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Entre bolas de estambre y muérdago — capítulo 2
Echó las manitas atrás en un acto casi inconsciente lleno de inocencia, impulsándose con ellas dio el salto y de pura suerte cruzo la línea que dividía la madera, abrió los ojitos brillantes como diamantes y miró que en efecto, lo había logrado; alzó los bracitos regordetes en un festejo descomunal, había ganado la guerra, había logrado el puntaje más alto en los TIMO's, había salvado al mundo. La carcajada de cascabel inundó la casa entera, toda la Madriguera se estremeció bajo su alegría y ella no pudo menos que sonreír como él, estaba llena de emoción de verlo, de tenerlo y aplaudió llena de orgullo; no se le parecía, nada, en lo más mínimo, quizá sólo en los ojillos rodeados de unas débiles pero existentes pecas, pero era él, no sabía cómo explicarlo, era él.
Le tomó la mano cuando se la tendió lleno de alegría, sus piecitos torpes y pesados por los zapatotes blancos golpearon el suelo que resonó como había resonado el dolor en su corazón; tantos años, tanta pena y tanta espera, mirando la manecilla del reloj, mirándola siempre, caída, ausente y de pronto este pequeño, que con su risa perforaba el abismo y la soledad.
-Fred. -Exclamó como si la garganta lo hubiera suplicado por siglos, como si su voz estuviera ansiando desde siempre volver a decirlo y en la sala, donde todos festejaban las navidades, ella, Molly Weasley no existía.
Por primera vez en mucho tiempo, la Navidad volvía a estar completa, todos sus hijos, todas sus nueras, su yerno, sus nietos y… Fred.
Estaba ansiosa por verlo pronto correr por el jardín, gritarle a voz en cuello que soltara a las gallinas, reprenderlo por saltar desde la ventana esperando salvarse por obra y gracia de la magia que llevaba dentro; estaba ansiosa por Fred, ansiosa por recuperarlo, por volverlo a ver. Abrazó al pequeño cuando se acercó hasta ella y le tendió sus bracitos densos, sus bracitos vivos, lo prendió contra su pecho y aceptó volver a la sala, como Arthur venía pidiéndole desde hacía varios minutos.
Entre los abrazos y los besos, Molly seguía mirando fijamente a su nietecito, regodeada en ver en él la oportunidad de recuperar al otro Fred, como un fantástico regalo de Navidad; poco a poco la noche se hizo más densa y todos empezaron a retirarse, cuando George y Angelina se despidieron, Molly sintió que se le destrozaba el pecho, que perdía de nuevo al pequeño. Entonces Arthur la abrazó con fuerza para que no los mirara irse y ahí, al alzar la cara y verse reflejada en las gafas de su esposo, de su compañero de aventuras y pesadillas lo vio; Fred, su Fred, el que hacía chistes por la oreja perdida, el que bailaba en calzoncillos con su hermano en el pasillo, el que se aparecía nada más tener edad sólo para asustarla donde quiera, ese Fred iba tras su hermano, la figura grácil y sonriente de su hijo se alejaba con ellos, los protegía.
Entonces lo supo, el bebé no era Fred regresando, pero el bebé tendría esa Navidad un tío susurrándole muchas historias graciosas antes de dormir.