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Never Coming Home. — capítulo 6
Así que esto me ha estado salvando el pellejo…
Comencé a correr movida por la excitación y la adrenalina, por primera vez en mi vida era capaz de controlar una situación plenamente y no quería meditarlo demasiado, sólo deseaba destrozar y aplastar.
Agarré el cuello de Felix, mi mano ridículamente insignificante apenas capaz de cerrarse en su garganta ancha y enorme. Y en vista de que no podría alzarlo debido a mi estatura, di un salto y lo lancé -conmigo sobre él- hacia el piso junto a los escalones.
Felix arrugando la nariz intentó reincorporarse, sin sospechar que llevaba un peso extra sobre su torso: el mío.
La idea de "terminarlo" salió atropellada junto con la frase de Aro: "Demetri, Santiago, ayúdenlo", oí a Felix bufar furioso, y no pude evitar desconcentrarme al mirar los estúpidos rostros de los vampiros tratando de localizarme, pero sólo hizo falta ese maldito instante para que los tres descubrieran mi cuerpo como mono aferrado sobre Felix a punto de romperle la cara con un puño.
Salté antes de que Felix pudiera cogerme, miré con atención el rostro de Aro, sereno y en pie estaba esperando que me detuviera, pero no lo hice por voluntad propia: los brazos de los vampiros anteriormente solicitados me sujetaron de forma tan brutal, que creí que iban a arrancarlos.
Bien, estaba perdida. Quizás me las hubiera apañado sólo con Felix, pero tres contra uno, o lo que es peor: todos contra uno, sin duda era una misión suicida.
Jadeé cuando fui arrastrada por el suelo hasta Aro. No tenía la necesidad de hacerlo, porque no había ningún efecto calmante, sólo lo hacía por hábito.
-Lo habéis visto. -dijo acercándose con una sonrisa- Ella es lo que necesitamos.
Acarició el contorno de mi mandíbula, sostuvo firme mi cabeza entre sus manos e hizo un poco de presión.
"Hasta aquí llegaste"*-*me dije- "Justo cuando empezaba a sentirme cómoda."
-Ah… -suspiró mientras dejaba caer sus manos- no te precipites, pequeña. No vamos a eliminarte.
Tuve la impresión de que todos ahogaron los reproches. De pronto Aro, el anciano eufórico, parecía casi tan inflexible como Caius, con la mirada gélida de Marcus y un aura asesina que me ponía los pelos de punta. ¡Escapa, corre, huye rápido! -gritaba mentalmente una parte de mi cerebro. ¿Aro estaba amenazando a su guardia… por mí?
-¿Qué dicen, hermanos? -dijo juntando sus manos con el mismo tono de satisfacción de hace rato.
Giró y se encaminó hasta Caius, éste -sin mirarlo realmente- torció un poco la boca, pero fue todo. Marcus por otro lado, -quien nunca pareció prestar atención- continuó en silencio observando detenidamente un punto en el aire. Aro dio por zanjado el tema, si nadie discutía era porque indirectamente me habían aceptado.
-Llévensela. -hizo un ademán con la mano.
Demetri y Santiago, me pusieron de pie jalándome los brazos, me hicieron girar torpemente e iniciaron a caminar hacia la salida. Si calculaba bien, la pelea no podía haber durado más de cinco minutos.
-Borgny… -me llamó por mi nombre. ¿Cómo diablos lo sabía?: es cierto, lo había "escuchado"- ¿verdad que serás una buena chica?
Forcejeé para que me soltaran, me di la vuelta y miré fijamente los ojos burdeos del anciano antes de responderle:
-Por supuesto, Aro.
Mi voz sonó suave, natural, a pesar de que Aro dio muestras de desagradarle mi forma arrogante de dirigirme hacia él, volvió a colocar su sonrisa y asintió complacido. Luego me limité a seguir los pasos largos de mis escoltas: Demetri al frente, Santiago al costado izquierdo, Felix en el costado derecho.
La puerta se cerró tras de nosotros, volvimos al mismo método de los pasillos largos e interminables, mientras la atmósfera se hacía cada vez menos respirable.
-¿Te pateó el culo una niña, Felix? -susurró Santiago con aire despreocupado en un intento de apaciguar la tensión.
-¡Cállate! -siseó él, lanzando a Santiago contra la pared, apretando su garganta con tanta fuerza que se podía escuchar el sonido de sus dedos torcerse sobre la piel de su víctima.
