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LA SECRETARIA DEL PIRNCIPE — capítulo 7
Aquella noche Hermione se dio un baño caliente y relajante con un aceite especial que la reina Narcisa le había regalado. Los pétalos flotaban en la superficie y acariciaban eróticamente la piel desnuda de Hermione.
Estaba segura de que no había sido ésa la intención de su amiga cuando le envió una cesta llena de pétalos. La única intención de Narcisa era colmarla de dádivas y atenciones, aunque no fuera lo habitual entre una reina y una secretaria.
Hermione no estaba segura, pero creía que la reina había descubierto el amor secreto por su hijo desde mucho tiempo atrás. Nunca le había dicho ni insinuado nada, pero sí le había echado más de una mirada de complicidad femenina.
En cualquier caso, tenía que admitir que se lo había pasado muy bien yendo de compras con ella. Incluso se había olvidado de la búsqueda de esposa para Draco durante un buen rato.
—¿Es que nunca respondes a la p…? —la voz de Draco se cortó bruscamente cuando apareció en la puerta del cuarto de baño de Hermione, llenando el hueco con su inmenso tamaño.
Hermione ahogó un grito y se incorporó en la bañera, lamentándose por no haber tenido una necesaria charla con Draco por teléfono. Buscó frenéticamente algo con lo que cubrirse, pero la toalla estaba demasiado lejos de su alcance y la manopla no parecía lo más apropiado. Desprovista de defensas, dobló las rodillas en un desesperado intento por ocultar su desnudez tras las piernas.
—¿Qué haces aquí?
—He venido a hablar contigo —respondió con voz vacilante, sin hacer el menor ademán de girarse.
—No es un buen momento —murmuró ella, sin saber cómo podía reaccionar.
Draco carraspeó torpemente.
—Ya lo veo…
Desde luego que veía algo. Sus ojos la estaban devorando sin perder detalle, o al menos eso parecía. A Hermione le costaba creerlo, porque no era, ni mucho menos, el tipo de Draco. No era sensual, ni sofisticada, ni siquiera atractiva.
—Podrías haber llamado —lo acusó, enfadada por ser tan sosa y vulgar.
—He llamado. Pero no has respondido.
—No te he oído.
—Por eso he entrado.
—No deberías haberlo hecho.
—Deberías haber cerrado esta puerta —replicó él, sin moverse de su sitio.
Era evidente que la desnudez de Hermione no le afectaba en absoluto y que pensaba decir lo que había ido a decirle.
—Estoy en mi cuarto de baño privado —arguyó ella—. No creí que fuera necesario cerrar la puerta.
—Es obvio que te equivocaste.
—Y es obvio que tú has olvidado tus buenos modales… ¿o sólo los olvidas conmigo porque no soy digna de ellos?
—¿Qué? —exclamó él. Parecía sinceramente ofendido—. Hermione, ¿cómo puedes pensar eso?
—Tienes que marcharte, Draco.
—¿Marcharme?
—Marcharte —dejó escapar una tensa exhalación—. Estoy desnuda, por si no te has dado cuenta.
—Me he dado cuenta —corroboró él, en un tono tan intenso que le provocó un estremecimiento a Hermione.
—Draco, no puedes entrar en mi habitación como si tal cosa.
—Anoche pude hacerlo sin problemas… y esta mañana.
De modo que era capaz de admitirlo y todo. La irritación empezó a apoderarse de ella.
—Quiero que me devuelvas mi ordenador. Y ahora sí tenemos un problema.
No podía creer que estuvieran teniendo aquella discusión.
¿Por qué Draco no se había marchado en cuanto vio que estaba en el baño?
¿Acaso su desnudez le resultaba tan indiferente que no merecía la menor atención?
Hermione siempre había sabido que Draco no la deseaba como los hombres deseaban a las mujeres, pero que despreciara su feminidad por completo era un golpe demasiado fuerte para su pobre ego.
—Me marcharé.
Hermione puso una mueca. ¡Por fin!
¿Desde cuándo su brillante jefe se había vuelto tan obtuso?
Pero Draco siguió sin moverse.
—Draco —dijo en tono impaciente. Todo sería más fácil si únicamente se sintiera avergonzada por estar desnuda en su presencia, pero no era así. La situación le provocaba otras sensaciones mucho más peligrosas—. ¿Quieres marcharte de una vez?
Draco pareció sacudirse mentalmente.
—Sí, por supuesto. Te pido disculpas por irrumpir en tu cuarto de baño.
