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Never Coming Home. — capítulo 8

Nota: aquello que está entre los (*) son momentos del futuro-presente, porque la historia va relatada en pasado... (: Lamento las confusiones u.u

-Tardaron demasiado. -resopló ella entremedio de una risa.

De espaldas, contra el sillón yacía el cuerpo de una mujer menuda, quien dio la vuelta en su silla y dejó ver sus piernas cruzadas, las manos entrelazadas en un gesto de gran pensador, una sonrisa amplia, y el cabello corto rubio platinado.

-De haber sabido que la chimenea estaba en uso… -musitó Eric.

Claro, ¿qué otro propósito para una chimenea subterránea, si no es el de una entrada?

Era una sala de estar preciosa.

 *               *            *

¿Y por qué digo "era"?, más bien porque todo eso ya había quedado atrás.

Mi memoria precisa puede evocar toda la vieja base de entrenamiento: tenía todo lo necesario para matar las horas lentas durante el día; un salón de billar, otro de cartas, de videojuegos -el preferido de Eric-, uno de cocina -sí uno de cocina, vaya uno a saber qué clase de cosas cruzaban la mente de esa vampira-, un baño, y otras cuatro habitaciones destinadas para los "cuartos personales", que en realidad eran una réplica en menor escala del salón, sólo que éstos eran los  únicos lugares "privados".

-¿Qué sucede, mayor? -preguntó uno de los vampiros más jóvenes del aquelarre luego de oírme gritar que aguardasen.

-El ejército menor, debe cumplir su trabajo. -contesté solemne- Nosotros esperaremos.

Fue la palabra final. Sabía que él deseaba protestar, seguramente pensaba -como alguna vez lo hice yo- que no podía abandonar a sus compañeros.

  •                *            *

Cuatro sillones en la esquina derecha de ella, tres individuales y uno para tres personas, todos del mismo color verde jade, en el centro el asiento principal con una mesa de vidrio en frente, al otro extremo una puerta de color caoba y varias repisas de madera repletas de libros. Después sigue el color crema de las paredes, el suelo frío con algunas alfombras cubriéndolo y evitando que las patas de los muebles hicieran contacto con él.

Vaya…

La chica nos miró de manera minuciosa otros dos segundos antes de volver a hablar, tiempo en el cual Eric ya había cogido un libro de las estanterías -precisamente uno de tapa azul oscuro de la última fila a la izquierda de la puerta-.

-Es una novata… -se giró hacia él- no dijiste que era una mujer*.*

Enarqué una ceja segura de que no la vería, ¿es que todos los vampiros me repudian?

-Lo dije. -contestó él todavía absorto en el libro sin autor o título.

-No, no lo dijiste. -no ocultó el enojo en sus palabras- ¿¡Te das cuenta que todo el plan cambia!?

Me deslicé hasta el sofá de tres personas, me senté en el extremo izquierdo y dejé caer mi cabeza sobre el brazo acolchonado: "¿Cuánto más tomará esto?" -quise preguntar, pero el sonido de unos labios rosarse me frenó en seco. Qué lógica tiene que te pongas a besuquearte en frente de una desconocida, aun cuando hace menos de dos segundos estabas empezando una discusión… qué mierda con estos vampiros.

-Está bien, -susurré para ver si atraía su atención- puedo ser una "novata", una "neófita", lo que sea… pero a mí no me vienen…

-Discúlpanos. -me interrumpió la rubia- Fue una impertinencia mía, ya sabes, -agregó- uno no se puede controlar con los chicos.

¿Ah no, perr…?-quiero decir- ¿perdida?

Estuve a punto de lanzarme encima cuando ella se sentó junto a mí, demasiado cerca como para que mis instintos no me gritaran que la despedazara de inmediato, ella no puede osar invadir mi espacio personal y salir libre así como así.

-¿Tienes sed? -dijo de pronto.

-No. -escupí el monosílabo.

El tono de mi voz se vio oscurecido por el torrente de pensamientos homicidas contra su persona; lo que realmente me sacaba de mis casillas era que me hubieran pasado a llevar de esa forma, como si no existiera… -qué ironía: mi "don" justamente se trata de no existir para los demás-.

-Bueno, pensé que tal vez lo estabas. Digo, yo me pongo de malhumor cuando lo estoy, por esa razón: lamento mucho lo de la entrada. -continuó sin amedrentarse por mi cara de pocos amigos.

En cierto punto de su discurso, recordé que ésta también debía ser una relación que comenzara bien, por lo que suspiré de manera audible y me enderecé en el asiento.

-No te preocupes, no tengo sed. -reiteré, esta vez con la voz más suave y esforzándome por sonreír.

