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Yo soy Bella Potter — capítulo 42

Bella corría por los pasillos cuando vio a Ron y a Hermione, Lavender Brown estaba llorando desconsoladamente en un rincón y ambos jóvenes venían sonriendo tontamente, aunque no estaban cogidos de la mano.

Bella sonrió internamente, suponiendo que La-la y Ro-ro habían cortado. Rápidamente les explicó lo que iba a tomarse el felix felicis y que iba a intentar recuperar el recuerdo. Ellos insistieron en acompañarla a tomárselo. Entraron en una de las viejas salas de almacenamiento y Bella se sentó en un sofá viejo y desgastado. Ron y Hermione se sentaron a sus pies. Hermione le había explicado que desde que se tomase el felix felicis estaría bajo la sugestión de la poción, como una especie de trance, y era crucial que supiera exactamente que debía hacer, ya que era una poción muy poderosa.

-Vamos -la alentó Hermione. Bella se acercó la botella a los labios y pegó un trago, dejando tres cuartas partes en el frasco. Se mantuvo en silencio un momento y cerró los ojos. Hermione le quitó el resto de la poción. Cuando Ron la miró alzando las cejas ella murmuró: por si acaso.

Cuando Bella abrió los ojos sus pupilas estaban más dilatadas de lo normal y un ligero rubor había empezado a cubrir sus mejillas.

-¿Y bien? ¿Cómo te sientes? -preguntó Ron.

-Excelente -una lenta sonrisa empezó a extenderse por el rostro de Bella. Se levantó como un resorte. -Realmente genial.

-Bella, concéntrate. Recuerda: Slughorn cena temprano, se da un paseo y regresa a su despacho -explicó Hermione pacientemente mirándola a los ojos.

-Bien -concedió Bella. Sus amigos sonrieron pensando que la muchacha había entendido todo a pesar de los efectos de la poción. La sonrisa se borró después de que Bella abriera la boca de nuevo -: Voy a ver a Hagrid.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. La mirada de Ron era alarmente.

-¿¡Qué!? -gritó Hermione. -¡¡NO!! ¡¡Bella, tienes que ir a hablar con Slughorn!!

Bella se dio la vuelta y les miró confusa.

-Tenemos un plan -repitió Hermione.

-Lo sé, pero... Algo me dice que vaya a ver a Hagrid, tengo la sensación de que es donde debo estar hoy... No se si me entendéis -Hermione y Ron se miraron entre sí, miraron a Bella y pronunciaron al mismo tiempo: no.

-Cofiad en mi, sé lo que hago, o... lo que hace la poción -sin esperar respuesta corrió hacia los jardines de Hogwarts, y sorprendentemente (raro no? ;P) no encontró a nadie en su camino.

Slughorn se encontraba dentro de los invernaderos de la profesora Sprout intentando cortar vainas de Snargaluff. Bella entró y cuando estaba a unos centímetros del profesor, este se dio la vuelta y se sobresaltó.

-Por las barbas de Merlín, Bella.

-Lo siento, señor. Debí avisarle de que había entrado, carraspear o tose. Habrá pensado que podría ser la profesora Sprout -dijo rápidamente, las palabras rodando sobre su lengua, sin pararse a pensar.

-Pues si, ciertamente, ¿qué te ha llevado a pensar eso? -inquirió el profesor.

-Pues su comportamiento señor, sus balbuceos, sobresaltarse cuando me ha visto... -se asomó sobre su hombro y vio más cosas dentro de la pequeña cajita que sostenía Slughorn. -¿y esas hojas de tentácula, señor? ¿Son muy valiosas verdad?

-Treinta galeones por hoja si encuentro a un buen comprador. No pretendo venderlas en el Callejón Knockturn, si es lo que piensas o has oído rumores -miró hacia la puerta para ver si estaba abierta y se agachó un poco más. -Mi interés es claramente académico, claro está.

-Personalmente, estas plantas me dan grima -dijo Bella observando a las ramitas retorcerse como serpientes.

Bella salió del invernadero y Slughorn la siguió.

-¿Cómo has conseguido salir del castillo, Bella? -inquirió el profesor.

-Por la puerta principal, señor. Voy a ver a Hagrid, es amigo mío y quería hacerle una visita -explicó dándole una brillante sonrisa. - Si no le importa, me voy ya.

-Beeeella -estiró la palabra hasta deformarla y en un arrebato de arrogancia propia de Cornamenta (James) ella replicó:

-Señooooor.

-Es casi de noche, entenderás que no te deje ir por ahí a ti sola.

-Pues acompáñeme, señor -replicó en el mismo tono de antes.

Al cabo de unos minutos ambos caminaban camino de la cabaña y Slughorn iba resollando mientras no paraba de insistir:

-Bella, vuelvo a insistir en que me acompañes de nuevo al castillo, inmediatemente.

