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Chantaje a una inocente — capítulo 4

Capitulo 5 Edward la observó mientras se alejaba por la acera. En vez de entrar en la tienda, siguió calle abajo. —Siga —le dijo al conductor, sonriendo para sí mismo. No iba a creerse esa historia de que iba a pasar el fin de semana con su madre. Irse de fiesta. Eso le quedaba mucho mejor, sobre todo por las oscuras ojeras que asomaban debajo de sus increíbles ojos chocolate. Definitivamente no era su tipo en absoluto. Y sin embargo...Regresó al despacho de swan y miró a Emmett. Éste sacudió la cabeza lentamente. Swan todavía no sabía que iban a por él. Muy bien. -Su hija y yo hemos tenido un almuerzo muy agradable, señor Swan. Ella me pidió que la dejara en Harrods, pero me fijé en que no entró en la tienda. -Ya sabe cómo son las jóvenes de hoy en día, siempre están cambiando de opinión —dijo Charly swan con una sonrisa forzada—. Yo le compré un estudio en Kensington y no está muy lejos de Harrods. Seguramente decidió volver a casa a pie. Edward conocía Londres como la palma de su mano y sabía que un piso en el barrio de Kensington no podía salir barato. Una chica afortunada. Un padre cada vez más culpable...bella  entró en el aparcamiento de la residencia de adultos, paró el motor y levantó la vista hacia el enorme edificio .La piedra clara estaba cubierta de una enredadera de un intenso color rojo que refulgía a la luz del sol. Estaban a mediados de junio y hacía un día glorioso, pero una nube negra nublaba su corazón. Durante un instante, cruzó los brazos por encima del volante y dejó caer la cabeza. Tenía que hacer acopio de fuerzas para esbozar una sonrisa ante su madre, pero era duro, muy duro... Sobre todo después de conocer el último diagnóstico del médico. Tal y como había imaginado, su padre no la llamó la noche anterior y no logró ponerse en contacto con él hasta esa misma mañana. Cullen seguía en la empresa y no podía escaparse el fin de semana. Sin embargo, por una vez la excusa era auténtica.   Levantó la vista, respiró hondo y se secó la lágrima que se deslizaba por su mejilla. Por lo menos ese día no tendría que mentirle a su madre respecto a su padre. Cinco minutos más tarde, forzando una sonrisa, entró en la habitación de su madre con un saludo entusiasta. Desde su silla de ruedas, la señora Swan la recibió con una sonrisa expectante. Su rostro, aunque hermoso todavía, mostraba los estragos de dolor. Su cabello ya no era del castaño más intenso. Después de la quimioterapia se había vuelto negro claro y poco tiempo después había empezado a encanecer. Sin embargo, su madre jamás se había rendido y, allí estaba, con su maquillaje y sus labios pintados. Bella fue hacia ella. Seguramente se había arreglado porque esperaba ver a su marido, pero, una vez más, iba a llevare una decepción. La joven se tragó el nudo que tenía en la garganta y le dio un suave beso en la mejilla. La enfermera le había puesto el vestido de verano que ella le había comprado en Londres la semana anterior. Siempre que iba a visitarla procuraba llevarle algún regalo; algo de ropa, una caja de bombones... Esa semana le había llevado un libro de Mitología que había encontrado en una tienda de segunda mano. Se trataba de un ejemplar muy antiguo; todo un hallazgo que databa de 1850 y decorado con magníficas ilustraciones. —Muchas gracias, hija mía. Tú siempre me tienes presente —le dijo su madre con una sonrisa feliz—. ¿Y tu padre? Bella sintió una punzada en el corazón al ver cómo cambiaba la expresión de su madre. —No puede venir, mamá. Tenía unos compromisos ineludibles en la empresa. Trató de arreglarlo un poco explicándole que se trataba del nuevo dueño del a empresa y también le contó que había tenido ocasión de conocerlo personalmente en el despacho de su padre. La señora Swan pareció quedarse algo más tranquila y algo más tarde Bella sugirió un paseo por el jardín, así que pasaron una hora recorriendo los agradables rincones de la finca de la residencia.