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Verde Slytherin — capítulo 6
Bueno, he aquí el sexto capítulo. ¡Poquito a poco vamos entrando en materia!
6.
Resurgir
26 de Septiembre, Londres.
Había recibido la alarma a primera hora de la mañana y sin poder si quiera hacer un desayuno en condiciones Harry se apareció en el Callejón Diagon. Iba flanqueado por tres de sus mejores aurores y uno de ellos, el más joven, emitió un silbidito apreciativo cuando observó el panorama que tenían frente a ellos.
Harry se paró en seco, soltó un suspiro por lo bajo y luego, respirando profundamente y sin querer prestar demasiada atención, reanudó la marcha andando a paso ligero.
A ojo pudo calcular que el grupo que se congregaba debía estar compuesto por al menos una veintena de magos, mucho más de los que había la última vez. Se habían parado justo en la entrada del callejón, dejando bien claro que la intención era a todas luces que cualquier persona que por allí pasase se fijase en ellos y lo que reclamaban. Pancartas grandes y presuntuosas se alzaban en el aire, con lemas como "Libertad para el mago" o "Di no a la represión del Ministerio".
Harry frunció el ceño cuando unos panfletos de colores brillantes salieron volando hasta chocarse contra su pecho. Sin siquiera molestarse en ojearlos los atrapó con su mano izquierda y los arrugó, dejándolos caer hechos una bola al suelo. Hizo una seña al resto de aurores para que le siguieran.
Un periodista bajito y regordete, que llevaba la acreditación de El Profeta, se interpuso en su camino y Harry rápidamente se vio rodeado por flashes cegadores que consiguieron aturdirle por unos segundos.
"¡Señor! ¡Señor Potter! ¡¿Qué opina usted de todo esto? ¡¿Van a penalizar a los manifestantes? ¡Señor Potter!"
Harry se apartó de malas maneras del reportero y luego se deslizó a paso ligero por entre el gentío que se aglomeraba en la puerta del Caldero Chorreante. Sacó la varita del bolsillo secreto de su túnica y la alzó en un gesto que aunque no era amenazante pretendía hacer más fácil su cruzada de encararse con el que parecía el cabecilla del grupo.
El líder de la manifestación era un mago bastante joven, que no parecía sobrepasar por mucho la treintena. A Harry le resultaba vagamente familiar, quizás le había visto antes en alguna de las manifestaciones anteriores, porque parecía demasiado joven como para haber coincidido con él en Hogwarts. Tenía el pelo rubio, de una tonalidad dorada y el rostro redondeado y pecoso. Su voz, mágicamente elevada, resonaba con claridad en el ambiente. Algunos curiosos ya se habían congregado cerca de ellos.
"…Nos merecemos ser reconocidos como lo que somos: magos. ¿Por qué escondernos? Si nosotros sabemos de la existencia de los muggles y somos capaces de respetarlos, ¿es que ellos no podrían hacer lo mismo? ¡Pensad! ¡No dejéis que repriman vuestros ideales! Vivimos en un mundo lleno de manipulación por parte de los que dicen cuidar de nosotros"
Harry bufó de disgusto y perdiendo toda la parsimonia que había intentado mantener se hizo escuchar por entre las protestas:
"¡Despejad esto, aquí no hay nada que ver!" gritó a la pequeña multitud que les observaba.
Una de las cosas buenas de ser Harry Potter era que la gente aún respetaba sus órdenes, por lo que hacer que los curiosos se disiparan del lugar fue relativamente fácil. Los aurores que le acompañaban desencantaron las pancartas y detuvieron el ir y venir de los panfletos, al tiempo que rápidamente exigían las varitas de todos los implicados, con el fin de examinarlas.
"Nombre"
El hombre rubio alzó la vista para mirar a Harry directamente a los ojos, con una mueca de leve sorpresa en el rostro. Luego esbozó una sonrisa torcida, de dientes blancos y brillantes.
"Vaya, Harry Potter" dijo, socarrón "¡Qué gran honor!"
Harry frunció los labios, perdiendo la paciencia.
"Nombre y varita. Ahora"
"Christopher Knox" respondió, complaciente. Harry se percató de que continuaba manteniendo una postura relajada e imperturbable, como si ya hubiese previsto su llegada y supiera qué era lo que ocurriría ahora.
