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Una de Piratas — capítulo 2
El amanecer llegó tras una larga y agónica noche. Al menos, así lo había sido para Hanuky. Todo parecía ser un sueño muy extraño, y la joven tenía la esperanza de despertar en un momento a otro en el mullido sofá de su salón, pero parecía tan real al mismo tiempo...
Hanuky abrió los ojos con pereza e intentó recordar dónde se encontraba y lo ocurrido anteriormente, cuando, tras la conversación a solas en la cubierta con Jack, le había sido sentenciado su destino. La tripulación del capitán Barbosa estaba condenada a vagar eternamente por la Tierra debido a una antiquísima maldición que había caído sobre él y sus hombres, como consecuencia del indebido uso que le habían dado al oro azteca robado de un viejo buque. El oro del que estaba hecho su colgante...o quizá no.
En eso consistía su misión. Descubrir cuál de las dos piezas era la verdadera. Claro que para eso, tenía que convencer primero a Barbosa de que había abandonado a Jack y presentarle su lealtad y sus buenas intenciones, que de buenas no tenían nada.
Sin duda, un trabajo delicado.
Hanuky abandonó el camarote y salió a la cubierta, inspirando con deleite el aire puro del exterior. Los hombres estaban ya en sus puestos, unos izando las velas del imponente barco, otros fregando la cubierta con un trapo viejo y tarareando -de forma desafinada-, canciones populares de jerga pirata.
-Laaaaaa vida pirata es la vida mejor, no tieeeene preocupación...-entonó uno de los más mayores. Parecía que el efecto del ron aún no había pasado.
Hanuky no pudo evitar una sonrisa en su cara y se arremangó los faldones del aparatoso vestido para avanzar, no sin dificultad, por la cubierta. Iba buscando desesperadamente a Jack, sin percatarse de que parte de la madera estaba húmeda por aquel arrebato de limpieza tan poco oportuno. Así, cuando pudo divisar al pirata a unos metros, junto al timón y mirándola intensamente, resbaló de forma inesperada ahogando la intención de gritar su nombre, y cayó con estrépito al suelo.
La lluvia de risas que siguió a su torpeza, le hizo ruborizarse. Poco después, Ana le tendió una mano y la ayudó a levantarse y recuperar la poca dignidad que le quedaba.
-¿Estás bien?.-le preguntó su amiga.
-Perfectamente.
-Jack quiere hablar contigo; deberías ir.
Hanuky asintió y se dirigió con paso inseguro hacia aquel hombre tan particular. Había visto a lo largo de toda la saga cinematográfica, las originales ocurrencias del Capitán Sparrow. Su aspecto y actitud habían conseguido que se convirtiese en su personaje favorito por excelencia, y aunque no era el típico príncipe azul de las comedias románticas, Jack tenía algo que lo hacía irresistible. Pero era totalmente diferente admirarle platónicamente a pasar a estar delante de él, en carne y hueso, y sentir sus poderosos ojos oscuros posarse sobre los suyos.
-¿Querías verme?
Jack se dio la vuelta tranquilamente y le hizo un gesto a uno de los tripulantes para que lo sustituyese al timón. Posteriormente, guió a la joven hacia la parte sur de la cubierta.
-Tanto como vos a mí.-le guiñó un ojo.-He visto que me buscabais antes de que mi mirada os hiciese perder el equilibrio.
-¿QUÉ INSINÚAS?
El pirata sonrió mostrando un par de piezas de oro en los premolares.
-No tenéis por qué avergonzaros. Siempre provoco el mismo efecto en las mujeres. No sois la primera, ni seréis la última.
-Para tu información, no me había dado cuenta de que estaban limpiando.
-Porque pensabais en mí.
El rostro de Hanuky adquirió un tono escarlata por la rabia que sólo aumentó la satisfacción de Jack, pero antes de que la chica pudiese responderle con un violento improperio -o más de uno-, uno de los miembros de la tripulación, un hombre bizco con una venda en la mano derecha, interrumpió su conversación.
-Jack, estamos llegando.
El interpelado hizo una reverencia burlona a la joven.
-Si me disculpáis...
A continuación comenzó a dar órdenes a los piratas para una maniobra marítima. Prepararon un bote de madera con remos que más bien parecía una cáscara de nuez para echarlo al mar. Estaba algo removido: las olas se agolpaban violentamente contra el casco del Interceptor con fiereza. Hanuky tuvo un mal presentimiento. Se acercó a la borda y oteó tierra a apenas setenta metros.
-¿Adónde diablos...?
Jack apareció de nuevo y alzó su sombrero con elegancia para despedirse de la tripulación.
-Volved en un par de días.
Algunos piratas no estaban seguros de dejar a su capitán, pero obedecieron sin rechistar.
-A sus órdenes.-anunciaron al unísono.
-¿A qué juegas? -el corazón de Hanuky estaba a punto de explotar.
-Te lo explicaré todo cuando lleguemos a la isla, ahora no tenemos tiempo.
-¿"Lleguemos"? ¿te refieres a...?
-Nosotros.
Eso sí que no. Hanuky se negaba a pasar cuarenta y ocho horas completas con aquel pirata. Estarían solos, sin nadie. ¡Y ni siquiera la había avisado!
-Estás muy equivocado si crees que...
Sin embargo, no pudo continuar. Y es que con Jack no servían las palabras. Era un hombre de acción, y como tal, puso los ojos en blanco y agarró a la joven con fuerza, se la cargó a hombros y saltó al bote, que descendió ligeramente mediante la ayuda de unas recias cuerdas, mientras a bordo, los despedían con nostalgia.
Hanuky no paró de moverse y retorcerse en brazos de Jack hasta que se encontraron a unos metros del barco, sólo guiados por las garras del mar, que los enviaban directamente a la orilla de la playa de la isla. Entonces el pirata la soltó para coger en su lugar un par de remos y acabar el trayecto hacia la arena. La joven admiró cómo el buque marchaba paulatinamente en la distancia, perdiéndose en la lejanía.
De repente, su mente recordó una de las preguntas de un test de los muchos que había hecho alguna vez de las revistas de adolescentes: "Si naufragases y pudieses elegir a alguien para acompañarte, ¿a quién te llevarías a una isla desierta?"
La última persona en la que hubiese pensado, era Jack Sparrow.