-No intentes entenderla. -hablo Eric, quien había dejado el libro en el mismo lugar donde lo encontró y observaba mi rostro cubierto por la capa desde uno  de los sillones individuales- Camino al palacio se almorzó unos perros.

-¿Unos perros? -repitió arrugando la nariz: hasta ahora nadie había sido capaz de esconder la cara de asco cuando olían la capa ensangrentada, -o en este caso- cuando sabían de mi pequeña matanza. ¡Maldita la hora en que decidí conservar el condenado trapo!

-Eso no es todo. -dijo con alardes de sabelotodo- Hace un rato le robó la ropa a una prostituta.

Y cómo si la chica no estuviera con los ojos desorbitados, los dos globos oculares se agrandaron más y amenazaron con desbordarse si ella no hacía algo para evitarlo.

Oficialmente Eric me pone los pelos de punta. Sencillamente no puedo tener una conversación amena sin que él, me ponga tensa.

-La mía se rasgó. -argumenté mientras sacaba del interior de mi capa el cinturón con el bulto envuelto a mi cintura. Le mostré la ropa casualmente, como si sólo hubiera estado intentado colocármela inocentemente sin reparar en que ella la vería: deseaba que notara que no era una falda minúscula la que traía conmigo, ni un brassier provocativo, o los tacones altos, no… quería que viera los pantalones largos y la chaqueta común y corriente.

-Eric, fuera.

-¿Qué? -Eric exteriorizó mis pensamientos.

-Vamos. -le contestó tomándolo del brazo, ignorando que las cejas de su compañero casi se tocaban, estando en un segundo afuera.

Comprendí que la chica se refería a mi ropa, me estaba otorgando el tiempo necesario para que cambiara los indecentes restos de lo que alguna vez fue una bonita blusa rosa palo y los vaqueros preferidos de mamá.

Por un momento pensé en aprovecharme de mi soledad e ir a echar una mirada a la chimenea, si descubría la salida no me llevaría más de unos segundos estar fuera y huir, sin embargo, aunque lo hiciera y ellos no entraran en la habitación antes de que yo lograra salir, ¿de qué sirve seguir teniendo ésta clase de pensamientos, si mi objetivo radicaba en ellos?, en los vampiros de los cuales trataba de escapar.

-Bien. -fue todo a lo que me limité a decir.

No puse atención a sus movimientos, dejé que esa parte de mi cerebro los vigilara mientras doblaba en un bulto más pequeño la muda sucia, y la ceñí a mi cintura igual que la vez anterior.

-Bueno, supongo que ya es el momento.

-Tenemos cinco horas antes del amanecer. -añadió Eric echando una mirada rápida al reloj de pulsera.

La mujer abrió la boca, pero la cerró de inmediato.

-Es cierto. -musitó a tres metros de mí- Alex, ¿y tú?

-Borgny.

-¿Qué se supone que significa eso? -Alex frunció el seño.

-Es noruego.

-No pareces noruega. -dijo casi al instante.

-Desciendo de una vieja línea.

Asintió y cruzó los brazos, miró a Eric y luego a mí.

-Bien porque necesitarás a todos tus antepasados. -¿Qué?- Necesitarás fuerza, mucha fuerza. -respondió la pregunta mental.

-¿Qué rayos…?

-Salgamos.

Eric se coló por la boca de la chimenea polvorienta, oí el sonido de sus zapatos chocar contra una barra de metal, luego Alex me hizo una seña para que lo siguiera.

-¿Hasta cuándo dejarán de custodiarme? -dije enfadada.

Había procurado no ensuciar la nueva muda, pero con todo los terrones cayendo de las barras a modo de escalones, la chaqueta ajustada -aunque más cómoda debido a la diferencia de "tamaño" entre su antiguo dueño y yo- había cambiado su color verde olivo al café de la tierra mojada.

-Si quisiera escaparme o traicionarlos, ya lo habría hecho…

Abandonamos el conducto tan rápido como terminé de quejarme, entonces Alex -a mi espalda- murmuró: "Puede que tengas razón"  -Claro que la tengo-.

-Borgny, es hora de que comiences tu entrenamiento. -habló de forma tan solemne que no pude hacer otra cosa que asentir- Seremos tus instructores.

Alex y Eric se alinearon frente a mí, algo en sus rostros blanquecinos brillaba como la luna llena de la noche. Ambos pares de ojos rojizos centellearon e iniciaron a correr en dirección opuesta, se adentraron en los árboles dormidos, mientras yo me quedaba helada reflexionando en esa palabra: "Entrenamiento" -tragué saliva.

Entrenamiento…