"Bien, señor Knox. Supongo que sería una estupidez pedirle el permiso de manifestación puesto que no lo tiene, ¿cierto?"
"Cierto"
Harry torció la boca en una mueca. Agarró la varita que Christopher Knox le tendía y la observó con detenimiento. Era muy fina, pero alargada y flexible, seguramente estaría echa de madera de fresno.
"Deletrius" murmuró.
Harry apretó los puños con fuerza cuando el último hechizo realizado por Knox se reveló ante él. Era una maldición imperdonable: El Aveda Kedavra.
"Creo que vas a tener que acompañarme"
Hogwarts, biblioteca.
"¡No está!" exclamó Albus, dejándose caer derrotado junto a Maurice Adams. La bibliotecaria le lanzó una agria mirada pero el chico, ignorándola deliberadamente, escondió la cabeza entre las manos "¿Cómo no puede haber otro ejemplar del libro? ¡A esto no se le puede llamar biblioteca!"
Maurice se encogió de hombros, tranquilo. Cerró con delicadeza el libro sobre leyendas y hechos mágicos no comprobadosque había estado leyendo y carraspeó, llamando la atención de su acompañante.
"Primero tranquilízate o nos echarán" dijo, frunciendo el ceño "Y lo segundo es que es normal. La mayoría de libros de aquí sólo tiene un ejemplar, ¿vale?"
Maurice no recibió respuesta y entornó los ojos cuando Albus comenzó a observar detenidamente el volumen de Grandes misterios mágicos. Por millonésima vez en los dos últimos días. El comportamiento casi obsesivo de Albus con el tema le estaba empezando a preocupar bastante. Un poco tenso dio una palmadita en la mesa para llamar su atención.
"Eh… Sé que el libro tiene una tapa muy bonita, pero no esperes que te hable"
Albus pareció reaccionar cuando escuchó su voz. Alzó la vista y cuando sus ojos verdes se fijaron en él, Maurice se percató de que había una intensidad en esa mirada que nunca antes había visto en el taciturno Albus.
"Toma" le dijo, tendiéndole el libro "Léelo de nuevo"
Maurice dudó un poco.
"Albus, te lo vas a aprender de memoria…" susurró, girando el libro entre sus manos. Era bastante grueso, pero pequeño, con las tapas marrones algo desgastadas y las letras del título, que en algún momento fueron plateadas y brillantes, desconchadas por el paso del tiempo.
Albus hizo una mueca de fastidio y volvió a instarle a leer. Madame Pince rechinó los dientes.
Maurice se encogió de hombros, sin ganas de discutir. Sonrió y echó una última ojeada a las mesas de alrededor. Cerciorándose de que nadie les estaba prestando demasiada atención abrió con prisas el libro, justo por el capítulo que les interesaba.
"Reseña sobre Ernest D'Argent" leyó el encabezado, muy bajito. Albus rodó los ojos con impaciencia ", también conocido como Ernest el encantador, fue un mago que nació a finales del (6 de Junio de 1897). Proveniente de una familia francesa y adinerada fue un personaje mágico de sangre mestiza que destacó desde muy joven por ser un mago pionero y revolucionario en lo referente al status mágico. D'Argent se había criado con su madre muggle y su padre, que aunque pertenecía a una larga dinastía de magos fue un squib. Realizó sus estudios en la escuela de magia y hechicería Beauxbatons, dónde sus dos últimos años le otorgaron fama de alumno problemático y rebelde. Ernest D'Argent tenía una clara tendencia hacia lo que él denominaba como la búsqueda de la libertad del mago. Aunque siempre fue un joven talentoso y prometedor, en su juventud protagonizó una serie de hechos desafortunados y que amenazaron gravemente con desvelar el estatuto de Secreto Mágico, por lo que el ministerio francés se vio obligado a tomar unas medidas drásticas contra él. Con la edad de diecinueve años Ernest D'Argent fue exiliado de su país, una dura pena que le restringía la entrada a Francia durante quince largos años" Maurice paró en seco, para tomar un poco de aire y Albus, absorto en la historia, le arrebató el libro, comenzando él a leer.
