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Never Coming Home. — capítulo 11

¡Esto es terrible! la batería y el cargador de mi notebook ¡murieron!, no sé que hacer... Trataré por todos los medios de solucionar rápido el asunto y subir más caps. Bueno sin más preámbulos...

Me eché como un perro sobre el colchón, ni siquiera me molestó el rechinar del catre de madera a causa del peso de mi cuerpo, simplemente me eché y ya.

Reflexioné sobre lo que estuve a punto de hacer: matarme. Podría haberme arrojado gustosa a los brazos del suicidio, pero había llegado hasta un momento en que no podía dar marcha atrás, no sabiendo que si esperaba podría conseguir mi objetivo. No me quedó otra que acatar las órdenes del destino y ceder pesadamente ante las sonrisas de las que hace un rato serían mis víctimas. Lo hice porque ella estaba entre él y yo, porque acababa de entablar una buena comunicación con la mujer y no podía arruinarlo, además de que Eric ya estaba de buen humor, rebosante de una calma que jamás  pensé que poseía.

"-**¿Por qué tan molesta, novata? -inquirió con un tono suave, muy inusual en él.

-Por nada. -expresé todavía encolerizada.

Lo fulminé hasta no poder, comprendí que Alex no se alejaría ni un centímetro de su cuerpo, y que ambos permanecerían abrazados por el resto de la eternidad -o al menos hasta que yo me fuera-.

-¿Nada?, ¿segura? -prosiguió sin ningún rastro de malicia.

-Sí. -suspiré derrotada."

Maldije una y otra vez mi suerte, maldije a Alex, maldije a Eric, y a mi estúpido temperamento de embarazada: tan sensible e irritable.

Llevaba bastante tiempo pensando, intentando aislar de mi mente los sonidos desagradables de Alex y Eric, hasta que no pude más y vociferé como un león para que fueran a otra parte a retozar en la cama. Suerte para mí que me obedecieron. Y no tengo ni la más mínima idea de hacia dónde partieron, pero eso me tenía sin cuidado, sólo me preocupaba lo que pudo haber hecho Eric durante la "caza".

Está demás mencionarles que durante las siguientes horas en las que me encontré sola en la base subterránea estuve deliberando qué hacer; ¿valía la pena soportar tantas porquerías por una venganza tan imposible y descabellada?, ¿tendría alguna vez la oportunidad de concretarla?, ¿qué pasaría si huyera y realizara de una buena vez el plan que desde siempre tuve pensado hacer?

 Ésta y otra clase de preguntas similares asolaron mi cerebro por mucho tiempo, y por más que tratara de responderlas, las respuestas daban lugar a otras interrogantes que se unían en una cadena infinita de dudas existenciales.

Finalmente resolví quedarme, sólo lo necesario para descubrir qué cosa iban a enseñarme estos "instructores" y cuáles eran las intenciones de Aro -que por lo demás intenté olvidar, ya que el tema me confundía de sobremanera y no deseaba complicarme más-. Sin embargo, restaba la última de mis preguntas, la más difícil, y la que en un principio me llevó a todo este problema filosófico de mi existencia: ¿qué haría con la sed?

Sí, por más que lo borrara de mi cerebro, volvía, y cada vez con mayor fuerza; ardiéndome la garganta como fuego, aumentando la necesidad de beber el asqueroso elixir rojo como si el propio hedor de ésta me envolviera y me atara a ella: y el hilo se hacía más apretado.

Comencé a temblar violentamente, me enderecé pero me hice un ovillo sobre la cama intentando no perder el control. Me pregunté mentalmente  porqué de pronto no concebía otra imagen que no fuera la mía bebiendo un líquido tan horrible como lo es la sangre, y ya habían transcurrido casi tres días desde la vez que asesiné a esos pobres animales, entonces: ¡Por qué diablos sentía que deseaba más!, más, más, más, más… hasta ahogarme en el bendito charco.

-D-demonios… -susurré casi agonizando: respirar me hacía daño, el contacto del aire con mi boca, con mis cuerdas vocales, dolía, quemaba.

-¿Novata? -inquirió la voz de Eric.

No supe cuándo ni cómo había llegado, ni siquiera si llevaba todo un día fuera, quizás una semana fuera. Por qué si había estado tan satisfecha, tan harta de la sangre de los caninos de forma que me costaba moverme, ahora me sentía vacía, seca, como si no comiera en años.