-Felix… -Demetri habló cortante, sus ojos gritaban "¡Detente!"
Felix soltó de un manotazo al vampiro de aspecto atlético y regresó a su sitio. Le había estado mirando de reojo, así que al notar cómo apretaba la mandíbula y echaba una mirada rabiosa sobre mí, no pude hacer otra cosa que contener las ganas de reírme y ocultar el rostro con el gorro de la capucha.
-¡Puaj! -exclamó Santiago, vaya que era molesto, tal vez Felix tenía razón- vueles a perro… ¡Rayos!, ¿de dónde te sacó Aro?
"Del infierno, porque te voy a freír vivo" -Vale, tuve que empuñar una mano para no soltarle algo así, por supuesto que nadie lo pasó inadvertido.
Nos detuvimos frente a una puerta de madera, era de tamaño mediano, aunque más parecía la entrada de una celda muy antigua.
-Quédate aquí, y no salgas hasta que vengan por ti.
Demetri, abrió la puerta con un manojo de llaves del cual nunca me percaté hasta que el tintinear de las llavecitas resonó por todo el lugar. Esperé a que alguien entrara primero, pero nadie se movió.
-¿Cuándo vendrán? -inquirí con el tono más amable que pude.
-Pronto. -espetó de mala gana.
Cerró la puerta con fuerza; al parecer a nadie aquí parecía agradarle, todos me odiaban tanto como yo a ellos, y no era para menos. "Otra favorita." -dijo Santiago cuando Demetri hubo cerrado la puerta- "Me pregunto cómo tomará esto, Jane…" -murmuró Felix con un evidente entusiasmo, como si las rencillas anteriores jamás hubieran existido.
*"Está bien, Borgny, piensa." -*me dije una vez que los pasos se desvanecieron entre los corredores.
Eché una mirada a la habitación iluminada por unas lamparitas en los costados: no tenía ventanas, la puerta la habían cerrado con llave -aunque si lo quisiera podría destruirla, no sin ser expuesta claro-. Había un juego de sillones en el fondo, un escritorio vacío a la derecha, y lo que asemejaba un modesto ropero: me dirigí primero allí, al abrir las puertas de éste un halo de polvo salió directo a mi boca, tragué un poco pero evité que el resto penetrara mi nariz. En el fondo una capa oscura, un vestido gris claro, y unas manoletinas* del mismo color: simples y cómodas.
Me quedaría con los zapatos y la capa, del vestido ni hablar -minúsculo, quizás podría ponérmelo, pero ni en un millón de años cerraría la cremallera de la espalda-. Ya obtendría ropa adecuada, si alguna vez era libre.
Cogí una de las almohadillas del sofá y me dejé caer como si estuviera exhausta. Realmente deseaba dormir, siquiera dormitar, pero cerrar los ojos implicaba bajar la guardia, además de exasperarme cada vez más por la frustración que me provocaba no poder hundir mis problemas en una dulce tela negra llamada "sueño".
Pensé -a falta de mejor panorama- cómo había parado en tal situación. Recordar mis memorias humanas, aunque estuvieran irritantemente nubladas, lograba tranquilizarme un poco. Abandoné mis sentidos -no sin antes ordenar a ese "espacio" en mi cerebro que vigilara mientras yo pensaba- y repasé las imágenes.
Mamá fue una mujer hermosa, aún cuando ya estaba en sus tempranos cincuenta. Siempre estuvo planeando el viaje a Italia; había proyectado una estadía en Roma, pero el dinero escaseó en el último instante y Volterra surgió como segunda opción… si tan sólo le hubiera dicho que prefería viajar a Venecia, aunque fuese por menor cantidad de días.
Suspiré, ella era muy terca, tal vez de allí provino mi herencia.
Una madre soletera, hija única, parientes en su mayoría muertos -excepto algunos primos en segundo grado, que nunca llamaban-, era perfecto: si querían eliminarnos jamás se percataría nadie, probablemente la compañía para la que trabajaba mamá se hubiera percatado. Llamarían un par de veces, quizá alguien se presentara en nuestro departamento, y ante la falta de respuesta darían por sentado su renuncia y listo. Yo por otro lado acababa de finalizar el instituto, la mayoría estaba muy ocupado con las gestiones de su universidad para estar preocupados en mí, o en mi oscuro paradero; hasta mis amigos -pocos, no más de siete chicos y chicas- pensarían que con el ajetreo de la mudanza, las matrículas, mensualidades, etc., opté por desaparecer un tiempo del mapa, pero volvería. No. Nunca regresaría, ni porque lograra exterminarlos, no tendría cara para volver.
