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LA SECRETARIA DEL PIRNCIPE — capítulo 6
—No soy yo la que está intimidando aquí.
—¿Te parece que yo sí? —pareció ofenderse tanto por la observación que Hermione no pudo evitar un suspiro.
—No, pero tu actitud es enervante.
—Muchas gracias —respondió él con sarcasmo.
—Ya puedes bajarme.
Draco la dejó en el suelo, y Hermione intentó convencerse de que lo hacía de mala gana.
Se apartó rápidamente para poner distancia física entre ambos, pero no le sirvió de nada. Su cuerpo seguía ardiéndole de deseo.
—Déjame ver —le pidió él.
Era una malísima idea, pero de todos modos obedeció y se levantó la camiseta para revelar la mancha amoratada de su cadera. Draco la tocó con cuidado y Hermione se estremeció y tuvo que reprimir un inapropiado gemido de placer.
—¿Te duele?
—No estoy acostumbrada a que me toquen ahí —admitió. Tal vez fuera una confesión embarazosa, pero siempre sería mejor que ir a ver a un médico contra su voluntad.
—No parece que sea nada grave —dijo él.
Hermione volvió a bajarse la camiseta holgada de los Red Sox.
—Te lo dije.
Draco volvió a pasar el pulgar por el cardenal antes de retirar la mano, y Hermione tuvo que contenerse para no pedirle que volviera a tocarla.
—Todavía no me has dicho qué haces aquí —le recordó, intentando mantener la compostura.
—Vi tu luz encendida.
—¿Y? ¿Decidiste pasar a hacerme una visita, aunque no respondiera a la puerta?
—Es muy tarde, Hermione. Pensé que te habías quedado dormida con la luz encendida. No quería molestarte.
—No, claro… y por eso me has dado un susto de muerte.
—No era mi intención.
—Por supuesto. Bueno, ahora que has visto que no me he quedado dormida con la luz encendida, puedes seguir con lo que estuvieras haciendo.
—Aún no.
—¿Hay algo de lo que quieras hablar?
—¿Por qué sigues levantada a estas horas? Te convendría descansar un poco.
—Sabes que nunca duermo bien la primera noche después de un vuelo transatlántico.
—Eso era cierto cuando viajábamos de día, pero desde que cambié la agenda para que pudiéramos viajar de noche dormías mejor. O al menos eso decías —añadió con escepticismo.
—Y así es. Pero me puse a trabajar y… no estaba cansada —no había acabado de decirlo cuando un bostezo incontenible desmintió sus palabras. Draco frunció el ceño.
—Sin duda estás cansada. ¿Por qué estás levantada?
—¿Y tu? —cambiar de tema casi siempre le había funcionado—. ¿Qué haces levantado tan tarde?
—No podía dormir y decidí dar un paseo.
Hermione desvió la mirada hacia las puertas abiertas del balcón, a través de las cuales se veía un bonito cielo estrellado.
—No me extraña… Hace una noche preciosa.
—¿Te gustaría acompañarme?
Era lo que más querría en el mundo, pero no podía hacerlo.
—Estoy trabajando.
—¿En qué?
No podía creer que la obligara a decírselo.
—En mi nuevo proyecto.
Draco le echó una mirada de desaprobación.
—Te dije que lo dejaras si te suponía mucho trabajo.
—No es para tanto.
—¿No? Entonces, ¿por qué estás trabajando de madrugada cuando deberías estar durmiendo?
—Porque quiero hacerlo —odiaba aquel encargo, pero quería hacerlo bien y acabarlo cuanto antes.
—Tienes que descansar. Insisto en que apagues el ordenador ahora mismo.
—Si me voy a la cama ahora no podré conciliar el sueño. Tengo la cabeza llena de información y necesito clasificarla —sabía que Draco la entendería. A menudo se quedaban en la oficina hasta altas horas de la noche, compartiendo un tentempié y una agradable charla mientras acababan algún trabajo pendiente. Aquella dedicación demostraba hasta qué punto se implicaba Draco en su trabajo, pero en el caso de Hermione, además, camuflaba el deseo por pasar el mayor tiempo posible con él.
—Entonces tienes que venir a pasear conmigo —decidió él—. Se acabó el trabajo por esta noche.
