó a Harry del despacho y subieron hasta el penúltimo piso. El Gryffindor le indicó como subir hasta la última planta y el primero tomo su varita y conjuro: “¡Verdimillius!”. Un puente de luz verde se trazó y ambos lo cruzaron, desapareciendo cuando ya se encontraban en el lugar. El Slytherin entró en una de las habitaciones, que por suerte resulto ser la del joven que lo acompañaba. Éste lo sentó en la cama y luego hizo lo mismo.
-
¿Qué paso? ¿Qué te dijo Dumbledore para que te pusieses así? – le preguntó preocupado.
-
Quiere que me vaya con los Dursley – le contestó abrazándolo y empezando a llorar sobre su pecho amargas lágrimas. Draco, triste por él, le acarició la cabeza, dejando que Harry se desahogase.
Capítulo XVII
La familia Wilde
Las semanas del mes de diciembre pasaron volando, trayendo consigo se frío invernal, pero a la vez algarabía y felicidad a los alumnos de Hogwarts, ya que a comienzos de aquella semana el profesor Dumbledore informo que el Ministerio de Magia de los Estados Unidos de América, en por de una unión entre Gran Bretaña para mejora de aquellas dos comunidades mágicas, iba a ofrecerles un viaje con todo pago a la ciudad de Miami para pasar unas vacaciones diferentes. La fecha de partida iba a ser el próximo viernes y lo único que tenían que hacer era firmar un pergamino y esperar la aprobación de sus respectivos padres. Pero no todo era felicidad en el castillo:
-
¿Cómo que te vas con los Dursley? – le preguntó Ron a Harry anonadado mientras que éste empacaba sus cosas.
-
Sí, eso. Dumbledore me dijo que Hogwarts no es un lugar seguro para mí y cree que estar con los Dursley es más seguro, ni sabe lo que dice – contestó cerrando un libro de golpe y poniéndolo dentro del baúl.
-
Pero no puedes irte, es injusto que no tengas las mismas oportunidades que nosotros de salir a conocer un poco el mundo y no quedarte encerrado en Gran Bretaña – dijo Hermione.
-
Pues así es la vida Hermi, aquí nací y aquí me muero. Ustedes disfruten y dejen de pensar en mí por un momento, no es justo que les arruine las vacaciones.
-
No es lo mismo sin ti, amiguito – le dijo Hermione con voz triste mientras que Ron asentía con la cabeza.
-
Y las vacaciones no van a ser tan divertidas sin ustedes – les dijo dándole un abrazó a su amiga.
-
Te vamos a traer muchos regalos – dijo ésta vez Ron sonriendo.
-
Gracias – le contestó sonriendo.
-
Buenos, vamos a cenar. Quisiese que te pasases por el Gran Comedor para comer algo, pero sé que no estás de ánimos – dijo Hermione.
-
Sí, además no tengo hambre. Que pasan buenas noches.
-
Que descanses – le dijo Ron.
Hermione y Ron se fueron dejando a Harry solo. Se recostó en la cama boca abajo pensando, reflexionado mucho. Como le hubiera gustado no estar ahí, pero no podía salirse de la Sala Común sin que un profesor lo siquiera, generalmente McGonagall, ni siquiera para ver a Ayaname unos minutitos. Se sentía tan vacío y desprotegido, pero no podía ir hasta las personas que le ofrecían aquellos sentimientos, estaban tan lejos de él.
-
Harry – lo llamó alguien, hablándole cerca del oído. El Gryffindor se volteó y se quedo de piedra al ver quien lo llamaba.
-
¿Qué...qué haces aquí? – le preguntó anonadado a Draco Malfoy, quien le sonreía al chico.
-
Pues, vine a visitarte y como no puedes salir yo vine para acá.
-
¿Y...cómo entraste?
-
Tengo mis secretitos – le contestó sonriendo mientras que le acariciaba la mejilla. – Quería verte antes de que te fueras a Londres.
-
Yo también, gracias por venir – dijo disfrutando de las caricias del Slytherin mientras que le sonreía.
-
¿Ya empacaste todo?
-
Sí, sólo me faltan un par de libros y algunas cosas más.
