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Never Coming Home. — capítulo 10
No sabía qué iba a suceder las siguientes horas. Habíamos regresado para evitar la luz del sol, aunque eso era extraño, todos sabíamos que no nos hacía daño, pero aún así Eric insistió en volver y Alex no se quedó atrás, añadiendo pedazos de oraciones a todo lo que él dijera.
Una vez que estuvo lejos y Alex en su cuarto, me pregunté cuales eran los dichosos libros que parecían emocionarle -no en vano había traído una ruma de ellos-, y me dirigí hacia una de las estanterías.
Los libros de tapa dura no tenían ninguna inscripción, sólo en el interior llevaban impreso el logo de la editorial y algún título historiador, ya que todos aquellos de la última fila hablaban de la historia italiana o europea: "Es una pequeña obsesión" -me contestó desde su pieza cuando le interrogué todavía en la sala de estar- "Eric, nació cerca del siglo IV" -completó Alex.
Agradecida de encontrarme sola sobre el cómodo sofá, y de no contar con ambos para analizar mi reacción: sonreí ampliamente. Comencé a reírme de forma estridente, veía las láminas de colores de los romanos de la época de Augusto e imaginaba a Eric entre ellos: con la toga blanca a modo de vestido y la corona de ramas sobre su cabeza, parecía una mala versión -con ropa- del "David" de Miguel Ángel.
-¿De qué te ríes, novata? -asomó su cabeza por el umbral, miró hacia el libro que descansaba abierto sobre mi regazo y frunció el seño- Estas espiando mi colección. No lo hagas. -terminó con un tono seco.
De pronto Eric surgía en mi mente como un campesino del Imperio romano, un comerciante, un senador, un aristócrata: me eché a reír nuevamente.
-Te estás mofando de mis libros, ¿verdad? -gruñó suavemente, se desplazó casi con la misma ligereza de Alex y estuvo sobre mí, impidiendo mi salida con ambos brazos sobre mis hombros, mirándome con esos ojos rojizos brillantes de furia.
-Dilo… dímelo ahora. -siseó igual que una serpiente.
-Primero, deja de acosarme. ¿Sabes lo difícil que es no abalanzarme sobre ti y desgarrarte un brazo? -sonrió, era una sonrisa socarrona que decía: "¿en serio piensas que podrías retarme?"
- También necesito mi espacio.
Claro está que a este paso terminaré enfrascada en otra lucha sin sentido, y esta vez me aterraba pensar que podría salir con algo más que un brazo menos. No sé bien porqué pero estoy casi segura que los vampiros también pueden morir -por extraño que resulte, se supone que somos inmortales, ¿no?-.
-Ya déjala, Eric. -Alex, como una bendita salvadora apareció recostada en el umbral de la puerta, y de brazos cruzados negó con la cabeza- Amor, debes ir pronto de caza. Estás demasiado temperamental.
Oí el sonido de sus dientes chocar, su mandíbula se tensó, pero me dejó libre e hizo un gesto con los dedos bastante claro: "Te estoy observando" -eso había querido decirme.
Ella lo besó cuando lo tuvo a su lado y escuché el ruido mudo de sus ropas al hacer contacto, por un momento pensé en escabullirme por la chimenea y salir un rato, pero las dudas no me dejaron moverme y en vez de hablar enmudecí como una estatua, evitando observar la escena romántica.
-Vete. -dijo entremedio de una risita, yo por mi parte puse los ojos en blanco cuando vi que ella misma le retenía por el cuello de la capa.
-Me voy, me voy.-contestó ronco.
Supuse que después de eso se habían sonreído, pero no quise detenerme a comprobarlo, enfoqué toda mi atención al libro de historia y supe quien era Julio César y porqué recordaba su nombre entre una de las tantas clases de historia del instituto a la cual no quise prestar mucho interés.
Eric salió por la chimenea, subió por los escalones a una gran velocidad y se alejó rápidamente de la entrada, luego la hierba se encargó de borrar todo rastro de su persona, aunque todavía podía sentir el almizcle de romero en el aire.
