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Historia 100272 — capítulo 3

-¿Ya terminaste la secundaria?-

-No, aun me falta un año, pero esperaba concretar mis estudios aquí.

-¿Y tenes alguna escuela en mente?- pregunto calculadoramente.

-Obvio que Hogwarts- contesto como si fuera lo más obvio del mundo.

Sirius la miro asombrado, con los ojos bien abiertos al igual que su boca.- ¿¡Sos bruja!?

-¡Por supuesto que lo soy!- afirmo Kathleen divertida.- No me digas que pensaste que era una muggle.

-A decir verdad, si.- contesto Sirius algo avergonzado.

-Bueno, no te culpo- dijo pensativamente- después de todo estoy vestida como uno de ellos.

Sirius asintió.

El silencio se estableció entre ambos, Sirius no sabía que más decir, y Kathleen solo se conformaba con observar meticulosamente a su padre. Aceptando que él no diría nada más, decidió que ya era hora de que rompiera el silencio.

-Bueno, creo que ya se hace tarde, si no me voy ahora, no conseguiré una habitación en el Caldero Chorreante- explico levantándose y juntando su mochila, la cual había dejado en el piso cuando se sentó.

-¿De qué estás hablando?- salto Sirius de su asiento alarmado.

-¿Qué?- pregunto Kathleen confundida.

-Sos mi hija, acabas de llegar ¿y ya te marchas?

-Sí, solo vine por que tenía curiosidad de saber quién era mi padre. Vine, te conocí y me voy. - explico impertérrita.

-No, no voy a dejar que te vayas- se detuvo a reflexionar lo que acababa de decir- Me refiero a que… Bueno, sos mi hija…y tengo habitaciones de sobra acá…-razono algo incomodo.

-¿Estás diciendo… que queres que me quede a vivir con vos?- pregunto sorprendida y aturdida Kathleen.

-Si.- contesto Sirius intensamente mirando a su hija con los ojos brillosos.

-Valla, no sé qué decir, yo…yo no quiero ser una molestia para vos…- se lamento apenada- seguramente tenes tu propia familia y…

-Nada de eso Kathleen- la interrumpió Sirius- nunca serias una molestia para mí- dijo dulcemente- Además yo no teng…

Pero Kathleen lo sorprendió abrazándolo fuertemente, enternecida por lo que había dicho anteriormente.

Luego de este episodio. Sirius condujo a Kathleen por los largos y oscuros tramos de escaleras hasta el Tercer piso de la casa, en donde había varias puertas. Kathleen lo siguió hasta la puerta que se encontraba al fondo del pasillo, también pobremente iluminado.

La puerta se abrió enseñando una habitación oscura. Sirius entro en ella y a ciegas llego hasta las ventanas que estaban tapadas por cortinas y las abrió iluminado de golpe un dormitorio muy sucio, desordenado y atiborrado de cosas indefinidas.

Desde la puerta, Kathleen echo un vistazo al lugar y por ultimo poso la vista en su padre quien la estaba mirando desde entonces.

-Esta será tu habitación, está un poco sucia y desordenada, pero estoy seguro de que quedara muy bien una vez que termines con ella.

-Wow, no sé por dónde empezar…- contesto Kathleen recorriendo la habitación con la mirada.

-Podes decorarla a tu antojo, no me preocupa en lo absoluto si queres deshacerte de algunas cosas o modificar otras… Solo avísame cualquier cosa ¿sí?

Alistar la habitación, le llevo a Kathleen el resto de la tarde. Por suerte contaba con una mano amiga y esa era su fiel varita de 24 centímetros, madera de ébano y pelo de unicornio, muy sencilla pero eficaz.

A lo largo de la tarde se había encontrado con varios inconvenientes,  en el armario de caoba había encontrado un Boggart, el cual le llevo alrededor de quince minutos deshacerse de él, (siempre les había tenido pavor a las serpientes). Por otra parte en el librero había muchos libros que sin dudar eran de artes oscuras, cuyo contenido eran cosas tan horrorosas que ni en tus más terribles sueños encontrarías. Sin vacilar, Kathleen arrojo todo eso a la chimenea, que se trago esos ejemplares exhalando una llamarada negra. Luego de eso no ocurrió nada fuera de lo ordinario, algunas que otras arañas por aquí y espesas capas de polvo por allá.

Para cuando Sirius volvió a la habitación cargado de una jarra de jugo bien frio de calabaza y unos trozos de tarta de melaza, no tardo en preguntarse si ese era el lugar correcto. En efecto el cuarto resplandecía y ahora si podía llamarse dormitorio.

