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Un amor turbulento: Fleur Delacour y Bill Weasley. — capítulo 1

Capítulo de 1794 palabritas.

Esa noche no había casi nada que decir. Cenaron el uno en frente del otro, con la boca reseca por no haber tragado saliva. No se podía negar que él le acechaba a la chica con miradas de esas que todas deseamos que  un hombre nos de a conocer, pero ella estaba tan sumergida viendo su plato de macarrones a la boloñesa que no se daba cuenta de el cosquilleo que ella misma producía en William "Bill", cuando hacia cualquier cosa. No querían hacer de esa velada una aburrida conversación, de eso ya hablaron cuando estuvieron planeando en la anterior cita que tuvieron, esa cena, pero estando los dos, ahí, quietos, todo parecía más difícil. Apenas y aquella rubia había probado bocado, no quería parecer un ogro comiendo, y cuando ella solíacomer pasta, terminaba pringada de tomate por todos los rincones.

-¿No te gusta? -Preguntó Bill, rascándose la nuca y poniendo una mueca de fracaso, mientras chasqueaba sutilmente la lengua-.

-Sí, me encanta -Dijo ella, mirando los ojos celestes del muchacho, que se revolvía por el interior, creyendo incluso que en cualquier momento estallaría de tanta tensión-.

-Casi no has probadornbocado, Fleur -Se quejaba él mirando su plato que estaba limpio, y comparándolo con el plato de su 'amiga', que aún conservaba gran parte del manjar que les habían propuesto en aquel restaurante muggle-. ¿Acaso no te gusta la comida de aquí…?

-Me gusta. Suelo comer en restaurantes londinenses de este tipo -Murmuró con ese acento dulce que tanto enloquecía al pelirrojo, bajando la vista de nuevo-.

Un muggle vestido de gala, les quitó de por en medio los platos, y les pregunto si deseaban algo de postre, sonriendo a la chica, la cual negó.

-¿Y usted? -Sacó de sus pensamientos a Bill-. Señor…

-No -Sonrió de una manera peculiar Weasley. No hacia falta jurar que ese hombre había sacado varios rasgos de su padre-.

Ella, miraba sonriente a el chico, que cuando se dio cuenta de que la rubia ya estaba preparada para irse del local, se levanto deprisa, acomodando la silla en la mesa.

-¿Me ayudas? -Le preguntó, con una mirada pícara pero que apenas se hizo notar, pues él estaba demasiado sumergido en la pregunta que le acababa de hacer-. Bill -Le llamó, rozándole la mejilla con el dedo índice-.

-Sí, Fleur -Afirmó, tomando entre sus manos el mantón de seda azul que ella le daba, y momentos después, poniéndoselo a ella por la espalda-.Ya… -Susurró, casi indefiniblemente-.

-Vamos -Dijo ella, tomándole del brazo a él, que siquiera le había tendido ese mismo brazo para que ella lo cogiese-.

Esa era una de las razones por la cual estaba enloquecido. Era una chica que no necesitaba iniciativas, iba directa al grano, sin cursilerías.

Habían estado más de un año quedando por distintas partes del Londres mágico, y pensaron  en dar una vuelta alguna noche por las calles humanas, que para Bill eran desconocidas, y esa fue la llamada noche. Sí, habían pasado mucho tiempo entre el 'sí' y el 'no', aunque ninguno se lo había propuesto al otro de forma oralmente normal. Weasley ni le nombraba en la Madriguera, y supuestamente, Delacour ya se lo habría comentado a Gabrielle.

-Hasta aquí llega mi viaje -Comentó por fin Fleur, que seguía riendo a causa de un chiste de esos verdes, que le había contado su acompañante-.

-Bueno; ¿Cuándo puedes volver a quedar? -Preguntó de improvisto Bill, mirando como la larga y recta melena de la chica se meneaba al compás del viento: empezaba a hacer poniente-.