"…*D'Argent se exilió al norte de Europa, viviendo la mayor parte del tiempo en Bulgaria, lugar donde se hizo bastante famoso por su creación y uso de nuevos (y exitosos) encantamientos y maldiciones. Es reconocido por muchos como el mejor creador de encantamientos tras el mismísimo mago Merlín. Sin embargo las habilidades de D'Argent estaban inclinadas hacia el estudio y práctica de las Artes Oscuras. Consiguió un trabajo como ayudante de profesor de encantamientos en el colegio Dumstrang y hacia la década de los años 20' se le relacionó abiertamente con el movimiento de Gellert Grindelwald, para quien se cree que trabajó como un informador desde dentro del Ministerio de Magia Búlgaro"*Albus frunció el ceño, sin terminar de entender toda la información "El misterio de Ernest D'Argent reside en su abrupta desaparición, con tan sólo cuarenta y cinco años de edad. Se le dio por fallecido en 1942, tras encontrar en su departamento un cuerpo que fue reconocido como el suyo. Sin embargo, fuentes de información aseguran a ver visto a Ernest D'Argent, vivo y en su país natal: Francia. En el siguiente capítulo nos hacemos con varios testimonios…"
Pero tal y como había sucedido la primera vez que Albus leyó el libro, no había siguiente capítulo. Dónde debía encontrar el resto de información ampliada sobre el mago lo único que quedaba era la señal de unas páginas arrancadas. Albus dejó escapar un ruidito de disgusto y cerró el libro con renovada rabia. El estrépito que causó al dejarlo caer sobre la mesa hizo a Maurice fruncir el ceño.
"¿Contento?"
"No" respondió Albus rápidamente. Y procedió a contarle a su amigo todo lo que se le estaba pasando por la cabeza en esos instantes.
Albus no lograba entender nada. Había buscado durante dos días una copia del libro que estuviese entera. Cuando no lo logró pasó a su plan B: buscar algún otro tomo que le pudiese brindar información sobre el hombre. Sin embargo no había podido encontrar nada. Era como si Ernest D'Argent no hubiese existido nunca. O, tal y como Albus había empezado a sospechar,como si alguien no quisiese que existiera.
Ante su último planteamiento, Maurice rodó los ojos.
"Albus, para. Sé que has estado un poco nervioso últimamente por todas esas pesadillas, pero vamos a encontrarle lógica antes de desvariar y empezar a volvernos locos" dijo Maurice, tanteando el terreno. Al ver que su amigo no le cortaba se envalentonó para continuar hablando "¿Sabes qué pasa? Que las pesadilla son sólo producto del subconsciente y todo ese rollo. Igual que la paranoya, el estrés y todo eso… Son cosas que no son reales, que sólo están en nuestra cabeza. Y seguramente" hizo un gesto con la mano para que Albus, que estaba a punto de decir algo, le dejase terminar "Como decía, ese Ernest D'Argent es un tío famoso, aunque no lo recuerdes lo habrás visto en algún lugar y se ha quedado en algún rincón de tu memoria, y ahora por alguna razón le haces el protagonista de tus pesadillas… Pero nada es real. Que por otra parte no me extraña que te de yuyu, teniendo en cuenta que tiene unas pintas que dan un poco de miedo. ¡Mira qué ojos! Tiene mirada de asesino en serie, tío"
"No estoy loco" bufó Albus, empezando a enfadarse "¡En serio! Las cosas que veo... es como si yo fuese él"
"No estás loco, pero estás a la defensiva" sonrió Maurice.
"Mentira"
"¡Tienes los brazos cruzados sobre el pecho! Ese es un claro gesto de…"
"¿Se puede saber de dónde sacas todo eso?" le cortó Albus.
"Mi padre es psicólogo. Y muy bueno además" se encogió de hombros Maurice "¿Sabes? Creo que te podría conseguir una cita con él…"
"Los magos no van al psicólogo"
"Pues es una pena, porque a algunos les haría falta"
"A mí no. Sé que algo está pasando"
"¿Y te basas en…?"
Albus dejó escapar un suspiro airado y dio un ruidoso golpe sobre la mesa.
"¡En todo, Adams!" refunfuñó, levantándose de un salto "¡Nada de esto es normal y te lo voy a demostrar!"
"¡SE ACABÓ! ¡FUERA DE MI BIBLIOTECA, POTTER!"
Maurice pegó un respingo al escuchar el grito de Madame Pince. Lo siguiente de lo que se percató, era de que Albus había salido escopetado del lugar.
Qué raro eres, Potter, pensó. Después, olvidando todo el asunto, siguió con su tarea de herbología.