-
¿Podrías hacerme un pequeño favor?
-
Claro, ¿qué quieres pedirme?
-
Que cuando llegues a casa de tus tíos me escribas una carta, para saber si llegaste bien.
-
¿Tú no vas a irte de viaje con los demás? – le preguntó sorprendido.
-
No, además mi padre ni loco me dejaría ir. Sabes como es, “no quiere que me salga de las buenas costumbres”. – Ambos rieron. – Bueno, te dejo.
-
¿Tan pronto? – preguntó con mirada triste.
-
Sí, mi padre me viene a buscar mañana temprano y tengo que estar bien despierto. Buen viaje y no te olvides de lo de la carta.
-
No te preocupes, es lo primero que voy a hacer cuando llega allá. Te voy a extrañar mucho.
-
Yo también – dijo sonriendo para luego darle un tierno beso.
Draco se fue dejando a Harry sólo en el lugar y se escabulló con facilidad, ya que los Gryffindor se encontraban cenado en el Gran Comedor. A los pocos minutos subieron todos y cuando Ron y Hermione subieron a la habitación de los muchachos del sexto curso para ver como estaba su amigo, lo encontraron durmiendo placida y tranquilamente. Contentos, se retiraron para no molestarlo.
-
Harry, despierta – dijo la voz de Ayaname. Éste se despertó medio adormilado aún e intentó ver el reloj, en donde indicaban que eran apenas las cinco de la mañana.
-
¿Tan temprano?
-
Sí, tienes que acomodarte bien y terminar de empacar, además has de desayunar un poco – le contestó mientras le ayudaba a levantarse. – Cuando termines baja al Gran Comedor por favor.
El Gryffindor asintió y la profesora se fue dejándolo solo. Harry agarró una de sus toallas e implementos para bañarse y luego se metió en la ducha aún dormido. Cuando salió se secó y vistió con un pantalón negro, una camisa de botones del mismo color y una chaqueta negra que le llegaba hasta los pies para cubrirse del frío, aunque no le importaba mucho, hasta enfermarse era mejor que tener que regresar con los Dursley.
Cuando salió del baño terminó de arreglar sus cosas y una vez que finalizó con todo se calzó y bajo al Gran Comedor, en donde lo esperaba Ayaname con el desayuno. Éste sin muchas ganas se lo comió todo. Aproximadamente a las seis de la mañana el expreso de Hogwarts paso buscándolo, como a muchos otros que iban a pasar las vacaciones con sus respectivas familias.
-
Adiós, Harry – se despidió Hermione dándole un abrazo cálido a su amigo.
-
Cuídate mucho y cuando llegues nos escribes para sentirnos tranquilos de que llegaste bien – le dijo Ron.
-
Sí, que disfruten su viaje. – En ese momento se acercó Ayaname y como inmediata acción Harry la abrazó llorando un poco sobre su pecho.
-
Tranquilo, todo va a estar bien. Se muy calmado y aguanta, se fuerte – dijo dándole un beso en la frente a su ahijado. Harry se despidió de los tres y se subió al tren, que se alejó a los pocos minutos rumbo a Londres.
El viaje fue largo y cuando llegaron a Londres ya era de noche. Harry se bajo y atravesó con sus cosas el anden nueve y tres cuartos, en donde hacía un frío invernal espantoso. Vernon Dursley lo esperaba no muy contento que digamos, pero cuando lo vio su expresión cambio a asombro al ver a su sobrino tan diferente de cómo lo hubiese imaginado.
-
¿Qué paso contigo? – preguntó mientras que se dirigían al automóvil nuevo de Dursley.
-
Cambie, sólo eso – le contestó subiéndose al auto.
-
Sí, pero fueron cambios radicales. – Harry no le contestó viendo por la ventana la ciudad de Londres, bañada por la nieve que caía sin parar. A los pocos minutos llegaron al número cuatro de Privet Drive, que había sido remodelado por la familia Dursley.
-
¿Eres tu Vernon? – lo llamó Petunia, quien al ver a Harry se quedo de piedra. - ¿Estás seguro que es él?
