Ajá... esto es amor. — capítulo 1
"... Los judíos bajaban de los camiones, hombres, mujeres y niños de todas las edades. Debían desnudarse por orden de un oficial de las SS que empuñaba un látigo de cuero, de esos que se utilizan para los caballos y los perros... Sin gritar ni llorar, esta ¿gente? se colocaba en grupos, por familias. Algunos se abrazaban y se despedían mientras esperaban la señal de otro oficial de las SS de mayor rango que estaba junto a una fosa...
Una anciana de cabello blanco, tenía en brazos a un niño de un año, y le cantaba canciones y jugaba con él para calmarlo... Los adultos miraban la escena impotentes. Un padre tenía de la mano a un chiquillo de unos diez años y le hablaba en voz baja. El niño trataba de contener las lágrimas. El padre señalaba al cielo, le acariciaba la cabeza y parecía explicarle algo. En aquel momento el hombre de las SS cerca de la fosa, gritó una orden a su camarada. Éste contó unas veinte personas y a empujones y latigazos innecesarios, las hizo caminar hasta detrás del montículo de tierra... Una muchachita delgada y de cabello negro, que al pasar junto a mí se señaló a sí misma, susurró: 'Tengo tan solo trece años'. Con lágrimas en los ojos y preguntándose que horrendo crimen cometió en tan escasos años para sufrir ese cruel final, se perdió detrás de la tierra al pie de la fosa. Me di la vuelta consternado y rodeé el montículo con la intención de ofrecerle una mirada de consuelo, pero me encontré con un espectáculo horrendo: Había cuerpos a montones, unos encima de otros... a casi todos les corría la sangre de la cabeza hacia la espalda... Juzgué que la fosa contenía unas cinco mil personas*... Se escuchó un fuerte estruendo y el cuerpo desnudo de la jovencita cayó, convirtiéndose en un número más de la infamia"*
Un hombre de mediana estatura, fornido, de cabellos negros bien peinados, ojos pequeños y mirada dura, labios rígidos adornados con un pulcro y rectangular bigote, con un típico aire obstinado, casi tímido, recuerda esa horrible escena. Recuerda aquellos ojos y la suplicante mirada de una joven judía, mientras se acomoda concienzudamente una medalla con una cruz de hierro en torno al cuello de su elegante camisa. Sobre la cama, una chaqueta llena de condecoraciones de guerra, orgullosamente coronada con una esvástica sobre la manga derecha, espera ser colocada sobre su dueño. A dos metros de distancia se encuentra un espejo, instintivamente aquel hombre siente el impulso de acercarse para cerciorarse de que luce impecable y de que todo está en orden, pero sus pies, dentro de un par de relucientes botas militares, parecen clavados al suelo. Siente miedo y repulsión de lo que le espera en su reflejo.
Indeciso ante el espejo, prefiere mirar por la ventana. Afuera de la cancillería llueve. Junto con el agua, cae una espesa lluvia de escombros, obuses y bombas rusas. El viento agita las ramas de los árboles del patio que luego se astillan al ser impactadas por el grueso de la artillería del temible "ejército rojo". En el interior, el local está atestado. Nadie ha dormido. Todo el edificio bulle de actividad, todos corren, los teléfonos suenan, los radio-operadores no cesan de recibir notas y comunicados de emergencia: "Los rusos están a 300 metros" "Las defensas del Reichstag han caído" "El 9º ejército encargado de la defensa de Berlín se ha rendido"
Solo aquel hombre mirando por la ventana parece vivir una normal monotonía, se ajusta la chaqueta y termina de ceñirse el uniforme. De sobre una mesita de noche coge un pequeño envase de perfume francés y aspira el delicado aroma antes de verter algunas gotas sobre su cuello. De pronto, se oyen pasos apresurados al otro lado de la puerta y sin previo aviso esta se abre bruscamente.
— ¡Magnífico! Es como mirarse a un espejo.
En efecto, el hombre en el interior, tuvo la impresión de que el espejo, al que tanto temía, acababa de entrar por la puerta.
