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Chantaje a una inocente — capítulo 5

Capitulo5 Una tez dorada y aterciopelada, hombros anchos, un pecho fornido y musculoso, un vientre plano y... Ruborizada, bella contuvo el aliento al ver su potente erección y, por un instante, se preguntó qué estaba haciendo. Sin embargo, él no le dio tiempo para arrepentirse y, apoyando una mano a cada lado, se inclinó sobre ella sin tocarla. Otro beso apasionado... Y después empezó a masajearle los pechos con avidez, apretándole los pezones con la punta de los dedos. -Oh...—exclamó bella, arrollada por una ola de emociones. — ¿Te gusta? —le preguntó él, sonriendo. Sin palabras, ella asintió con la cabeza y lo agarró del brazo. El se tumbó a su lado y le apartó unos cuantos mechones de la cara. La joven podía sentir su palpitante miembro erecto contra el muslo, pero, sorprendentemente, no tenía miedo. Aquel hombre maravilloso la deseaba. —Dime qué más te gusta, bella .Él la acariciaba por todas partes y ella lo miraba con devoción. —Me gustas tú —le dijo sin pensar. Él la observó un momento con los ojos inflamados por la pasión. Deslizó una mano sobre su vientre plano hasta llegar a la entrepierna y buscó sus labios más íntimos, húmedos y calientes. -Oh, sí... —susurró bella, gimiendo y meneándose debajo de él. -Esto es lo que quieres —susurró él contra su cuello. La joven abrió los ojos. El espejo de la puerta del armario reflejaba dos cuerpos desnudos y entrelazados que se movían al compás de un baile erótico. —No. ¡Oh, no! —Gritó de repente y le empujó con todas sus fuerzas, apartándole con brusquedad. —¿Qué? —preguntó él, desconcertado. Ella se levantó de la cama a toda prisa, se puso el albornoz y regresó al salón. El corazón casi se le salía del pecho. Tremendamente excitado y furioso, Edward contó hasta cien. Ninguna mujer lo había rechazado en la cama; ninguna excepto... Ya ni siquiera podía pronunciar su nombre. ¿Pero cómo se había atrevido a hacerle algo así? Todavía sentía sus arañazos en la espalda. Lo había llevado al límite y entonces había pisado el freno hasta el fondo. Un arrebato de orgullo lo hizo apretar los puños y un torbellino de oscuras emociones se apoderó de él. Nadie jugaba con Edward Cullen  sin recibir su merecido. Se levantó de la cama, se vistió y volvió al salón. Allí estaba ella, quieta y cabizbaja. El ruido de unos pasos sobre la tarima de madera puso en alerta a bella. Él se acercaba. La joven se dio la vuelta lentamente y le hizo frente. Se había vuelto a vestir, pero llevaba la camisa abierta; los botones habían sido arrancados. Ella se sonrojó al recordar lo que había hecho. —¿Tienes alguna explicación razonable? —Le preguntó él en un tono cortante—. ¿O es que tienes por costumbre alentar a los hombres, decirles que los deseas, arrancarles la camisa, desnudarte y meterte en la cama con ellos para después salir corriendo de la habitación? —le dijo con mordacidad. Ella levantó la cabeza y contempló su bello rostro impasible. Sus verdes ojos la atravesaban de lado a lado con una mirada de acero. Asustada, retrocedió unos pasos. —No... —murmuró. -Tienes motivos para estar asustada —dijo él, yendo hacia ella. Le hizo levantar la barbilla con la punta del dedo.—A muchas mujeres les gusta jugar, pero tú vas demasiado lejos. Tienes suerte de haber probado conmigo tu pequeño truco. Puede que el próximo hombre al que metas en tu cama no tenga tanto control y quizás termines recibiendo mucho más de lo que buscabas. Bella sintió un escalofrío.