Hogwarts
James dejó un vistoso manchurrón de tinta azul cuando apuntó su nombre con excesiva rapidez en el pergamino para las pruebas de quidditch del equipo de Gryffindor.
Canturreando por lo bajo una vieja canción de los Rolling Stones que a Teddy siempre le había gustado admiró su obra maestra. Se mordió el labio inferior, un poco indeciso, pero finalmente optó por apuntar justo bajo su nombre "Fred Wealsey". Su primo probablemente querría matarle por haber hecho algo así, pero James sonreiría de oreja a oreja, con hoyuelos en las mejillas incluidos, y le acabaría convenciendo. Como siempre.
Cuando se giró y se topó con el alto y fornido capitán del equipo de quidditch, la sonrisa se había convertido ahora en una mueca de auténtica superioridad y arrogancia. La sonrisa de quien se sabe el mejor. Y ni siquiera lo había hecho a posta. Es que a James esas cosas le salían solas.
"Voy a entrar en el equipo y voy a ser el mejor cazador de la historia, tío"
Que tiemblen los cimientos del quidditch, que llega James Potter.
Y aquello había sonado tan real y tan seguro que aunque en un principio Dan Wood intentó soltar una carcajada al final no se atrevió a echarse a reír.
James, todavía con la melodía de symphaty for the devilen la cabeza (¡Teddy, pon música de verdad y de esta década si puede ser!, le había dicho durante todo el verano. Esto es música de verdad, inculto, le contestaba él. Y mierda, al final le había acabado gustando), caminó con aire distraído por las escaleras que llevaban a su sala común. Estaba completamente agotado, pero por suerte aquél había sido el último día de castigo y aunque tenía bastante tarea por hacer no tenía ninguna intención de meterse en la biblioteca con sus amigos. Nunca la había pisado en su año anterior en Hogwarts y era una costumbre que pensaba mantener durante todo el tiempo que le fuese posible. *Pobre Fred, que al final Shen le había conseguido llevar al lado oscuro,*suspiró. ¡Su primo en la biblioteca! Si se lo contase a tío George se llevaría un disgusto.
Subió al segundo piso y caminó por el semidesierto pasillo, sintiendo que el castillo vivía en inusitada paz y tranquilidad últimamente. Los cuadros no habían estado teniendo demasiado movimiento durante los últimos días y la mayoría de alumnos parecían querer aprovechar los escasos días soleados estando en el jardín. Aún así, entre tanta tranquilidad, algo llamó la atención de James.
Entrecerró los ojos y se acercó a paso ligero a un grupito de chicos de su curso o quizás algo más mayores que se congregaban cerca de un tablón de anuncios.
"¿Qué es eso?"
"Un anuncio, Potter" le contestó Cyrano Zabini, con un deje burlón "Creía que hasta tú podías llegar a esa conclusión"
James, que aunque sonase raro, no tenía ganas de pelear, apartó a un niño de Ravenclaw de su lado y se puso en primera fila, para poder leer bien.
INSCRIPCCIÓN PARA GRUPO DE DEBATE
El grupo de debate tendrá un horario flexible y podrán asistir todos los alumnos, desde 1º a 7º curso. Este grupo será llevado por el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras: El Sr. Frank Daxley.
Interesados apunten su nombre debajo.
Aburrido. Aquella fue la primera palabra que se le pasó a James por la cabeza. Muy aburrido. ¿Quién en su sano juicio querría pasar tiempo discutiendo? Discutir en opinión de James era ridículo. Y no es que no le gustasen las discusiones, porque algunas tenían su gracia. Pero eso de debatir significaba que siempre habría dos personas que no se iban a poner de acuerdo. *Bah.*Por no hablar de que asistir a esa actividad extraescolar significaría ver más horas de las necesarias a Daxley.
"Qué estupidez"
Cyrano Zabini, que acababa de garabatear su nombre, sonrió con malicia.
"Pues a tu hermano no se lo parece"
James abrió la boca, pero no llegó a decir nada. Paseó la vista por la lista de alumnos que se habían apuntado y justo debajo del de Rose Weasley, aparecía en letra pequeña y ligeramente apelotonada: Albus Potter.
James bufó con fastidio.
"Bien" gruñó, más que dijo.
Cogió la pluma y apuntó un par de nombres más. Seguro que a Shen le gustaba eso del debate.