De improviso sentí la necesidad de aferrarme a mis piernas, dejar caer la cabeza sobre las rodillas, y atar mis manos sobre los tobillos. Sólo llevaba un día como vampiro y ya extrañaba poder llorar, sollozar hasta quedarme dormida… nadie me iba a extrañar, absolutamente nadie, mi única familia fue arrancada de mi lado, ¿qué más podía hacer?: ¿irme tranquilamente de vuelta a casa?, ¿como si nada hubiera pasado? Por esa razón debía vengarme…
"Otra favorita…" -resonó en mi cabeza como un viento salvador. ¡Claro! Me había convertido -sin quererlo- en la favorita de Aro, y aunque no tenía ni la más mínima idea de quienes eran estos peculiares vampiros, debían ser muy importantes para tener a su servicio a semejantes tipos dotados, ya sea en fuerza como Felix, o con esa capacidad de Jane para hacer sentir dolor, incluso el propio Aro que "oye" los pensamientos. Ellos tienen que ser importantes-repetí mentalmente-.
Entonces, Aro, Caius y… ¿Marcus?, son la cúspide de lo que sea que fueran, su voz es ley, y todo lo que salga de sus bocas es sagrado. Además, están rodeados de escoltas o ¿guardias?, ¿algo así como guardaespaldas?, que salen hasta por debajo de las rocas…
Maldición, lógicamente me odian: había estado haciéndome la orgullosa con sus "maestros", con la corona. Sin embargo, la corona necesitaba de mí. Aro lo dijo: "La habéis visto. Ella es lo que necesitamos."… ¿pero, por qué me necesitan?
La respuesta nació clara y simple: mi don. ¿Qué don?, ¿desaparecer era un don? Jamás lo vi como algo bueno, es más, lo detesto. Durante mi vida humana sólo me ayudó a entorpecer el ámbito social. Pero ahora… -instintivamente, como un ronroneo, mi garganta vibró-. Le pateé el trasero a Felix, ¡sí que lo hice! Puede que después de todo este "don" sea útil.
La curiosidad me movió hasta el centro del tapete bajo los sillones, tomé asiento y cerré los ojos, iba a realizar esos ejercicios respiratorios que alguna vez usé para relajarme, sólo que esta vez intentaría sacar el líquido invisible.
Esperé unos diez minutos sin hacer nada, visualizando un fluido salir de mi manos a ver si así conseguía hacerlo, pero cuando abrí los ojos y las descubrí secas resoplé con molestia.
-¡Qué diablos!, ¡ahora que te lo pido no sales! -fruncí el seño, tenía unas ganas incontrolables de partir el escritorio -que era el más próximo-.
¿Cómo fue, en primer lugar, que lo vi?
Bien… fue cuando luchaba con Felix, lo sentí dos veces y en ambas ocasiones, se esfumó tan rápido como apareció. ¿Por qué?, ¿Por qué había surgido?, "Por el temor" -me respondí-. Pensé que iba a morir, inclusive cuando era humana y creí que sería atacada, "desaparecí". Entonces esto podía ser algún tipo de mecanismo de defensa… ¿y si era así, por qué rayos me abandonó tres veces?
La primera vez, volví a "aparecer" luego de tropezarme con ese estúpido brazo y distraerme con el corte de mi mano. La segunda vez me distrajo el sonido de mi codo, o lo que pensé que era mi codo trisándose. Finalmente, cuando preferí concentrarme en las caras desconcertadas de los vampiros se desvaneció el manto. Por lo tanto la clave estaba en la concentración. Sin embargo, no había usado mi don de otra forma.
Nuevamente cerró los ojos, repasé las imágenes de la pelea y me enfoqué en las emociones; tomó otros diez minutos antes de que pudiera sentir la desesperación, el miedo, como si fueran reales. Abrí los parpados, justo en el centro de mi palmas se extendía una capa brillante de aspecto acuoso -aunque no se sintiera así-, no abarcaba más de dos centímetros en cada mano, pero allí estaba, el primer vestigio de mi poder.
*Para los que no saben lo que son las manoletinas (que yo tampoco lo sabía, me enteré hace muy poco) son unos zapatos de suela plana, punta redonda y abiertos. Aunque para qué les explico si basta con buscarlo en internet… ¡Nos vemos! :D