—No obstante, sé que me deseabas tanto como yo a ti. Incluso ahora estás temblando —le dijo y se acercó un poco más, quedando a un centímetro de sus labios—. A lo mejor no es tarde para cambiar de opinión —le dijo en un tono burlón. — ¡No... No! —gritó ella, apartándose. —Muy bien. Me basta con una negativa. Sé captar el mensaje —dijo él, conteniendo la ira. -Muy bien —dijo ella en un tono falsamente casual que le hizo enfurecer aún más. Ella sabía que no estaba libre de culpa. Él tenía ciertos motivos para estar furioso, y quizá sí le debiera una disculpa. Además, estaba muy cansada y lo único que deseaba en ese momento era librarse de él y olvidarse de lo ocurrido. Su madre solía decirle que la mejor manera de evitar una discusión era decir «lo siento», sin importar si era cierto o no . «Es muy difícil discutir con alguien que se está disculpando...», pensó  bella, recordando las palabras de su madre. -Siento haberme comportado así —le dijo, sosteniéndole la mirada a duras penas—. Y te pido disculpas por haber jugado contigo. Pero también es cierto que yo no te invité a mi casa. Te dije que estaba cansada y te pedí que te fueras, pero tú insististe mucho —hizo un gesto con las manos—.Nunca te detienes ante nada y pasas por encima de cualquiera que se te resista. Eres demasiado para mí, y quiero que te vayas, por favor. -¿Es que te doy miedo,  bella? —No —dijo ella rápidamente—. Es que eres demasiado, en todos los sentidos. Demasiado rico, demasiado arrogante y demasiado testarudo para irte cuando te lo pido. Y no me gustas. Además, aparte de todo, has comprado Westwold, y eso te convierte en un tiburón de los negocios; una profesión que me parece despreciable. -Qué ironía, viniendo de ti —le dijo él con cinismo—. La niña de papá, que nunca ha tenido que mover un dedo en toda su vida. Ese negocio que tanto desprecias te ha mantenido durante mucho tiempo y ha pagado este apartamento que tu padre te regaló. A lo mejor debí venir con una cajita de joyería en lugar de una nevera portátil. Seguramente las cosas habrían sido muy distintas. Bella  montó en cólera al oír semejante insulto. -Oh, sí, tienes razón. Qué tonta he sido —le dijo, desperdiciando su ironía con alguien como Edward Cullen .Un tipo arrogante y prepotente como él no se merecía ni la más mínima explicación. Ella fue hacia la mesa y agarró la nevera.—Bueno, ahora que nos hemos sincerado, toma esto y sal de mi casa. Edward  la fulminó con la mirada un instante. -Quédatela. Te vendrá bien para enfriarte un poco. Cuando estés en cama, ardiendo por dentro y pensando en lo que te has perdido, puedes meter la cabeza en ella y refrescarte un poquito -En tus sueños, pero, desde luego, no en los míos —le espetó ella, aguantando la rabia. De repente, él estiró un brazo y la agarró de la nuca, atrayéndola hacia sí. —¿Señorita Paxton, sabe que... —le dijo con una sonrisa de hielo— puedo demostrarle lo contrario? La joven trató de soltarse, pero él la agarró con más fuerza. -Ni te atrevas —le espetó ella, con chispas en los ojos. Él arqueó una ceja. —Un gran error, bella —le dijo en un tono burlón—. ¿Tu madre nunca te enseñó que no debes desafiar a un hombre furioso? —Le preguntó y la agarró de la cintura. -Suéltame. Él guardó silencio y le miró los labios.-He dicho que me sueltes —repitió ella, asustada. Él volvió a esbozar otra gélida sonrisa. -Lo haré, pero antes te daré algo para que te acuerdes de mí —le dijo y entonces le dio un beso salvaje y violento. -Tú... Tú... —le dijo ella cuando por fin la soltó. Las piernas le temblaban y apenas podía respirar. Él le puso un dedo sobre los labios. —Ahórratelo. Ahora me iré y no volveré nunca —la miró con desprecio—.Una pena... Podría haber estado bien, pero a mí no me gustan los juegos, y tú no eres más que una gatita mimada —se encogió de hombros y fue hacia la puerta. Incapaz de decir nada, bella le vio marchar y entonces se desplomó sobre el sofá, exhausta. Edward Cullen era un ser deleznable que no se merecía ni uno solo de sus pensamientos. Los hombres como él estaban acostumbrados a la riqueza y al poder, y por tanto esperaban que las mujeres cayeran rendidas a sus pies. Pero ella no era de esa clase de mujeres y jamás lo sería…