El silencio incómodo se hizo presente, y empezó a desarrollarse una escena digna de ser narrada por un aspirante al manicomio. El hombre, de pie, completamente vestido ya con su uniforme, mira fijamente al recién llegado, palidece y traga saliva, siente el corazón en un puño, tarda unos segundos en recobrarse de la impresión que le causa el funesto personaje, pero su lengua parece atada en un nudo. Finalmente el visitante empieza a hablar:
—El día es de los bastardos sin gloria, ¿No es así… Mi führer?, —Las dos últimas palabras estaban cargadas de sarcasmo— llueven ya desde hace una semana los obuses rusos y sin embargo, es esta insignificante llovizna la que me irrita los nervios.
El Führer, nervioso, se alegra de poder hacer correr el tiempo y el nudo de su lengua, se suelta un poco.
—Cierto, cierto —se apresura a decir—, y tal parece que el clima no tiende a mejor...
El visitante tiene una sonrisa maliciosa:
—A mejor, ¿eh? Y según usted, Erich, en un día así, ¿vale la pena vivir?
La alusión es clara. Erich Hartmann ha comprendido ya, pero trata de no responder directamente:
—Bueno, en el invierno… los días malos son breves.
Orgulloso, el reflejo lanza una terrible carcajada.
—¿De verdad lo cree? vaya que es ingenuo Hartmann, pues como quiera, —La cínica risa se borró de su rostro— ¡Ya es hora!
En un pabellón oculto de la cancillería que conduce al Führer-bunker se encienden las luces. Ambos hombres aparentemente idénticos, recorren este camino en silencio, lado a lado, como una alucinación visual. Sobre el suelo de linóleum ha sido vertido aserrín para que absorba la sangre y amortigüe los pasos. Antes de llegar al bunker, uno de los hombres se detiene y se dirige por última vez a su reflejo:
—Mi avión espera, no lo eche a perder Hartmann, —Dice, al tiempo que mete un paquetito en el bolsillo de la chaqueta del otro— Y no lo olvide, de usted depende la preservación de lo mejor de la raza aria… por cierto Hartmann, no se irá solo, le he arreglado una grata compañía …¡Qué viva la gran Alemania!
De pronto, comprende el porqué de la preocupación del visitante por el clima… la vida de éste dependía de que el avión sea capaz de despegar con esa llovizna. Pero lo que no comprende son las palabras acerca de tener compañía. Sin embargo se limita a realizar un saludo militar, como toda respuesta a las palabras de su acompañante, que desapareció tras una trampa oculta por un cuadro en el pasillo.
Al verse solo, prosigue su camino. Ingresa en el Bunker y al instante se escucha un fuerte ¡Heil Hitler! Todos los presentes se ponen de pie, incluso algunos oficiales heridos que sangran profusamente a través de orificios en sus uniformes. El Führer se encamina con paso decidido por en medio de la multitud hacia su despacho y cierra tras el la puerta. En el interior lo esperaba, recostada sobre un sofá, una hermosa mujer.
—Adolf, por fin estás aquí —Dijo ella, con una dulce voz— por un momento temí que no volverías.
—Jamás te abandonaría Eva —respondió él, sorprendido— pero tú, aun puedes escapar, aun estás a tiempo.
—¿Qué sucede contigo? —Preguntó escandalizada— Juntos hasta el final, ¿o acaso ya lo olvidaste?
La mujer enseña una argolla de oro que lleva puesta en el dedo anular de su mano derecha. El hombre de pié ante ella no lo puede creer, a pesar de haber sido testigo de los horrores más grandes de la guerra, no puede concebir tanta maldad: Una joven esposa, abandonada, después de haberse entregado, enamorada.
*"Sin duda, en el lugar donde debía haber un corazón en el pecho de Hitler, hay un gran hueco",*piensa y maldice aquel hombre.
Ahora todo está más que claro, se lleva la mano dentro del bolsillo y saca aquel pequeño paquetito. En su interior, dos cápsulas de cianuro y otra argolla de oro.
—¿Ya es hora, mi amor? —Pregunta tristemente ella, al ver el contenido del paquete— Déjame a mí primero, no soportaría verte sufrir…
—¿Recuerdas a Erich Hartmann, Eva? —Interrumpe de repente él.