Devolví el libro a su lugar, Alex se hallaba nuevamente en su cuarto, pero me confundió el choque de dos cacerolas y lo que se asemejaba a un chorro de agua correr de una llave abierta.
-A-Alex. -titubeé frente a la cuarta puerta, muriéndome de curiosidad al oler el rico hedor de unas galletas recién horneadas- ¡Alex! -repetí angustiada.
Creí alucinar, ella no podía estar cocinando, simplemente era una estupidez del tamaño de un buque: ¡Por Dios!, ¡un chef vampiro!
-Adelante, Borgny.
Su voz de pajarito reverberó en mis oídos; frente a mí estaba una concina amplia, moderna, cubierta por cerámica, y repleta de las más avanzadas y sofisticadas indumentarias en el mercado. Todo lo que un buen cocinero quisiera tener, el sueño de un chef profesional, esa habitación podría dejar sin habla a cualquiera.
-Impresionante,¿cierto?
-Qué rayos… -pensé en voz alta- ¿Qué es esto?, ¿acaso en una broma?
-No, no lo es. -respondió encogiéndose de hombros a la vez que retiraba del costoso horno lo que yo antes había olfateado- ¿Te gustan? -señaló la bandeja de galletas- ¿Por qué no pruebas unas?
Caminé con cautela hasta ella, algo en la sonrisa amable de Alex me producía desconfianza, como el presentimiento de aquellos que están a punto de ser víctimas de una terrible broma.
"Qué va… no puede ser tan malo"
Me acerqué a las masitas calientes, olían tan deliciosas que sin dudar tomé una entre mis dedos, la partí y eché el pedazo en mi boca lo más rápido que pude.
-Es… es… -no pude terminar; las arcadas vinieron enseguida, era como comer tierra, tal vez peor.
-Horrible. -concluyó después de observarme escupir la galleta en el lavabo y atragantarme de agua- Eric, solía hacer lo mismo.
-¿Lo hacías comer estas…? -guardé silencio, no había forma de continuar y no herir sus sentimientos, después de todo, si estaba lo suficientemente enferma para cocinar, no iba a aceptar un "asqueroso" como calificativo para su comida.
-Sólo en un principio. Él ya sabía que la comida humana nos hace daño, pero aún así mecomplació un par de veces. -sonrió ampliamente- No me tomó mucho saber por qué lo hacía.-lo último fue casi una afirmación para sí misma.
-No lo entiendo. -confesé ofuscada- Antes…
-Antes podías comerlas. Lo sé, yo también fui humana. Sin embargo, como habrás notado ya no podemos consumir los mismos alimentos, ahora…
-Ahora debemos beber sangre. -esta vez fuiyo quien interrumpió.
-Exacto.
Dejó las galletas a un lado, me sonrió y me invitó a salir. Caminó hasta un cuarto y susurró:"Éste será tuyo ahora". No era un espacio muy grande, perolo suficiente para mí. Había una cama, Alex argumentó su presencia indicándome que en ella podría pensar o tal vez descansar, siendo que aquella cama nunca cumpliría su verdadera función: el de lugar para dormir. A la izquierda una mesa a modo de escritorio, una silla, una repisa, un velador con una lamparita encima, y un mueble pequeño para la ropa.
Ella tomó asiento sobre el colchón cubierto sólo con una frazada, dio unas palmaditas al espacio junto a su cuerpo y volvió a sonreír.
-Alex… -mi voz sonó débil.
Me encontraba cerca, justo al lado, e ignorando el hecho de que una parte de mi cerebro me gritara para que buscara un lugar más seguro, me quedé allí tiesa, observando su semblante cálido, amigable.
No pude quitarme la sensación a dolor en el pecho. Otorgué el ardor a la sed, pero más allá del calor de mi garganta había un agujero vacío dentro de mí, uno que dolía como los mil demonios, y era porque aunque esa mujer no compartía ni el más mínimo rasgo similar: la postura de sus brazos, su cabeza algo ladeada, y la sonrisa blanca que aún mantenía, traía a mi mente las imágenes humanas de mi madre.
Agaché la cabeza y cerré los ojos con fuerza, todavía pensaba ingenuamente en llorar. Sin embargo, siendo lo que soy no sólo he ganado fuerza, velocidad, poder, sino que he perdido lo más importante: la capacidad de sentir.