EL restaurante era exclusivo y muy caro; el local de moda de la ciudad. Bella  miró a su acompañante y sonrió. Al era justo lo que necesitaba en ese momento. -Oh, bella, esa chica me tiene loco. Es hija de uno de los clientes de mi padre y la conocí el pasado fin de semana en una fiesta que dio su padre en su mansión de Northumberland. Quedamos para salir este fin de semana y, ya ves, me dejó plantado. Mi corazón se ha roto en mil pedazos —dijo Al en un tono medio bromista. —Bueno, si la chica vive en Northumberland, entonces no me extraña nada. Está en la otra punta de país y no todo el mundo tiene un jet privado como el de tu padre. Creo que deberías ir a verla si tanto te interesa. -Claro, ¿por qué no se me ha ocurrido antes? —dijo Al, echándose a reír—.¡Qué lista eres, Isabella ! Tus consejos siempre me vienen bien. En ese momento, llegó el camarero con una botella del mejor Chardonnay. -Bueno, un brindis por nosotros —dijo bella  con optimismo. —Sí, por nosotros —dijo Al y chocó su copa con una sonrisa sincera. Contenta y relajada, bella escuchó con gusto las divertidas anécdotas de su amigo. Al había viajado a Sudamérica recientemente y venía repleto de historias dignas de la mejor entrega de Indiana Jones. Después de degustar un excelente plato fuerte, Al la agarró de la mano con cariño y la miró con ojos serios. -Bueno, ya basta de hablar de mí. Aparte del trabajo, no me has contado nada de tu vida. ¿Qué es lo que te pasa, bella ? —A mí nada —dijo ella, suspirando—. Es mi madre. Sufrió un accidente y su estado es muy delicado. El diagnóstico no es muy alentador. Sin saber qué decir, Al la miró con empatía y la besó en el dorso de la mano. —Lo siento muchísimo, bella . Debe de ser muy duro. Si puedo hacer algo por ti, cualquier cosa, sólo tienes que pedírmelo. Lo sabes, ¿verdad? Tienes mi número, así que llámame si necesitas algo.Ella le miró con lágrimas en los ojos. —Lo sé, Al. Y te lo agradezco —trató de sonreír—. A lo mejor sí necesito tu ayuda algún día.


Esa misma noche, Edward Cullen estaba disfrutando de una cena íntima en la zona VIP de un exclusivo restaurante, en compañía de la bellísima Tanya, una abogada con la que salía de vez en cuando. Se habían conocido varios años antes durante la compraventa de unos bloques de apartamentos en Londres y desde entonces compartían cenas y cama de forma esporádica .Ella siempre estaba dispuesta a complacerle y él siempre estaba dispuesto a tener a una mujer hermosa a sus pies. ¿Cómo terminaría aquella velada? Ambos lo sabían muy bien. Edward agarró la copa de vino, le dio un sorbo, miró a su alrededor y fue entonces cuando la vio. Era bella swan, enfundada en un provocativo vestido rojo de seda que le quedaba como un guante, realzando su estrecha cintura y sus voluptuosas caderas. Iba del brazo de Al, su supuesto amigo de toda la vida. Sin quitarle ojo de encima ni por un segundo, Edward la vio sentarse en una mesa cercana a la entrada. Tanya hablaba y hablaba, pero él apenas la escuchaba. Solamente asentía de vez en cuando y respondía con monosílabos, intentando mantener la compostura. Bella swan lo había rechazado y humillado de la forma más imperdonable. Y sin embargo, allí estaba esa noche, sonriendo, riendo, coqueteando y agarrando la mano de Al como si fuera su alma gemela. De repente ya no pudo aguantar más. Le hizo señas al camarero, pidió la cuenta, pagó y se puso en pie. —¿Tienes prisa? No hemos tomado el postre, ni tampoco el café. Edward casi había olvidado a su acompañante. Ella lo miraba con una sonrisa desconcertada.-Pero podemos tomar el café en mi casa —añadió, levantándose y agarrándole del brazo. Él esbozó una sonrisa fugaz y guardó silencio. Tanya estaba a punto de llevarse una decepción. Bella levantó la vista al ver acercarse al camarero con el postre.

