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Chantaje a una inocente — capítulo 3

Capitulo3 -¡Alec! —Dijo ella, riendo. El hombre la alzó en el aire con un abrazo y entonces le dio un fugaz beso en los labios. —Deja que te vea. Dios mío, estás más guapa que nunca,Bella. ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Dos, tres años? —Algo así. ¿Pero qué estás haciendo aquí? —le preguntó ella —. Pensaba que todavía estabas buscando mariposas en el Amazonas. Te imaginaba devorado por insectos carnívoros. -Sí, bueno, no tanto, pero tampoco andas muy desencaminada. Ya me conoces. Nunca he podido soportar el calor. —No me extraña —dijo ella, arqueando una ceja—. Ya te lo advertí, Al. Su amigo tenía una piel mucho más clara que ella, casi transparente. Se conocían desde el colegio. Dos castaños con nombres raros... Habían congeniado desde el principio y juntos les habían hecho frente a los matones gordinflones que acechaban en primaria. Al era la única persona que se atrevía a llamarla por su verdadero nombre de pila. Desde el primer año de primaria ella le había prohibido a todo el mundo que la llamaran Isabella, incluso a sus padres. Prefería que la llamaran bella .En la adolescencia habían soñado con tomarse un año sabático durante la universidad para viajar por todo el mundo, empezando por Sudamérica. Al quería buscar mariposas y bella  siempre había soñado con visitar el MachuPicchu. Pero entonces su madre había enfermado de cáncer y el sueño de bella  se había acabado antes de empezar. Sin embargo, aún albergaba la esperanza de llegar a conocer aquel paraje maravilloso algún día. —Bueno, ¿qué es de tu vida? —le preguntó, encantada de volver a verlo. -Trabajo en la empresa de la familia con mi padre. Acabamos de almorzar y estábamos a punto de irnos cuando te vi. ¿Qué me dices de ti? ¿Todavía sigues estudiando a los Clásicos? —le preguntó con una sonrisa. -Sí —dijo ella, devolviéndosela con entusiasmo. -Tengo que irme, pero dame tu número. Te llamé al viejo, pero no hubo suerte —se sacó el móvil del bolsillo e introdujo el número de bella .Edward  Cullen había visto y oído bastante, y lo del número de teléfono era la gota que colmaba el vaso. -bella, cariño —se puso en pie y se paró a su lado—. Tienes que presentarme a tu amigo —le dijo, atravesando al joven con su mirada de acero. Recordando de pronto con quién estaba, la joven lo presentó rápidamente y el pobre Al, tan cordial como siempre, aguantó con paciencia un feroz apretón de manos.«¿Y qué es eso de llamarme «cariño»?», se preguntó bella, escandalizada. —Encantado de conocerle, señor Cullen —dijo Al, tan cortés como de costumbre—. Es una pena que nuestro encuentro tenga que ser tan breve —miró a bella con una disculpa en los ojos—. Lo siento, no puedo que darme, bella . Ya conoces a papá. Me está esperando fuera, deseando volver al trabajo. Pero te llamaré la semana que viene. Podemos cenar y recuperar el tiempo perdido. ¿Qué me dices? Bella le sonrió con cariño. —Muy bien. Me parece perfecto —dijo y le vio marchar a toda prisa. Justo cuando volvía a sentarse a la mesa, llegaba el camarero con el café. Cuántos recuerdos de tiempos mejores...La mente de bella viajó al pasado en un abrir y cerrar de ojos. Al era su mejor amigo y siempre la había defendido cuando lo necesitaba. Solían ir juntos a todas las fiestas de cumpleaños y pasaban largas tardes de verano en la piscina de su casa de Sandbanks, una magnífica mansión Art déco de los años treinta, situada junto a Poole Harbour. Él había sido el primer chico que la había besado, pero las cosas no habían llegado mucho más lejos y finalmente se habían dado cuenta de que eran como hermanos. Sin embargo, al terminar el instituto se fueron distanciando poco a poco. Ella se fue a la universidad de Exeter y Al se marchó a Oxford a estudiar Botánica, muy en contra de los deseos de su padre. Desde entonces habían logrado mantener el contacto y a veces se veían en vacaciones, pero después del accidente de su madre, las cosas fueron a peor. Alguna vez hablaban por teléfono, pero ya apenas quedaban como antes, a no ser por un encuentro casual, como había ocurrido ese día. —Muy conmovedor —dijo una voz burlona, sacándola de sus pensamientos—. Al es un viejo amigo, ¿no? ¿O debería decir amante? Bella miró a Edward  de reojo y notó la rabia latente que bullía en sus pupilas. —Piensa lo que quieras. No es asunto tuyo.    —Sí que lo es. Cuando invito a comer a una mujer, espero que se comporte como tal. No espero que se arroje a los brazos de un hombre sin el menor decoro. La verdad es que lo del «Isabella, mi cielo» me ha sorprendido bastante. Bella  se quedó  sorprendida durante un instante y entonces se echó a reír. Durante el colegio le habían puesto toda clase de motes; Todavía era capaz de recordarlos casi todos. Sin embargo, lo que el había entendido ya era demasiado.«Isabella  mi cielo...», pensó, riéndose a carcajadas. —Me alegro de que te parezca divertido, pero a mí no me lo ha parecido en absoluto —dijo él, poniéndose cada vez más tenso. Bella decidió no hacerle sufrir más. —Te has equivocado. Al no me llamó «isabella mi cielo» —le dijo—. Mi nombre de pila es Isabella —le dio la pronunciación correcta, sílaba a sílaba—.Isabella .Los verdes ojos de Edward se llenaron de confusión y curiosidad. No sabía si creerla o no. -Isabella —dijo, probando el sabor de aquel nombre exótico —. ¿De dónde viene? -Es italiano. Cuando mi madre estaba embarazada de mí pasó los últimos cuatro meses en cama, y leyó muchos libros de Mitología. Y entonces le contó la leyenda.  Su corazón latía sin control y no era capaz de sostener aquella mirada aguda. De repente, el rostro de Edward Cullen se había transformado gracias a una sonrisa radiante que le hacía más joven. La joven no pudo evitar sonreír.-Creo que fue la última fábula que leyó antes de salir de cuentas y, desafortunadamente para mí, se le quedó en la cabeza.   Edward sacudió la cabeza y buscó el equivalente en inglés de lo que quería decir —. Tu belleza es única. No... Demasiada mística para «bella» —dijo con convencimiento—.Isabella te queda mucho mejor. Ella lo miró con ojos risueños y escépticos. —Pero yo prefiero bella. De hecho, insisto en que me llamen así. Así que quedas advertido. Si me llamas Isabella , te ignoraré por completo. —Muy bien... bella . Pero me sorprende que tu madre pudiera convencer a tu padre para llamarte así. Los contables no se caracterizan por dejar volar la imaginación. La luz que brillaba en la mirada de bella  se apagó bruscamente. -No tuvo que hacerlo. Mi padre se casó con ella porque la dejó embarazada. Ella tenía dieciocho años y él treinta y cinco. Por lo visto se molestó tanto cuando el médico le dijo que ella no podría tener más hijos, que el nombre que iban a ponerme le dio igual. Sorprendido ante una revelación tan íntima, Edward se dio cuenta de que ella le guardaba un profundo rencor a su padre. -Creo que deberíamos irnos —dijo ella de pronto—. Somos los únicos clientes que quedan en el restaurante. Edward miró a su alrededor y se dio cuenta de que tenía razón. No se había dado cuenta de que estaban solos hasta ese momento. -Termínate el café y nos vamos —le dijo, haciéndole señas al camarero. Le entregó una tarjeta de crédito y un fajo de billetes para la propina, se acabó la taza de café y se puso en pie. Era evidente que el dinero no era suficiente para la encantadora  Isabella. Ella era de las que querían acaparar toda la atención de los hombres de su vida. Sin embargo, las mujeres absorbentes y exigentes no eran para él; razón demás para no volver a verla. Dejó que el conductor la ayudara a subir a la limusina y rodeó el vehículo para entrar por el otro lado. Ella ejercía un efecto mágico sobre él, pero su instinto masculino le decía que no debía relacionarse con una chica así, por su propio bien. —¿Dónde quieres que te deje? —le preguntó, una vez sentado a su lado —.