-¿Qué haces con lo que cocinas? -pregunté al instante de haber abierto los párpados.
-¿Te sientes bien? -respondió con tono preocupado.
¡Por supuesto que no me siento bien!, por algo estoy tratando de cambiar el tema, de distraerme.
-Sí… -musité- ¿Qué haces con la comida? -repetí.
-La doy. -sentenció.
-¿La das? -asintió- ¿A quién se la das?
-A los humanos, lógicamente. -puso los ojos en blanco, yo por otro lado fruncí el seño: ¡Qué clase de monstruo era!, usar los alimentos como carnada…
-No les hago nada, si es eso lo que piensas. -habló mirando mis puños cerrados- Jamás me aprovecharía de algo así.
Claro que sí…-pensé con ironía.
-¿Por qué cocinas, Alex? -espeté groseramente para olvidar su comentario anterior.
-No lo sé…-bajó la mirada hacia su manos y comenzó a jugar con ellas- Cocino desde que tengo memoria. Supongo que es alguna afición del pasado.
-¿De cuando eras humana?
-Sí.
Le dije la verdad: que no la entendía. Alex se disculpó contándome sobre el resto, que no era la única con esa extraña inclinación humana, sino que a varios les sucedía y dio como ejemplo al propio Eric que se deleitaba leyendo toda clase de libros que hablaran de su época, incluso cuando de su vida humana le queda unos muy pocos y borrosos recuerdos.
-¿Y tú lo recuerdas?
De pronto su mirada se tornó ausente, el brillo de sus ojos desapareció, y la vi deliberar consigo misma antes de contestarme.
-Es una larga historia. -suspiró.
-Tengo todo el tiempo del mundo. -repliqué.
-Bien. -volvió a suspirar con pesar.
Francamente ella no tenía ni la más mínima idea de su vida anterior, pero aún conservaba unas débiles secuencias de los últimos momentos: un hombrede exquisitos modales y vestimenta, de cabellos largos y dorados, tan bello como un ángel, la invitó a algún lugar que ella no podía precisar, sin embargo tenía la sensación de encontrarse lejos de casa, cerca de un precipicio. Alex creyó que había aceptado simplemente por el hecho de que no podía negarle nada a un ser tan maravilloso, pero le angustiaba saber que había dejado los panes todavía hirviendo a plena vista y paciencia de los niños que solían robarle el alimento de pura hambre. Desde allí todo se le vuelve confuso, enredado en emociones que ella misma describe como "inocentes" e "inservibles", no obstante, la memoria parece volver a funcionar en el instante en que Eric aparece por primera vez ante sus ojos. Sentía un dolor horrible por todo el cuerpo, pensó que tal vez se había golpeado y que Eric era otro hombre caballeroso que le ayudaría en su mal pasar, aunque nunca supo qué fue lo que realmente ocurrió, porque para cuando estuvo despierta, tendida sobre la paja de algún establo, en medio de un cuarto oscuro, lo único que sus nuevos ojos color sangre podían distinguir era el semblante duro de él.
Alex me ofreció contarme la historia de cómo había terminado por conocer al que fuera el amor de su vida, y cómo asumieron ambos el hechizo del amor, pero me negué rotundamente: no estaba para historias de amor.
-Eres una amargada. -me dijo entremedio de una risita suave- ¿cuántos años tienes, Borgny?
-Dieciocho. -casi escupí.
-Eres como una pequeña abuelita amargada. -sonrió- Te hace falta un…
-No me hace falta nada. -sopesé rápidamenteevitando que lograra completar la frase.
- Lo que tú digas… -se burló.
Salió al pasillo, oí otro gran chorro de agua caer y el sonidode las tuberías.
-Además, ¿cuántos años tienes tú? -proseguí entrando en la última puerta del frente.
Llevé una mano a mi boca por si ésta estaba abierta, y así era, la pieza era nada más ni menos que un baño bastante amplio. Poseía una ducha, una tina, un espejo junto a la entrada de la regadera y dos muebles amplios; uno lleno de cosméticos y perfumes existentes y el otro apenas con lo justo y necesario para un buen aseo, por lo que asumí inmediatamente que el de la derecha pertenecía a Alex y el casi vacío a Eric.