—Dijiste que querías tener la lista para hoy.
—No, nada de eso. Te pregunté si la habías acabado, nada más. No te impuse ningún plazo.
—Pero los dos sabemos que tengo que acabarla lo antes posible si no queremos que tu padre vuelva a elegirte una esposa por su cuenta.
—Asumiré el riesgo, pero no a costa de tu salud —se inclinó hacia el ordenador portátil—. ¿Tienes que guardar algo?
—No.
Él asintió y apagó el portátil, antes de cerrarlo.
—Vamos.
Ella se miró su atuendo.
—Tengo que ponerme algo o asustaré a tus guardias.
—Más que asustarlos, creo que despertarías sus deseos ocultos.
Hermione se echó a reír como si se lo tomara a broma, pero el comentario le hizo daño.
Tal y como le había prometido, se había puesto su nueva sudadera de los Red Sox como camisón. Le llegaba hasta la mitad de los muslos, y dudaba mucho que un atisbo de sus piernas pálidas y larguiruchas pudiera llamar la atención de alguien, y mucho menos provocar el deseo de los hombres que montaban guardia en el palacio noche y día. Hermione no era precisamente llamativa, y esos hombres estaban entrenados para concentrarse exclusivamente en la vigilancia de la residencia real.
Agarró unas mallas y se las llevó al cuarto de baño para ponérselas. Salió al cabo de un minuto y sacó unos calcetines del aparador donde un criado había guardado su ropa.
Draco emitió un ruido ahogado.
—¿Crees que eso supone alguna diferencia?
Hermione se miró los calcetines y las mallas y luego miró a Draco a los ojos.
—¿Qué pasa? ¿Crees que mi ropa es ofensiva?
—Creo que si piensas salir de esta habitación, deberías ponerte algo menos insinuante.
—No voy a ponerme un traje con medias y zapatos de tacón para salir a dar un paseo, Draco.
—No espero que lo hagas.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Esas mallas parecen una segunda piel.
—Siempre me las pongo para hacer deporte.
—¿En Nueva York?
—Las uso en el gimnasio, sí. ¿Por qué te suponen un problema?
—Porque son demasiado atrevidas.
—¿Atrevidas? Pero si sólo muestran lo flacas que son mis piernas.
Draco sacudió la cabeza.
—¿Lo dices en serio?
—¿Vamos a dar ese paseo, o no?
En vez de responder, Draco fue al aparador y empezó a abrir cajones. Sacó unos pantalones holgados de chándal y una chaqueta a juego.
—Esto servirá.
—¿Quieres que me cambie?
—Sí.
—Sabes que estás siendo ridículo, ¿verdad?
Él se limitó a tenderle la ropa, y a Hermione, sabiendo lo intransigente que podía ser su jefe en ocasiones, no le quedó más remedio que acatar sus órdenes si quería ir a pasear con él. Su deseo por acompañarlo era más fuerte que cualquier otra cosa, y además, tal vez tuviera razón y aquellas mallas no fueran el atuendo más apropiado para acompañar a un príncipe en Zorha.
Puso una mueca de exasperación para demostrarle lo que pensaba de su actitud y fue a por una camiseta más pequeña. La sudadera le daría un aspecto ridículo colgándole por debajo de la chaqueta.
Una vez que estuvo vestida con lo que Draco consideraba un atuendo decente, salieron de la habitación. Draco la llevó a la planta baja, pasaron junto a las cocinas y salieron al desierto que rodeaba el palacio en vez de salir al gran patio central.
Hermione no temía que pudieran perderse. Draco conocía el desierto tan bien como ella conocía su minúsculo apartamento de Nueva York, y la condujo bajo el cielo nocturno hacia un oasis cercano. A Hermione la invadieron los recuerdos de otros paseos a caballo con Draco sobre las dunas, todos ellos realizados a la luz del día.
Draco respiró hondo para llenarse los pulmones de aire.
—Me encanta el olor del desierto. --Hermione sólo podía distinguir el olor seco de la arena, pero estaba segura de que Draco podía percibir muchas más fragancias.
—Siento que lo eches tanto de menos en Nueva York.
—Eso dijiste en la cena.
—¿Estabas escuchando?