-Eso sería contraproducente, señor -dijo Bella.

-¿Qué te lleva a decir eso? -Bella sonrió sin saber que decir.

-Ni idea.

Acababan de llegar donde estaba Hagrid. Aragog estaba tumbada boca arriba frente a él, con los ojos lechosos vueltos hacia dentro.

-Horace -saludó el semi gigante.

-¡POR LAS BARBAS DE MERLÍN! -gritó Slughorn. -¿Es eso una auténtica acromántula?

-Una muerta, señor -señaló Bella.

-Dios santo. ¿Querido amigo, cómo te las has arreglado para matarla? -el rostro de Hagrid se contrajo confuso.

-¿Matarla? Pero si era mi amiga. Pero no te preocupes, no eres el único. Son criaturas muy incomprendidas las arañas. Es por los ojos, creo, ponen nerviosos a algunos -explicó Hagrid.

-Y no olvidemos las pinzas -añadió Bella haciendo el ruido de unas pinzas al cerrarse con la mandíbula.

-¿Quieres que le dedique unas palabras? -preguntó Slughorn. El guardabosques asintió. -Tendría familia, confío.

-Oh, sí -Bella sonrió irónicamente.

-Adiós, Aragog. Rey de los arácnidos. Tú cuerpo se corromperá pero tu espíritu siempre seguirá vivo. Y tus amigos humanos encontraran consuelo tras superar la enorme pérdida que han sufrido.

Media hora después estaban los tres dentro de la cabaña. Hagrid y Slughorn bebían copiosamente y cantaban ''Frodo el mago'' mientras Bella aplaudía al ritmo de la música.

-La tuve desde que salió del huevo, era diminuta cuando nació. No era mayor que un perro pequinés -dijo Hagrid hipando.

-Que tierno. Yo tuve una vez un pez, Francis, le quería mucho. Una tarde bajé y se había... desvanecido. ¡¡PUFF!! -dijo Slughorn haciendo el movimiento con las manos.

-¿Que raro no?

-Si, ¿verdad? -los hombres, borrachos, no paraban de decir incoherencias. -Así es la vida, supongo. Pasa el tiempo y de repente ¡puff!

-Puff -repitió Hagrid.

-Puff -repitió Bella.

Finalmente la cabeza del guardabosques cayó hacia delante, profundamente dormido. Bella miró al profesor Slughorn.

-Un alumno me regaló a Francis -murmuró él. -Una tarde de primavera descubrí una pecera sobre mi mesa con solo unos cenímetros de agua. Y flotando en la superficie había un pétalo. Cuando miré se hundió y justo antes de tocar el fondo, se transformó. En un pececito. Una magia preciosa, una maravilla digna de verse. Era un pétalo de lirio. Tu madre... -a Bella se le aguaron ligeramente los ojos cuando vislumbró en su mente dos rostros. El de Lily Potter y el de Esme Cullen. Suspiró. - el dia que bajé y vi la pecera vacía, ese fue el día que tu madre... -murió. La palabra no fue pronunciada pero quedó flotando en el aire. -Sé por qué estás aquí, Bella. Pero no puedo ayudarte. Sería mi ruina.

-¿Sabe por qué sobreviví, profesor? La noche en que me hicieron esto -dijo Bella acariciándose con la yema de los dedos la cicatriz en forma de rayo que lucía desde hace quince años en su pálida frente. -Por ella. Porque ella se sacrificó. Porque se negó a mirar hacia otro lado. Porque su amor por nosotros era y siempre será mucho más poderoso que Voldemort -Slughorn se estremeció.

-No digas su nombre.

-No le tengo miedo al nombre, profesor. -Bella se levantó y se acercó a Slughorn. -Le voy a contar algo. Algo que los demás solo intuyen. Es cierto, Harry y yo somos los elegidos. Solo nosotros podemos destruirle, pero para hacerlo necesitamos saber lo que Tom Ryddle le contó esa noche en su despacho y también necesitamos saber lo que le respondió. Sea valiente profesor. Como lo fue mi madre. Si no, la deshonrará. Si no, ella habrá muerto en vano. Si no, la pecera seguirá vacía. Para siempre -Slughorn se quedó mirando a Bella y luego sacó desde dentro de la túnica una larga varita de madera oscura y rígida.

-Por favor, no pienses mal de mi cuando lo veas. No te haces idea de cómo era ya entonces -se aproximó la varita a la frente y salió un montón de hilo de color azul plateado resplandeciente. Bella hizo aparecer una pequeña pipeta de laboratorio y vertió dentro el recuerdo. Finalmente, Slughorn se reclinó en su silla, cerró los ojos y se quedó dormido.