Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Verde Slytherin · de

Verde Slytherin — capítulo 7

¡Hola a todos! Bueno, con este capítulo ya están todos los que tengo publicados en fanfiction, así que ya no subiré los próximos tan rápido, sino al mismo ritmo que subo en la otra página jaja Tampoco suelo tardarme mucho, una semanita entre capítulo y capítulo, a no ser que tenga mucha tarea jaja! 

7.

Pasado y presente.

6 de Junio, 1912.

París, Francia.

Ernest D'Argent acababa de cumplir dieciséis años y la fiesta que su familia había organizado en su honor, invitando a la más alta sociedad francesa de la zona, se le estaba haciendo completamente insufrible. El calor empezaba a hacerse agobiante y entre tanto saludo a personas desconocidas, Ernest se empezó a sentir cómo un objeto al que sus padres lucían y otros admiraban más que como una persona de carne y hueso. En cuanto el último socio de su padre le felicitó Ernest inició su huída a los jardines. Esquivó a varios hombres trajeados que de seguro querrían preguntarle por su estancia en ese centro de estudios tan exclusivo al que iba y salió corriendo de allí. Incluso fuera del tumulto podía escucharse la música y la cháchara que en el gran salón había.

Ernest pensaba que todo aquello era una pantomima. Siempre lleno de medias verdades, siempre mintiendo. Y Ernest odiaba mentir. Lo encontraba inútil y absurdo. Ocultar lo que realmente era, como si fuese algo de lo que avergonzarse, le carcomía por dentro y frustraba a partes iguales. Él no era como todos ellos, ni como sus padres, ¡él era un mago! Y debía ser reconocido como tal.

Después de tantas generaciones llenas de squibs, que Ernest hubiese heredado el don de la magia y de nuevo en Beaxbatons hubiese un D'Argent era un motivo de celebración, no de ocultación. Era algo que siempre había intentando hacer entender a su padre, pero él se mantenía inflexible. Louis D'Argent no era un hombre fácil de convencer. Hay leyes, le decía siempre. Y Ernest debía aguantar de nuevo el mismo discurso de cada día. Los muggles y los magos debían estar mezclados, pero sin que los primeros supieran de la existencia de los segundos. Los magos y los muggles debían coexistir, pero los muggles no podía saber. ¡Ah, cuanta estupidez! Si tan sólo la gente pudiese ver las cosas como él las veía. Si tan sólo pudiesen entender lo maravilloso que sería ser quienes eran sin tener que esconderse de nada ni de nadie…

Suspiró.

"¿Otra vez metido en tus pensamientos, sobrino?"

Ernest pegó un respingo viéndose sorprendido por la voz de su tío Mitchell. El hombre, rubio y alto, era el hermano más joven de su padre y el único heredero de la gran fortuna de sus abuelos. El padre de Ernest, que aunque se había labrado una buena suma de dinero con los años, nunca entendió por qué había sido su hermano irresponsable y altanero quien se llevó todo de sus padres y no él, que había permanecido junto a ellos hasta el último de sus días. Y aunque jamás lo dijese en voz alta, Ernest sabía que el rencor acumulado hacia su hermano nunca desaparecería. Técnicamente la casa donde Ernest vivía había sido parte de la herencia de Mitchell, sin embargo éste cedió la mansión D'Argent a su padre ya que rara vez se dejaba ver por el gran caserón. Mitchell era un hombre libre, absento de cualquier tipo de ataduras y quizás con una moral altamente cuestionable. Era un hombre que viajaba por todo el mundo y de vez en cuando era asociado a negocios muy lúdicos pero poco ortodoxos, lo que le había hecho ser considerado siempre el eslabón suelto de la familia. Su padre y él nunca se habían llevado bien, pero Ernest admiraba ese espíritu independiente que su tío poseía y se sentía más unido a él que a su propio padre, quien siempre pensó que nunca le entendería.

"Creí que padre no te había invitado a la fiesta"

Mitchell sonrió, dejando escapar una carcajada seca.

"Y no lo hizo, Ernest. ¿Pero desde cuándo una estúpida prohibición me detiene?" cabeceó, como quitándole importancia al asunto y luego una sonrisa picarona se extendió por sus finos labios "Ven, tengo que enseñarte algo, sobrino"

Ernest siguió con curiosidad a su tío, que daba media vuelta para entrar de nuevo al salón principal. Por allí pasaron intentando no hacer notar su presencia, cosa que no fue complicada teniendo en cuenta como la gente bailaba y hablaba animadamente. Ernest sonrió levemente, su madre siempre había sido buena organizando eventos, disfrutaba de repasar todos y cada uno de los detalles.

Ernest aligeró el paso intentando seguir las largas zancadas que daba tío Mitchell, en un intento de no perderle de vista. Se dirigían por los corredores de la planta baja, donde se encontraban las habitaciones de los empleados y la cocina. Ernest casi nunca pisaba esa parte de la casa, pero debía admitir que con cada paso que daba todo se le hacía vagamente familiar. Mitchelll se detuvo frente a un portón que destacaba de los demás por ser negro y ligeramente más descuidada que las anteriores, que eran de una madera muy blanca y bien cuidada a pesar del paso de los años.

Ernest observó la puerta con curiosidad. Grandes candados plateados la mantenían cerrada desde que tenía memoria y aunque cuando había sido más pequeño intentó en vano abrirla con el paso de los años ya casi había olvidado su existencia.