-
Sí, soy yo, tu no muy querido sobrino – dijo agarrando sus cosas y saliendo a su habitación, que estaba también remodelada. En ese momento entraron sus tíos, cerrando la puerta para que Dudley no es los escuchasen. - ¿Qué quieren? – preguntó de mal talante.
-
Sabemos porque estás aquí – le dijo tía Petunia – y créeme que tampoco estamos muy felices con tu visita.
-
Nos van a venir a visitar una familia muy adinerada que quiere hacer un trato conmigo y no queremos que arruines nada – continuó Vernon.
-
Te vas a portar como un buen sobrino y harás lo que se te ordene – siguió Petunia. – ¿Nos estamos entendiendo?
-
No se preocupen, si quieren un sirviente lo tendrán. Si ya terminaron de amenazarme, déjenme respirar aire fresco. – Vernon, molesto, le levanto la mano para pegarle, pero Petunia lo detuvo.
-
Vernon, tranquilo, recuerda lo que dijo el doctor – dijo.
-
Sí, vamonos.
Vernon y Petunia se fueron del lugar dejando a Harry sólo, quien empezó a pegarle puños y patadas a la pared con una fuerza extrema. En ese momento llegó Hedwig, quien se transformó en una niña al ver a su amo tan mal.
-
Tranquilito, amo. Vamos, se va a romper las manos y los pies – dijo sujetándolo como podía.
-
¿Cómo quieres que me tranquilice? – le preguntó furioso.
-
Tienes que ser fuerte y soportar, por tu bien, amito – le pidió la niña. Harry asintió deteniéndose y se volteó sentándose recostado en la pared. – Mira, te traje cosas – dijo sonriendo mientras que sacaba muchos paquetes de su bolso, cocido a mano, de color khaki.
-
¿De quienes son?
-
De Ron, Hermione, Ayaname, los señores Weasley y otros más que no me acuerdo. Son dulces y comidas ricas para que no mueras de hambre – le contestó sonriendo mientras les pasaba algunos. - ¿Qué tal tu primer encuentro con los Dursley después de estos años sin verlos?
-
Horrible. Primero se quedan de piedra al verme y luego me dicen que quiere que atienda a sus próximos compradores.
-
¡¿Qué?!
-
Sí, voy a ser el sirviente fiel de los Dursley.
-
Menos mal que aprendí a hacer yoga y meditación, vas a necesitar relajarte bastante.
-
No sé que haría sin ti – dijo sonriéndole. Hedwig también le sonrió.
A los pocos minutos empezaron a arreglar todo lo que le habían regalado y sus cosas. Ya era de madrugada cuando terminaron y Hedwig se acostó a dormir en la cama de Harry mientras que éste terminaba de barrer un poco el polvo de la habitación. Cuando terminó se acordó de las cartas y las escribió rápido para que su lechuza las llevará temprano en la mañana. Cansado, se acostó y se quedo rendido completamente.
-
Ya sabes, lo quiero todo limpió y arreglado antes de que regrese – le dijo tía Petunia a Harry, arreglándose para salir a la ciudad.
-
Sí, tía Petunia, todo estará en orden y limpio.
-
Eso espero.
Petunia salió del lugar, junto a Vernon, quienes le dejaron a Dudley a cargo de vigilar que Harry cumpliese con su labor.
Harry estuvo todo el resto del día arreglando el jardín, limpiando la cocina, la Sala Principal, Comedor y diferentes habitaciones que componían el número cuatro de Privet Drive mientras que Dudley lo vigilaba, o eso parecía, pues éste se había pasado todo el tiempo coqueteando a chicas que lo único que hacían era mirar a su primo trabajando en la casa.
Cuando ya estaba por caer el mediodía, tía Petunia se apareció en el lugar con varias comprar y le dejó en cargo a Harry hacer la cena para esa noche tan especial con todos los pasos e ingredientes precisos mientras que ella y Dudley iban a la peluquería más cercana para arreglarse. El joven empezó a cocinar como se le había indicado hasta bien entrada la noche.
-
Bien, ve a arreglarte – le dijo Vernon a Harry, sorprendiéndose de los deliciosos manjares que había preparado su sobrino.
