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Nacidas para ser diferentes — capítulo 1
Una chica de pelo castaño oscuro y corto peinado en punta hablaba con un gran cantidad de hombres en el interior de una especie de cueva enorme. La chica tenía la piel bronceada para estar allí y parecía tener unos trece o catorce años.
-¡La quiero ya!-gritó la chica.
-Sí, señora.-dijeron todos los hombres a la vez y salieron corriendo.
-Tranquila, muy pronto.-dijo una voz profunda y masculina.
-Sí,-afirmó ella con tono serio.-muy pronto.****________________ Toda mi vida he vivido en un internado. Bueno, desde que he tenido conocimiento. La directora del internado me había dicho que me habían abandonado en la puerta cuando tenía un año.
Demetria y Juno habían llegado antes que yo, prácticamente recién nacidas.
Demetria, la mayor, tenía el pelo castaño claro, rizado y semilargo, los ojos castaños y la piel clara, era la más alta de las tres. La llamábamos Demi. Su madre era soltera y la había dado en adopción porque no quería que su hija viviera en malas condiciones por no poder mantenerla. Luego se supo que su madre murió poco después de dejarla en el internado.
Juno, la mediana, tenía el pelo castaño claro y largo y con flequillo hacia la izquierda y sus ojos eran marrones. Su piel era blanquecina también y era la más baja. Tenía aparato en los dientes.
Su caso era diferente al de Demi. Al parecer su madre había muerto en el parto y a su padre no le daba la gana de cuidarla y por eso la llevó al internado.
De mí no se sabía nada. Yo era la más rara. La pequeña. Tenía el pelo corto y peinado de forma irregular con las puntas hacia arriba. Tenía la mitad del flequillo peinado hacia la izquierda y la otra mitad hacia la derecha. Mi pelo era tricolor, de forma natural. Era castaño oscuro pero tiempo atrás me habían salido algunos de color dorado y unas cuantas canas. Mis ojos eran marrones y mi piel morenita.
Las tres teníamos catorce años. Bueno, ellas acababan de cumplir quince.
En aquel internado no sólo había huérfanos, la mayoría eran hijos de padres ricos. Pero no teníamos contacto con ellos, la verdad es que nadie se acercaba a nosotros, nadie salvo otro huérfano que llevaba allí también toda su vida. Cuando nosotras llegamos él tenía siete años y los cuatro éramos como hermanos, hasta que él cumplió los dieciocho años y se perdió. Yo era la que más unida estaba a él y me puse furiosa. Furiosa porque cuando se fue nos prometió que vendría a vernos y nos sacaría de allí, y nos llevaría de paseo pero desde que se fue no le habíamos vuelto a ver el pelo.
Se llamaba Jim. Tenía los ojos marrones, la piel blanquecina y el pelo castaño oscuro. Lo tenía un poco largo, como por debajo de las orejas, y también tenía canas pero menos que yo. Era más alto que Juno y que yo, pero Demi era más alta que él.
En fin, estábamos a mitad de curso y yo ya estaba harta de estudiar, como siempre a aquellas alturas.
-¡Alice!-me llamó Juno.-¡Vamos, date prisa o llegaremos tarde al examen de historia!
Suspiré y me levanté del peldaño de las escaleras.
-Jo, qué tardona eres.-me riñó en broma.
-Tú tardas más en vestirte cada mañana, día tras día.
-Y eso que sólo tienes que ponerte el uniforme.-me apoyó Demi.
-Pues por eso tardo tanto, porque ya que me tengo que poner esto, por lo menos estar algo decente.
-Pero si no están tan mal.-dije mirándome de arriba a abajo y por detrás.-Además, yo soy la única que lleva todo lo necesario.-el uniforme constaba de calcetines altos de cualquier colo, una camisa blanca, una rebeca del mismo color, una minifalda negra y unos zapatos negros.-Tú llevas botas,-dije mirando a Demi y luego miré a Juno.-y tú unas Converse . Yo soy la que lleva los zapatos.
-Porque tú quieres.
-Porque son las normas.-dije yo entrando a clase.
La profesora entró justo detrás de nosotras.
Luego llegó la hora de comer y fuimos a sentarnos a la mesa que siempre ocupábamos y que ahora tenía un asiento vacío desde hacía ya dos años.
-Lo echo de menos...-comentó Demetria con la cabeza gacha. Estupendo, el temita caía una vez a la semana.
-Lo sé, Demetria, yo también.-dijo Juno.
-Pues yo no.-dije enfadada levantándome y cogiendo mi plato.-¿Por qué siempre tenéis que sacar el tema?-fui a llevar el plato a la cocina y luego salí del comedor y subí las escaleras hacia nuestro cuarto. Me puse el pijama, me tumbé en la cama y hundí la cabeza en la almohada.
Nuestro cuarto era enorme porque éramos las únicas que dormíamos de tres en tres. Los demás dormían de dos en dos.
