Se Me Olvida Olvidarte — capítulo 12
No podía parar de moverme en mi asiento, nerviosa, cuanto mas leía y releía esos artículos mas ganas tenía de matar a alguien...
_¿Paula? ¿eres tu Paula?- me dijo una enfermera mayorcita.
_Si. ¿paso ya?
_Si, el médico te está esperando.
Se marchó y yo pasé. El estaba de espaldas a la puerta, limpiando en el lavabo unos utensilios. Casi me caigo al tropezar con un carrito metálico.
Me senté, con cuidado, en la misma silla y esperé a que viniera. Se iba a enterar.
_Vaya, ya estás aquí. Muy puntual.
_Si, y sincera.
_¿Perdona? ¿que quieres decir?- me dijo mientras se sentaba en su sillón y me miraba.
Le entregué todos los papeles que traía. Se le formó un nudo en la garganta cuando leyó el encabezamiento principal de la primera hoja.
Sabía de lo que hablaba.
_¿y esto?- dijo al cabo de un rato.
_¿Que le pasa? ¿no te suena de nada?
_¿Porqué deberían sonarme?
_¿Me dices cual es tu apellido?- dije formal, intentando relajarme.
_¿Para qué quieres saberlo? - me dijo echándose hacia delante en la mesa, juntando las manos sobre la mesa.
_Pues porque necesito saberlo, y porque si, porque quiero ¿que pasa? ¿algo que ocultar?
Sonrió en una sonrisa socarrona de media luna y me miró, me daba miedito.
_Me llamo Alejandro De La Iglesia.
Me quedé a cuadros. Si, en efecto, ahora todo cuadró.
_¿y cuando pensabas decírmelo? ¿cuando acabáramos las sesiones?
_Lo siento, yo...dejame explicarme, todo tiene una explicación, Paula, tranquila.
_¡¡¡No me llames así!!!
_Si te llamas así!- dijo intentando mantener la calma, con voz tranquila y sosegada.
Me costaba respirar, me ahogaba yo sola, con las mentiras. Me agarré el cuello.
El doctor (o mi padre, ya como queráis llamarle) corrió hacia mi y me dio aire con los papeles, sujetándome para que no me cayera al suelo.
Pero no podía con mi peso, por lo que me cogió y me tumbó en la camilla. Pero yo seguía en mi situación de axfisia. Me sentía mal, todo me daba vueltas, mi mundo se había derrumbado en cinco minutos, nada volvería a ser como antes, no todavía.
Mi padre me intentaba tranquilizar, centrándome la mirada con la suya, pero no podía, yo no quería, me removía inquieta, casi no podía controlarme, por lo que me sedó para que me durmiera y descansara, y me relajara.