¿En Bond Street? ¿Harrods? —sugirió, con un toque de cinismo. —Harrods está bien Edward sonrió con satisfacción. Un arrebato de compras era todo lo que una mujer necesitaba para recuperar la alegría. Pero entonces ella levantó la vista y ya no pudo resistirse. Le rodeó la cintura con el brazo, enredó la otra mano en sus rizos de chocolate y la hizo levantar la barbilla. -¿Qué estás haciendo? —Preguntó ella. -Oh, creo que lo sabes —susurró él, cubriendo sus labios con un beso apasionado. Bella se sobresaltó al sentir su mano alrededor de la cintura y trató de rehuirle. En aquel rostro oscuro y hermoso había una intención inconfundible. Iba a besarla. El pulso se le aceleraba a medida que él se acercaba, derrochando poder y virilidad. Durante un instante, se sintió tentada de dejarse llevar por lo que él le ofrecía, pero bien sabía que hacerlo iba a ser un gran error. No tenía tiempo para tener una aventura con Edward Cullen, o con ningún otro hombre, aunque hubiera querido. Levantó las manos para empujarle, pero ya era demasiado tarde...La cálida boca de Edward conquistó la suya con una sensualidad que la confundía y la cautivaba al mismo tiempo. Cerró los ojos y entreabrió los labios casi de forma involuntaria, dejándole entrar con la lengua. Aquellos labios expertos en el arte de la seducción obraban maravillas y la embriagaban hasta el punto de hacerla olvidar sus reparos y desarmarla por completo. Ella nunca había experimentado nada así. Mareada ante tanta sensualidad y excitación, se entregó a aquel beso y le devolvió toda la pasión que él le daba con avidez. Pequeños gemidos de arrepentimiento escapaban de sus labios, pero éstos no tardaron en convertirse en suspiros de placer al sentir los labios de él a lo largo del cuello y más abajo... De repente, sintió una mano por debajo de la blusa; unos dedos largos y firmes se deslizaban por debajo del suave encaje de su sujetador hasta abarcar uno de sus pechos. El dedo pulgar jugueteando con el pezón... Y entonces volvió a besarla y bella se quedó atrapada en el embrujo de su sabor, sus caricias; hundiéndose más y más en aquel mar erótico de besos que jamás había conocido. Con la otra mano, Edward comenzó a acariciarle el muslo más y más arriba...bella se estremeció. Estaba ardiendo por dentro y una sed desconocida la consumía por dentro. De repente, él se apartó bruscamente. —¿Qué sucede? —Preguntó ella, desconcertada. -Ya hemos llegado a tu destino. Harrods. Aquella voz seria e impasible atravesó de un golpe la neblina de placer que la obnubilaba. La joven bajó la vista y, avergonzada, se arregló la parte superior del vestido. El silencio se hizo largo y pesado y ella hizo todo lo posible por no volver a encontrarse con su mirada, pero, finalmente, no tuvo más remedio que buscar sus ojos. Él la observaba con un atisbo de sonrisa en los labios. -Podemos seguir después. Cena conmigo esta noche. -No —dijo ella abruptamente y se alisó la falda, que se le había subido hasta los muslos. -Entonces mañana por la noche — insistió él. —Lo siento, pero no. Me marcho el fin de semana. -Pues cancélalo y pasa el fin de semana conmigo —le dijo con arrogancia. Ella lo miró con perplejidad. -Ésa es una sugerencia inaceptable y, desde luego, no la consideraría ni por un instante —le espetó—. Y se lo prometí a mi madre. -La lealtad hacia tu madre es un rasgo que te honra. Podemos cenar el lunes por la noche. Por suerte en ese momento el conductor abrió la puerta de la limusina y la ayudó a salir. Al incorporarse se detuvo un instante y volvió la vista hacia Edward. Sus buenas maneras siempre prevalecían.   -Gracias por la comida, señor Cullen, y por traerme de vuelta —dijo en un tono formal—. Adiós —dijo y se marchó a toda prisa