Si sólo hubiera irrumpido en su cuarto de baño y no en su intimidad…
Al no recibir más respuesta, suspiró profundamente y se giró sobre sus talones. Se chocó con el marco de la puerta con una torpeza nada habitual en él y desapareció en la habitación.
Hermione se quedó mirando la puerta abierta durante unos segundos, esperando oír un portazo procedente del dormitorio. Pero no le llegó ningún ruido.
—¿Draco? —lo llamó.
¿Sería capaz de haberse marchado dejando abierta la puerta de su dormitorio?
Si así fuera, iba a matarlo.
—Estoy aquí, Hermione.
—Me estoy bañando. Lo que tengas que decirme puede esperar —le dijo, por si acaso Draco tenía la absurda idea de que iba a interrumpir su bien merecido baño para hablar con él envuelta en una toalla.
—Ya sé que te estás bañando —repuso él. Dijo algo más, pero Hermione no pudo oírlo.
—Entonces, ¿por qué sigues en mi habitación?
Draco volvió a murmurar algo incomprensible.
Hermione estiró las piernas y se recostó en la bañera para intentar relajarse y aliviar el dolor que Draco le había provocado con su rechazo inconsciente.
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Draco estaba de pie en el dormitorio de Hermione, obligándose a no volver al cuarto de baño. Pero la imagen del cuerpo rosado de Hermione notando entre los pétalos que llenaban la bañera de estilo romano se había quedado grabada en su cerebro y estaba causando estragos en su cordura.
El chapoteo que salía del baño lo estaba volviendo loco.
¿Se estaría lavando?
¿Se estaría frotando aquella piel de aspecto exquisitamente suave con un jabón que la impregnara de una fragancia tan embriagadora e irresistible como ella misma?
—Deja de hacer eso, por favor —dijo en voz alta.
—¿Que deje de hacer qué? —preguntó ella, tan ingenua como siempre.
—Chapotear en el agua.
Un breve silencio siguió a sus palabras.
—¿Has estado mucho rato bajo el sol hoy? —le preguntó ella.
—No.
—Yo creo que sí —Draco oyó cómo se ponía de pie en la bañera—. Te debería ver un médico.
Se disponía a salir de la bañera para examinarlo… Si la veía aparecer con una toalla alrededor de su cuerpo mojado Draco perdería el poco control que aún conservaba. Su cuerpo se lo pedía a gritos, pero su cabeza se negaba a ser tan débil.
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El ruido de unas rápidas pisadas y un fuerte portazo fueron la única respuesta a la sugerencia de Hermione sobre el médico. Frunció el ceño y decidió que la situación requería pasar a la acción. Se envolvió con una toalla y salió al dormitorio, donde llamó por teléfono a los aposentos del rey y la reina.
Respondió el monarca en persona.
—¿Draco?
—Soy Hermione, Majestad.
—Señor.
—Señor —en aquellos momentos la forma de dirigirse a él no figuraba en su lista de prioridades.
—Creía que Draco iba a hablar contigo.
—Acaba de estar en mi habitación, y se ha comportado de un modo muy extraño. ¿Le ha dado mucho el sol, señor?
—No que yo sepa. Hemos montado a caballo durante un par de horas y el resto del tiempo lo hemos pasado hablando de negocios a cubierto.
—¿El sol era muy fuerte?
—No me he dado cuenta.
—Mmm… tal vez sólo necesita una buena noche de sueño.
—¿A qué te refieres con que se ha comportado de modo muy extraño? —le preguntó el rey en tono divertido.
—Parecía muy lento al razonar —era todo lo que estaba dispuesta a decirle. El rey Carlisle no tenía por qué saber que su hijo la había sorprendido desnuda en el baño.
—Entiendo —repuso él, aunque era obvio que no entendía nada.
—Gracias por su tiempo, señor.
—No hay de qué. Puedes llamar siempre que lo necesites.
Parecía haber un mensaje implícito en sus palabras, pero Hermione se limitó a darle las gracias de nuevo y colgó. Volvió lentamente al cuarto de baño, pensando en Draco.
¿Qué le había pasado para comportarse de aquella manera?
¿Y por qué había ido a verla?
Antes de que empezara a apartarla, Hermione habría creído que sólo quería contarle su día. Durante los últimos cinco años habían compartido sus experiencias e impresiones cada vez que se reencontraban tras una breve separación. Hermione había oído más sobre sus amantes de lo que le hubiera gustado, pero aun así disfrutaba de la intimidad compartida.
