← Historias de una mente perturbada. · de
Historias de una mente perturbada. — capítulo 1
En todo el pequeño pueblo de Londres se rumoreaba lo mismo: la muerte de Emily Graseon que había llegado a los titulares de todos los diarios del lugar. Sin embargo, yo, que en ese entonces vivía por allí, soy y seré por siempre el único testigo de aquel nefasto hecho.
¡Nadie puede culparme!, realmente no tienen pruebas; nadie puede acusarme y decir que yo vi lo que había pasado y me he negado a hablar todo este tiempo, hasta hoy. Tal vez, el horror de lo vivido me ha acosado en pesadillas el tiempo suficiente como para contarlo de una buena vez; o tal vez, mi salud se ha deteriorado tanto que no tengo esperanzas de vivir para la semana próxima.
Como sea, estoy seguro de que el mundo merece saber la verdad… una verdad tan aterradora, tan horrorosa y tan cruel, que les ocultaría de ser capaz de llevarme el secreto a la tumba. Y cavando tumbas, como todos saben que ese fue por tantos años mi oficio, fue cuando vi como mataban a Emily Graeson. Las palabras que escuché aquella noche en aquel oscuro cementerio, quedaron grabadas por siempre en mi memoria y son las mismas las que me dispongo a relatarles ahora…
—¡Date prisa!, debemos hacerlo antes de que alguien nos vea.
Ordenó en un susurro, un alto y elegante hombre vestido de negro. Otro más pequeño y tosco, que venía arrastrando un pesado bulto, respondió:
—No se preocupe, su eminencia, ya falta poco.
Los dos hombres llegaron hasta una de las tumbas vacías, una de esas que yo había cavado durante el día. Se dispusieron a enterrar, lo que sea que había envuelto en las sabanas sucias, que el pequeño hombre pujando, había arrastrado por el lugar.
—¡Ayúdeme, ayúdeme mi señor!, está muy pesada, si la arrastramos los dos, terminaremos más rápido. —¡¿Y qué te crees tú?!, ¿Que yo ensuciaré mis manos; ves estos anillos en mis dedos, reconoces el emblema del Santo Padre?
Obviamente el hombrecillo, no alcanzaba a ver nada en aquella insondable oscuridad, Sin embargo, asintió, y estaba a punto de responder, cuando algo a sus pies se movió.
—¡Por las barbas de mi abuela! mi señor, el bulto se ha movido, creí que habíais dicho que la muchacha estaba muerta.
Estaría oscuro, pero aún así alcance a ver que, aquel hombre alto y descortés, palideció como la luna.
—¡No… no puede ser!, dis…cu…cutimos, la empujé, e… ella cayó por las gradas, estaba muerta… lo está o…¡lo estará! —Sentenció—. Nadie puede saber que tuvimos un romance, no se deben enterar que en su vientre crece un infante.
Aquel hombre, apenas sí podía hablar, su voz entrecortada, colérica y nerviosa, relataba sin cuidado la horrible verdad. Desesperado, buscó a su alrededor y sin importarle ya los anillos en sus dedos, de la mugre de la tierra cogió una pala.
—¿Qué piensa hacer con eso?, su eminencia, ¡la muchacha está viva! —Mas no por mucho tiempo.
Todavía se me erizan los pelos, al recordar como aquel hombre sanguinario y falto de piedad, con la herramienta con la que me gano la vida, sobre el bulto empezó a dar. Se escucharon lastimeros alaridos, provenientes de entre las sabanas, pero el hombre no dejó de descargar su furia, hasta que estas se tiñeron de sangre y cesaron las contorsiones violentas, de la persona entre ellas envuelta.
El hombrecillo, sorprendido por tan impío proceder, cayó sentado, lamentándose por el crimen que se acababa de cometer.
—No seré parte de esto, me habíais dicho que fue un accidente. —Ni una palabra de esto, capellán, o no intercederé a vuestro favor ante la santa sede.
De pronto, unos vagabundos de esos que hacen del cementerio su hogar, alertados por los gritos, hicieron su aparición por entre los arbustos.
—¡Eah! ¿Quién anda ahí?
El pequeño se levantó de golpe y echó a correr, al tiempo que apremiaba diciendo:
—¡Corra, su eminencia!; Huya y salve su buen nombre y estima.
Los dos sujetos, escaparon apresuradamente, dejando el cadáver de Emily Graeson, envuelto en sangre y en los brazos de la muerte.
Se preguntaran, porqué callé todos estos años. No me juzguen tan aprisa cuando les responda, y es que el asesino, es el mismo que paga mi salario, con el cual alimento a mi familia.
Ese hombre que, por ocultar el pecado de su lujuria, cometió impunemente un doble asesinato. Recibirá por su rebeldía, el castigo de su Jefe en la otra vida. Ese hombre dueño del campo santo, no es otro que… su eminencia, el cardenal de nuestra abadía.
...
Disclaimer: Los primeros tres párrafos del escrito no me pertenecen.