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Historia 102767 — capítulo 10

La llorosa Astoria Greengrasss, en el despacho de la Directora junto con su esposo Draco Malfoy, y sus hermosas hijas gemelas Sharon y Katherine (que también lloraban), no podían entender cómo hacía una semana que no sabían nada de Scorpius. Lo único que podían hacer era leer la carta que el chico había dejado explicando que se unía a los Mortífagos porque compartía los ideales de éstos respecto a los muggles, los sangre impura y los traidores a la sangre. Además, les dijo que él les había pedido que no los dañaran jamás a cambio de su servicio como Mortífago. Les había explicado lo mismo a sus amigos, pero éstos no podían entenderlo.

-Quiero a mi hijo menor de vuelta, Draco. -le pidió Astoria a su esposo.

Draco miró los verdes ojos de su esposa, tan parecidos a los de Scorpius.

-Tú puedes traerlo de vuelta, papá. -le dijo Sharon.

-Eres el único que puede ayudarlo, papi. -murmuró Katherine.

Las tres mujeres no paraban de llorar. Draco miró a McGonagall, que lo observaba con severidad.

-Puedes llamar a los Mortífagos, Draco. -lo autorizó McGonagall. -El castillo está lleno de aurores, si llegan a venir todos con tu hijo, podremos negociar…

-¿No los conoces, Minerva? -le preguntó Draco en voz alta. -Sabes cuál es el objetivo de los Mortífagos, y mi hijo los apoya.

-Draco, soy su madre. Si tú lo invocas podré convencerlo…

-Es muy peligroso, Astoria. Nosotros somos ahora traidores a la sangre, y yo mismo soy un desertor. Te llevarán de rehén.

-¡Le han prometido no tocarnos! -gritó la bella mujer, escandalizada.

-¡A cambio de su eterno servicio como Mortífago! -bramó Draco.

Sharon y Katherine lloraban desconsoladas. Odiaban ver a sus padres discutir (algo muy inusual), pero esta vez era porque extrañaban a su hermano.

-Por favor, Draco… -suplicó Astoria. -Yo necesito a Scorpius.

-Papá… -dijeron Sharon y Katherine al mismo tiempo con la voz tomada.

Draco terminó cediendo. Su esposa y sus hijas lo abrazaron, agradecidas. Pero él no quería saber nada de su hijo. Los Mortífagos habían asesinado a su padre, y su hijo estaba con ellos por voluntad propia. Scorpius no se merecía lo que él haría.

En ese momento, llamaron a la puerta. McGonagall dio el permiso para que entraran, y Albus y Rose aparecieron en el umbral. Sharon y Katherine los abrazaron, y luego Astoria. Draco los saludó fríamente.

-¿Hay alguna noticia de Scorpius? -preguntó Albus.

-Draco llamará a los Mortífagos. Todos los alumnos (incluidos los mayores) se meterán en sus respectivas Salas Comunes, aseguraremos las ventanas y habrá una única contraseña para todas, incluida la de Ravenclaw.

-¿Creen que él venga solo?

-Lo dudo. -opinó Draco. -Los Mortífagos pensarán que trataremos de poner a Scorpius bajo custodia. Alguien lo vendrá a acompañar.

Una hora después, cuando todos los alumnos estuvieron en sus Salas Comunes, las ventanas por donde muchos veían aseguradas, los aurores ubicados en lugares estratégicos, y los profesores y los Malfoy en los jardines, McGonagall levantó las protecciones que defendían Hogwarts con una sacudida de su varita, y Draco se arremangó y tocó con su dedo índice derecho la Marca Tenebrosa.

No pasó nada. Draco volvió a hacerlo repetidas veces. El tatuaje le ardía en el brazo pero seguía sin pasar nada. Astoria cayó al suelo. Sus hijas, alarmadas, se acercaron a ella: se había desmayado. Draco pensó en su hijo, se preguntó si estaría bien, se preguntó si no estaría bajo un maleficio Imperius, se preguntó si… estaría aún con vida.