Londres
La imperdonable, pensó horrorizado. La imperdonable había sido conjurada con su varita.
Christopher había actuado rápido. Había huído antes de que Harry Potter siquiera pudiera alzar su varita y había optado por la opción más fácil de todas; aparecerse en el Londres muggle. El St James Park era uno de sus lugares favoritos, de niño siempre habíha ido allí con sus padres y le traía buenos recuerdos. Y sobre todo tranquilidad, que era lo que más necesitaba en esos instantes. Tenía que mantener la cabeza fría, pensarlo todo con lógica, encontrar una buena solución que le sacase del problema en el que se había metido. Como buen Ravenclaw que había sido en sus tiempos en Hogwarts, Christopher Knox tenía experiencia en no perder la calma.
Se deshizo rápidamente de su túnica y la escondió entre unos arbustos, intentando camuflarse lo mejor posible en el ambiente muggle. Con unos vaqueros desgastados y una camiseta azul y algo vieja podía pasar fácilmente por un muggle cualquiera. Se despeinó el cabello dándole un aire diferente al habitual y sacó unas gafas de sol que le tapaban parte de la cara de uno de sus bolsillos. Aquello era lo mejor que podía conseguir por ahora.
Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y echó a andar a paso ligero. Sabía que podía utilizar la magia para limpiar su rastro, que podía realizar algún tipo de conjuro para que los aurores le perdieran la pista, pero se arriesgaba demasiado al hacerlo delante de tantos muggles. Y no era el momento para aquello. Por mucho que Christopher ansiase que todo el mundo se enterase de su condición como mago no podía hacerlo. Ya tenía suficientes problemas como para sumar uno más.
Escuchó el crujir de una rama a unos metros tras él y se puso en tensión, agudizando el oido. Podía sentir como alguien clavaba la mirada en su nuca y la adrenalina le recorrió de arribabajo. Giró la cabeza con cuidado y disimulo. A la derecha… nadie. Izquierda… nada. Sin embargo tras él una sombra se deslizó rápidamente y Knox pudo volver a sentir de inmediato su presencia. Era como jugar al rato y al ratón. Ahí estaba el cazador y él era su presa. Knox se estremeció y haciendo caso a su instinto de supervivencia echó a correr lo más rápido que sus piernas le permitieron.
Salió del St James Park como alma que lleva el diablo, empujando a todo aquél que se pusiese en su camino. Sin tener en cuenta los coches que por allí circulaban corrió hacia la calle que había frente y se internó en una callejuela ligeramente estrecha. Se permitió parar unos segundos para coger aliento, cerciorándose de que quien fuese que estuviese tras él (un auror, supuso) le había perdido de nuevo la pista. Sin embargo, cuando alzó la vista le dio un vuelco al corazón al ver que había alguien parado frente a él. La figura llevaba una larga capa negra, que ondeaba ante la ligera brisa del día y su cara quedaba cubierta en la penumbra.
"No te muevas, Chris"
Christopher sintió que a sus pulmones volvía a llegar el aire y se paró en seco. Tan sólo con escuchar su voz pudo reconocerlo.
"Amigo" dijo, sin aliento. Se acercó un par de pasos hacia él "Potter me está buscando, no entiendo qué demonios ha pasado… ¡Alguien ha conjurado un Aveda con mi varita!"
"No debiste salir corriendo" le regañó "¿Cómo quieres que no te tomen ahora por sospechoso?"
Christopher cerró los ojos, recriminándose su estupidez. Si lo hubiese pensado durante unos segundos habría llegado a la conclusión de que era mejor colaborar, sin embargo el miedo inicial le había jugado una mala pasada.
"Tienes que ayudarme. Yo no fui"
"Lo sé" sonrió su compañero. Apoyó una mano en el hombro de Christopher y dio un paso al frente, saliendo por fin de la oscuridad "Tú no lo hiciste. Lo hice yo"
Christopher abrió la boca, horrorizado, pero antes de que pudiese decir nada el otro hombre apretó con más fuerza su hombro, impidiéndole el movimiento. Forcejearon durante unos segundos y finalmente Christopher se deshizo de su agarre. Dio un par de pasos hacia atrás, sintiéndose desconcertado.
"¿Por qué? ¡No entraba en el plan matar a nadie!"
El otro hombre dejó escapar un suspiro cansado.