"Esta no es una habitación más" le dijo tío Mitchell, hurgando en el bolsillo de su chaqué negro. Sacó de allí una llave grande y ligeramente oxidada por el tiempo que encajó a la perfección en la primera cerradura de la puerta "Aunque me imagino que eso ya lo sabías. Siempre has sido un niño curioso"

Ernest sonrió tenuemente, intrigado por saber qué era lo que los D'Argent habían guardado allí tan celosamente durante años.

La habitación era más pequeña de lo que Ernest hubiese esperado. Se trataba de un cuarto rectangular, de pocos metros cuadrados y repleto de estanterías por todas partes. Era como una biblioteca en miniatura, con libros viejos y desgastados, llenos de polvo por el paso de los años. Probablemente nadie había entrado allí en mucho tiempo. Ernest hizo un gesto con la cabeza hacia su tío, en una muda interrogación. Mitchell asintió, invitándole a acercarse a cualquier libro que quisiera.

Ernest abrió los ojos sorprendido cuando se percató de algunos de los títulos. Una larga hilera de ellos hablaba sobre alquimia, otra sobre viejos encantamientos ya en desuso, un gran volumen que decía moste potention potions… Eran libros sobre magia. Pestañeó, aturdido, sintiendo como la gran mano de tío Mitchell se posaba sobre su hombro.

"Llevan siglos en la familia" sonrió "Y hace décadas que ningún D'Argent lo puede utilizar. Es justo que todo esto te pertenezca, después de todo… Eres el último mago"

Ernest asintió, comprendiendo la situación.

"¿Por qué mi padre nunca me lo dijo?"

Mitchell se encogió de hombros y le agarró del brazo, incitándole a andar tras él. Llegaron al fondo de la sala, donde un baúl de cuero negro y raído por el tiempo se alzaba frente a ellos. Estaba herméticamente cerrado sin ninguna aparente cerradura que permitiese abrirlo.

"¿Cómo…?"

"Tienes que usar tu varita. Tan sólo tócalo"

"Pero no sé con qué hechizo abrirlo"

"Es tuyo, reconocerá tu magia"

Ernest asintió confiando en su tío. Alzó su varita y la posó suavemente sobre el cuero del baúl. Durante los primeros segundos no pasó nada y Ernest hizo el intento de retirarla, sin embargo antes de que pudiese hacerlo una fuerte luz azulada salió disparada de su varita e inundó el lugar. Era como si miles de luciérnagas se hubiesen congregado en la habitación, alumbrándolo todo a su paso. El baúl brilló más intensamente aún y con un pop seco se abrió.

"Oh"

"Vamos, sácalo"

Ernest avanzó, cauteloso. Tosió cuando hundió la cabeza en el fondo del baúl y sintió que le picaban los ojos intensamente ante el contacto con el polvo. Aguántandose las lagrimillas traicioneras que pugnaban por salir de sus ojos, agarró lo que parecía un libro.

Efectivamente, aunque estaba tapado por una tela de fina seda verde, lo que Ernest D'Argent tenía entre manos era un grueso libro. Destapó con cuidado el pañuelo que lo cubría y éste dejó al descubierto un volumen de tapas rojas y duras, como si estuviesen echas de algún tipo de madera.

Una extraña emoción le creció en el pecho cuando leyó el título.

"Les livre des mort" murmuró, en voz baja "¿Para qué sirve?"

Tío Mitchell sonrió tenuemente.

"Según la leyenda, para cambiar el mundo"

Cien años después y siendo la última noche de septiembre, en el colegio de magia y hechicería Hogwarts, Albus Potter se despertó sobresaltado en su mullida cama. En medio del silencio de la habitación Albus se encontró sudoroso y asustado. El corazón seguía latiéndole a mil por hora y sabiendo que aún podía recordar vagamente la última parte del sueño, se apresuró a escribir con la primera pluma que encontró el nombre del extraño libro que había visto.

*Les livre des mort.*Cerró los ojos, recordando las clases de francés que desde hacía años recibía por parte de tía Fleur. Una perfecta "o" formó su boca cuando creyó haber encontrado su significado: El libro de los muertos.

"¡Potter, apaga la luz y vete a dormir de una jodida vez!" Albus se quejó por lo bajo cuando no pudo esquivar el almohadón que le había lanzado Hermes Zabini, directo a su cabeza.

1 de Octubre, Hogwarts.

Bosque Prohibido.

Frank Daxley avanzó a grandes zancadas por entre la espesa vegetación que crecía en la parte más profunda del Bosque Prohibido. El guardabosques grandullón, aunque no parecía muy inteligente, sí que le había dado una buena información como para saber por donde moverse evitando el mayor peligro posible.

Frank entrecerró los ojos, intentando ajustar su visión. Aunque eran a penas las cinco de la tarde y estaban a plena luz del día, los árboles se comenzaban a estrechar tanto que la luz se filtraba de manera muy tenue, dándole a todo un aspecto siniestro y oscuro. Frank frunció la nariz y olisqueó el aire, reconociendo al instante el olor dulzón que emanaba de las flores que durante los últimos días había estado buscando.

Sonriendo dio un par de pasos hacia el frente, teniendo cuidado de no enredarse entre las raíces de los árboles y se agachó bajo la sombra alargada de un abeto. Allí las pequeñas florecillas emitían un tenue brillo dorado. Frank tuvo cuidado al arrancarlas, procurando no romper la parte más importante de la flor: el tallo. De ahí era de dónde conseguiría lo que quería y no podía desperdiciar ni una sola gota. Eran unas flores muy difíciles de encontrar, realmente escasas en la mayor parte del mundo. Tan sólo crecían en las islas británicas, especialmente Irlanda. Había tenido una gran suerte en encontrarlas justo allí, prácticamente al lado del castillo.

