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Ajá... esto es amor. — capítulo 3

La niña salió con rapidez de su casa,con la mochila colgando del hombro y sus impecables zapatillas de bailarina en las manos. Sus pequeñas piernas solo le permitían dar pasos cortos, por lo que tuvo que imprimirles velocidad y correr.Al principio le parecía que danzaba con el viento, pero luego empezó a jadear y a sentir un agudo dolor en las pantorrillas. Como siempre, había salido algo tarde y si se detenía por más de cinco segundos las puertas de la academia de música y ballet cerrarían, dejándola fuera, por lo tanto, ignoró el dolor.

Le faltaban tan solo unos cuantos metros para llegar y a lo lejos podía ver las puertas aún abiertas; con una inmensa sonrisa y con un último esfuerzo corrió más rápido, sin embargo, un mal paso hizo que la sonrisa se borrara de su rostro y que sus pies tropezaran, precipitándose sobre el frio y duro asfalto. Quedó tendida a lo largo de la acera, con las rodillas raspadas y las manos ardiendo de dolor.

Pequeñas lágrimas comenzaron a salir de sus desilusionados ojos mientras alzaba la mirada hacía las puertas de la academia que lentamente empezaron a cerrarse. Agachó la cabeza, recogió la mochila y a gatas buscó por el piso las zapatillas pero no las encontró. Sus diminutos labios dejaron escapar leves quejidos y enormes lágrimas empezaron a inundar sus ojos, con frenética frustración, nublándole la vista.

— ¿Te encuentras bien?

La pequeña alzó los ojos y vio a un niño que la miraba con tristeza y que sostenía en sus manos las, ahora sucias, zapatillas de Ballet.

—Si —respondió, entre sollozos mientras con una mano tallaba sus ojos húmedos y con la otra tomaba las zapatillas que le alcanzaba aquel desconocido.

—Qué bien -dijo el niño con una discreta sonrisa que desapareció al ver las rodillas raspadas de la niña— estás lastimada, déjame ayudarte — Buscó rápidamente en sus bolsillos y sacó un par de banditas; se sentó en el suelo y cuidadosamente las colocó sobre las heridas de la niña.

La pequeña se sorprendió con el gesto amable del muchacho, porque francamente no entendía que alguien pudiera andar por la calle con un botiquín de primeros auxilios en los bolsillos. Las lágrimas dejaron de caer por sus mejillas y se sorprendió aun más al observar que el niño tenía los dedos de una mano llenos de banditas.

— ¿Qué les sucedió a tus dedos?—preguntó, visiblemente afectada por la curiosidad.

—Algún día seré un gran violinista —respondió él con una gran sonrisa, agachó la cabeza y observó una de sus manos —pero… las cuerdas del violín lastiman mis dedos —su semblante pareció decaer un poco— mi instructor dice que tengo dedos delicados que no sirven para tocar el violín.

La niña se puso de pie, miró el estuche, color vino tinto, que colgaba detrás de la espalda del niño, se acercó, le tomó la mano y le susurró al oído.

—Yo seré una famosa bailarina de ballet aunque mi maestra diga que mis piernas son demasiado cortas e inadecuadas para bailar ¿y sabes porque? —el negó con la cabeza—…Porque no bailo con ellas, bailo con el corazón —Se separó del niño y ambos se dedicaron una magnífica sonrisa.

Los años transcurrieron y la pequeña niña creció, convirtiéndose en una hermosa y agraciada mujer que nunca más volvió a ver al niño de los dedos con banditas, y que aparentemente con el tiempo olvidó aquel furtivo encuentro.

…

Faltaban tan solo unos minutos para que iniciara la presentación. Por primera vez el prestigioso ballet internacional y la mundialmente reconocida filarmónica, interpretarían sus respectivos roles juntos. Detrás del escenario se preparaban bailarines y músicos, emocionados por el gran número de personas que se había reunido en el teatro.

La bailarina principal hizo una elegante aparición en medio de los preparativos, se colocó en el centro del escenario, saludó a las otras chicas que flexionaban las piernas pre calentando sus músculos para bailar y dirigió una rápida mirada a los músicos que ocupaban sus lugares entre los instrumentos. Por un segundo, durante esa furtiva inspección, creyó ver algo que activó en su memoria algún viejo y olvidado recuerdo de la infancia: un estuche de violín color vino tinto.

El telonero se encontraba listo para jalar de la cuerda. La coordinadora del ballet pidió que todas se preparasen, hizo una seña con la mano al director de la orquesta y éste asintió. El telón se abrió y la filarmónica empezó a tocar una suave tonada que inundó el ambiente.

Una por una, las chicas danzaron alrededor de la bailarina principal, que permanecía quieta en una agraciada postura como si fuera la estatua de una hermosa ninfa, mientras la música adquiría una cadencia cada vez más intensa.

De pronto, de entre los músicos un joven se destacó y empezó a ejecutar magistralmente un solo de violín. En ese instante la bailarina abandonó su postura rígida y comenzó a danzar con tal delicadeza y precisión que parecía flotar en el aire. El ritmo aumentó; ella bailaba y el tocaba, ambos lo hacían con tanta pasión que las personas del público se mantenían al borde de sus asientos, conteniendo la respiración y tratando de no parpadear para no perderse ni un solo instante de la majestuosa demostración de talento y belleza.

La música cesó; el público con euforia y de pie aplaudió; el telón se cerró unos instantes y al abrirse nuevamente, ambos jóvenes, la bailarina y el violinista, tomados de la mano agradecían con pequeñas reverencias y saludaban con la mano libre.

—Bailas muy bien —dijo él en un susurro, dirigiéndose a ella. —Gracias —respondió la muchacha, mientras dedicaba a los presentes una radiante sonrisa— Tú tocas muy bien el violín.

— ¿Sabes por qué? —Preguntó el joven visiblemente emocionado.

La bailarina, contrariada y sorprendida por la inesperada pregunta — realizada en pleno escenario ante miles de personas—, negó con la cabeza.

—Porque toco con el corazón.

Los jóvenes, aun en el centro de la escenografía y tomados de la mano entre las ovaciones de la gente, se miraron a los ojos. Un amor, que hace muchos años sin avisar se coló en el corazón de ambos y se hospedó allí a la espera de aquel momento, se reflejó ahora en sus miradas. Ella percibió sus latidos acelerarse al sentir por primera vez en las manos de él… dedos frágiles.