Ajá... esto es amor. — capítulo 2
El anciano celador de aquel antiguo y lujoso edificio de departamentos, se sobresaltó al escuchar el chirriante sonido, del ya pasado de moda, timbre de la entrada principal. Se había quedado dormido en su cómodo asiento frente a los monitores de las cámaras de seguridad.
Llevaba ya trabajando en ese lugar más de cuarenta años. Sus empleadores no se atrevían a despedirlo porque no estaban dispuestos a pagarle tantos años de servicio, así que lo habían relegado alturno nocturno. Tal vez esperaban que el anciano de sesenta y dos años muriera antes de poder cobrar su fondo de retiro. A él no le importaba tanto eso, ya que tenía un lugar cómodo y caliente para pasar las frías noches londinenses y un modesto sueldo que le permitía vivir tranquilamente y sin preocupaciones. Además, en aquel lugar y debido a su trabajo, tenía muchos amigos. Conocía prácticamente a todas las personas que vivían en el edificio, así como las historias de cada uno de ellos. Según lo veía, aquello era mucho mejor que pasarse los últimos años de su vida solo y encerrado en algún geriátrico para ancianos.
El celador miró su reloj, era exactamente la media noche, a través de la pantalla de las cámaras de seguridad, observó la delgada silueta de un hombre que se encontraba esperando en la entrada principal. Si hubiera tenido cuarenta años menos, se habría molestado de tener que levantarse para abrir la puerta a tan altas horas de la noche, pero ahora se alegraba de tener algo de compañía; aparte de que el ejercicio de caminar hacia la entrada le servía de mucho, de seguro que aquel inoportuno visitante nocturno, tendría alguna historia interesante que contar. El anciano sentía una extraña debilidad por las historias de vida era algo así como un coleccionista de anécdotas.
Tomó un enorme llavero de sobre la mesa, junto con su gorro, un silbato y su linterna, se ajustó el cinturón y se alisó el uniforme con las manos. A paso tranquilo se dirigió hacia el hall de entrada y llegó junto a la puerta.
—Buenas noches —saludó a través del intercomunicador, al visitante que apenas se divisaba en la penumbra— ¿a quién viene a ver?
—Buenas noches —Devolvió el saludo aquel extraño, con una débil y afectada voz— vengo a buscar a Catt… a la señorita Catherine Pine, tengo entendido que vive aquí.
La memoria del anciano era infalible e inmediatamente visualizó en su mente a una hermosa y delgada rubia que vivía en el segundo piso.
—En efecto ella vive aquí, ¿puedo saber quién la busca?
—Mi nombre es Henry, Henry Kramer.
—Señor Kramer, comprenderá usted que no son horas de visita, sea cual sea el motivo de ésta, me temo que tendrá que esperar hasta que amanezca.
—Lo entiendo perfectamente, sin embargo, me veo obligado a insistir, verá usted, yo soy su prometido y acabo de llegar al país después de pasar mucho tiempo en el extranjero.
Ante estas palabras el celador abrió bien los ojos, ligeramente sorprendido, y observó con más atención al visitante. Este vestía un elegante uniforme militar y una boina; se veía extrañamente delgado, y a pesar de que nunca antes le había visto por ahí, su pálido rostro de facciones delgadas y finas se le hacía bastante conocido.
Recordó que el día de la llegada de la señorita Pine al edificio, la había visto llorar y siempre que entraba y salía se la notaba muy triste. En una ocasión y debido a su debilidad, se armó de valor y corriendo el riesgo de ser inoportuno le había preguntado el motivo de su constante tristeza. Entre lágrimas, la hermosa y triste rubia, le había referido su historia. Estaba comprometida con un joven capitán del ejército y faltando un par de semanas para su boda, el capitán había partido hacia el medio oriente en una misión especial y desde entonces no le había vuelto a ver. Poco después de la partida de su prometido, había recibido una carta de sus superiores con una mención honorífica y en la que se le indicaba que el joven capitán había sido declarado perdido en acción. Sin embargo ella le había confesado, que mantenía la esperanza de que algún día su prometido regresara. Desde aquel momento de confidencialidad entre ambos, Catherine le había tomado un especial cariño al anciano celador y éste por su parte se había compadecido de la desafortunada muchacha y la ayudaba siempre que podía, haciéndole mandados y llevándole la correspondencia hasta su habitación. Precisamente el día anterior le había llevado una enorme caja que había llegado por correo desde el extranjero, desde uno de esos países cuyo nombre es prácticamente imposible de pronunciar.
—Le aseguro que ella estará feliz de recibirme sin importar la hora —Se apresuró a decir Henry ante el momento de indecisión del guardia que se había quedado callado por unos minutos.
—E…estoy seguro que sí —Dijo finalmente el anciano, algo avergonzado ya que al perderse en sus recuerdos había provocado un incómodo silencio— discúlpeme, pero ¿no estaba usted… ehm… desaparecido?