-Novata. -prosiguió con un tono neutral.

No me moví ni un milímetro, es más, no hice ningún ruido para no ser descubierta, dejé de temblar y me concentré en el sonido de sus pasos, y las exhalaciones que de vez en cuando se oían.

-Mira Alex no está, así que básicamente estás a mi cargo.

Tragué saliva, cerré los ojos suplicando hacerme invisible, borrarme no sólo para Eric sino que hasta incluso para mí misma.

-No finjas, sé que no estás muerta.

Abrí los parpados de golpe y encontré su rostro tan cerca que no pude evitar saltar hacia atrás, apoyar toda la espalda contra la pared mientras emitía una especie de gruñido.

-¡Maldición, Eric! -dije luego de aspirar una gran bocanada de aire- ¡Esta es la segunda vez!, a la tercera no voy a ser responsable de mis actos.

A diferencia  de lo que pudo haber sucedido -él gruñéndome de vuelta, su cuerpo tenso por la ofuscación mientras ambos esperábamos el primer movimiento del otro para atacar-, simplemente se irguió manteniendo la sonrisa socarrona y retrocedió unos cuanto pasos.

-¡Imbécil! -grité al mismo tiempo que mis piernas rebotaban contra el colchón. Me senté a la orilla y bajé la mirada, con el susto había olvidado el ardor, pero tan pronto como hube terminado de hablar sentí un sedimento en el paladar.

-Borgny… -fue la primera vez que lo oí llamarme por mi nombre- estoy de buen humor, así que vamos.

-¿A dónde? -solté rápidamente al verle salir de la pieza.

-Toma tus cosas, nos vamos de caza.

-C-Caza… -titubeé antes de que el nudo me obstruyera el paso del aire.

Lo vi caminar por el largo pasillo hasta su recámara, luego salir de ella con la capa negra y sólo entonces reparé en su vestimenta: llevaba unos jeans negros y una camisa gris oscuro, su cabello estaba húmedo, y el extraño almizcle a romero tenía una rara combinación a lavanda. Probablemente acababa de bañarse.

-¿Qué te pasa?, ¿Por qué te quedas quieta? -inquirió desde la entrada del salón- Es la ropa de Alex, ¿verdad? -yo asentí- No lo tomes a mal, pero se me hace muy extraño verte con ella. Por eso colócate la capa. De todas formas la vas a necesitar.

En menos de una fracción de segundo estuve con la dichosa prenda en mis manos, seguí a Eric hasta la chimenea y me di ánimos para hablarle.

-Eric… -mi voz no fue más que un murmullo, pero aún así estaba segura que me había podido oír- No tengo sed.

Era la mentira más absurda que había pronunciado. Bien sabía que estaba a punto de destrozar todo el lugar si no conseguía alimentarme ahora mismo, y no tenía idea de cuánto más iba a poder aguantar.

-No mientas, novata. Se te ve en los ojos.

¿En los ojos?

-Mientras más tiempo haya transcurrido desde nuestro último "almuerzo", más se te oscurece el iris.

Palpé el contorno de mis párpados, como si en esa inútil acción pudiera visualizar el color, no obstante y de forma instintiva, llevé una mano a mi garganta al recordar el ardor: ¡genial!-bufé.

No tuve otra opción: le seguí todavía pensando en cómo zafarme del problema, o más bien de cómo explicarle mi postura, porque no iba a cometer semejante barbaridad, no pudiendo elegir otra salida, así como lo había hecho con los perros.

Jamás, en ninguna de las películas de ficción habían propuesto una forma parecida a la que yo pensaba emplear. No poseía argumentos que validaran mi tesis exceptuando por la propia experiencia vivida, y quizás si podría funcionar como una forma viable, evitar la destrucción de otro ser humano, y de paso seguir manteniéndome con vida.

No sé si al dejar de beber sangre sobreviviré. Según las historias fantásticas debía morir, o quedar en un terrible estado de debilidad. Sin embargo, ¿en qué han tenido razón hasta ahora?: absolutamente en nada. Por lo que aprovecharme de los pobres e indefensos animalillos que rondaran cerca de mí no sonaba como una mala idea.

-Lo percibes, ¿cierto? -siseó luego de varios kilómetros corriendo en silencio.

La ruta esta vez fue distinta, luego de los diez minutos se ramificó hacia el este en una carrera recta hasta la siguiente presa, mi presa.