***bella  suspiró al entrar por fin en casa después de un largo lunes de trabajo. Había pasado todo el fin de semana con su madre y, después del ajetreo de los últimos días, estaba agotada. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella. El día se había vuelto muy caluroso y, además de cansada, se sentía pegajosa y molesta. Miró a su alrededor. ¡Cuánto odiaba aquel estudio! Su padre había vivido en él durante años debido a que su trabajo le obligaba a vivir en Londres y, después del accidente de su madre, había accedido a dárselo a su hija a cambio de que se vendiera la casa familiar de Bournemouth. Él se había comprado un piso de tres dormitorios en NottingHill y había ingresado a su esposa en la residencia. Bella jamás habría aceptado, pero su madre, tan inocente y buena como siempre, pensaba que se trataba de un regalo desinteresado y, con tal de no herirla, terminó cediendo ante su padre. Sin embargo, todas sus amantes habían pasado por allí y eso era algo que no la dejaba dormir tranquila. Nada más mudarse al piso, había tenido que soportar las incesantes llamadas de todas aquellas descaradas y al final no había tenido más remedio que cambiar el número. Dejó el bolso en el sofá y se dirigió a la cocina. Una taza de café, un sándwich, una buena ducha... y a la cama. Tras comprobar el nivel del agua de la cafetera, la puso en marcha, sacó un bote de café soluble y, justo en ese instante, oyó sonar el teléfono. Un vuelco en el corazón. Podía ser de la residencia de su madre. Rápidamente fue a contestar. -¿Hola? Soy bella. ¿Qué ocurre? —Preguntó, asustada. —No pasa nada —dijo una voz profunda con una risotada—. Soy Edward. Bella casi tiró el teléfono al suelo. —¿Cómo has conseguido el número? -Muy fácil. Tu padre me dijo que vivías en Kensington. No fui tan atrevido como para pedirle el número, pero apareces en la guía. -¿Has revisado toda la lista de los Swan? Debes de haber hecho cientos de llamadas antes de encontrarme. —No. Resulta que sólo hay unos pocos, y el tuyo fue el primero que probé. Es que tengo mucha suerte, Bella .Ella guardó silencio. ¿Cómo se podía ser tan pretencioso? —Bueno, sobre lo de esta noche —dijo—. He reservado mesa para las ocho—mencionó un conocido restaurante de Mayfair —Espera un momento —dijo bella , enojándose por momentos—. Nunca he dicho que fuera a cenar contigo, así que, gracias, pero no. Tengo que lavarme el pelo —le espetó en un tono mordaz y colgó el teléfono. Con el corazón desbocado, trató de respirar hondo varias veces para controlar la rabia. El agua ya estaba hirviendo, así que se sirvió una taza de café. Las manos no paraban de temblarle. ¿Qué le estaba ocurriendo? Cansancio, puro cansancio. Ésa era la respuesta. Debía de tener las defensas bajas y los nervios a flor de piel. Un rato más tarde, recién duchada y envuelta en un aterciopelado albornoz, salía del baño hacia el salón cuando el teléfono volvió a sonar. «Dios mío, no será Cullen  de nuevo...», pensó para sí. Se desvió hacia la cocina y respondió en un tono seco y prudente. —¿Sí? -bella! ¿Qué bicho te ha picado? —Preguntó una voz muy familiar. -¡Alec! —exclamó ella, echándose a reír—. Pensaba que era otra persona. —No será el tipo con el que te vi almorzando. —Has dado en el clavo. -bella , ten cuidado. Le comenté a mi padre que lo había conocido. Según lo que me dijo no es una buena idea mezclarse con ese tipo. Por lo visto, es un hombre muy poderoso. Muy pocos lo admiran; la mayoría le teme. Le conocen como el