—Así fue, pero estoy de regreso... es una larga historia que con gusto compartiré con usted si me deja entrar.
—Por supuesto, debe estar helado ahí afuera —Respondió el celador mientras abría rápidamente la puerta principal, emocionado ante la posibilidad de añadir una nueva y emocionante historia a su colección de anécdotas— Pase usted.
Henry Kramer agradeció la amabilidad en ingresó al débilmente iluminado vestíbulo, en una de sus manos llevaba un ramo de rosas y en la otra una pequeña cajita de madera tallada en forma de corazón.
—¿Le importaría si subo a hablar primero con Catherine? —Preguntó el oficial ante la expectante mirada del anciano celador.
—Desde luego, faltaba más, …déjeme anunciarlo.
—No por favor, no lo haga, me gustaría sorprenderla.
El celador dudó un instante ante aquella petición, por norma y como medida de seguridad para los residentes, siempre debía anunciar la llegada de los visitantes, sin embargo pensó que aquel caso ameritaba una excepción, además había algo en el demacrado rostro del joven que le inspiraba confianza.
—Su departamento es el número 25 en el segundo piso, a mano derecha al salir del elevador.
—Gracias Frank —Dijo el joven capitán y se puso en camino.
El celador se quedó de pie algo confundido, mientras observaba al visitante perderse en el cubículo del ascensor, no recordaba haberle mencionado su nombre. Al final supuso que lo habría leído en el gafete que tenía en el pecho, y se retiró nuevamente hasta la oficina de seguridad.
Henry Kramer llegó hasta el apartamento 25 y llamó a la puerta, esperó un par de minutos pero no hubo respuesta. Giró la perilla y esta cedió. Atravesó el umbral y sintió como su corazón latía cada vez con más fuerza.
<<¿Catt? Mi amor, ¿estás aquí?>> Se vio tentado a decir, pero pensándolo mejor, tal vez la asustaría, así que callóy sin hacer ruido se dirigió a tientas hasta el dormitorio principal. Había soñado tantas veces con ese momento: Él ingresaría hasta la habitación y la encontraría dormida, la observaría por un momento; deleitaría su vista con su belleza angelical, con sus delicadas formas femeninas dibujadas a través de las sábanas. Sin embargo, no resistiría mucho tiempo observándola, se acercaría peligrosamente tratando de contener toda esa pasión acumulada en su pecho por tanto tiempo, respiraría su aroma mientras su rostro se acercara cada vez más al de ella, y con un ligero temblor en sus labios la besaría apasionadamente, saciaría el deseo de sentirla junto a él, de poder sentir los latidos de su corazón junto al suyo. Ella despertaría emocionada y sus miradas se encontrarían en la penumbra, sin decir una palabra y tan solo con una mirada se dirían cuanto se amaban y lo mucho que se hicieron falta.
Henry atravesó la puerta de la recámara principal, pero en el lugar en donde debería haber estado recostada Catherine, solo había una enorme caja y algunas prendas de vestir masculinas. Sobre la cama una elegante camisa blanca de seda, similar a una que el una vez tuvo y una chaqueta negra. Un par de corbatas y unos pantalones de vestir estaban regados por el suelo, mezclados con lencería que Henry reconoció pertenecía a Catt. Aquello parecía la escena resultante, producto de una noche alocada de pasión.
La desilusión que sintió al imaginarse a su amada —a su razón para aferrarse a la vida— en los brazos de otro hombre, fue tan grande que las escasas fuerzas de su cuerpo lo abandonaron, tropezó con una pequeña mesita y escuchó algo romperse; se vio obligado a sostenerse sobre la pared para no caer.
Al principio tuvo la terrible sensación de que lo que escuchó fue su corazón quebrarse en mil pedazos, pero luego cayó en cuenta de que algo brillaba en el piso reflejando la débil luz de una lamparita de noche. Se acercó y recogió del suelo una fotografía que estaba en medio de un montón de vidrios rotos. Una hermosa rubia le sonreía desde la foto, abrazada a un apuesto hombre de cabello castaño; y en una esquina inferior pudo leer las palabras "te amo".
Henry se quitó la boina que llevaba puesta dejando al descubierto su corte militar y se pasó las manos por su rubio cabello corto. Desesperado y con un terrible dolor creciendo cada vez más en su interior, recordó la promesa que ambos hicieron el día que él partió.
—No te vayas, Henry, quédate conmigo.
—No puedo, debo hacerlo.
—Entonces llévame contigo —Dijo ella.
—Siempre te llevo conmigo a donde sea que vaya, te llevo en mi mente y en mi corazón.
—No seas tonto —Protestó ella— tú sabes a lo que me refiero, no puedo besarte ni abrazarte si me tienes encerrada en tu corazón.