-
Pero, si yo soy el sobrino loco que no puede aparecer en la cena, ¿cómo creen que voy a asistir? – preguntó Harry anonadado.
-
Necesitamos a alguien que sirva la cena y atienda a los invitados, así que te arreglas bien para realizar tu trabajo.
-
Sí, tío Vernon, en cuestión de minutos estoy aquí.
-
Eso espero.
Harry se quitó el delantal que tenía puesto para cocinar y salió de la cocina rumbo a su habitación, en donde se encontraba Hedwig durmiendo placidamente en su cama. Con sumo cuidado para no despertarla fue a buscar sus implementos para bañarse y se metió a la ducha, de la que salió a los pocos minutos. Se vistió con un pantalón y camisa de botones con mangas largas, ambos negros, intentó arreglar un poco su cabello y por último se calzó. Cuando bajó, Petunia le indicó que pusiera la mesa y así lo hizo, terminando justo a tiempo, pues el timbre de la casa había empezado a sonar.
Como nadie asistió a abrir la puerta, ya que estabas ocupados en otras labores, Harry abrió la puerta y tras ella aparecieron tres individuos, dos mujeres y un hombre. Una de las damas era joven, como de la edad del chico, quien se quedo impresionada al ver al joven.
-
Esté es el número cuatro de Privet Drive, ¿no? – preguntó el señor amablemente.
-
Sí, señor – contestó Harry.
-
Somos la familia Wilde, seguro que el señor Dursley nos debe estar esperando – dijo devuelta el señor.
-
Pasen adelante, por favor, y si no es mucha molestia facilítenme sus abrigos. – La familia Wilde así lo hizo y entraron a la casa justo cuando los Dursley aparecieron en escena.
-
¡Ah!, que bien, mi sobrino les abrió la puerta – dijo Petunia riendo nerviosamente mientras que Harry colgaba los abrigos en un tendedero que había cerca de la puerta.
-
Sí, tienes un sobrino muy educado, Petunia – dijo la señora Wilde.
-
¿Verdad?, le hemos enseñado muchas cosas al pobre muchacho, Antoniette. Pero pasen adelante, están en su casa. Harry, ve a buscar las maletas de los señores.
-
Sí, tía Petunia, inmediatamente. – Harry salió de la casa y fue hasta una limosina, que estaba estacionada cerca de la camioneta de Vernon. Ahí, un hombre joven así intentos para llevar las maletas. – Déjame ayudarte – se apresuró a decir éste, cargando algunas maletas.
-
Gracias, amigo, no sabes como pesan – dijo el hombre. Ambos entraron en la casa, en donde Petunia los esperaba para indicarle las habitaciones en donde debían llevar las maletas. Estos dos así lo hicieron y el joven regreso al auto mientras que Vernon obligaba a Harry hasta ir a la Sala de Estar para presentarse ante la familia Wilde.
-
Ven, Harry, ¿te podemos llamar así? – dijo el señor Wilde.
-
Claro, señor.
-
Bien, quiero presentarte a mi familia. Esta es mi esposa Antoniette – dijo mostrándole a la señora que había hablando con la familia. Harry saludo a la mujer con un apretón de manos. – Mi hija Natasha – los jóvenes se saludaron de la misma manera, aunque la joven se quedo viendo fijamente a los ojos verdes del chico. – Y yo soy Gustave Wilde.
-
Mucho gusto de conocerlos a los tres – dijo Harry estrechando la mano del señor Wilde.
-
El gusto también es nuestro, Harry – dijo la señora Wilde.
Harry le sonrió y luego se fue a servir unas copas de vino para la familia Wilde y Dursley. Mientras que servía el líquido se quedo pensando en la familia detalladamente. El señor Gustave Wilde era un hombre alto, delgado, de tez morena, cabello negro y ojos azules oscuros. Por su parte Antoniette Wilde era una mujer muy bonita, de cabello castaño claro con algunos reflejos naturales de color miel, ojos verdes muy claros, tez blanca, también alta y delgada. Y por último, Natasha Wilde era casi una combinación de los dos. Con el cabello negro, ojos verdes claros como los de su madre, tez blanca y de la misma contextura de estos. A los pocos minutos, este trajo las bebidas y se fue a la cocina para terminar con unos pequeños toques en la cena y servirla.
Como a eso de las nueve de la noche, tía Petunia le mandó a servir la cena y Harry la llevo hasta la mesa, en donde ya estaban sentados todos, hablando animadamente.
-
Espero que la relación de existe entre Natasha y Dudley siga floreciendo y que pronto nuestras familias se unan – dijo Petunia mientras que Harry servía más vino para los presentes, riéndose para sus adentros.
-
Sí, eso esperamos nosotros también – dijo Antoniette. Dudley sonrió tomando la mano de su novia, pero ésta no le correspondió ya que estaba mirando para otra parte. De repente la copa de vino que la muchacha tenía se cayó sobre su vestido intencionalmente.
-
Lo siento tanto – dijo Natasha. – Voy a limpiarme.
-
Harry, acompáñala – dijo Petunia. – Éste acompaño a Natasha hasta la cocina para ayudarla a limpiarse el vestido rojo que traía puesto. Cuando ambos estuvieron en el lugar, le ofreció un puesto mientras que mojaba un trapito para limpiarla.
-
De verdad lo siento tanto, soy algo torpe con las copas – dijo.
-
No se preocupe, no es precisamente a mí que me molesta – le contestó mientras que le limpiaba el vestido.
-
¿Sabes?, no eres tan desquiciado como tus tíos te describen.
-
¿A sí?, pues sé ocultar muy bien mi locura.
-
Eso parece – dijo riendo. - ¿Por qué cuando vinimos la primera vez no estabas en la casa?
-
Me encontraba con mi médico tratante, a veces mis tíos me tienen que dejar internado en el lugar.
-
¡Ah!, pobre – dijo acariciándole la mejilla.
-
No debería hacer eso, sabe – le dijo Harry riendo nerviosamente.
-
¿Por qué? – preguntó mientras alzaba en rostro de Harry con su mano.
-
¿Estás lista, Natasha? – preguntó tía Petunia entrando a la cocina.
-
Sí, señora Petunia, ya voy – Natasha se levantó de la silla y se fue con Petunia.
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Ve a recoger los platos y sirves el postre, Potter – le ordenó la señora Dursley a Harry.
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Sí, tía.
Harry recogió los platos y luego sirvió el postre. Para cuando ya fueron las once de la noche, todos se fueron a dormir y éste aprovechó la soledad de la casa y salió hasta donde estaba el chofer de la familia Wilde.
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Hola, – dijo – te traje algo de cenar.
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Gua, gracias, amigo. Eres lo máximo. Ven ponte cómodo y siéntate dentro del carro – dijo el joven sonriendo ante la cena que le había traído Harry.
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Gracias, pero no quiero ocasionarte problemas con tus señores después – dijo sentándose en un banquito que había en el lugar.
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Realmente gracias, – dijo empezando a comer – si no fuera por ti no hubiera comido nada en todo el día. A propósito, ¿cómo te llamas?
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Harry Potter.
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Mucho gusto, - dijo estrechando la mano con Harry – yo soy Kevin Lewis.
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Mucho gusto – dijo Harry. – Pensé que la familia Wilde era mejor que los Dursley.
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Lo dirás por el dinero, porque son de lo peor, que te lo digo yo. ¿Sabes? Cómo tienen tanto creen que controlan al mundo.
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Lo mismo pasa con los Dursley.
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Hablas de ellos como si los odiaras.
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¿Hablas de odiar? Lo que siento por ellos es peor que el odio.
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De debieron tratar malísimo.
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Y lo siguen haciendo. Bueno, debo irme a dormir, si saben que te traje de cenar me van a matar.
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Sí, a mi también. – dijo pasándole el plato. – Gracias y buenas noches.
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Buenas noches.
Harry lavo el plato de la cena y se fue a su habitación para poder dormir. Cuando llegó, se tumbo en la cama pensando en los días por venir con los Dursley y la gran pesadilla que estos iban a ser para él. Aunque intentaba dormir, no podía y se quedó despierto toda la noche hasta que a las tres de la madrugada pudo cerrar los ojos y dormirse casi de inmediato.