Era obvio que Draco no había ido a hablarle de sus amantes aquella noche. Tal vez había surgido un imprevisto en sus negocios y quería saber la opinión de su secretaria, o simplemente informarla. En cualquier caso, y como ella le había dicho, el asunto tendría que esperar.
Volvió a meterse en la bañera y dejó que el agua caliente disolviera sus preocupaciones. No podía cambiar el extraño comportamiento de Draco, y mucho menos entenderlo. Lo mejor que podía hacer era disfrutar del baño, confiando en no sufrir más interrupciones.
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Draco describió un arco descendente con la gumia, ejecutando impecablemente la técnica milenaria que los hombres de su familia habían aprendido de una generación a otra. La espada curva parecía haber sido forjada para adaptarse perfectamente a su mano. Y en realidad así había sido.
Sin embargo, por muy satisfactoria que fuera la práctica de la esgrima, no le estaba sirviendo para olvidar la imagen del cuerpo desnudo de Hermione. Su reacción no tenía sentido.
Una cosa era sentir deseo sexual por su secretaria, pero le resultaba intolerable que la simple imagen de ella en la bañera le hubiera bloqueado las neuronas y lo hubiera dejado de piedra en la puerta del baño. Había hecho el ridículo, hasta el punto de que ella había temido que hubiera sufrido una insolación.
—¿Te apetece un duelo? —la voz de Harry interrumpió sus inquietantes divagaciones.
Draco se giró hacia su hermano, quien al igual que él iba desnudo de cintura para arriba. Al parecer él también quería ejercitarse un poco.
—Desde luego.
Sin mediar palabra, Harry se puso en guardia y cruzaron sus espadas. Estuvieron batiéndose durante media hora, ambos luchando con denuedo y entrega para superar al otro. Harry lo aventajaba en años y estatura pero Draco se negaba a retroceder y consiguió mantener el tipo hasta que finalmente los dos bajaron las armas e hicieron una reverencia.
—¿Has derrotado a tus demonios? —le preguntó Harry.
—¿Por qué crees que estaba luchando contra mis demonios?
—Reconozco esa expresión en tus ojos, porque yo también la he tenido.
Las preocupaciones volvieron a asaltar a Draco.
—¿Hay algo de lo que quieras hablar?
Harry negó con la cabeza, pero Edawrd vio un destello fugaz de amargura.
—¿Va todo bien entre papá y tú? —insistió.
—Todo lo bien que puede ir entre dos hombres testarudos y empeñados en salirse con la suya.
—No envidio tu situación —dijo Draco.
Harry se secó la cara, el pecho y los brazos con una pequeña toalla.
—Lo sé. Blaise y tú sois demasiado listos para esas cosas.
—Los dos te queremos —dijo Draco, secándose también el sudor.
—Yo también os quiero —respondió Harry con un atisbo de sonrisa.
—¿Incluso cuando tienes que recorrer medio mundo para transmitirme un ultimátum de papá?
—Sobre todo cuando tengo que hacer eso. Me sentí muy mal por ti, y no puedo decir que lamentara que la princesa Kate rompiera el compromiso.
—Gracias —tal vez Hermione tuviera razón y sus hermanos lo apoyaran si decidía no acatar la voluntad de su padre—. Un hombre ha de elegir a su propia esposa.
—Así es.
—Quiero a Hermione —declaró Draco, sorprendiéndose a sí mismo por pronunciar aquellas palabras en voz alta.
Su hermano no pareció sorprenderse en absoluto.
—No has hecho nada por conseguirla.
—Trabaja para mí.
—Y está bajo tu protección —añadió su hermano. Tal vez Hermione no entendiera aquel concepto, pero Harry lo entendía muy bien—. ¿No puedes casarte con ella?
La pregunta desconcertó a Draco.
—No es una princesa.
—Y tú no eres el heredero al trono, lo que tiene ciertas ventajas… como elegir a la esposa que quieras, por ejemplo.
—Nuestro padre aún no ha entrado en el siglo XXI.
—Lo mismo pensaba yo, antes de que Blaise se casara con Rose.
—Blaise ama a Rose. Se habría casado con ella de todos modos.
—Y sin embargo se arrastró a los pies de papá para conseguir su aprobación.
—Amor… —masculló Draco. En sus labios la palabra sonaba como una maldición, porque para él realmente lo era.
—Inshallah—«si Dios quiere».
—No quiero una esposa que me haga ser tan vulnerable.
—Es lógico —corroboró Harry. Él más que nadie había visto el sufrimiento de Draco por la pérdida de Astronia—. Pero eso sigue sin resolver la cuestión de Hermione.
—La deseo y no puedo tenerla. He de hacer algo.