-Vaya, esto tiene que ser pecaminoso! —dijo, contemplando la pequeña montaña de profiteroles cubiertos de chocolate y rodeados de nata. -No mires ahora, pero cierto pecador al que conoces viene hacia acá en este momento con una rubia despampanante colgada del brazo —dijo Al con disimulo. —¿Quién? —bella miró a su amigo con incertidumbre, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Edward Cullen ya estaba junto a la mesa. -Hola, Al... bella . Me alegro de veros. —Sí, qué sorpresa —dijo Al con cordialidad. Bella levantó la vista y se encontró con la gélida mirada del hombre más despreciable al que había conocido. Aquellos ojos negros parecían querer taladrarla de lado a lado. Pero lo peor de todo era la impresionante rubia que le acompañaba; alta y esbelta, aquella mujer sabía llevar un traje de firma como una auténtica modelo. En realidad, seguramente lo era; una más en su larga lista de amantes esculturales. -¿Disfrutando de la cena, bella ? —le preguntó él en un tono cínico. -Sí, hasta hace un momento. Edward la miró fijamente y en silencio durante un instante. Nadie insultaba a Edward Cullen en público y se salía con la suya como si nada. Esa misma mañana, había amenazado a Charly swan con denunciarle antela policía por sus fraudulentos tejemanejes. Sin embargo, todavía no se había decidido al respecto. Admitir que alguien había logrado timarle no era bueno para el negocio, pero... Quizá hubiera una manera mejor de saldar cuentas con él. Bella  contuvo la respiración. Una furia indomable se había apoderado de Edward  y el silencio se hacía cada vez más incómodo. A lo mejor había ido demasiado lejos. -Siempre tan bromista, bella  —le dijo con una mueca sarcástica—. Que disfrutéis de la cena —dijo y se marchó sin más. Sonrojada, bella respiró con alivio al verle alejarse. —¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó Al, sorprendido—.Cullen estaba furioso. No quisiera estar en tu pellejo, amiga. Si las miradas mataran... —No pasa nada. Y ahora, ¿puedo disfrutar del postre en paz, por favor? -Sí, pero ya te advertí respecto a Cullen . No se puede jugar con un tipo como ése. Edward Cullen no se anda con chiquitas. -Al, no te preocupes. No voy a volver a verle, y estoy segura de que él tampoco quiere volver a verme a mí —le dijo, sonriendo—. Confía en mí. Tiene un ego tan grande como su cuenta bancaria. -Lo que yo quiero decir... —dijo Al—. Es que nadie insulta a un hombre como ése y se sale con la suya sin más. Créeme. Soy un hombre. Estaba furioso, pero es evidente que te desea hasta la médula, y no quiero que te hagan daño, Isabella. Ten muchísimo cuidado, por favor —añadió en un tono serio. El teléfono estaba sonando cuando bella llegó a casa un par de horas más tarde. —¿Sí? -¿Él está contigo? Era Edward Cullen . -¡No! —exclamó bella , estupefacta—. Pero eso no es asunto tuyo. Y no vuelvas a llamas a.... -Se trata de negocios —le dijo, interrumpiéndola—. ¿Has hablado con tu padre? -¿Mi padre? No —aquella extraña pregunta le impidió colgar el teléfono sin más. -Entonces te sugiero que lo hagas... pronto. Yo me pasaré por allí mañana por la tarde a eso de las ocho. -Oye, espera un momento...Edward  había colgado el teléfono. Lentamente Bella colocó el teléfono en su base y trató de entender lo que acababa de ocurrir. ¿Por qué le había dicho Edward Cullen que llamara a su padre? No tenía ningún sentido. Miró el reloj. Era más de medianoche, así que la llamada tendría que esperar al día siguiente. Además, su padre debía de estar en cama con alguna de sus amantes; al igual que Edward.