—No, pero después de cenar le pedí a mi madre que contara vuestra conversación.
—¿Por qué? ¿No confiabas en que fuera a mantener en secreto tu búsqueda de esposa? —la desconfianza de Draco le resultaba horriblemente dolorosa, sobre todo cuando ella estaría dispuesta a confiarle su vida.
«Pero no estás dispuesta a confesarle tu amor», le dijo una voz dentro de su cabeza que sonaba sospechosamente parecida a la de su padre.
«Esa confesión sólo podría traernos problemas. Él no quiere mi amor», se defendió ella.
«¿Estás segura?», insistió la voz.
«¡Sí!». Estaba completamente segura, y desearía no estarlo.
—Claro que confiaba en ti —dijo Draco, interrumpiendo la discusión que estaba manteniendo con ella misma—. Nunca has traicionado mi confianza, Hermione.
—Me alegro de que te des cuenta.
—Quería saber qué te había impulsado a hacer esos comentarios durante la cena.
—¿No te imaginaste cuál podía ser la razón?
—La verdad es que no.
—Eres mi amigo, Draco. Quiero que seas feliz.
—Soy feliz, Hermione.
—Serías más feliz si vivieras aquí.
—No, te equivocas.
Hermione habría intentado rebatirlo si él no le hubiera puesto la mano en el hombro para hacerla callar.
—Es cierto que echo de menos el desierto cuando estoy lejos de él. Echo de menos a mi pueblo, a mi familia… todo lo que tengo aquí. Pero cuando estoy aquí, Hermione, también echo de menos Nueva York. Prefiero el ritmo de vida que llevo en la ciudad, aunque admito que es un alivio poder venir a casa de vez en cuando.
—Claro… Aquí no podrías mariposear con tus mujeres —dijo Hermione en tono amargo. Draco se echó a reír.
—¿Mariposear? Qué palabra más anticuada…
—Tal vez sea una chica anticuada.
—Eres una joya, mi querida amiga.
Una ola de calor la recorrió por dentro, aliviando su amargura anterior.
—Gracias.
—En cualquier caso, según tú, ya no puedo seguir mariposeando.
Fue el turno de Hermione para reírse.
—Yo no soy tu padre. No puedo ordenarte que acates mis deseos.
Draco se detuvo. La luna llena iluminaba su rostro casi como fuera de día.
—Ejerces más influencia sobre mí que cualquier otra persona, Hermione.
—Yo no diría tanto.
—Tal vez yo tampoco debería decirlo —admitió él con una sonrisa—. Empezarás a pensar que puedes mandar sobre mí…
Hermione volvió a reírse, con más fuerza esa vez.
—Tranquilo, Draco. Nunca cometeré el error de pensar que alguien puede mandar sobre ti.
—¿Ni siquiera mi padre?
—Ni siquiera él. Si obedeces sus órdenes es porque tú decides hacerlo. Si te impusiera algo que no puedes aceptar, no tendrías problema en alejarte de tu familia en vez de someterte.
—Como hizo la princesa Kate.
—¿Crees que su familia la habrá desheredado? No le dieron publicidad a su boda, y en la prensa sólo apareció una foto de ella con sus tíos y su nuevo marido un día después de casarse.
La expresión de Draco se cubrió de tristeza por un segundo.
—Su padre es mucho más tiránico que el mío. Creo que es muy posible que la deshereden.
Hermione había conocido al hermano mayor de la princesa en una recepción en palacio, pero no a ella.
—No me imagino a su hermano dándole la espalda.
—Tal vez, pero lo que está claro es que mis hermanos se pondrían de parte de mi padre.
—Creo que te equivocas —los príncipes eran leales hasta la muerte los unos con los otros, aunque hubiera sido Harry quien le llevara la orden de su padre a Draco.
—Eso es del todo irrelevante, y en cualquier caso no tengo la menor intención de desafiar a mi rey.
—Ya lo sé, pero creo que haces muy bien en adelantarte a sus movimientos como ahora —le dijo con toda sinceridad, por mucho que a ella le doliese.
—Tendré que creérmelo —dijo él en tono jocoso—. Lo tuyo no son los halagos fáciles, y no dudas en criticarme cuando crees que estoy haciendo alguna tontería.