—Espero que tengas un buen plan —dijo Harry con una amplia sonrisa—. Hacía años que no te empleabas a fondo en un duelo a espada.
Draco también lo esperaba. Porque la reacción de su cuerpo a la imagen de Hermione desnuda no podía tolerarse bajo ningún concepto.
No podía acostarse con ella. Aunque no se lo impidieran sus instintos ancestrales, estaba seguro de que una aventura entre ambos le haría perder a su perfecta secretaria.
Y también había otra razón que no había reconocido hasta ahora. Si se casaba con Hermione, la amistad y el deseo que sentía por ella se transformarían en algo más… En el único sentimiento que Draco no quería.
De todas las mujeres del mundo, Hermione era la única que jamás podría ser una esposa apropiada para él.
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Hermione se pasó los siguientes días asistiendo a reuniones con Draco y su familia o con los socios empresariales de Zorha, y en los huecos libres que le dejaba su agenda se dedicaba a seguir buscando candidatas para Draco.
La búsqueda no iba todo lo rápido que le habría gustado, ya que la reina Narcisa demandaba su compañía todos los días. Hermione sabía lo mucho que la reina echaba de menos la compañía de sus hijas y disfrutaba mucho del tiempo que pasaba con ella, pero necesitaba acabar el proyecto personal de Draco.
Sin embargo, cuanto más cerca estaba de completar la búsqueda, más segura estaba de algo. No podía seguir trabajando para él. El dolor que le provocaba su amor no correspondido era insufrible y no dejaba de crecer. Nunca pensó que fuera a ser fácil, pero la búsqueda de candidatas estaba siendo la peor tortura posible.
Primero debía crear el perfil de la esposa ideal, el tipo de mujer que pudiera hacer más feliz a su amado y que reuniera todas las virtudes que ella jamás podría tener, como una belleza despampanante, un aura de sofisticación y refinamiento y una educación exquisita. Pero aún peor eran los rasgos que compartía con esa mujer ideal, porque a medida que la lista crecía aumentaba su deseo de ser ella misma la candidata perfecta.
Por desgracia, ninguna belleza interior podría compensar la falta de atractivo físico que tanto demandaba Draco. Había dejado muy claro que debían ser compatibles en la cama, y para ello tenía que encontrar atractiva y sensual a su esposa.
Por todas esas razones envidiaba a muerte a todas las mujeres que cumplían los requisitos. No debería ser tan mezquina, pero no podía evitarlo. La certeza de que cualquiera de esas mujeres podía aspirar a la vida que ella tanto anhelaba le roía las entrañas de manera inexorable, anticipando el sufrimiento que sentiría cuando Draco acabara casándose con una de ellas.
No podría aceptar un castigo semejante, y ni siquiera podría soportarlo. Su única salida era dejar de trabajar para Draco, aunque aquella solución la empujara definitivamente al abismo.
Su jefe aún no se había comprometido y ella ya se sentía horriblemente desgraciada.
La única duda era cuándo presentar su dimisión, si después de haber acabado la lista o esperar a que Draco se casara. El corazón le exigía quedarse a su lado el mayor tiempo posible, pero su cabeza se negaba a olvidar el modo en que Draco la estaba echando de su vida. No podría trabajar para él si no eran amigos. Quedarse sería aún peor que marcharse.
Tenía que hacerlo lo antes posible, porque no sabía cuánto sufrimiento podría seguir soportando.
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Draco se fijó en que Hermione parecía más demacrada cada día, y cuando su madre también lo mencionó supo que tenía que hacer algo al respecto. No quería que Hermione se pusiera enferma.
La llevaría a visitar a Blaise y a su nueva esposa, Rose, quienes se habían comprado una casa a las afueras de Atenas. Aprovecharía la oportunidad para preguntarle a Blaise si sabía qué le ocurría a Harry, y la animada vida nocturna de la capital griega ayudaría a Hermione a distraerse del trabajo.
Siempre había tenido una dedicación total, pero en los últimos días sólo se separaba del teléfono y del ordenador durante las comidas o cuando la reina se la llevaba de paseo. Draco sabía que se quedaba trabajando hasta muy tarde, aunque no había vuelto a cometer la imprudencia de entrar en su dormitorio.
En sus frecuentes paseos nocturnos había visto que salía luz por debajo de la puerta, y durante el día la veía con ojeras y consumiendo demasiado café.
Un fin de semana en Atenas era exactamente lo que Hermione necesitaba. Y Draco se encargaría de que dejara su trabajo en el palacio.