—¿Cómo no recordarlo?, crecimos juntos —Responde la mujer— éramos como hermanos, lo quería mucho, fue terrible el accidente que sufrió en aquel campo de concentración.
—Si, terrible…
El hombre tiene la mirada perdida. Se acuerda de la escena de muerte que presenció miles de veces en aquel lugar. Eva le sonríe cariñosamente, mientras toma de sus manos una de las mortales cápsulas. El se siente incapaz de devolverle la sonrisa, ya no puede sonreír, no después de todo lo que ha visto y menos aun ahora que sabe lo que le queda por ver.
—Eva… espera… yo… —Dice de pronto, en un intento desesperado por confesar un terrible secreto. Pero al ver la mirada enamorada de ella, duda, aun cuando tiene el rostro, no tiene el gran hueco de Hitler, para romperle el corazón—…te amo —Dice finalmente, mientras observa como la mujer se lleva la capsula a la boca y le regala una radiante sonrisa.
—Yo también te amo, Adolf.
La sonrisa se borra tan rápidamente del rostro de Eva Braun, que el hombre siente como si un ladrón se la hubiera arrebatado en un veloz ataque. Ella se agita con los tremendos espasmos de la agonía, su cuerpo cae de bruces sobre el sofá y se yergue una y otra vez fatigosamente apoyándose en los codos, empieza a respirar afanosamente, no habla, no se queja, suda en abundancia, su pálido rostro se torna azul, y de pronto con una ultima y terrible convulsión, el cuerpo de Eva queda sin vida sobre el sofá, con los ojos abiertos y una mueca de dolor.
La agonía de la mujer ha durado solo un par de minutos, pero para aquel hombre, se sintió como una eternidad de condena en el infierno.
Su pacto secreto con el diabólico führer, no le funcionó como esperaba, pero ¿Quién que haya pactado con el diablo ha logrado salir beneficiado? Y él no era la excepción. Había aceptado suplantarlo y morir, solo para intentar ganarse el amor de la mujer que amaba. Por tener una sola oportunidad de amarla había renunciado a su vida, por sentirse cerca de ella había soportado todas esas dolorosas cirugías y experimentos de los doctores de la muerte de Hitler. Ya no había tiempo para arrepentirse. "Lo más grande que te puede ocurrir es que ames, y seas correspondido" pensó, pero si alguna vez las cosas podrían haber sido diferentes, ya nunca lo sabría… después de todo, él había renunciado al derecho de vivir hace mucho tiempo ya.
Se inclinó sobre Eva, tomó entre sus manos su delicada cabeza y por última vez la miró profundamente a los ojos, con todo el amor infinito que una persona es capaz de tener a otra. "Adiós" le dijo, "hasta la vista, en otro mundo. Que Dios te ayude". Con una de sus manos cerró los ojos de ella y con la otra desenfundó su Luger.
Con rostro sombrío, el ministro de propaganda Nazi, Joseph Goebbels llega hasta la puerta del despacho del Führer, pero dos de los acólitos de Hitler le cierran el paso.
—El führer dio órdenes expresas de no ser molestado —dice uno de ellos.
Nervioso e irritado, Goebbels tiene en la mano una cartera de cuero que contiene hojas de papel membretado. Son las comunicaciones oficiales donde se anuncia que la guerra se ha perdido.
Se escucha un disparo ahogado en el interior del despacho y los tres hombres que habían estado discutiendo a la puerta irrumpen en la habitación. Hitler está recostado a un extremo del sofá con un tiro en la sien, con salida de proyectil, de la cual aún manaba sangre. "Está muerto", confirma uno de ellos mientras hace un primer y rápido examen del cadáver. El ministro escucha en silencio el diagnóstico, luego saca de la cartera una hoja de papel dirigida a Hitler, en la que Zhúkov, general del ejército ruso, le da un ultimátum para que se rindiese, la arruga y se la mete en el bolsillo.
—"Esto —murmura— ya no le hace falta".
En algún lugar de los cielos alemanes, a bordo de un avión rumbo a sud américa, un terrible personaje lanza una furiosa carcajada.