—Si pudiera lo haría, pero no hay maletas tan grandes para que entres en ellas —respondió él sonriendo— además, no creo que te siente bien el clima del desierto.
—Entonces no te dejaré ir —Repuso Catherine, sonriendo y plantándose en medio de la puerta— nunca te dejaré ir, …te lo prometo.
—Me encanta tu sonrisa, lo sabes ¿no es así?
—No me cambies de tema, que estoy hablando en serio.
—¿Me lo prometes? —dijo finalmente Henry acercándose y tomando a Catherine de la cintura.
—Así es.
—En ese caso, yo prometo lo mismo, nunca te dejaré ir mi amor… te amo demasiado —La abrazó fuertemente y ambos se fundieron en un tierno y apasionado beso.
Henry ahora estaba a punto de enloquecer al recordar ese momento, ese único momento que le había dado fuerzas durante todo ese tiempo <<¿Porqué no cumpliste tu promesa?>> gritó al vació con todas sus fuerzas, e inmediatamente añadió <<Yo cumplí con la mía… esperé por tanto tiempo, solo para que me rompas el corazón>>.
Cabizbajo, el abatido personaje dejó la cajita de madera y las flores que llevó consigo, sobre la mesa de la sala y se dispuso a salir del departamento, pero no se sentía cómodo, había algo que estaba mal. Lentamente se dirigió hasta un pequeño ropero, lo abrió y sacó un par de zapatos de taco alto, los favoritos de Catherine. Se sentó sobre la cama, se quitó las pesadas y relucientes botas militares y se puso los zapatos de la joven. Luego se dirigió hasta un pequeño tocador y cogió un lápiz de labios; desesperado por volver a sentir el sabor de los labios de Catherine se pintó delicadamente con el, los suyos. Tomó la fotografía de la feliz pareja, la miró por última vez <<Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde>> pensó y salió de la habitación.
El anciano celador se sentía algo inquieto, caminaba de un lado a otro de su pequeña oficina frotándose los nudillos de las manos, estaba seguro de haber escuchado un grito proveniente del segundo piso. ¿Qué pasaría si el señor Kramer no era quien decía ser? No le había pedido una identificación, tal vez había atacado a Catherine. En ese caso no podía quedarse allí esperando. Mientras salía de su oficina llegó hasta sus oídos un extraño sonido, un acompasado eco, como el tic tac de un reloj antiguo. Al llegar al recibidor el sonido se hizo más audible, en ese momento le pareció ver al uniformado visitante, acercarse caminando afectadamente. Sin embargo, algo no cuadraba con el uniforme y para su asombro descubrió, que el extraño y sonoro ruido provenía de los tacones del calzado femenino que éste llevaba puesto.
—¿Ca… capitán Kramer señor, es usted?
El hombre se acercó más hacia la luz y hacia el anciano, que se sorprendió aun más al ver el maquillaje en el rostro de Henry, y retrocedió algo asustado.
—Henry Kramer está muerto —Respondió el visitante y acercándose al petrificado celador le dio un beso en la mejilla, dejando marcados sus sensuales labios en su rostro— Gracias por todo Frank, fuiste muy amable conmigo —Sonrió encantadoramente, depositó algo en las manos del anciano y abandonó el edificio.
Frank, no supo cuánto tiempo tardó en recuperarse de aquel bizarro espectáculo, pero cuando lo hizo miró el delgado objeto depositado en sus manos, que resultó ser una fotografía. En ella reconoció al visitante nocturno y su encantadora sonrisa, al lado de un apuesto joven de cabello castaño. Al pie de la foto se podía leer "Nunca te dejaré ir, Te amo" y firmaba "Con todo mi amor, Henry Kramer"
Sobre la mesa, en un departamento del segundo piso, amortajada por un ramo de rosas, se encontraba la urna de madera tallada con forma de corazón, conteniendo las cenizas del infortunado capitán.
Nota de autor : Spoiler
Sé que la historia es algo difícil de entender al final, así que a ver, les explico… La caja que Catherine recibió por correo, contenía una urna con las cenizas de su novio y las pertenencias de éste (camisas, corbatas, etc.) Catherine había mantenido por mucho tiempo la esperanza de que Henry estuviera con vida, pero al recibir tan así de golpe aquella confirmación de su muerte, como que enloqueció un poco (por no decir que se trastornó por completo).
Fiel a su promesa de no dejarlo ir, adoptó la personalidad de éste y trató de hacer realidad su tan añorado re-encuentro, se cortó el cabello, se puso el uniforme militar (que había recibido en la mencionada caja) y en su locura llegó a pensar que ella era realmente Henry, osea …el capitán fue ella desde el comienzo de la historia. Al final su locura cedió un poco ya que en su mente, muy en el fondo, la personalidad de Catherine persistía… Henry era en realidad, el apuesto joven que abrazaba a la rubia en la fotografía y tenía el cabello castaño no rubio y …eso, espero que se haya entendido.