-Toma un baño, y sácate el barro de la cara. -me contestó ignorando totalmente mi pregunta.
Entré con sumo cuidado, pisar las baldosas celestes me parecía un sacrilegio inconcebible, y busqué mi rostro en el reflejo del espejo: otra mentira más. Los vampiros sí tenían reflejos, y yo que en un arrebato infantil pensé que sólo aparecería ante mí la chaqueta olivo empapada en tierra mojada y los pantalones flotando en el aire.
-Yo me baño ahí, si tú me respondes lo que te pregunté.
-Está bien, es justo.
La miré expectante, ella dejó unas toallas amarillas y sin detenerse a observarme mientras salía y regresaba con ropa suya me dijo: "doscientos treinta tres".
-Doscientos treinta y tres… -repetí en un susurro, haber si así me convencía.
-Todo está listo.
El agua estaba fría, pensé en quejarme con Alex, pero desistí a último momento: no estaba tan helada después de todo. Me sumergí hasta el fondo, cerré los ojos y disfruté por primera vez del privilegio de no tener que respirar.
No fue porque lo deseara, simplemente brotó y las imágenes no cesaron.
Había sido una tonta por ser tan orgullosa. Tendría que enmendarlo de alguna forma, ¿desde cuándo era así?: tan arrogante, desinhibida, soberbia. La forma en que me había escapado de esa habitación, la forma en que había asesinado a esos animales, la forma en la que me había comportado con Aro, con Felix, con Alex y Eric, hasta con Jane -bueno con ella no me arrepentía-. Aún así: estoy aquí, en una "base", con mis "instructores", "entrenando".
¿Qué será de mí, madre?-su recuerdo se hacía borroso, sin embargo podía evocar su cuerpo en el suelo, siendo succionado por ese monstruo asqueroso, de manera tan vívida que parecía irónico que el único momento de mi vida humana grabada nítidamente sea el peor.Suspiré, un murmullo aplacado por las burbujas del agua, porque había olvidado que seguía bajo ella. Saqué la cabeza del agua, la dejé descansar sobre el borde de la tina al mismo tiempo que acomodaba mi melena. No es muy larga la verdad, cae en cascadas hasta rozar mis hombros, pero me incomoda tenerla pegada a la nuca.
Observo mis pies, no recordaba haberme pintado las uñas color naranja. Tal vez eran color melocotón, aunque con ésta piel tan contrastante cualquier tonalidad se ve fuerte.
Eric llegó un poco antes de que yo acabara, lo oí reírse a todo pulmón, parecía de mejor humor y también más divertido, tal vez Alex tenía razón y sólo le hacía falta cazar… cazar…-repetí mentalmente- *¡Cómo no me había dado cuenta!, ¿Qué iba a cazar?, ¡¿perros?!,**¡Por supuesto que no!...*él cazaba humanos. -tragué saliva, me levanté de un salto y me envolví en la toalla con la mayor velocidad que pude para no mojar el suelo. Retiré el tapón y me quedé absorta en el tenue café del agua por unos instantes, luego recordé mi propósito inicial y me vestí en otro par de segundos en los que me di el tiempo de observar en el espejo el sweater ajustado que apenas sí me cabía y mi cabello mojado.
Procuré dejar todo en orden: las toallas dobladas sobre uno de los muebles, la tina limpia, la ropa sucia sobre un canasto que encontré a un costado de la puerta, y me lancé a mi nueva pelea, sin saber bien cómo le explicaría a Eric mis ataques o el rápido zarpazo que pienso darle cuando lo tenga enfrente.
-Ah… Borgny. -dijo soltando a Alex de la cadera, pero entrelazando su brazo por su cintura.
-Eric. -resoplé de rabia.
Lo sé me demoré bastante. Haré todo lo que pueda para subir el siguiente rápido, pero de ahí en adelante no podré actualizar tan seguido: sí van empezar las clases en mi país ¬¬ ... eso es todo, ¡Saludos! y comenten, ¿si? (: