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La vie boheme — capítulo 5

"CUENTACUENTOS"

Porque por mucho que duela, la vida no es eterna...

El clima era húmedo, de un cielo gris mercurio y nubes abarrotadas prohibiendo el paso de los rayos del astro. Una fina lluvia descendía por el firmamento y repiqueteaba en los coches y veredas. El aire era espeso y un tanto frio, una brisa invernal agitaba tímidamente las copas de los olmos que crecían en la zona, como si enviara mensajes de un árbol a otro que ningún humano era capaz de comprender.

Mis botas de lluvia desgastadas rozaron el pavimento al cruzar la calle con desgano y fatiga. Al llegar a la puerta de mi destino un hombre cuyo rostro parecía haber perdido el color me dejó entrar.

Por allí no rondaba ni un alma, mas bien, todas estaban en la tierra, bajo la tierra, sepultadas de por vida. Sí, era un cementerio.

Hacía varias semanas que me prometía visitar el lugar, pero siempre posponía la fecha, tal vez por ser demasiado cobarde y temer a afrontar mis sentimientos. Pero finalmente, con paso decidido me encaminé hasta allí, estaba seguro de que era el día adecuado. El por qué lo tenía grabado en el corazón a fuego. Hoy era su cumpleaños, si, su aniversario número trece.

Intenté imaginármela, de cómo sería llegada estas alturas de la vida, pero me fue imposible. Recordaba perfectamente su rostro, me tenía prohibido olvidarlo, siempre, todas las noches lloraba por ella, y allí en mi mente figuraba su perfil, de pómulos rosados y cálidos, como los de cualquier niña de nueve años. Sus bucles castaños bailaban al mismo tiempo que ella se movía siguiendo su ritmo. Sus ojos empalagosamente color miel, de un brillo curioso e inquieto miraban y rebuscaban todo lo que había a su alrededor.

Seguí caminando entre la tierra húmeda, hasta llegar a donde ella dormía. Sí, así prefería llamar a su sueño eterno, me llenaba de angustia el solo pensar que estaba… muerta.

Reconocí de inmediato el lugar. La familia no contaba con abundantes recursos, por lo que no habían podido suministrarle a la niña ningún altar ni capilla, además, sabían de sobra que a la joven no le habría gustado que gastaran su escaso dinero en ella.

Su tumba era humilde, definía a la niña perfectamente. Lentamente bajé mi vita hasta centrarla en la superficie gris, hasta darme cuenta que me encontraba arrodillado frente a ella.

Leí una y otra vez la piedra, hasta que mi vista comenzó a nublarse. Al igual que como todas las noches venía sucediéndome, las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas, calientes e inofensivas, escondiendo todo el dolor que llevan desde su origen en el lagrimal.

Cómo la extraño. Aún puedo recordar el último día que la vi. Cuando su madre me dijo que estaba enferma, que no resistiría mucho tiempo, y que no podía volver a verla nuevamente. Traté de convencerla de poder quedarme a su lado, pero solo me permitió despedirme por unos minutos. Aún puedo recordad como su rostro pálido se ilumino cuando crucé el umbral de la puerta, con sus ojos vidriosos al mismo tiempo que denotaban ansiedad y curiosamente felicidad.

Como cada vez que la visitaba, le contaba una historia, como a ella tanto le gustaba. Se sentaba a mi lado y no movía su vista de mis ojos, apresada dentro del argumento sintiendo infinitos deseos de poder llegar a aquellos bosques mágicos de los que yo le hablaba.

Ese último día, me negué a quedarme solo un rato. No. Debía narrarle la mejor historia nunca antes escuchada ni leída, cuyos personajes fuesen más románticos que Julieta, más chiflados que Don Quijote y con más sed de venganza que Laertes y Hamlet.

Si, debía ser única, y así lo fue. Nunca antes en todas mis tardes pasadas con ella había podido ser testigo de una sonrisa tan grande al despedirme.

"Te quiero" me había susurrado al oído antes de alejarme de allí "te voy a extrañar cuentacuentos, ¿Seguirás contándome historias aún así cuando me valla?".

"Por supuesto" le había respondido yo "sea donde sea que te encuentres, porque yo siempre estaré contigo preciosa".

La abrasé, intentando no derramar ninguna lágrima, pero me fue imposible. Cuando me vio me dijo:

"¿Por qué lloras cuentacuentos?"

"De felicidad, solo de felicidad. De gratitud, que me inunda el corazón al saber que estás conmigo, al igual que cuando surgen tus sonrisas por mis historias".

Esbozó una sonrisa.

