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Severus Snape a través de los años — capítulo 2
Sí, ahora escribe cuentos para niños :O. Bueno, para la pequeña niña, que aún no puedo explicar de dónde salió, porque no me decido en el pairing D: La pequeña de cinco años, continuaba dormida para el amanecer. A la hora del desayunar, Severus estaba mirando como el platillo principal se freía en una vieja sartén. No prestaba mucha atención. No solía usar mucha magia, normalmente no la usaba. Pero la cocina era una de esas excepciones. Miró el reloj sobre la cocina y suspiró. Alrededor de las nueve y Erisabeth seguía durmiendo. Bueno, era una pequeña niña, además de que solo tenía cinco años y necesitaba todo el descanso que pudiera tener. Para su desarrollo. — Bien. Estos huevos parecen estar listos y el jamón igual. Cuando Erisabeth se levante, pues que me pida si tiene hambre. Y pensaba salir de la cocina, pero ella ya se había despertado. Se frotaba los ojos con una mano y caminaba como si aún estuviera medio dormida. Alzó la vista y focalizó sus enrojecidos ojos en su padre, que la miraba en silencio. — Papi... — Buenos días. El desayuno pronto va a estar en la mesa. Ve y lávate las manos. La niña asintió en silencio y corrió de regreso a las habitaciones. Minutos después la había visto salir con una pequeña toalla y un cepillo de dientes. Corrió hasta el baño y se encerró allí, subiéndose a un taburete para alcanzar el lavabo. Severus ya estaba sentado en la mesa, cuando ella había regresado y se subía con cierta dificultad, en su silla alta. No solía gustarle que le ayudara a subir. — Algunos han dormido de más. ¿O me equivoco? Ella había negado con la cabeza, varias veces. Su largo cabello negro, ondeó con sus movimientos. Severus apoyó su cabeza en una de sus manos, mientras la miraba. Divertido. — ¡Tuve un sueño muy extraño, papi! No dormí pensando en ello. — ¿Qué clase de sueño? ¿Pesadillas? Dijiste que esos cuentos no te causaban más temor y que podíamos leerlos sin problemas. — ¡Pero no fueron pesadillas, papi! Fue otra cosa...fue...¡fue muy divertido! — ¿Y por qué no has dormido? Si estabas soñando, técnicamente estabas durmiendo. La pequeña niña había soltado el tenedor con los huevos y se había bajado de la mesa, de un salto. Corrió hasta su habitación y regresó minutos después, deteniéndose junto a su padre. Severus bajó la vista al cuaderno que ella estaba enseñándole. — Hice unos dibujos. Me levanté para dibujar y no podía dejar de pintar. ¡Mira mira! Severus suspiró. El joven se parecía a él. Y la joven con largos cabellos rojizos como el fuego... Bueno ya lo sabía. — Y así, felices, es que me hubiese gustado que terminara todo papi. — Bueno. Espero tener cuentos con finales felices, en otra ocasión. Y ahora, termina tu desayuno y vuelve a la cama si tienes sueño. Pero ella había negado con la cabeza, con la boca llena de picadillo de huevo. Sonrió y pudo ver la comida entre sus dientes. — ¡No. Hoy me voy a la guardería papi! ¿Lo recuerdas? Dijiste que tenías cosas que hacer y que no querías que me quedara sola. Por supuesto, lo había olvidado. No tenía nada más en su vida, desde que había sobrevivido y aún así, tenía que finiquitar algunos aspectos de su vida. Ese era uno de ellos. — Bien. Ve a vestirte y recoge todo lo que vas a llevar. No quiero que luego me digas que algo se te ha olvidado. Erisabeth asintió, corriendo a su habitación. La miró tomar una pequeña mochila y caminar alrededor de la habitación. La guardería no era algo lejano y solía dejarla allí, cuando no podía cuidarla. Pocas veces. La mayoría solamente se dirigía al cementerio o de vez en cuando, solo necesitaba tiempo para estar solo. Siempre la recogía a la misma hora. Despreciaba muchas cosas muggles, pero ya la magia y lo cotidiano, era algo con lo que podía vivir. Y ella había hecho un par de amigos. Solía verlos venir y visitarla. Solían dormir en su habitación y solían pasar mucho tiempo en los alrededores. Bajo su supervisión por supuesto. — ¡Vamos papi, vamos! — ¿Por qué tanta prisa? — ¡Quiero ir a jugar! A unas pocas esquina de su hogar. Algo modesto, una mujer joven era la encargada de aquella guardería. Erisabeth tan pronto había entrado, había soltado su mochila y había corrido al resto de los niños sentados alrededor, en un círculo. — Que tenga un buen día, señor Snape. Asintió con la cabeza y desapareció tras la puerta. Aquella mujer de cabellos rubios y brillantes, de ojos café, miraba a Erisabeth. Sacaba algo de su mochila y lo abría con mucha felicidad. Sus ojos brillaban. — ¡Papi los escribe y son maravillosos! Tiene que leerlos maestra. ¡Léalos! Y aquella tarde, mientras Severus Snape meditaba si regresar del anonimato. Si presentarse ante Minerva McGonagall y decir: "Sobreviví". Y cada vez que visitaba aquel cementerio y dejaba flores en aquella vieja tumba, de aquella vieja mujer que amaba, se hacía la misma pregunta. ¿Por qué no le había acompañado? — Tu padre es un gran escritor. Son unos cuentos muy interesantes y profundos. Tienen sentimiento. — ¡Mi papi es muy bueno! ¡El mejor! Y me encantan. Le pido que los lea todo el tiempo. — ¿No ha pensado en publicarlos? Serían un buen material. ¿Publicar? Erisabeth suspiraba. Quizá si se lo decía. ¡A su maestra le habían gustado!