Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← En el cruce de caminos · de

En el cruce de caminos — capítulo 2

Cuántos quisieran saber volar. Cuántos quisieran poder romper la gravedad de un aletazo, levantarse o levantar la Tierra con sus pies, y quizás huir, o quizás simplemente descubrir lo que se siente cuando uno deja de ser terrícola. Pero todos viajamos caminando, y eso no va a cambiar. Quizás si yo pudiera volar te encontraría antes, te tendría ya cerca, y te podría tocar. Pero ahora yo solo puedo caminar, y esperar que entre la gente se dibuje la figura de tu cuerpo, y yo te reconozca.

 Estoy solo en mi colina, mi templo de soledad. Mi nuevo hogar es frugal, una casa de madera que el Sol baña con sus rayos al amanecer, y acaricia con sus últimos soplos al anochecer. Una casa en la que la brisa sopla con timidez, lejos del viento de mi viejo hogar, donde el viento es compañero constante, guía en la tempestad y el buen tiempo. Aquí los árboles se despojan de sus hojas marchitas tiñiendo los suelos de marrón, desnudándose y dejando sus delgados brazos al descubierto, a la merced del frío. Porque en mi nuevo hogar el frío acecha como un lobo, ojos de hielo, piel nevada, los gestos lentos y mortales.

 Aquí mi compañera constante es la risa. La risa de los demás. La risa calurosa de quien no tiene a nadie a quien encontrar, o bien evita buscarlo, quizás por no hacerse daño. Quizás sea porque los ecos de sus carcajadas les impida verte, lo hermosa que eres y lo difícil que sería tocarte, secar las lágrimas que caen sin remedio por tus mejillas. Yo quisiera alcanzarte por fin, y desde mi nueva morada busco algo que me acerque a ti.

 A lo mejor por eso no río. Reservo mis risas para ti, para que me las devuelvas y con el sonido de tus carcajadas pueda romper la gravedad por fin.