Frank a veces pensaba que todo le estaba resultando fácil… Demasiado, quizás. Y eso le tenía un poco preocupado a ratos. Estaba seguro de que Harry Potter ya iría tras su pista y aunque tenía claro que la directora McGonagall le vigilaba más de cerca que a ningún otro profesor, Frank estaba seguro de que la vieja bruja no podría nunca utilizar nada en su contra. Él se estaba manteniendo informado pero al mismo tiempo alejado de todo lo que en Londres estaba sucediendo. Las manifestaciones, aunque en su momento fueron organizadas y dirigidas por él, ya se sucedían de manera espontánea o con otros al frente, dejándole fuera de lugar. Frank estaba completamente limpio, le pesara a quien fuere. Aún así en Hogwarts rezaba una extraña calma, la misma calma que al final siempre precede a la tempestad. Habían pequeños detalles que aunque la mayoría pasaron por alto a él le alertaban. Y temía que cuando la tormenta se desatase se llevaría todo lo que había construido con tanto esfuerzo durante los últimos años. Ahora que estaba consiguiendo que gran parte de los magos comenzasen a cambiar su mentalidad, que comenzasen a entender sus ideales, no podía permitirse que alguien lo echase a perder.

Y estaban esos tres chicos… Frank les había estado observando, había estado tomando nota de sus actitudes y les había evaluado disimuladamente. En especial a Potter. Ese Potter que a Frank le parecía tan diferente a su hermano. Albus Potter era un niño tranquilo y callado, que trabajaba duro en sus clases y tenía un talento innato para los duelos mágicos, aún a su corta edad. A Frank le gustaba ese chico, le recordaba mucho a él cuando tenía su edad. Siempre daba la impresión de estar en la sombra de alguien más, pero Frank estaba seguro de que era alguien que sabría llevar las riendas de la situación cuando fuese necesario. Sin embargo, el otro Potter, el hijo mayor del niño que vivió, era todo un espécimen a parte. James Potter parecía tener mucha más conciencia que su hermano acerca de quién era hijo y sabía sacar beneficio de ello. Se movía por Hogwarts como si fuese de la realeza y, para bien o para mal, no era alguien que cayese indiferente.

Frank había intentado hacerse el tonto durante las últimas semanas, pero se había percatado de que James Potter le seguía de manera incansable, fuese donde fuese. Que cuando estaba en sus clases no despegaba la vista de él, como si esperase que en cualquier momento lanzase uncrucio a un indefenso estudiante. Le miraba como si estuviese a punto de hacer un gran descubrimiento. Y aunque el chico no era la inteligencia personificada, Frank estaba seguro de que tanta insistencia al final le llevaría a hacer conjeturas sobre él y sobre su estancia en Hogwarts. Y aunque Frank no tenía pruebas estaba casi seguro de que habían sido él y sus dos amigos los que le habían seguido hasta el sótano aquella vez. Que esos chicos estuviesen tan cerca del jefe de aurores era un problema relevante y era consciente de que tendría que ingeniárselas para quitárselos de encima cuanto antes.

Frank alejó esos pensamientos y terminó de guardarlo todo. Se enderezó de nuevo y se sacudió la tierra que había quedado pegada a su ropa, satisfecho con el resultado del trabajo. Ya estaba todo listo y pronto podría empezar a poner en marcha su plan.

Completamente abstraído y caminando ya hacia el castillo, Frank Daxley no se percató de que desde las sombras alguien le había estado observado.

Una rama sonó a varios metros tras él, rompiendo el silencio. Frank paró en seco, poniéndose alerta de inmediato. Su primer instinto fue buscar con la mirada algún animal que pudiese ser peligroso, sin embargo no pudo encontrar nada. El bosque estaba inusitadamente silencioso. El ruido de ramas secas rompiéndose volvió a escucharse, esta vez un poco más cerca, pero Frank fue incapaz de diferenciar algo entre la leve oscuridad. Fuese lo que fuese se estaba acercando. Frank asió con fuerza su varita y la alzó, murmurando un potente Lumus que alumbró todo a su alrededor.

Las sombras se alargaron a su alrededor, pero Frank no fue capaz de vislumbrar nada extraño.Me estoy volviendo un paranoico, pensó, antes de agitar la cabeza restándole importancia.

"Frank, cuánto tiempo"

Frank se quedó petrificado en el sitio. Esa voz… Sólo podía tratarse de él. Una oleada de pánico le sacudió el cuerpo. Claro que había pasado mucho tiempo y, si por él fuese, no hubiese querido volver a verle jamás. Intentando no dejarse amedrentar ni por él ni por la sorpresiva situación, cogió aire y se giró para encararle.

Aquél hombre estaba tal y como le recordaba. Parecía que por él no había pasado el tiempo. Tenía el mismo aspecto desgarbado y los ojos claros ligeramente acuosos. El rostro alargado y la complexión ligera le daban el aspecto de un cadáver andante, demasiado delgado como para estar del todo sano.

"Qué… sorpresa" Frank tragó saliva, intentando encontrar las palabras adecuadas "Pensé que estabas muerto"

El hombre sonrió, aunque sin un solo deje de simpatía.

"Pues ya ves, yo me siento muy vivo"

"¿A qué has venido? Es peligroso que te aparezcas por aquí" murmuró Frank.

"He venido a arreglar lo que tú has estropeado" le contestó el hombre, con absoluto desprecio impregnando sus palabras "No deberías ir dejando cabos sueltos por ahí"

"No hay ningún cabo suelto" rebatió Frank. Movido por el impulso de la desconfianza que sentía hacia ese hombre, sacó su varita.

"No seas ridículo, guarda eso" escupió el encapuchado "Claro que hay un cabo suelto, tú lo sabes. Y tiene nombre y apellido"

"Me puedo encargar de esto yo sólo, vete y…"

"Cállate"

Frank no tuvo tiempo de reaccionar. Antes de poder si quiera mover su varita, el hombre, con un hechizo que no llegó a pronunciar en voz alta, le dejó inconsciente en el suelo.

El hombre se relamió los labios, dejando entrever unos dientes blancos y puntiagudos. Caminando con la arrogancia de quien se sabe el más fuerte, sonrió. Había vuelto y ya nada podría detenerle. Dejó caer la capucha de su túnica y alzó la vista al cielo. Llevaba tanto tiempo sin pisar Hogwarts… Aunque aún era capaz de recordar dónde se encontraba el campo de quidditch, por supuesto.

Estadio de quidditch.

James bostezó con poco disimulo.

Observó su imagen en el espejo del vestuario con aire distraído y sonrió a su reflejo cuando éste le guiñó un ojo en señal de aprobación. Suspirando de manera soñadora cerró los ojos, dejando vagar su imaginación. Ya podía imaginarse vistiendo el uniforme del equipo de Gryffindor, todo engalanado entre rojo y dorado. Se vería tan… perfecto. No encontraba ninguna palabra mejor para describirlo. Y luego, cuando tuviesen un partido, James saldría al estadio y sería vitoreado desde las gradas, teniendo más tarde una gran y sonada victoria que le haría alzar la copa de quidditch frente a todos los alumnos de Hogwarts. ¡Y su padre estaría orgulloso de él!Ah, qué bonito era soñar.

"Te odio, James" escuchó que decía Fred, sacándole de sus pensamientos. Fred lucía más pálido que de costumbre y su voz era ligeramente lúgubre, como si estuviese a punto de dictar una sentencia de muerte. James contuvo una carcajada "Ahí fuera hay mucha gente. ¡James, escúchame! ¡MUCHÍSIMA GENTE!"

Fred había entrado en un absoluto ataque de pánico escénico. Aunque nunca había sido alguien demasiado vergonzoso odiaba el sentirse observado. Y tan sólo pensar en que tendría que salir ahí fuera y sentir sobre él todas esas miradas curiosas le revolvía el estómago de puro nerviosismo. La gente esperaba que lo hiciese bien. Porque los Weasley saben jugar al quidditch, es una verdad universal como esperar que estén en Gryffindor. Pero ¿y si no podía darle a la gente lo que esperaban? Tan sólo de pensarlo empezaba a sentirse sumamente incómodo.

"¿Por qué me he dejado convencer?"

"Porque nadie puede…"

"Resistirse a tu encanto natural" completó la frase Fred, disgustado.

James se alejó del espejo y se giró hacia él, sonriendo de oreja a oreja, tan irritantemente tranquilo como siempre.

"Esta es la parte divertida, ¿sabes? Que todo el mundo nos vea y se mueran de envidia" comentó, caminando hacia su recién estrenada escoba. Era la más nueva y veloz del mercado y había estado todo el verano rogando a su madre para que se la comprase. Le dio un par de palmaditas en la espalda a su primo al pasar por su lado y con voz tranquilizadora, añadió "Lo harás bien, Fred, somos familia. Esto viene en nuestra genética"

Fred contuvo la respiración cuando la voz de Wood hizo eco en el vestuario. Agarró con fuerza el palo de su escoba hasta dejarse los nudillos blancos por el esfuerzo y se preparó para salir al campo. Después de todo sólo eran unas estúpidas pruebas, ni siquiera estaba dentro del equipo todavía. Y viendo ahí a su lado a James tan tranquilo, sintió que todo estaba bien. ¿Qué podía salir mal?

Albus le dio un par de vueltas más a su larga bufanda verde, protegiéndose del helado frío que se cernía ya sobre los exteriores del castillo.

Alzó la vista al cielo y observó con impotencia como los leves rayos de sol se ocultaban tras unas densas nubes. El mes de octubre había comenzado con fuerza, arrancando sin piedad las hojas de los árboles y tiñéndolo todo en tonos anaranjados y amarillos. Los últimos días de calor se habían esfumado como por arte de magia y Albus, que nunca había sido precisamente amigo del frío, se metió las manos en los bolsillos de su túnica, disgustado. Se había encontrado con Scorpius Malfoy al salir de su sala común y éste le había dicho que iría a la biblioteca con Rose. Albus también quiso seguirle, sin embargo recordó que no podía. Le había prometido a sus amigos que estaría con ellos y Albus era alguien que nunca faltaba a sus promesas, por muy pocas ganas que tuviese.

Aligeró el paso hasta internarse en el campo de quidditch, resignado. El ajetreo por las pruebas había conseguido sacar a muchos estudiantes de sus recién estrenadas clases extraescolares y un nutrido grupo de alumnos se aglomeraba en las gradas, algunos más animados que otros. Albus esquivó a unos efusivos Hufflepuff y se dirigió a la parte norte del estadio, donde ya le esperaban**.**

"Eh, por fin llegas" le sonrió Nathaniel Nott. Se desplazó un poco en el banco de madera y palmeó el espacio que había dejado entre él y Zabini, invitándole a tomar asiento "Los Hufflepuff tienen un equipo penoso" añadió, sin apartar la vista del equipo que llevaba unas vistosas túnicas amarillas "Van a batir el record de veinte años sin ganar una copa de quidditch"

"Eso será un gran cambio para ellos, por fin serán los primeros en algo" se rió Hermes.

Albus rodó los ojos, dando por caso perdido al chico moreno.

"Te has perdido las pruebas de Slytherin" apostilló Nott, frunciendo el ceño.

Albus, que había malgastado casi toda la tarde terminando la insufrible tarea de pociones, se encogió de hombros.

"No han dejado que tu amiguito Adams se presente" dijo Hermes, dejando escapar una risita desagradable.

Albus le miró intrigado. Él sabía que a su amigo le hacía mucha ilusión presentarse al equipo y aunque secretamente había pensado que no le cogerían, al menos había esperado que le diesen la oportunidad de demostrar sus habilidades. Porque tenerlas las tenía.

"¿Y eso por qué?"

"Según ellos porque no había puestos libres" bufó Maurice, que acababa de entrar en escena seguido por un animado Lesther Baddock. Se dejó caer con pereza en el asiento de delante de Albus y murmuró una retahíla de insultos por lo bajo, con la mirada fija en el capitán de Slytherin "¡Vaya panda de mentirosos!"

Nott le dio una palmadita amistosa en el hombro y sonrió de manera condescendiente.

"El año que viene será"

Maurice, que pareció incómodo ante el contacto, se removió inquieto en su asiento y asintió entornando los ojos, mirando de nuevo al frente. Un chico de tercero acababa de ser seleccionado como nuevo cazador de Hufflepuff, dando por finalizadas las pruebas de la casa de los tejones.

"¿A quién le toca ahora?" preguntó Albus, intentando disipar un poco la extraña tensión que se había creado entre los chicos. Albus era consciente de que a Maurice no le caía bien Nate, y aunque éste último se comportaba siempre de manera amigable con él, algo le decía a Albus que la antipatía entre los dos niños era algo mutuo.

"Ya sólo queda Gryffindor" contestó una voz a sus espaldas.

Albus giró la cabeza y se encontró cara a cara con el gesto torcido de Cyrano Zabini, el hermano mayor de Hermes. El chico llevaba puesto el uniforme de quidditch de Slytherin donde jugaba como guardián y miraba con mal disimulado desdén a los Gryffindor que se encontraban en la otra punta del campo. Albus pensó que Hermes y él se parecían mucho, aunque Cyrano tenía una complexión más ancha, los ojos más claros y el pelo más corto. Aún así ambos hermanos compartían el mismo porte erguido y la misma lengua viperina.

"James se va a presentar a las pruebas" dijo Albus, a nadie en particular "Es muy bueno, seguro que le cogen"

Cyrano sonrió con malicia y apoyó la cara entre sus manos, taladrando al susodicho con sus ojos marrones.

"Genial. Es lo último que le falta conseguir a Potter para morir ahogado en su propio ego"

Una de las chicas que se sentaba cerca de Maurice y de la cual Albus no recordaba su nombre, se rió tontamente ante el comentario y Ariadna Pucey desvió la vista del equipo de quidditch de Gryffindor. Sonrió a Cyrano con cierto cinismo y poniendo una voz falsamente melosa le dijo:

"¿Es eso miedo, Zabini?"

Cyrano entornó los ojos, pero no dijo nada. Había cierta familiaridad entre ellos, como si se conociesen desde hacía ya bastante tiempo. De cualquier otra manera, Albus estaba seguro que el chico no había sido tan permisivo respecto a un comentario así. Pero en realidad es que la mayoría de los Slytherin parecían conocerse de antes de Hogwarts, como si todos estuviesen vinculados de una u otra manera, pensó Albus.

"Oye, Potter" le llamó la atención Ariadna "¿Has visto a Scorpius?"

Albus calló, dudando durante unos segundos si contarle la verdad o no. Malfoy estaba con su prima, por supuesto. Y teniendo en cuenta que la chica le había empezado a coger una extraña manía a Rose, Albus no quiso echar más leña al fuego.

"No tengo ni idea"

Ariadna frunció el ceño y le dirigió una mirada airada, como si no creyese nada de lo que le estaba diciendo. Pareció a punto de rebatir algo, pero fue interrumpida por el grupo de Gryffindor que se levantaba de las gradas y animaba de manera demasiado exagerada a su equipo.

"Y ahí vienen" silbó Nate.

Albus, que no había vuelto a hablar con James desde ese pequeño incidente en el que acabaron discutiendo, sonrió contento al ver salir a su hermano al campo. Después de todo, aunque la mayoría del tiempo James fuese un engreído y un pesado que siempre andaba molestándole, era su hermano. Y quizás el que entrase en el equipo sería una buena excusa para ir a hablar con él.

Bajo la atenta mirada del resto de su casa, Albus se levantó de su asiento y se unió a los Gryffindor que animaban.

Ministerio de Londres,

Departamento de Leyes.

"¡Oh, Harry! Pero no puedes creerte eso"

Hermione negó con la cabeza, vehemente. Su lado racional estaba completamente seguro de que lo que su amigo le estaba contando era una teoría completamente absurda y descabellada, que estaba siendo sacada de un montón de leyendas antiguas y retorcidas.

"También eran sólo historias lo de las Reliquias Mortales, ¿verdad?" rebatió Harry, como si pudiese leerle el pensamiento. Hermione entornó los ojos "Es una posibilidad, no digo que sea cierto necesariamente" suspiró, dando otro sorbo a su taza de té "Pero quizás quien lo robó lo hizo porque creyó que realmente puede funcionar" terminó de decir, esperando que su amiga entendiese el punto.

Hermione ordenó meticulosamente los papeles que tenía sobre su escritorio, con el ceño fruncido en un gesto de absoluta concentración. Luego alzó la vista y agitó el cabello castaño, mirándole fijamente. Al final, asintió.

"Está bien, lo entiendo. Quizás tengas razón" suspiró "Tiene que haber algún libro que hable sobre ello, lo buscaré y…"

"No quiero que se lo digas a nadie, ¿vale?"

Hermione abrió la boca indignada.

"¡Yo no soy ninguna chivata Harry!"

"Por nadie también me refiero a Ron" dijo él, enterrando la cara entre las manos. Estaba agotado "No quiero alarmar a nadie, Hermione. Como tú has dicho son sólo historias viejas y poco realistas, pero aún así tengo que tenerlo todo en cuenta y…La gente ya está muy alterada con lo del grupo de manifestantes, no quiero más líos. Cuando llegue el momento yo mismo se lo contaré"

Hermione asintió, comprendiendo la situación. El saber que un hombre que había estado dirigiendo manifestaciones contra el decreto del secreto mágico también había utilizado la maldición imperdonable había conseguido poner los pelos de punta a gran parte de la sociedad mágica británica. Era un echo perturbador y Harry lo sabía, pero aún así había tenido que dar la noticia antes de que alguien del ministerio la filtrase y la bola de mentiras se hiciese demasiado grande. Sus años como auror le habían enseñado que era mejor contar la verdad a callarla, pues tarde o temprano siempre se sabría.

"Cuéntame todo lo que Mundungus te dijo" le ordenó Hermione, con ese tono tan suyo que no admitía réplicas.

Harry sonrió levemente, sintiéndose como si estuvieran de nuevo en Hogwarts y Hermione le estuviese ordenando que hiciese su tarea de pociones. Rebuscó entre los pliegues de su túnica y de ahí sacó la carta que Dung le había mandado, donde le relataba toda la historia tal y como a él Richard Coop se la había contado. Le tendió el sobre a Hermione y ésta lo cogió, comenzando a leer con ojos ávidos de conocimiento.

o.o.O.o.o.O.o.o

Hosgmeade; 21 de Septiembre, 2010.

Rich vació el vaso de whiskey de fuego de un solo trago y lo dejó sobre la mesa con fuerza. Algunas gotitas del licor se esparcieron sobre su ropa, pero al hombre no pareció importarle. Luego, acercando su cara un poco más a la de Mundungus, dijo en voz muy baja:

"Préstame toda tu atención"

Mundungus rodó los ojos, pensando en que ya iba un poco borracho, pero asintió para que terminase de hablar y se pudiese ir cuanto antes de allí con un poco de información para Harry Potter.

"Gellert Grindelwald acabó loco, loco de remate" empezó a decir, agitando la cabeza en una mueca lastimera "Dicen que al principio era un gran tipo, ¿sabes? Yo no estaba ahí, claro, así que no te lo puedo asegurar. Mi abuelo le conocía, estudiaron juntos. Pero mi abuelo también estuvo siempre un poco loco. Él decía que Grindelwald iba adelantado a su tiempo, que era todo un visionario. Quería hacer del mundo un lugar mejor para todos los magos, pero bueno… ya sabemos que sus métodos no eran los mejores. En algún punto de la historia empezó su decadencia… empezó a creer que los muggles eran seres inferiores a los que había que esclavizar, que debían reconocernos como seres superiores… ¡imagínate! Como si fuésemos dioses o algo así, Dung" suspiró"Perdió completamente el Norte y…"

"Todo eso es algo que ya sabemos, Rich" se ofuscó Mundungus "Si no me vas a contar nada nuevo mejor me largo ya"

"Y como decía, empezó el reclutamiento" sonrió, terminando de decir "Intentó reclutar a los mejores magos de la época. ¡Lo intentó incluso con mi abuelo! Es malo que yo lo diga, porque bueno, somos familia… Pero mi abuelo era muy bueno haciendo varitas. Ollivander a su lado es un simple aficionado"

"¿Y le reclutó?" preguntó Mundungus, alzando las cejas en un gesto escéptico.

"No. Mi abuelo emigró aquí, lejos de todo ese halo de locura contagiosa de Grindelwald" se encogió de hombros "Como te estaba diciendo se hizo con un buen grupo de magos, cada uno con una especialidad. Algunos más inteligentes que otros… pero todos influyentes y poderosos. Lo tenía todo, pero quería más… Ah, ¡como todos! La misma historia de siempre, ya sabes. Dicen que Grindelwald tenía una mano derecha que le ayudaría en su plan para usar el Velo" murmuró "El Velo fue creado por la mismísima muerte y dada a un gran mago… ¿Recuerdas la trágica historia de Merlín?" cabeceó, perdiendo la vista en algún punto de la mesa. No esperó a que Mundungus contestara y prosiguió "Cuando el Rey Arturo murió, nuestro querido Merlín se enamoró de una hermosa mujer llamada Nimueh. Merlín intentaba protegerla de cualquiera que quisiese hacerle daño, pero no podía estar todo el día con ella. Y en esa época, donde Merlín acababa de formar la Orden de Merlín para proteger a los muggles, eran muchos los que querían causarle dolor. Y era más fácil ir contra una jovencita e indefensa muggle que contra el mago más grande de todos los tiempos, ¿no crees? Al final pasó lo imaginable por muchos… Alguien mató a Nimueh. ¡Oh, la gran pérdida! Dicen que Merlín enloqueció de dolor y buscó la manera de traerla de vuelta, hasta llegar al punto de invocar a la Muerte. La Muerte reconoció el gran trabajo echo por Merlín, pues no cualquier mago es capaz de invocarla estando vivo y le dio un regalo…"

"El Velo" susurró Mundungus, absorto en la historia.

"El Velo de la Muerte, sí" Rich asintió "Con el Velo de la Muerte Merlín tenía control sobre los muertos, podía traer del otro lado a cualquier persona que quisiese, ¡podía incluso convertirse en el amo del inframundo!. Pero él, por supuesto, sólo quería una cosa: a Nimueh. La arrancó de las garras del mundo de los muertos y la trajo a la vida de nuevo. Pero Nimueh ya no era la misma, sólo que Merlín, tonto enamorado, no se dio cuenta a tiempo. Ella comenzó a pedirle que le enseñase algunos encantamientos que pudiese usar sin varita, de manera que estuviese protegida y teniendo en cuenta que ya Nimueh no era completamente muggle, Merlín decidió ayudarla, creyendo que así ella podría protegerse. Le creó incluso un reino cercano al gran lago de Camelot. Hasta que llegó el fatídico día… Nimueh le pidió que le enseñase un encantamiento capaz de encerrar a un hombre. ¡Y lo usó contra Merlín! El pobre acabó con su alma presa en un árbol, por los siglos de los siglos…"

"Qué tontería" bufó Mundungus "Merlín está muerto y enterrado, todo el mundo lo sabe"

Rich se encogió de hombros.

"Todo el mundo lo sabe pero nadie sabe donde está su tumba, ¿sospechoso o no?"

Mundungus agitó la cabeza, quitándole importancia al comentario.

"Sigue. ¿Qué tiene eso que ver con el Velo?"

"Merlín era la única persona capaz de usar el Velo, pero escribió en un libro las instrucciones de cómo hacerlo por si alguna vez él muriese y Nimueh lo necesitase. Pero Nimueh no fue capaz de utilizarlo, antes de que pudiese acercarse a él la Muerte la maldijo a permanecer toda la eternidad encerrada en el lago. Nadie sabe que ocurrió con el libro, pero tras eso el Velo quedó inservible y con el paso del tiempo se olvidó cual era realmente su utilidad" se relamió los labios y apuró el último sorbo de su bebida, sintiendo como tenía la garganta seca "Hasta que Gellert Grindelwald se cruzó con alguien que lo sabía y sabía también como abrirlo" sonrió.

"¿Quién?"

"El heredero de Merlín, por supuesto"

Mundungus le miró, confuso durante unos instantes.

"Si podía hacerlo, ¿por qué no lo hizo?"

"Grindelwald estaba loco, pero quizás el otro no… Quizás entendió que los muertes deben quedarse de su lado y que éste lugar es sólo para los vivos"

o.o.O.o.o.O.o.o

Hermione terminó de leer la carta y suspiró con fuerza, procesando rápidamente toda la información obtenida. Merlín, Grindelwald, el Heredero… Demasiadas cosas, juntas y revueltas. Demasiada información poco contrarestada. Demasiado fantasioso todo como para ser real.

"Es increíble la historia, Harry. Es completamente increíble e ilógica" dijo, dando por zanjada la conversación "Definitivamente no te la puedes creer"

Estadio de quidditch.

"Weasley lo está haciendo muy bien. ¡Wuau mira que giro!"

"Es del montón, yo no le veo nada especial"

"Zabini, será mejor que controles tus celos, que te vas a poner verde"

"¿Qué quieres decir con eso, Adams?" frunció el ceño "¡Ni siquiera vuela en condiciones!"

"¿Tú qué crees, Albus?"

La voz de Maurice Adams sonó ligeramente lejana, pero consiguió a Albus salir de su ensimismamiento. Se removió inquieto en el sitio y asintió, aunque no había estado prestando atención a su primo y mucho menos a lo que su amigo le decía. Había tenido una sensación rarísima pero demasiado familiar al mismo tiempo. Un frío helado que sólo él parecía percibir le había sacudido de pies a cabeza, haciéndole estremecerse. Temblando ligeramente se escondió las manos entre las piernas, intentando hacerlas entrar en calor. El susurro del viento le erizó los pelos de la nuca, pero como nadie más pareció notar nada raro Albus inspiró con fuerza, intentando relajarse. Últimamente estaba demasiado tenso y todo lo que pasaba a su alrededor le parecía un presentimiento de que un hecho catastrófico ocurriría cuando menos se lo esperase.

"¿Qué te pasa, Al?"

"Creo que me estoy poniendo enfermo. Tengo mucho frío"

"Estamos en otoño, a mí me parece muy normal" sonrió su amigo "¡Eh, mira tu hermano!"

Albus sonrió cuando vio a James justo en el centro del campo, mirando con fingida suficiencia a los otros dos cazadores que optaban al puesto de cazador en el equipo. Uno de ellos era un alumno de quinto y además prefecto de Gryffindor al que Albus conocía de vista, y la otra chica le sonaba mucho de la biblioteca, se trataba de Crystal White, iba al curso de James y siempre había sido muy simpática con él. Primero fue el turno del chico, que lo hizo bastante bien, pero no lo suficiente como para dejar al exigente Wood satisfecho. De diez tantos consiguió anotar cinco de ellos, aunque también se llevó algún que otro golpe de bludgers que no consiguió esquivar. Eficiente pero lento, pensó Albus. También había que tener en cuenta que para ser tan sólo unas pruebas el equipo se lo estaba tomando muy en serio, no se lo estaban poniendo nada fácil a los que se presentaban para ocupar los puestos vacíos. La voz de Wood, que sonó alta pero desganada, confirmó lo que todos estaban sospechando: Aquél no sería el nuevo cazador de Gryffindor.