—Tienes razón —corroboró ella con una sonrisa.
—No tienes ni idea de lo que estás haciendo, ¿verdad?
—Estoy hablando a la luz de la luna con mi mejor amigo.
—¿Soy tu mejor amigo, Hermione?
—¿Lo dudas? ¡No me queda tiempo para otras amistades!
Los rasgos de Draco se contrajeron en una mueca de remordimiento.
—Tal vez deberíamos reajustar tu horario laboral cuando volvamos a Nueva York.
Ella se encogió de hombros, aunque por dentro volvió a encogerse de dolor. Aquello era otra prueba de que Draco se estaba alejando de ella y de su amistad. No quería ser su mejor amigo…
—¿Vamos al oasis?
Draco miró a su alrededor y suspiró.
—Creo que deberíamos volver a palacio y a la cama.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Sé que pensabas dar un paseo más largo, pero insistes en volver porque te preocupas por mí —una vez más, sabía que no tendría sentido discutir.
—A los dos nos vendrá bien dormir un poco.
Pero si hubiera salido a caminar en solitario no habría regresado tan pronto. Aquello la hizo sentirse, mal, pero intentó ignorar los remordimientos. Si sus previsiones sobre el futuro de Draco se cumplían, necesitaría tantos recuerdos de él como pudiera albergar para la fría y triste soledad venidera.
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Draco entró sin invitación en la habitación de Hermione por segunda vez en menos de ocho horas. Al igual que la noche anterior, llamó con los nudillos a la puerta, y tampoco esa vez recibió respuesta. La noche anterior ella había estado escuchando música y no lo había oído. Y esa mañana estaba durmiendo tan profundamente que no la habían despertado los golpes.
Se detuvo junto a la cama y sacudió la cabeza mientras la contemplaba. Por primera vez en mucho tiempo parecía completamente tranquila y relajada. Ni siquiera en el avión se había desprendido de todo el estrés acumulado, pero allí, en Zorha, parecía sentirse como en casa. O incluso mejor que en casa.
Eran casi las siete, y Draco estaba seguro de que el despertador de Hermione estaría programado para esa hora. Intentando no hacer ruido, agarró el aparato y desconectó la alarma. El despertador digital no podría desentonar más en aquella habitación decorada como un antiguo harén. Draco no entendía cómo su madre había podido asignarle a Hermione aquel dormitorio, pero en ninguna de sus visitas le había pedido que la cambiara de sitio. Hermione siempre había estado encantada con sus aposentos, y a Draco le gustaba ver feliz a su secretaria.
Atravesó sigilosamente la atención y corrió las gruesas cortinas del balcón. Hermione necesitaba dormir, y él se ocuparía de que así fuera. Podía permitirse un día sin trabajar. Desenchufó el ordenador portátil y lo sacó de la habitación, cerrando la puerta tras él. Fue entonces en busca de su madre y le pidió que le comunicara sus planes a Hermione cuando se levantara. También le pidió que se asegurara de que Hermione se pasaba todo el día descansando. A continuación, abandonó el palacio con su padre y su hermano.
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Hermione se despertó lentamente, invadida por una deliciosa sensación de felicidad. Había tenido un sueño maravilloso con Draco. Los dos estaban casados y enamorados, y habían ido a Zorha con sus cuatro hijos. Un niño de diez años, tan serio y formal como su padre; una niña de ocho, que había heredado de su abuela el porte real y la irrefrenable tendencia a meterse en los asuntos ajenos; un niño castaño y robusto de cinco años que a Hermione le recordaba a su hermano mayor, y una niña preciosa de pocos meses que era la alegría de sus padres.
El sueño había sido tan real que Hermione sonrió mientras se estiraba bajo las sábanas de algodón egipcio. No quería abrir los ojos, pero se le escapó una risita al pensar en los cuatro hijos. No le costaba imaginarse a Draco como el padre cariñoso y atento de un montón de críos.
Pero por muy real que fuera el sueño, ella jamás podría ser la madre de esos niños. La amarga realidad hizo añicos la ilusión y la obligó a abrir los ojos. Lo primero que notó fue que las cortinas estaban echadas, y no recordaba haberlo hecho antes de acostarse. Lo segundo, que eran casi las once de la mañana. La alarma no había sonado, y Hermione estaba convencida de haberla programado. Lo tercero, que el ordenador portátil había desaparecido del escritorio barroco donde le gustaba trabajar cuando estaba en Zorha.