En nuestro cuarto las camas estaban una al lado de la otra.
La de Juno tenía la colcha de color azul marino. Al lado estaba su mesa de noche, repleta de cosas. Una lámpara de aluminio de color rojo llena de coleteros de todos los colores, el libro que se estuviera leyendo, un reloj y un iPod.
Su escritorio también estaba lleno. Había libros de texto, cuadernos, bolígrafos y lápices en un bote, otra lámpara pero de plástico y de color azul y un maletín de maquillaje. En la pared tenía un corcho con miles de fotos nuestras y de Jim a parte del álbum que también estaba sobre su escritorio.
La colcha de Demetria era roja. También estaba al lado de su cama la mesa de noche. Tenía menos cosas que Juno. Había una lámpara de madera pequeñita y el libro que estuviera leyendo. Bueno, y un póster de su famoso favorito.
Su escritorio estaba lleno. Había un flexo, cosas para picar, un reloj de mesa, una foto de las tres y la cámara que usábamos las tres pero que había comprado ella.
Mi cama estaba en medio. Mi colcha era de color fucsia. Yo no tenía mesa de noche, tenía un baúl a los pies de mi cama. En el suelo, al lado de la cama ponía mi lámpara-un globo terráqueo que se encendía-y al lado un libro. A las tres nos encantaba leer.
Mi escritorio a parte de lleno estaba desordenado. Habían libros de texto por allí, cuadernos y bolígrafos por allá, en una esquina había una foto de las tres diferente a la que tenía Demetria, más libros pero de lectura, un diccionario de latín, alguna que otra revista y una baraja de cartas. Yo era la más desordenada de las tres.
Esas cosas que teníamos las habíamos conseguido con la pequeña propinilla que nos daban por ayudar en las cocinas y porque alguien que no conocíamos nos mandaba una paga cada mes desde hacía un año.
Había unas escaleras que llevaban al piso de arriba, donde estaba el baño.
-¿Alice?-dijo Juno.
-Alice, ¿Estás llorando?
-No, no estoy llorando.-no estaba llorando. Sólo estaba pensando.
-¿Por qué te has puesto ya el pijama?, sólo es mediodía.
-No voy a salir, Juno.
-¿Ni siquiera de la habitación?-preguntó Demetria.
-¿Para qué? ¿Para que la directora me vea deambulando por el pasillo y me lleve un sermón innecesario? Sabéis que me tiene manía.
-Tonterías.-dijo Demetria.
No eran tonterías. Decir que la directora del internado era ''dura'' conmigo era quedarse corta. Desde que Jim se había ido, la directora no me dejaba vivir. Se podía andar por los pasillos hasta la hora de cenar pero si ella me veía por allí me echaba la bronca. Pero no sólo eso, si dejaba la comida también... vale, seguro que venía a mi cuarto por no comer.
-Vamos, Alice, vamos a pedirle a la directora que nos deje salir mañana.
-Pedídselo vosotras, yo no quiero. No tengo ganas de vivir una odisea para que me deje salir.
-¡Ya basta!-gritó Juno y me sacó de la cama de un tirón.-Te vas a levantar de ahí y dejar de hacer pucheros, niña caprichosa.
-¡Ay!, ¡No hacía falta que me tiraras de la cama!
-Sí que hacía falta.-puntualizó Juno.-Venga, vístete.
-Bah, otra vez a ponerme el uniforme.-murmuré por lo bajo.
-Si te parece vas en pijama a su despacho.-dijo Juno.
-¿Y qué? Va a buscar algo que echarme en cara de todos modos. Vamos.-dije y salí de la habitación.
-Jo, Alice, tú siempre a lo tuyo.-dijo Juno. Caminábamos por el pasillo y yo iba delante.-Nos traes locas.
-Vosotras ya veníais locas de fábrica.-dije yo sin mirarlas. Locas estábamos las tres.
Toqué en el despacho de la señora Collins. Así se llamaba, Dathilda Collins.
-No contesta nadie.-dijo Demetria.
-¿Señora Collins?-llamó Juno.
Abrí la puerta con cuidado.
-¿Qué haces?-se alarmó Demetria.-No puedes...
-Siempre me decís lo de las reglas pues ahora voy a ignorarlas.
-¿Pero por qué tienes que incumplirlas cuando se trata de la señora Collins?-se lamentó Demetria.
-No creo que le moleste que la esperemos en su despacho.-dije curioseando en su escritorio. Ellas dos se sentaron.
-Sí, pero si sigues toqueteando sus cosas...-siguió advirtiéndome Demetria. De repente algo me llamó la atención. En medio del escritorio había una pirámide de cristal de doce lados preciosa. Brillaba muchísimo. En la base, por arriba, se veía algo grabado. Una especie de balanza y alrededor unos cuantos signos más y un sol.
-Hum...-murmuré cogiendo la pirámide en mis manos.-Una pirámide zodiacal.
