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Inuyasha: Viaje al pasado — capítulo 3
La pequeña Kagome, justo a unos pocos metros de donde estaban ellos, se separó del hombre al cual iba cogida y se paró justo delante de los dos jóvenes aún perplejos. Kagome parecía que no veía nada más que al hombre que seguía avanzando hasta llegar hasta la pequeña e Inuyasha cada vez tenía más claro que ese hombre seguramente sería su padre. La verdad es que nunca le había preguntado por su padre, ella sabía que su madre había muerto y que había sido humana y su padre era un demonio y también había muerto. También sabía que se había quedado solo desde muy pequeño y que por esa razón era de ese modo con la gente, pero… ¿y ella? Siempre había asumido, al ver a su abuelo, su hermano y su madre, que había tenido una vida fácil, pero empezaba a creer que escondía más de lo que parecía. Kagome era una de esas personas que ocultan el dolor y parece que no lo tengan, lo sabía por las incontables veces que la había puesto en peligro y había sufrido por su culpa y su obsesión por querer recuperar un poco del pasado que perdió por culpa de Naraku a trabes de Kikyo. En ese momento, al ver su rostro descubriendo un dolor que no sabía que tuviese oculto, quiso saber lo que pasó. Quiso consolarla y decirle que podía contar con él, como él había contado tantas veces con ella…
-¡Bueno Kagome! ¿Quiénes son? ¿Amigos tuyos? -dijo el hombre con dulzura a la niña mientras miraba a los jóvenes. Inuyasha se cruzó de brazos intentando aparentar indiferencia, pues la niña empezaba a ponerle nervioso con su incansable bailoteo. - ¡Hija! Por favor estate un poco quieta, ¿vale? -dijo el hombre intentando que la niña dejara de dar vueltas alrededor de ellos, por supuesto, el perro blanco iba justo detrás de la niña también molestando.
-Nosotros… no… no queríamos…-empezó a tartamudear Kagome. Al fin parecía que alguna palabra, aunque no muy clara, salía de su boca. El hombre miró a la joven y sonrió con una sonrisa muy agradable que hizo que ella se estremeciese.
-No te preocupes… Debes de ser familia, ¿no? Es asombroso el parecido con mi mujer… -dijo el hombre con ternura. Kagome sonrió mientras una lágrima se le escapaba de los ojos irremediablemente. Inuyasha se quedó totalmente pasmado sin saber qué hacer, pues no soportaba verla llorar. Quiso consolarla, pero estando su padre delante le era imposible. En realidad estando quien fuese delante le sería imposible. A diferencia de él, el hombre si que pareció dispuesto a ayudarla, pues puso cara de preocupación mientras buscaba un pañuelo en su bolsillo y se lo tendía.
-Por favor… no llores pequeña… -dijo con una sonrisa. Kagome sin poder evitarlo se abalanzó al hombre dándole un fuerte abrazo mientras lloraba. Inuyasha se quedó mirando la escena totalmente perplejo y sin poder mover un solo musculo. El hombre pareció no importarle el acto y correspondió al abrazo dándole una suave caricia en la cabeza.
-Ya esta… -dijo a modo de consuelo. -No sé por qué lloras, pero si has acudido a la familia Higuraishi es porque necesitas ayuda de familia. -se separó en cuanto hubo recobrado la compostura y el hombre sonrió de la manera que solo ella conocía perfectamente y añoraba tanto. -Venga, venid, pasemos a casa seguro que quieres ver al resto de la familia… -justo cuando el hombre cogió, con esfuerzos, a la pequeña Kagome y se giraban para ir hacia la casa, la misma brisa que había recorrido antes de llegar allí volvió de repente. Kagome empezó a andar intentando seguir a su padre, pero la oscuridad volvió a inundar el lugar y lo único que tuvo como referencia fue una mano que la sujetó fuertemente en el momento en el que la oscuridad los invadió.
-¿Inuyasha? -preguntó ella intentando localizar a su acompañante, pues a pesar de que sentía su fuerte mano sujeta a la suya no lograba verle.
-Tranquila… estoy aquí… -dijo, al parecer, más cerca de ella de lo que creía.
-¿Que está ocurriendo? -Kagome apretó más su mano para evitar romper el enlace, pues empezaba a tener miedo.
-No lo sé… puede ser alguna trampa de Naraku. Ese maldito puede ser capaz de jugar con los sentimientos como le viene en gana. -dijo visiblemente enfadado, pues a pesar de que tan solo era un murmullo Kagome juró haberle oído gruñir. La oscuridad parecía durar más que la última vez y Kagome empezaba a no poder soportar los recuerdos que empezaban a acumularse en su cabeza, recuerdos que creía ya olvidados.
De repente, Inuyasha captó un olor diferente en el aire, un olor a agua, con sal, lágrimas. Kagome estaba llorando de nuevo, y ahora no tenía ninguna escusa para no poder consolarla. Sin siquiera poder verla estiró su mano sujeta a la de ella y notó un cuerpo que chocaba contra el suyo. Cerró sus brazos alrededor se ese cuerpo en un abrazo. Ella se quedó totalmente quieta y sorprendida ante tal acto. Muy pocas veces era tan tierno, y cuando lo era solía ser en situaciones como esa. Kagome aprovechó la ocasión y le abrazó también, aún a sabiendas de que eso no cambiaría absolutamente nada, pues él jamás sentiría lo que ella sentía cada vez que él hacía cosas como esa. Aún así, se conformaba con esas pequeñas muestras de afecto.
-Gracias… -dijo ella mientras sus lágrimas cesaban. Mientras se apartaban, pero sin soltar sus manos, la luz empezó a dejar atrás a la oscuridad y un nuevo paisaje se abría ante ellos. Esta vez no parecía la actualidad, es más, parecía que hubiesen vuelto de nuevo a la era feudal. Habrían creído que habían regresado donde debían estar Miroku, Sango, Shippo y Kirara, de no ser por una mujer que corría desesperadamente con un bebe en brazos.
-¡Corran! -se escucharon unas voces a lo lejos -¡No ha podido ir muy lejos!
La mujer se hacercó rápidamente hacia ellos y desesperada les rogó que no dijeran nada mientras se escondía detrás de unos matorrales. Los hombres no tardaron en llegar y descubrirles a ellos en mitad del bosque.
-¡Vosotros! ¿Dónde tenéis a la princesa? -preguntó uno de los hombres. Inuyasha, que no iba a dejar que nadie le diera ordenes. Se adelantó poniéndose delante de Kagome como hacia siempre que la protegía.
-¿Y si no queremos decírtelo? -dijo a la defensiva.
-¡Pues moriréis! -gritó uno de ellos mientras todos se abalanzaban para atacarles. Inuyasha, que ya esperaba algo así, empezó a golpearles sin necesidad de la espada, pues solo eran humanos, dejándoles inconscientes pero sin matar a nadie. Kagome, de mientras, fue corriendo donde la mujer se había escondido descubriéndola desmayada con el niño en brazos. Sin poder evitarlo, cogió al niño que había empezado a llorar desconsoladamente acunándole y diciéndole palabras dulces para que se calmara. Mientras la calma empezaba a volver al lugar, señal que indicaba que Inuyasha ya se había ocupado de los hombres que perseguían a la joven, el manto que cubría al bebe descubrió unos cabellos cortitos pero visiblemente plateados del cual salían en la parte superior de la cabeza dos orejitas de perro.
-No puede ser… -dijo Kagome en voz alta mientras observaba al bebe.
-Sí. -dijo Inuyasha detrás de la joven. -Es mi madre… y… yo