Se incorporó en la cama y se frotó los ojos, pero todo siguió igual. ¿Cómo había podido dormir tanto? No era normal en ella, ni siquiera sin despertador… De acuerdo, tal vez necesitaba recuperar el sueño perdido como Draco había estado diciéndole, aunque de ninguna manera lo reconocería ante él.
Draco siempre creía estar en posesión de la verdad. Y de todos modos sabría la verdad, ya que Hermione se había despertado casi al mediodía.
Pero aunque Draco hubiera estado en lo cierto, seguía sin haber explicación para las cortinas echadas, la alarma apagada o el ordenador desaparecido. Algo le decía a Hermione que no obtendría respuestas hasta que hablara con su jefe, y eso significaba que debía levantarse.
Media hora más tarde, después de haberse duchado y vestido con la ropa cómoda y carente de estilo de siempre, se dirigió hacia la planta baja del palacio. Uno de los guardias le indicó el despacho privado de la reina, y una voz regia y autoritaria la hizo pasar cuando llamó a la puerta. Hermione entró en una bonita habitación, decorada con un gusto exquisitamente femenino, que obviamente servía como lugar de trabajo.
—Buenos días, Hermione —la saludó la reina, despidiendo a su secretaría—. Espero que hayas dormido bien.
—Más de lo que debería —respondió Hermione en tono arrepentido—. No oí la alarma.
—Creo que mi hijo la desconectó cuando fue a verte esta mañana.
—¿Draco vino a verme? —¿otra vez?
La reina asintió.
—Fue a decirte que iba a pasar el día con su padre y con Harry.
—¿Pero entró en mi habitación y desconectó la alarma? —tendría que hablar muy seriamente con Draco. No quería que se tomara esas libertades y la sorprendiera mientras se estuviera vistiendo o desnudando. A él tal vez no le importara verla medio desnuda, pero a ella desde luego sí—. ¿Por qué no me despertó?
—Creo que le pareció que necesitabas descansar —dijo la reina con una sonrisa—. Y también dijo que se te confiscara el ordenador para el resto del día.
—Aún me queda mi PDA —dijo Hermione en tono desafiante. No era tan cómodo como el portátil, pero podía tomar notas y tenía acceso a Internet. Cualquier cosa con tal de seguir trabajando. No le gustaba que nadie le marcara su agenda, y menos cuando su encargo actual le resultaba tan urgente y desagradable.
—Tenía la esperanza de que me hicieras compañía esta tarde.
A Hermione se le encogió el corazón. Sabía que Draco estaba detrás de aquella invitación, pero no podía ofender a la reina.
—Por supuesto, Majestad.
La reina arqueó una de sus finísimas cejas. Estaban solas en el despacho y el tratamiento formal era totalmente innecesario, pero no hizo ningún comentario al respecto. Hermione, sin embargo, se dio por aludida y abandonó las formalidades.
—¿Qué tienes pensado hacer?
—Me gustaría ir de compras —respondió Narcisa. Hermione no pudo evitar una sonora carcajada.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Tu hijo.
Su respuesta pareció sobresaltar a la reina.
—¿Mi hijo?
—Sí. Cree que puede salirse siempre con la suya. Supongo que te ha pedido que te asegures de que hoy no trabaje, ¿verdad?
—Correcto.
—¿Alguna vez ha ido Draco de compras contigo, Narcisa?
—No, no ha tenido el placer —respondió la reina, sonriendo.
—Yo tampoco lo he tenido desde hace un año, por lo menos, y la verdad es que me encantaría. Voy por mi bolso.
—No es necesario.
—Pues claro que sí —insistió Hermione, aunque sabía que tendría que ser muy rápida y previsora si esperaba pagar sus propias compras.
No pudo dejar de sonreír mientras iba a su habitación en busca de su bolso. Si la intención de Draco había sido que Hermione se relajara sin su ordenador, había cometido un error de cálculo. Ir de compras con su madre podía ser divertido, pero en ningún caso sería una actividad tranquila y relajante.
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