tiburón de los negocios. Es un hombre brillante y peligrosamente astuto. Cullen Holdings es una de las pocas empresas que apenas se ha visto afectada por la recesión, sobre todo gracias a su implacable dueño, que cierra empresas a diestro y siniestro para vender sus activos. Ese hombre tiene muy buen ojo para las finanzas y siempre sabe  qué empresas van a salirle rentables. Es dueño de varias explotaciones mineras en Sudamérica y en Australia, tiene un par de petroleras, muchísimos terrenos y Dios sabe qué más. Tal y como me dijo mi padre, todo su patrimonio se compone de activos rea-les, nada de acciones u otros valores efímeros. Y en cuanto a su vida privada, no se sabe mucho de él excepto que ha salido con unas cuantas supermodelos. —Ya lo sé. Y no te preocupes. Le dije que no iba a cenar con él. Lo de la comida fue algo inesperado que no se volverá a repetir —Me alegro. ¿Entonces cenas conmigo mañana? He reservado mesa para las nueve en un sitio de moda, pero la chica a la que iba a invitar no puede venir. —¡Vaya! A mí nunca me ha gustado ser plato de segunda mesa —le dijo bella en un falso tono de enfado y entonces se echó a reír—. De acuerdo. Charlaron durante un rato más y, después de colgar, bella se puso a ver la televisión. Una hora más tarde, somnolienta y agotada, estaba terminando de ver su serie de suspense favorita cuando llamaron a la puerta. El edificio tenía conserje y el intercomunicador no había sonado en ningún momento, así que tenía que ser la señora Telford, que vivía al otro lado del pasillo. La anciana solterona era muy despistada y solía olvidar las llaves con frecuencia, así que bella  le guardaba un juego de repuesto para esas ocasiones .La joven se levantó, estiró las extremidades y, tras apagar la televisión, fue hacia la puerta sin ninguna prisa. —¿Ha vuelto a olvidar las llaves, se rió...? ¡Tú! —exclamó, estupefacta. No era la señora Telford, sino Edward Cullen .En una mano tenía una especie de nevera y con la otra sostenía un ramo de rosas. —Una mujer sincera... Era verdad que ibas a lavarte el pelo —le dijo, mirando su cabello húmedo de la ducha—. Pero, con el pelo lavado o no, imaginé que tendrías que cenar algo. Son para ti —le dio las flores y entró en el apartamento sin invitación alguna. Perpleja, bella no fue capaz de reaccionar a tiempo. Agarró las flores y las miró con los ojos como platos.—Una casa muy agradable —le dijo, poniendo la nevera sobre una mesa y dándose la vuelta hacia ella. Todavía sin palabras, ella lo miró de arriba abajo. En lugar del impresionante traje de firma con el que lo había conocido, en esa ocasión llevaba una camisa blanca de algodón y unos vaqueros que acentuaban la firmeza de sus poderosas caderas, moldeando sus atléticos muslos y sus piernas largas. Los botones del cuello estaban desabrochados...De pronto, una ráfaga de aire inesperada cerró la puerta de entrada con gran estruendo. Bella  se sobresaltó. —El conserje no me ha avisado, así que, ¿cómo demonios has entrado? —le preguntó, clavándole la mirada. Él sonreía de oreja a oreja con desenfado. —Le dije que eras mi amante y que hoy cumplíamos un mes, y también le dije que quería sorprenderte con champán y rosas y con una cena íntima. Tu conserje es un romántico empedernido, así que no pudo negarse. Además, la propina fue de gran ayuda —añadió con cinismo. Bella sacudió la cabeza y levantó las cejas. Nadie rechazaba a Edward Cullen  ,pero ella iba a ser la excepción. —Entonces me temo que va a perder su trabajo, porque yo no te he invitado a entrar. Quiero que te vayas ahora mismo. O te vas o te echo fuera... —lo atravesó con la mirada. La llama del deseo más primario ardía con virulencia en el fondo de aquellas oscuras pupilas... El la miraba como si la