Kathleen había conservado todos los muebles de caoba, a los que había sometido a ligeros ajustes. La enorme y mullida cama de dos plazas ahora contaba con dosel y finas cortinas de gaza verde manzana que combinaban con el cubrecama del mismo color, y que estaba repleta de almohadones de distintos tamaños y tonalidades del rojo. En la cabecera de la cama había un poster en el que se veía figuras borrosas de color verde oscuro ir de un lado a otro, y en letras doradas enunciaba "Las Arpias de Holyhead".  A ambos lados de la cama, había mesitas de luz idénticas, sobre las cuales reposaban veladores de soporte plateado y pantalla blanca.  En la pared opuesta a la enorme ventana que casi ocupaba toda una pared y que ahora tenía finas cortinas blancas, estaba el armario en el cual Kathleen estaba colocando un montón de ropa que iba sacando de su pequeña mochila. A un costado de la puerta había un escritorio con su silla haciendo juego y a su lado un enorme librero. Además de todo esto, las paredes ya no eran de seda verde sino que estaba forradas con un papel tapiz color cremita.

-¡Valla que no has perdido el tiempo!- exclamo sorprendido Sirius entrando en el dormitorio.

-¿Te gusta?- pregunto Kathleen sonriente a la vez que buscaba algo en su mochila.

-¿Qué si me gusta? ¡Me encanta!- confeso dirigiéndose al escritorio y depositando allí lo que había traído.

-Me alegro que te guste, porque va a quedarse así un buen tiempo.- aclaro Kathleen y miro a su padre y sonrió- Gracias por aceptarme- dijo con una mirada emocionada.

Al ver como sus ojos brillaban conmocionados, Sirius sintió como se le oprimía el corazón. Y  se prometió a si mismo hacer todo lo posible con tal de ver mas seguido una sonrisa tan radiante como esa en el rostro de su hija.

Afuera se había desatado una enorme tormenta de verano, el viento rugía y aullaba, mientras que la lluvia golpeaba contra las ventanas. Esto no inquietaba en lo absoluto a Kahtleen y Sirius, quienes se encontraban, tras una sabrosa cena, leyendo y charlando, de vez en cuando, en el salón de la mansión Black.

Kathleen se encontraba de espaldas a la apagada chimenea leyendo el mismo suplemento de El Mundo de la Escoba, que Sirius se encontraba leyendo cuando ella había tocado el timbre esa tarde. Y Sirius, enfrentado a ella, ojeaba distraídamente El Quisquilloso, mientras disimuladamente observaba a su hija.

Ciertamente le asombraba el parecido físico que tenia con Ileana, pero a su vez como algunos gestos y acciones que ella realizaba le recordaban a el mismo cuando tenía su misma edad.

A pesar del aspecto rebelde que tenía, se notaba que era una chica muy inteligente, y a su vez se podía observar la picardía que transmitía su mirada.

-Nunca me dijiste…- comento Sirius de repente- ¿A qué escuela de Magia fuiste?

-Al Instituto Durmstrang.- contesto sin despegar la vista del suplemento.

-¿¡Durmstrang!?- salto Sirius alarmado- ¿Estás hablando del Durmstrang que solo admite varones de sangre pura y que practican artes oscuras? ¿De ese Durmstrang me estás hablando?

-Sí, y gracias a Merlín ya no asistiré mas- contesto algo aliviada- Ya no son tan racistas y oscuros, por decirlo de alguna forma,  pero hace poco que aceptan mujeres y lo que si prevalece es el machismo.

-Valla, eso sí que no lo sabía- manifestó Sirius dubitativo.

-Por suerte,  pude hacerme respetar- agrego Kathleen orgullosa con una sonrisa malévola.

Sirius la miro tratando de leer su mente, cosa imposible sin el uso de la legeremancia, y se pregunto que habría hecho para que la "respeten" sus compañeros, y no quiso ni imaginarlo, estaba hablando de nada más ni nada menos que de su hija, quien llevaba sus genes en su sangre.

Kathleen estuvo a punto de decir algo cuando se escucho el sonido de una llamarada proveniente de detrás suyo. Volteo para ver quien había llegado a través de la Red Flu. Era un hombre que rozaba los cuarenta años, de cabello castaño claro con algunas canas y aspecto cansado y pálido.

-Sirius lamento venir sin avisar- saludo tranquilamente. Y dejo caer su mirada en la joven que lo miraba desde un sillón.- Oh no sabía que tenías compañía- se lamento.

-Sabes que siempre sos bienvenido Remus- declaro Sirius.

-¿Quién es el Sirius?- pregunto Kathleen tímidamente, algo que le pareció raro ya que era bastante resuelta.

-Él el Remus, un amigo de toda la vida- introdujo señalando al hombre en cuestión.- Remus, ella es Kathleen, mi hija…

-¿Tu…tu hija?- Remus lo miro boquiabierto.

-Sí, mi hija y ahora tu ahijada…