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Severus Snape a través de los años — capítulo 1

Estaba sentado en una larga mesa, mirando un par de papeles en blanco. A su lado tenía apilados, una serie de escritos que había comenzado en aquel verano. Tenía recuerdos escabrosos que prefería volcar sobre pedazos de papel y solo olvidarlos. Se llevó un dedo por inercia a la cicatriz y se rascó el cuello, ligeramente incómodo. Trataba de pensar en cómo continuar lo que había empezado, hacía dos noches. Pero no estaba seguro de la palabra que describiera aquellas enormes fauces, clavándose en su cuello sin ningún perdón. Sin ninguna oportunidad de defenderse. Mientras pensaba, una pequeña niña de unos cinco años, trataba de subirse a un taburete a su lado. Veía su oso de felpa sobre la mesa, lo veía moverse mientras ella trataba de subirse. Al lograrlo, estaba arrodillada sobre la silla, con sus brazos apoyados sobre la mesa y el marrón oso junto a ella. — Papi ¿qué haces papi? Severus alzó la mirada de las líneas que había logrado escribir y la observó, mientras ella mantenía la cabeza apoyada sobre la mesa y miraba su oso, jugando con él. — Escribo, como estaba haciéndolo ayer. — ¿¡Me escribes otra historia!? Ya quiero oírla....¡ya-quiero-oírla!— exclamó bajándose de un salto y estirándose en puntillas para tomar su oso y caminar hasta él. Trató de inclinarse hacia arriba y mirar lo que su padre estaba haciendo. Severus suspiró, colocando una mano sobre su largo cabello negro. — Te la leeré pronto, en cuanto la termine. Te lo prometo. La niña asintió con una sonrisa, apretando aquel oso contra su pecho y corriendo hasta su habitación. Se arrojó a la cama y se quedó sentada allí, mientras Severus Snape soltaba la pluma sobre la mesa y se levantaba con una respiración profunda, apagando la luz de una pequeña lámpara que había estado usando hacía un cuarto de hora. Era ya el momento de dormir. — ¡Una historia papi! ¡Una última historia! Severus había ladeado la cabeza a un estante tras él. Tenía una colección de libros muy modesta. Ya no había regresado a esa vieja casa húmeda y mohosa. Ahora vivía en un lugar distinto, con personas diferentes. Y los únicos libros que tenía, los había escrito él. Pasado y memorias, eran como sus diarios. No creía que tuviese madera de escritor, pero los escribía para sentirse liberado y bien, les había descubierto otro uso. Cuentos infantiles. Aunque tenía que evitar las partes cruentas, crudas y desagradables. Adornar la historia para que no resultara ruidosa a los oídos de la pequeña niña que lo miraba abnegada, entre las cobijas que acercaba hasta su cuello, cobijándola muy bien. — ¿Dónde nos quedamos ayer? — En la iniciación. Cuando le ponían la ¿cómo se llamaba? Algo con tenebrosa. — Marca tenebrosa.— sonrió Snape suavemente y la pequeña niña asentía bajo las sábanas, mirando en dirección a la única ventana de su habitación. El viento comenzaba a soplar fuertemente. Severus volvió a sonreír. — No temas, ya te lo he dicho. Es solo el árbol del frente. Es una rama que parece un largo brazo. A veces el viento la hace golpear contra tu ventana y parece que llamara, pero es solo un pedazo de madera. La casi traslúcida cortina, ondeaba ante la fría brisa. Severus caminó hasta la ventana y la cerró con un movimiento perezoso de su mano. Esta, cedió sin chistar y fue entonces, cuando pudo correr las cortinas. Se sentó en una silla, junto a la luz de una lámpara de noche y junto a su hija, que esperaba escuchar aquella continuación de la historia. Estaba en el momento más interesante. — El chico estaba terriblemente enamorado, pero sintió su corazón partirse en miles de pedazos, cuando vio a la joven que amaba. Caminaba solo por la biblioteca, de regreso a su sala común. Había estado estudiando hasta tarde y estaba apresurado, nadie debía verlo y... fue allí donde la encontró. Charlaba con aquel que quería conquistarla, arrebatársela de sus brazos. Parecía que se peleaban, así que se sintió satisfecho y sin embargo...ella había tomado su corbata con un imperioso movimiento y lo había besado, para luego alejarse por aquel pasillo, sosteniendo su mano. En ese preciso momento, el chico había perdido todo. Había perdido cualquier esperanza y evitaba encontrarse con aquellos pasillos. Evitaba encontrarse en cualquier lugar que significara aquellos colores rojo-dorado. — Entonces...¿el chico se volvió malo porque ella ya no lo quería, papi? Severus suspiró hondamente y asintió en silencio. Su hija había compuesto una especie de puchero y miraba a su oso en silencio. — Pero él se merecía una segunda oportunidad. ¿Por solo un error, papi? ¡Pero si no es justo! Severus había sonreído suavemente y negaba con la cabeza, mientras ella alzaba la mirada de su oso y ladeaba la cabeza para mirarlo a él. — ¿Y qué sucedió después? — Al no tener nada por lo que quedarse y luchar, se dejó influenciar. Se fue lleno de sentimientos tristes y vengativos, al lado equivocado. Le habían prometido que ella estaría segura y que nada sucedería, que no acabarían con sus vidas y que algún momento, él podría recuperarla o tener algo mucho mejor. Estaba confundido, no sabía lo que hacía. En ese momento y con una vida familiar tan dura, todo parecía mejor que seguir allí. Que quedarse y sentir la estocada del despecho. De un amor que se alejaba de sus manos. — ¿Y no fue así, papi? ¿No se salvó? — Espera...aún no termino. La pequeña había sonreído, acostándose del mismo lado donde su padre estaba sentado y mirándolo atentamente. Escuchando aquel cuento, muy interesante y bueno, que siempre terminaba por ayudarla a dormir. Algunas veces le causaban pesadillas, pero Severus corregía esos detalles. Solo eran cuentos para ellos y cuentos para olvidar. No tenía nada mejor que hacer.