-No lo sé. Pero será mejor que no vuelvas a tu casa en escoba -Le recomendó cuando ya había abierto su especie de 'casa' a lo muggle, y entrando a su apartamento que se encontraba en una calle cercana al Callejón Diagon, pero girándose otra vez cara a Bill-. Cuando has venido a por mí, venias en escoba, y he visto como conjurabas un Diminuendo para meterte esa escoba en el bolsillo de tu túnica -Finalizó, guiñándole un ojo, y entrando a su pequeña casa, dejando las llaves y sus pendientes, que se acababa de quitar, en el mostrador-. ¿Entras?

-¿Cómo pretendes que me vaya si no es con escoba? -Dijo, entrando a la choza que estaba increíblemente aseada, estaba decorada con tonos azules y dorado-. A no ser que tengas polvos Flu, claro.

-¿Y si no tengo polvos Flu? -Argumentó, mientras se despedía del collar, y los zapatos, también de color claro y de tacón de aguja-.

-Me quedaré aquí -Decía satisfecho tumbándose de la manera más varonil que pudiese haberlo hecho, en el sofá que tenía Fleur como adorno en su comedor-.

-Ni hablar -Rechistó ella, que seguía en la entrada, mirándose en el espejo, e intentando quitarse la pulserita que había lucido esa noche-.

-¡¿Por qué no?! -Reía Bill, que estaba de nuevo apoyado en el umbral de la puerta que contactaba el comedor y el recibidor, donde Fleur intentaba desesperadamente eliminar esa pulsera de su atuendo-. ¿Te ayudo? -Preguntó al ver como la chica hacía muecas escandalosas pero irresistibles para él-.

-Puedo sola -Se apresuró a decir-.

Pasaron los minutos, y seguían igual, pero en silencio, lo que aún incomodaba más a Fleur y le hacía ponerse más nerviosa.

-No puedes -Le susurró en el oído a la rubia, mientras la observaba por el espejo-

Ella levantó la vista, y cuando se vio reflejada, con colores resplandecientes en sus mofletes y a él tan cerca de su cara, decidió reír, aunque fue una risa sencilla, y nada notable, fue una especie de 'risita'.

-Vale, no puedo -Se decidió a decir ella, mientras giraba su cuerpo, que entonces estaba en dirección a Bill-.

-Te lo dije -Se burló él apartándose lo suficiente, con una sonrisa grande, pero sin enseñar su hilera de dientes blanquecinos-.

-¿Por qué te vas? -Volvió a hablar. Cosa que decidió no haber hecho, pues le había salido un acento demasiado francés, y lo odiaba a rabiar-.

-No me voy -Sonreía él, le encantaba cuando era ella misma, y no se forzaba a hablar un inglés exacto-.

-Si… Te vas -Se quejó de nuevo, despegándose de la pared del espejo, donde estaba apoyada hacia unos momentos, pues en cierto modo, Bill la acorralaba. Se acercó a él un poco, y le tomó la mano, incitándolo a ir hacia ella. Y lo consiguió-.

-¿Ves que me vaya? -Comenzó a hablar él, quitándole un mechón de pelo de la cara-.

-No -Dijo ella, toqueteando la corbata que se había puesto Bill esa noche-.

Puesto que él era alto, y aunque ella también lo fuera, no llegaba a tanto, tuvo que levantar un poco la cabeza para ver como él, por una vez en todo el tiempo que habían compartido, le miraba serio.

-¿Qué te pasa? -Preguntó de nuevo ella-.

-Nada -Dijo él, cogiéndole el mentón delicadamente con la mano derecha, y con la otra, acariciándole el sedoso cabello-.

Ella tragó saliva al notar como aquel pelirrojo le manoseaba; notaba los masajes que le hacia en la barbilla, y el placer subía. Bajó la cabeza. Ya le había pasado eso muchas veces, y no era buena idea.

-Bill… -Suspiró-.

-Dime.

-No quiero que pase nada -Se lamentó ella-.

-¿A que te refieres? -Pronunció él, dejando de mantener el contacto con ella, pero sin separarse-.

-¿No podemos esperar un poco más?

-Venga, Fleur -Carraspeó él, dando tres pasos hacia atrás-. Me has dicho por lo menos seis veces lo mismo en un año y medio -Dijo, pero sin levantar la voz, él nunca le había gritado, y ese no sería el primer momento-.

-Lo sé, ¿vale? -Dijo ella, arrimándosele-.

-Sólo te pido una oportunidad -Dijo, llevando sus manos a su cuello-.

-Y yo te la doy -Sonreía ella-. Pero esperemos a que sea oficial un poco más…

-¿Qué mas da que sea o no oficial? ¿Acaso te da miedo mi familia? -Le miraba él, confuso, aún con las manos en su espalda-.

-No -Dijo ella, que miraba el suelo, le daba vergüenza hablar con él de esos temas, aunque sabia que Bill nunca se enfadaría con ella, pero siempre estaba ese sentimiento de culpa-.

-Entonces…

-Pero es que, ¿y si no les gusto? -Con un hilo de voz le salieron esas palabras-. Sólo conozco a Ronald, y tampoco te creas. A demás, hace un año que no le veo -Dijo ella levantando la vista, y fijándose en él-. ¡No hagas eso! -Comenzó a reír-.

Él la miró, enarcando una ceja: ¿El qué? -Dijo gracioso. ¿Cómo era posible que existiera un hombre que tuviese tanta paciencia?-.

-Lo de los brazos -Se pasó sus manos por el cuello, imitándole-.

-¿No te gusta?

-Te hace parecer más… ¡Chico! -Reía ella, mirándole. Otra vez, como muchas otras, los dos habían olvidado la conversación que antes compartían-.

-¿Insinúas que no soy lo suficiente chico?

-¡Yo no he dicho eso!

-Perolo piensas -Decía, señalándole con un dedo-.

-¡No! -Le pegó un leve puñetazo en el brazo derecho-.

-Pues ahora me las pagas -Hizo caso omiso a lo que acababa de decir la chica. La levantó aupa, y la cargó en su hombro. Una de las ventajas de Fleur, era que tenía una figura muy cuidada, y era delgaducha-.

-¡Suéltame! -Rechinchaba encima de Bill-.

-Vale.Él la tiró al sofá del comedor, en el que anteriormente había estado acomodado él.

-Bueno, -logró articular entre risas-, será mejor que te vayas.

-¿Y los polvos Flu? -Le miró él, mientras los buscaba por el salón-.

-¡Que no tengo! -Reía más fuerte ella-.

Él la miró vacilante.

-Va, Fleur. ¿Dónde están? -Dijo, contagiado por la risa de la otra-.

-Ven -Susurró ella, sonriente, y estirando sus manos, él obedeció, era como una especie de tentación-. Te quiero.

Él echó la cabeza hacia atrás, cuando hubo estado sentado junto a Fleur.

-Y yo Fleur, y yo -Sonreía, con los ojos cerrados-.

-Toma -Dijo ella, dejándole extendidos en la mano de él los polvos Flu-.


-Me voy ya -Susurró él dentro de la chimenea, y diciéndole adiós con la mano-. La  Madriguera -Logró escuchar ella, antes de que Bill desapareciese-.

Molly, esperaba a su hijo desde la cocina, y miraba desesperada por la ventana.

-¡Ay! Hijo mío, donde estarás, que no te veo volando con tu escoba por el cielo -Lloriqueaba Molly. Era muy tarde, y Bill no aparecía; ya todos dormían, incluso Arthur Weasley estaba ya en la cama-.

-Mamá -Le llamó él, a sus espaldas-.

Ella se giró y se tiró encima suya, no, no es metafórico, se le abalanzó: William Arthur Weasley... -Empezó ella, cuando se soltó del abrazo de su hijo mayor-. Será mejor que no me digas que haces las noches que vuelves tan tarde o sino -Le decía, moviendo la mano horizontalmente, en mueca, de que se llevaría grandes broncas-.

-Vale mamá -Dijo, él, cuando Molly ya se estaba yendo a su habitación, compartida con su marido-. Finite incantatem -Pronunció, haciendo que de su bolsillo, reluciera su enorme escoba, que dejo sujeta junto a todas las demás escobas que poseía la familia Weasley, y que estaban guardadas en un rincón de aquella revoltosa cocina-.