desnudara con la vista y la tensión espesaba el aire por momentos. A bella le costaba mucho respirar y una ola de calor ardiente la recorría por dentro. Edward Cullen llenaba aquel pequeño estudio con su sola presencia y, por mucho que intentara resistirse, ella se sentía cada vez más atraída por aquel magnetismo especial. Sus ojos oscuros se detuvieron un instante en las solapas entreabiertas del albornoz que llevaba puesto, y ella se apretó el cinturón de forma instintiva, recordando que estaba desnuda por debajo. -Sé que no le harías perder su trabajo —le dijo de repente. Ella le observaba con las mejillas rojas.-Sé que nunca actuarías así, bella—añadió con convencimiento—. Y en cuanto a echarme de la casa, no creo que puedas, pero puedes intentarlo, si quieres —fue hacia ella, abriendo los brazos—. Sería algo digno de verse —le dijo, sonriendo—. Inténtalo, a ver si puedes. Bella sabía que se estaba riendo de ella descaradamente. —Muy gracioso —le dijo y apartó la vista, sabiendo que no había mucho que hacer. Sin embargo, al echarse a un lado, le rozó el antebrazo con el ramo de flores, que aún tenía alguna espinita... -¡Eso me ha dolido! —exclamó él. Bella se rió suavemente y escapó rumbo a la cocina para poner las flores en agua. Sacó un jarrón de un armario, lo llenó de agua y puso las rosas dentro. Eran preciosas. De repente se sintió un poco culpable por haberle pinchado con ellas —¿Entonces hay tregua? —preguntó él, entrando por detrás de ella. La joven se dio la vuelta de golpe. Estaba demasiado cerca, demasiado... —Ya me has dejado sin una gota de sangre —le dijo, enseñándole el brazo. Bella bajó la vista y contempló la pequeña herida con horror. —Lo siento. Deja que te ponga una venda... —le dijo al ver el hilo de sangre que le corría por el brazo. -No es necesario. Pero lo menos que puedes hacer para compensarme es cenar conmigo. Ella levantó la vista y lo miró con escepticismo. No confiaba en él, y mucho menos en sí misma.-Sólo quiero cenar. —Muy bien —dijo ella finalmente. —De acuerdo —dijo él, sacando un par de vasos del armario que ella había dejado abierto—. Yo me ocupo del vino y tú de los cubiertos. Ya tenemos todo lo demás. -Muy bien. ¿Quieres comer aquí? —preguntó ella, mirando la mesa plegable y las dos banquetas de la cocina—. Es un poco pequeño. Tiene que ser aquí o en el salón. -Entonces en el salón —dijo él, dando media vuelta. Por fin sola, aunque solo fuera por un instante, bella abrió un cajón, sacó unos cubiertos y se preguntó una y otra vez en qué se había metido. El recuerdo de aquel beso ardiente que habían compartido no la dejaba tranquila y no podía negar que él la perturbaba de la manera más primitiva. Sin embargo, ¿qué había de malo en cenar con él? Una hora más tarde, después de degustar un delicioso tiramisú para el postre, bella  se convenció de que no había peligro. En realidad, la velada había sido muy agradable y entretenida gracias a las divertidas anécdotas de Edward . Además, la comida era exquisita. Al llegar al salón con los platos y los cubiertos, se había encontrado con una deliciosa cena compuesta de diversos manjares: pasta, pan recién hecho y crujiente, ternera a la Milanesa, una suculenta ensalada, y también el postre. -Una cena estupenda —dijo la joven al terminar, mirándolo de reojo. Él estaba sentado en el sofá junto a ella, con las piernas estiradas y una copa de vino en la mano. -Un sándwich de queso y una manzana no pueden ser sustitutos para una buena cena —añadió, bebiéndose de un trago el vino que quedaba en su copa. En ese momento, le sobrevino un bostezo. Demasiado vino y poco descanso. -Gracias —murmuró, tapándose la boca. —Ha sido un placer —dijo él, volviéndose hacia ella y esbozando una sonrisa. Sus miradas se encontraron y ella sonrió con cansancio, sintiéndose a gusto con su presencia. De repente él reparó en sus pechos, escondidos tras el suave tejido del albornoz, y entonces ella apartó la vista, ruborizada. -Creo que deberías irte. Estoy muy cansada —le dijo, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón. —Bueno, dame las «gracias» como es debido y me iré —le dijo él en un susurro, dejando el vaso de vino sobre la mesa.  