Por supuesto que lo percibía, poco a poco, el hedor a la sangre tibia abofeteaba mi nariz y comenzaba a oír los latidos de esas millones de personas en una ciudad desconocida, en un país desconocido.

No deseaba continuar, pero mis instintos podían más que yo: aceleraba cada vez más, rastreando el olor dulzón escogido. Pronto nos encontraríamos con los postes de luz, podía oír claramente el sonido de los autos y supe que si no me detenía ahora, en el momento en el que pisara el asfalto daría rienda suelta al monstruo. Iba a matar sin piedad.

-No falta mucho. -volvió a sisear unos segundos después de haber aumentado la velocidad.

Le di gracias mentalmente por sacarme de mis cavilaciones, por darme la fuerza de rastrear otro olor más inofensivo que el de aquellos que me hacían agua la boca. Dejé de respirar luego de haber ubicado un zorro a seiscientos metros, lo suficientemente cerca como para evitar el arrepentimiento a medio camino, entonces, súbitamente cambié de dirección girando hacia la izquierda, pasando en diagonal detrás del cuerpo de Eric, quien después de percatarse del brusco movimiento en una porción de segundo, inició a seguirme.

Corrí tan rápido como mi cuerpo me lo permitió. Los árboles y arbustos pasaron a ser sólo unas líneas fugaces, ni siquiera el cuerpo de Eric -diez metros más atrás- poseía forma.

Agudicé la vista, aunque la luna a penas iluminaba el terreno yo podía distinguir perfectamente las siluetas borrosas de todo, y sólo cuando estuve segura de haber recorrido cuatrocientos metros me permití echar una leve inspiración para detectar con exactitud la posición del zorro: se había movido unos veinte metros más, probablemente alarmado por el zumbido de las hojas al rozarme, o tal vez aprovechaba la quietud del lugar para desplazarse libre.

Dos, tres, cuatro segundos y lo divisé, un segundo más y lo mordí con desesperación, apenas había alcanzado a girarse cuando lo atrapé entre mis manos torpes. Lo apreté con tanta fuerza que le destrocé el cuerpo con un crujido de huesos, pero el animal no se movió, lo había matado al instante.

Bebí todo lo que pude y lo tiré como un trapo sucio.

Escuché una arcada, y aunque tuve ganas de darme vuelta y encararle, fui interrumpida por el eco del bosque: aves durmiendo, liebres, otro par de zorros, las propias raíces de los árboles buscando agua.

Posiblemente la sed aumentó el grado de alcance de mis sentidos, traté de forma estúpida  ignorar a los humanos tan sólo a un par de kilómetros, tal vez dos, y corrí sin esperar a que Eric pudiera pronunciar palabra, o que mis instintos sean más rápidos y me llevaran justo donde suplicaba no ir; había logrado mantenerme firme, y no iba a arruinar tal oportunidad sólo por un desliz al permanecer más tiempo de lo necesario agachada junto al cadáver del zorro.

"¡Espera!, ¡debes dejar de pensar…!" -no le entendí más, el viento ya se encontraba soplando en mi oídos demasiado lejos para poder tomarme la molestia de detenerme a decodificar lo que sea que Eric hubiera querido terminar de decirme.

Maté un par de liebres escondidas en sus madrigueras, otro par de zorros algunos kilómetros más allá y por último un alce macho que por lo demás iba a perecer de todas formas en la ventisca de la nieve.

Jadeé desmoralizada, rompí un árbol ceniciento de la raíz, busqué una cueva de la cual guarecerme de la nieve y estuve tentada a arrancarme el cabello.

-Estás loca. -me dijo Eric mientras me veía temblar de rabia dentro de una caverna pequeña- Pensé que lo había visto todo en la vida… está claro que me equivoqué. -prosiguió sentándose junto a mí.

Apreté los puños para no escapar, todavía sentía la adrenalina, las ganas horrorosas de correr hasta el pueblo más próximo y asesinar a cuanto humano se interpusiera en mi camino.

-Eric… -lo llamé con la voz quebrada- háblame, por favor. Dime lo que sea.

El muy bastardo se rió de mí, pero aceptó "charlar" y comenzó hablándome de su opinión sobre lo que acababa de hacer, y aunque casi salgo de la cueva hecha un rayo para no oírlo, decidí afrontar las consecuencias y lo escuché con suma atención, debía evitar a toda costa volver a pensar en la sed, aún cuando ya estaba casi del todo saciada.