La chica, Crystal, fue otro cantar. Lo hizo mejor de lo que Albus hubiese esperado. Era ligera y rápida, sabía como moverse sin ser fácilmente interceptada y el guardián tuvo poco que hacer contra sus ocho tantos anotados. Wood pareció bastante satisfecho con ella y Albus pensó que su hermano debería empezar a inquietarse un poco.

"¡Suerte!" escuchó que su primo Fred le gritaba.

James estaba tenso como un palo en su sitio. Buscó con la mirada a la gente de las gradas y cuando se encontró con la de Albus éste le sonrió. James volvió la cara sin decirle nada y Albus suspiró con cierto pesar. Su hermano era tan orgulloso… ¿A quién habría salido siendo tan cabezota? Aún así no desistió de su intento de hacerle ver que quería hacer las paces y siguió animando con ganas.

"¡Vamos, Potter! ¡Enséñanos qué sabes hacer!"

James montó en su escoba, dio una fuerte patada en el suelo y pronto sintió el aire golpeándole la cara. La sensación de adrenalina le recorrió el cuerpo y Albus le escuchó reír, eufórico. Se elevó en el punto más alto del estadio de quidditch e hizo una pirueta imposible en el aire, quedando suspendido bocabajo durante unos segundos. Albus contuvo la respiración, pensando en que si su madre hubiese estado observándole le habría reñido de inmediato. Claro que a James eso no le importaba lo más mínimo, cuando volaba daba la sensación de haber viajado a otro planeta, desconectando de todo y de todos, completamente fuera del mundo, inalcanzable. ¡Y cómo parecía gustarle esa sensación!

El primer tanto que anotó fue insultantemente fácil. Esquivó a los otros dos cazadores que se habían interpuesto en su camino, se abrió paso entre una bludger que parecía ir directa a su escoba sin si quiera despeinarse y el guardián, literalmente hablando, no le vio venir. Las gradas aplaudieron. El segundo tanto llegó por el aro más bajo y el guardián perdió un poco el equilibro, momento que James aprovechó par marcar también el tercero. Arriba, abajo, pirueta en el aire: el cuarto tanto. Recogiendo la quaffle a ras del suelo, arrancando un "OH" al público y luego elevándose rápidamente en el aire, pasando como una bala cerca de los aros y… ¡El quinto! Wood no le quitaba los ojos de encima y Albus sonrió. Su hermano lo estaba haciendo muy bien. Si su padre hubiese estado allí estaría gritándole ánimos como el que más.

Para el sexto y séptimo tiro James interceptó en el aire la quaffle que los dos cazadores se habían estado pasando segundos antes, esquivó a todo aquél que se puso en su camino y tiró a los aros sin piedad del guardián.

Todo estaba saliendo bien. Todo estaba saliendo realmente bien.

Albus…

Albus abrió los ojos, asustado. El susurro de su nombre repitiéndose en sus oídos, como si alguien lo estuviese diciendo justo dentro de su cabeza. Tragó saliva con dificultad y miró a ambos lados, esperando encontrar a alguien. Pero a sus lados solo estaban sus amigos, que no le prestaban la más mínima atención.

Albus, atrás…

Albus comenzó a respirar con dificultad. Intentó mantener la calma, pero la sensación de desosiego que la voz le producía le hacía sentirse extraño. La reconocía. Era la misma voz que había escuchado en su habitación la primera vez que había tenido un sueño sobre Ernest D'Argent. Era una voz ronca, que sonaba lejana pero cercana al mismo tiempo. Y, sobre todo, era una voz que sólo parecía poder escuchar él.

Cuidado, atrás.

Había algo en esas palabras, una advertencia lícita que le indicaba que algo iba mal. Que algo malo iba a ocurrir.

Escuchando el eco de los Gryffindor que celebraran el octavo tanto de su hermano James, Albus giró la cabeza cuidadosamente. Antes siquiera de enfocar la vista, supo que alguien había allí. Semiescondido entre la penumbra que le brindaba la entrada del Bosque Prohibido, una figura encapuchada miraba el campo de quidditch con atención. Albus la recordaba. Era la misma silueta que él había visto semanas antes cuando había estado allí con sus amigos. Era la misma silueta delgada y huesuda que llevaba una túnica oscura y ligeramente siniestra. ¡Era él! Albus observó sus movimientos y se le heló la sangre en las venas cuando le vio alzar la varita en dirección hacia donde ellos estaban. Apuntando directamente a una persona: James Potter.

Antes de que pudiese hacer nada, un rayo rojizo salió disparado de la varita y dio justo en el blanco.

"¡James!" gritó Albus, haciendo sobresaltar a sus amigos.

La escoba de James pareció cobrar vida propia. James perdió el control y la escoba comenzó a moverse de forma espasmódica. Albus observó con horror como su hermano, sin poder controlarla, salía disparado por los aires.

"¡Cuidado!"

Justo antes de que James tocase el suelo, a escasos centímetros de éste, James quedó mágicamente suspendido en el aire. Cerca de él, en el campo de quidditch, alguien sujetaba firmemente su varita.

Albus suspiró, Frank Daxley le había salvado.

Hay algunos saltos temporales como habéis podido observar, pero creo que se entiende bien, ¿no?

Decir que la historia de Merlín la he medio sacado de HP Wiki y medio invención mía. Nimueh existe según Wiki eh! Jaja Lo del Velo y todo eso ya es cosa mía XD