Un bostezo no era la típica reacción que él solía causar en las mujeres, pero ella parecía realmente exhausta. Las ojeras que tenía debajo de los ojos eran cada vez más oscuras.-Con un beso será suficiente —añadió, rozando su cuello palpitante con las yemas de los dedos para después enredarlos en sus aterciopelados rizos. —Muy bien, siempre y cuando seas consciente de que no habrá nada más , Edward —dijo ella, mirándole con firmeza y cautela. —Por supuesto. No haría nada que tú no quisieras. Ella se acercó lentamente, rozándole el muslo, y le dio un beso en la mejilla. -¿A eso lo llamas «beso»?Antes de que pudiera apartarse, la agarró de la nuca y la besó con toda la pasión que se desbordaba en su interior. Ella se resistió un instante, pero no tardó en responder tal y como él esperaba, agarrándole de los hombros. Y entonces él comenzó a besarla con más ardor, probando su sabor caliente y dejándose envolver por el aroma de su cuerpo. Deslizó una mano por dentro de la solapa del albornoz que ella llevaba puesto y la apretó contra su cuerpo. Ella se estremecía en sus brazos. Cuando por fin se apartó, ella gimió y aquellos fabulosos ojos chocolate le pidieron más con una simple mirada. -Confía en mí, bella —murmuró él—. Todavía puede ser mejor. La hizo apoyarse sobre sus muslos y comenzó a acariciarle los pechos; jugueteando con los pezones.-¿Te gusta? —le preguntó, contemplando su expresión de placer—. Déjame verte, bella. Déjame ver cómo eres —le susurró, abriéndole el albornoz un poco más. Ella no sabía qué hacer o decir. Las sensaciones que bullían en su interior le eran totalmente desconocidas y el hombre que tenía ante sus ojos era el responsable. Aquellas palabras aterciopeladas vibraban dentro de su cuerpo y el deseo más primario humedecía cada centímetro de su piel. Jamás se había desnudado delante de un hombre, pero, de repente, era lo que más deseaba. Más tarde podría echarle la culpa al vino y al cansancio, pero jamás se había sentido tan viva y despierta en toda su vida. -Sí... —susurró finalmente. Él le desató el cinturón, le quitó el albornoz de los hombros y entonces empezó a acariciarla; primero el cuello, después los pechos, la curva de su cinturilla de avispa, las caderas, el vientre... -Eres perfecta... Más hermosa de lo que jamás imaginé. Halagada, bella deslizó una mano por dentro de su camisa y palpó sus pectorales, duros y varoniles. Un corazón de hierro latía acelerado bajo las palmas de sus dedos; y ella era la culpable.-Oh, sí... —murmuró él al sentirla y entonces cubrió uno de sus duros pezones con los labios, mordisqueándolo al tiempo que le palpaba la entrepierna, buscando los suaves rizos que guardaban el centro de  su feminidad. Un tsunami de sensaciones la sacudió de pies a cabeza, encendiendo un fuego que la hizo perder la cordura sin remedio. Agarrándole de la camisa, se la arrancó del pecho y deslizó las manos sobre su torso bronceado, deleitándose en la firmeza de su piel, y clavándole las uñas con desenfreno. Edward  emitió un sonido gutural y, tomándola en brazos, la llevó al dormitorio. Terminó de quitarle el albornoz y la tumbó en la cama. Bella lo observaba con expectación, deseando contemplar su masculinidad en todo su esplendor. Y entonces, por fin, él comenzó a desvestirse, descubriendo su magnífico cuerpo poco a poco.