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Did you really think I could ever love a mudblood? — capítulo 1
- Traedla. - Su siseante voz se deslizó entre las perplejas caras de los mortífagos, que se hallaban en la sala. Un fino rostro, de color albino y melena vainilla, asentía dibujando una fría sonrisa.
En otro lugar de Londres, una chica castaña de pelo alborotado, conseguía quedarse suavemente dormida, tras llorar por horas. Ella, que durante años había soportado llevar a cuestas el peso de la magia, jamás había derramado ni una lágrima, ahora se deshacía en llantos. Algo le oprimía el pecho de tal manera que olvidaba como respirar. Pero, ¿por qué se sentía de semejante manera? Días atrás, había visto morir a sus padres. Ella, petrificada en el lugar, observaba la escena, impotente y sin poder hacer nada por evitarlo. Un petrificus totalus la había dejado totalmente indefensa, deleitando su mirada de manera cruel, mientras que un crucio jugaba con la vida de sus padres.
Descansaba al fin entre sábanas de lino, bajo varias mantas, en una confortable cama del Caldero Chorreante. Esperaba impaciente a sus tres amigos, pues ahora los necesitaba más que nunca. Lo que ella no sabía es que ese momento no iba a llegar.
Sus dulces sueños se vieron interrumpidos cuando la puerta de la habitación, en la que se encontraba, chocó fuertemente contra la pared, provocando así un sonoro estruendo. Despertó de golpe, con la respiración agitada, buscando el origen de semejante sonido. Junto al marco de la puerta, dos enmascarados con túnicas negras. Una melena azabache, tan alborotada como la suya, y un rubio platino le apuntaban.
- Desmaius. - Esa fue la única palabra que alcanzó a oír, proveniente de una dura voz masculina que le era familiar, antes de caer de nuevo sobre las sábanas.
Clac… Clac… Clac… Sus ojos se habrían lentamente, sus sentidos despertaban, mientras que pequeñas gotitas de agua caían sobre su mejilla. Estaba tirada en un frío suelo de piedra, el aire que comenzaba a respirar era gélido. Miró a su alrededor, levantándose asustada.
- ¿Dónde estoy? - Preguntó a la nada, sin obtener respuesta alguna.
Observó cada detalle. Se encontraba en una pequeña celda, quizás no más grande que la habitación de pociones de Snape. Los barrotes eran grisáceos, había goteras a lo largo del pasillo de piedra que podía visualizar. Al final de dicho lugar, unas empinadas escaleras por las que comenzaban a oírse unos fuertes pasos, acercándose hacia donde se encontraba la castaña aprisionada.
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Bienvenida a mi humilde morada, señorita Granger. - La voz de aquel que no debe nombrarse comenzó a chocar en las paredes de su cabeza.
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Sabía que estabas detrás de todo esto. - Hermione no podía hablar, tenía miedo y la incertidumbre, de saber que haría con ella, a penas la dejaba pronunciar palabra.
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Vaya, veo que los rumores que corrían a cerca de tu inteligencia son ciertos. - Eso había sonado algo irónico, escoltado por Lucius Malfoy y Bellatrix Lestrange.
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¿Qué quieres de mí… Voldemort? - Hermione arrastró cada palabra, rasgando suavemente su dulce tímpano de voz.
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Tiempo al tiempo, niña - Éste sonrío falsamente, mirando los ojos color miel que Hermione poseía -… Tiempo al tiempo.