Finalmente me levanté, ya era tiempo. Continué mirándola hasta que la gruesa pared obstruyó mi vista de la niña. Cómo iba a extrañarla. Antes de salir de la casa, la tristeza oprimía mi corazón y solo fui capaz de mirar a la madre, confiando en que mis ojos le contasen mis sentimientos en aquel momento.

Aún recuerdo que esa noche lloré como nunca lo había hecho, me había encariñado demasiado con la niña y no quería dejarla ir. Fue a la mañana del día siguiente, cuando verdaderamente sentí que el puente colgante por el que caminaba cayó al vacío junto a mí. Había muerto, si, ella había muerto.

Volví al presente dejando de pensar en la niña.

Nunca fui un hombre que desconfiara de mi religión, pro este era uno de esos momentos en los que mi interior se retorcía.

¿Por qué?, ¿Por qué tuviste que llevártela, justo a ella, por qué?, aún cuando le faltaban tantos años por vivir, ni siquiera haber alcanzado la adolescencia, ¡Solo era una niña!, con sueños como los de cualquier otra, con una historia, una vida…

Luego de haber llorado tanto, mis ojos se encuentran rojos y los siento hinchados.

El único consuelo que tengo es recordarla, y saber que ahora no sufrirá por su enfermedad, pero aún así la extraño, demasiado.

Volví a sumirme en mis pensamientos, recordando aquel día en el que nos encontrábamos en el parque.

"Cuentacuentos" me había dicho "el día en que te vayas, ¿Quién seguirá contándome historias tan hermosas?".

"Oh, pequeña" me reía, siendo tan joven ya le preocupaba el final de su vida "recuerda que yo siempre estaré contigo, tal vez no sea mi cuerpo el que te acompañe, pero si mi alma".

"¿Lo prometes?" dijo mientras esbozaba su sonrisa que tanto me gustaba "¿Podrías escribirme algunas de tus historias? Solo las más bellas, como la de aquella artista cuyas pinturas cobraban vida, o la del hombre que vivía en un quinoto?"

"Por supuesto, te lo prometo" y así fue, trato cerrado.

Lo triste, fue que nunca pude cumplir con mi palabra. Ella tanto se había afligido por el día en que no la acompañara, pero finalmente, la que se había ido era ella, y yo nunca había podido entregarle mi cuaderno de historias…

No sé cuánto tiempo estuve delante de la tumba, mi mente solo reaccionó cuando el agua fría comenzó a caer sobre mí, empapando mis cabellos y ropa.

Del bolsillo de mi chaqueta saqué un cuaderno, acaricié su tapa. Si, allí estaba, era el cuaderno de "Cuentacuentos".

-Aquí está- dije entre susurros- aquí está el cuaderno que tanto esperaste. Solo siento haber llegado tarde- dicho esto, con la remota esperanza que de la niña me escuchara, deposité los cuentos en frente de la tumba, y deje que este se mojara.

Me levanté de mi posición baja y miré una vez más el lugar en donde descansaba la pequeña.

-Feliz cumpleaños pequeña.

Finalmente abandoné el cementerio, aún con las lágrimas patinando por mis pómulos me dirigí hacia mi casa bajo la lluvia.

Te dije que siempre estaría allí contigo, solo espero que tu estés aquí también con migo, de algún modo puedo sentir tu presencia levitando en el aire, como mi ángel de la guardia que me sigue en mi camino. Solo albergo mi deseo de que puedas leer los cuentos, es mi regalo de cumpleaños, especial para ti.

Puede ser que no esté seguro de muchas cosas, pero si hay algo que mi mente y corazón tienen grabado a fuego es que te extraño, si, y demasiado, más aún de lo que una persona puede soportar. Ahora, mi única razón de vivir es seguir escribiendo historias, para que algún día, cuando llegue mi hora pueda entregártelas.

La lluvia cesó, y los rayos de sol comenzaron a filtrarse por las nubes, intentando escapar de su cárcel. Yo sonreí, sin estar muy seguro de la razón. Solo sabía que seguiría con mi vida, alegrando a muchos más niños durante mi camino, y al fin, cuando ya estuviese listo, poder ver a la niña será mi mayor deseo, porque nunca habrá mejor amante de mis historias como ella lo fue y sigue siendo, en algún remoto lugar, del que por mucho que lo desee, no conozco su ubicación.


Hola!, y aquí es cuando me pongo sentimental. No se de donde surge la idea, tal vez de alguna tristeza de la vida, lo que si sé es que la pude sentir como si realmente fuese mia.

Gracias a los que siguen el "espacio" =)