-Alice, deja eso.-murmuró Demetria.
-¿Qué...?-dije.
-Señorita Alice, ¿Le importa?-tragué saliva y dejé la pirámide en la mesa.
-Lo siento, señora Collins.-dije y me senté rápidamente.
-¿Quieren algo, señoritas?-preguntó sentándose en la mesa.
-Sí,-dijo Demetria.-nos gustaría saber si podríamos... salir mañana.
-De eso quería hablarles. Las iba a mandar llamar ahora mismo.
-¿Qué ocurre? ¿Algo malo?-pregunté yo.
-No me interrumpas, por favor.-dijo de forma algo brusca.-Acaba de llamar el señor Pevensie.
-¿Quién es...?
-He dicho que no me interrumpas.
-Lo siento...
-El señor Pevensie es el que les ha enviado dinero durante el último año. Quiere adoptarlas en breve y me ha pedido que si las puede sacar a pasear mañana todo el día.
-No conocemos a ese hombre.-dije yo muy seria.-¿Va a dejar que nos vayamos con un desconocido que puede raptarnos?
-El señor Pevensie es de confianza, ¿Por quién me toma, señorita?, usted si no quiere ir puede quedarse.
-No... yo...-me guardé un gruñido y apreté el puño bajo la mesa.
-¿Y qué hace en pijama?
-Me lo puse...-casi me hago daño de tanto apretar el puño.
-Saque su ira.-dijo con una sonrisa de autosuficiencia.
La miré a los ojos, furiosa. Me levanté de la silla y antes de salir dije con ira contenida:
-Bonita pirámide.-dije y salí dando un portazo.
Me metí en la ducha y poco después llegaron mis mejores amigas.
-¿Alice?-llamó Demetria.-¿Estás en la ducha?
-No, está lloviendo dentro de la habitación.
-Oye, no pagues conmigo tu enfado con Collins.-dijo subiendo al piso de arriba.
-Perdóname, Demi.-dije.-¿Dónde está Juno?
-Estoy aquí.-miré a través de la cortina. Estaban sentadas en el suelo del baño.-Collins nos ha dicho que el tal señor Pevensie nos vendrá a buscar a las siete de la mañana.
-Genial, encima con exigencias.
-Oye, ¿Qué te pasa hoy?-protestó Juno.
-Hemos mentado a Jim.
-Habéis mentado a Jim.-confirmé yo cogiendo una toalla y saliendo de la ducha.
-Parece que te gusta.-dijo Juno poniendo caritas pervertidas de las suyas.
-¡Jim no me gusta! ¡Es mi hermano! Bueno, lo era, hasta que nos abandonó en este internado.
-Estará ocupado.-dijo Demetria.
-Sí,-apoyó Juno.-no es fácil ganarse la vida tras salir de aquí.
-Ni una visita, ni una llamada, ni una carta, ¡Nada! ¡Puede haberse muerto y nosotras sin saberlo!
-¡No digas eso!-gritó Demetria.-¡¿Por qué dices eso?!-me puse el pijama y salí del baño.
-¡Porque estoy harta de que lo nombréis cada semana! ¡Él no va a...!-me caí por las escaleras. Me levanté frotándome el trasero y la espalda.-Él no va a volver.-me metí en la cama.
-Alice, ¿Estás bien?-preguntaron bajando las escaleras.
-No, dejadme en paz.-dije tapándome hasta arriba con las mantas.-Por favor, dejadme.
Las oí suspirar y luego vi, a través de las mantas, que Juno estaba tumbada en su cama escuchando el iPod aún con el uniforme puesto. Demetria se había cambiado de ropa y estaba en su escritorio haciendo deberes.
-¿Alice? ¿Estás despierta?-preguntó cuando llegó la noche.
-Sí.-llevaba toda la tarde despierta.
-Venga, vamos a jugar las tres a las cartas.
-Pregúntale primero a iPodGirl .
-Juno,-se acercó a su cama y Juno se sobresaltó y se quitó los auriculares.-
¿Quieres jugar con nosotras a las cartas?
-Qué susto me has dado, Demi.
-Oh, pobrecita,-se burló Demetria.-asustada por el fantasma del Carlos V.-ése era el nombre del internado.
-No tiene gracia.
-Si no escucharas la música a tope la habrías oído llegar.-intervine yo.
-Perdona, Aliantipática.
-¡No me llames eso!-grité. Ese mote me lo habían puesto los que se creían populares en aquel internado.
-Vale, me he pasado.-reconoció.-Lo siento.
-Bueno, ¿Vamos a jugar o qué?-intervino Demetria.
-A ver...-se resignó Juno y apagó su iPod. Estuvimos jugando hasta altas horas de la madrugada en mi cama.
Cuando vino la supervisora de las chicas a las doce de la noche nos acostamos y cuando se marchó volvieron a mi cama y seguimos jugando. ______________ Comenten por favor =)