"Lo siento, amigo. A veces tienen que pagar justos por pecadores" sonrió, de manera inquietante "Son órdenes del superior" le apuntó al pecho con su varita y antes de que Christopher pudiese hacer ningún movimiento para defenderse, exclamó: "¡IMPERIUS!"
Christopher sintió que la maldición le caía como un rayo en el centro del pecho. No dolía, pero de repente se sentía fuera de sí mismo. Como si no tuviese consciencia de su propio cuerpo. Quería gritar, salir de allí corriendo, aparecerse en cualquier otro lugar del mundo, pero nada parecía responder a sus órdenes. Se sentía como una marioneta en las manos de ese hombre. Intentó resistirse, pero finalmente el Imperius venció a su voluntad y sus ojos se desenfocaron.
"Ahora, Christopher, dejarás que Harry Potter te capture. Y recuerda, tú y solo tú mataste a Richard Coop"
Christopher, sin ningún tipo de resistencia ya, asintió.
Hogwarts, exteriores.
"¿Otra vez?"
"Otra vez"
Euan Higgs miró con cierta diversión como Albus miraba al cielo y soltaba un suspiro de absoluto fastidio.
Albus no era plenamente consciente, pero la verdad era que su estado de ánimo había estado muy variable durante los últimos días. Una de las cosas que más le malhumoraba era encontrar a su prima en compañía de alguien a quien no soportaba. Y es que Scorpius Malfoy se había convertido en una especie de prolongación de Rose Weasley. Era fácil que tras las clases donde estuviera uno pudieras encontrar al otro. Discutiendo, pero siempre juntos. Como en esos instantes.
Albus entrecerró los ojos y les encontró sentados bajo la sombra del árbol más cercano al lago. Rose y Malfoy estaban cuchicheando en voz baja y con un gran libro abierto frente a ellos. Rose, que parecía llevar la voz cantante en la conversación, hacía aspavientos con las manos de manera algo irritada.
"¡Pero si es que ni siquiera se llevan bien!" se quejó una vocecilla aguda a las espaldas de Albus. Se giró y se encontró cara a cara con Ariadna Pucey.
Ella era una de las tres chicas de su curso y desde el primer día había ido pegada a Malfoy como una lapa. Ahora que el chico parecía más interesado en su prima Rose, Ariadna se había visto obligada a cambiar su compañía por la de Euan Higgs.
"Potter, tu prima es una pesada" le dijo, frunciendo la nariz en un gesto de desagrado. Agitó la melena ligeramente cobriza con aire autosuficiente y se giró dándole la espalda, de una manera muy digna "¡Vamos a la sala común, Euan!"
Euan se despidió de Albus agitando el brazo en el aire y éste, con pocas ganas, comenzó a andar hacia donde se encontraba su prima. Ella y Malfoy ni siquiera se percataron de su presencia hasta que Albus carraspeó sonoramente, atrayendo su atención.
"¡Oh, Albus!" sonrió Rose "Justo estábamos hablando del tema"
Albus frunció el ceño.
"¿Del tema?"
"¡Sí, del tema!" dijo Rose, rodando los ojos "De los fantasmas" añadió, bajando la voz.
"He llegado a una conclusión, Potter" tomó el relevo Scorpius.
"He llegado yo a una conclusión, Albus"
"Hemos llegado a una conclusión"
"Es muy poco ético atribuirte un mérito que no es tuyo, ¿sabes?"
"Como sea, Weasley" bufó Scorpius. Albus envidiaba un poco que Rose fuese la única persona en el mundo que pudiese sacar de sus casillas a Malfoy. A él más de una vez le hubiese gustado exasperarle, pero simplemente Scorpius le ignoraba de una manera tan abierta que a veces le resultaba insultante.
"¿Y me lo pensáis contar o qué?"
"Las palabras mágicas, Potter…"
Albus sonrió de manera socarrona.
"Claro. Para ti son Aveda…"
"¡Albus!" le regañó Rose "No le sigas el juego, no seas inmaduro"
Albus gruñó por lo bajo. Se cruzó de brazos y se dejó caer junto a su prima en el suelo del jardín. Ya había empezado a refrescar y quedaban muy pocos alumnos allí fuera.
"Verás, Albus" comenzó a decir Rose "Hemos estado leyendo y hemos conseguido reunir algunos datos curiosos. Como sabrás, los fantasmas son cúmulos de energía psíquica, como toda energía puede transformarse y contenerse, pero no puede desaparecer. Puesto que todo el mundo sabe que la energía se transforma pero no se destruye. Partiendo de esa ley podemos afirmar que…"
"Weasley, explícaselo en palabras que él entienda. ¿No ves la cara que se le está quedando?"
Albus enrojeció de indignación y estaba a punto de rebatir algo cuando Rose asintió, dándole la razón a Malfoy.
"¡Yo lo entiendo perfectamente!"
"Claro, Al" sonrió Rose, conciliadora "Vamos a pensar que los fantasmas son imanes, ¿vale? Y Hogwarts es…hmm una nevera. Bien…pues los imanes están pegados a la nevera de manera que no se pueden mover hacia otro sitio. Pueden desplazarse por la nevera, pero no pueden ir más allá. Pero si de repente alguien saca un imán gigante con un campo magnético mucho mayor que el de la nevera… ¿qué crees que pasaría con esos imanes?"
"Qué se despegarían"
"Y serían atraídos hacia el nuevo campo magnético" asintió Rose "Y creo que eso es justo lo que ha pasado…"
"¿Crees que los imanes...?" agitó la cabeza "Los fantasmas quiero decir. ¿Crees que están… atrapados?"
"Sí, Potter"
Albus pestañeó, confundido. Miró a su prima completamente desconcertado, como esperando que ella le diese alguna respuesta más verosímil, menos fantasiosa. ¿Fantasmas atrapados en Hogwarts? ¿Por qué? El colegio en sí era pura magia, uno de los sitios más mágicos de Europa y desde luego el más mágico de Inglaterra. ¿Qué podría tener más energía mágica que el castillo?
"¿Hay algo capaz de atrapar un fantasma, Rose?"
Rose se encogió de hombros, aunque su semblante se habíha vuelto algo preocupado.
"No lo sé. Pero si existe, sea lo que sea está en Hogwarts"
Ministerio. Cuartel de aurores.
"¿Utilizó usted la maldición prohibida contra un mago?"
"Sí"
"¿Utilizó usted la maldición prohibida contra Richard Coop?"
"Sí"
Harry se llevó la mano a la frente, se quitó las gafas y las limpió con el dobladillo de su camiseta. Desconectó durante unos segundos del interrogatorio que estaba presenciando y suspiró por lo bajo. Antes de que su compañera pudiese hacerle más preguntas al sospechoso, Harry se acercó a ella, instándola a que se levantase. Con una sonrisa de agradecimiento le aseguró que él se encargaría del resto.
"Hola, Christopher" le saludó, cuando se quedaron solos.
"Potter"
"Aunque has admitido la culpa de manera voluntaria y has aceptado tomar veritaserum, has cometido el delito más grave de todos. Le has quitado la vida a un ser humano" continuó diciendo Harry, con voz neutra. Ordenó distraídamente los papeles que había sobre la pequeña mesita y miró a Christopher directamente a los ojos. En ellos había un brillo impersonal, perdido, como si el hombre no fuese del todo consciente de lo que estaba haciendo. Harry pensó que estaba claramente perturbado "Te espera una condena de por vida en Azkabán, pero antes de que la cumplas quiero que me contestes a una cosa, ¿de acuerdo, Christopher?"
Christopher Knox se echó hacia atrás en su incómoda silla, ocultando un poco su cara del foco de luz que brillaba en lo más alto del techo.
"¿Por qué lo has hecho?"
Christopher sonrió ampliamente.
"Por el Bien Mayor"
Harry cerró los ojos ante esas palabras. Gellert Grindelwald, pensó. De alguna manera todo tenía que ver con él. De alguna manera alguien intentaba seguir su método, reivindicar los pensamientos que el mago había tenido en vida. Pero… ¿quién?
¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo habéis estado? Espero que os haya gustado este capítulo, aunque ha sido más cortito que los que suelo hacer.
Por una parte ya sabemos un poquito más de Ernest D'Argent. ¿Qué le relaciona con Albus? Bueno, eso es algo que se irá descubriendo. Pobre Albus eh, que está desperadito ya ajajá
Por otra parte Harry se las está viendo con varios problemas y alborotadores por ahí… En fin, es lo que tiene ser el jefe de los aurores.
Como siempre, se agradecen los comentarios : )