¿Te casarías conmigo? — capítulo 4
Una joven castaña sonreía llena de ilusión, la felicidad y esperanza se reflejaban vivamente en su rostro. Llevaba un baúl a su lado, lleno de sueños y planes, porque, aunque la acaban de echar de su casa, el mundo por fin se abría ante ella. Dieciocho años, ese día cumplía por fin dieciocho y aunque desde los diecisiete era mayor de edad en el mundo mágico, no era hasta ese día cuando legalmente podría andar por su cuenta en el Londres Muggle.Desapareció sin voltear a ver por última vez su casa y re-apareció en el callejón Diagon. Re corrió las calles por última vez, con más sentimiento de lo que había demostrado por la mansión en la que había crecido, y es que le tenía más aprecio a ese lugar que a la cárcel que sus familiares llamaba "hogar". Con una mirada de nostalgia se despidió del lugar que poco a poco comenzaba a cobrar vida después de la guerra.Salió del callejón y cruzó el Caldero Chorreante y encaró por fin el mundo no mágico al que tanto había soñado pertenecer...La guapa castaña bailaba fervientemente dentro de un estudio lleno de espejos, concentrada en sus movimientos, en la música del piano que la llenaba e ignoraba por completo todo lo demás que no fuera su baile, quería olvidarse de todo. Las cosas no le habían salido fácil después de dar los primeros pasos por el Londres no mágico. Quizás por tonta o confiada había pasado todo el día recorriendo los lugares y explorando, pero al caer la noche y caer en cuenta de que necesitaba un lugar para dormir, la habían asaltada y casi violado en un sucio callejón de un barrio de no muy buena reputación.La habían dejado casi sin nada, solo su varita y otras cosas que al parecer no habían sido de su interés o que no había podido sacar del baúl, pero igual había quedado sin un peso encima y con el rostro lleno de moretones. Para esas horas de la noche, cojeando, arrastrando el baúl y llorando, se topó con una mujer, dueña de un estudio de ballet, quien le brindó su ayuda.Le dio posada, alimento y hasta trabajo. La chica dormía en la bodega del lugar y trabajaba haciendo la limpieza al estudio, arreglando las zapatillas y el vestuario de las jóvenes bailarina, quienes apenas eran uno o dos años menores que ella. Cabe destacar que su trabajo lo hacía con magia, pero con mucho cuidado para no ser descubriera y aunque no le agradaba mucho su trabajo, tampoco tenía de que quejarse. Aprovechaba todas las noches para bailar en el estudio y soñar que pronto tendría la oportunidad de llegar a ser alguien importante, finalmente el ballet era la razón porque estaba ahí y aunque por el momento el panorama no pinaba bien, no dejaría sus ilusiones asó de fácil...Caminaba por las calles de Londres, con las manos llenas de bolsas, aunque nada de lo que había dentro era para ella, se sentía muy bien ir de compras. Llevaba telas, zapatillas y mallones para las bailarinas del estudio en el que trabajaba.—¡Señorita, señorita! —la llamó un hombre. La aludida se giró, topándose con un rubio de ojos claros, con facciones cuadradas, corpulento y vestido con un traje azul marino muy formal. El hombre llevaba su varita en la mano.— Se le calló su broche —dijo, entregándole su varita a Astoria. La castaña la recibió como pudo y la guardo en su bolso, inmensamente agradecida.—Muchas gracias, de verdad —respondió, regalandole una sonrisa al hombre.— No sabe lo que signifca para mí —confesó, aunque sin decir lo que era.—No fue nada, siempre es una placer ayudar a una bella dama —comentó el rubio, extendiendole la mano para saludarla.— Damián Murray —se presentó.—Astoria Greengrass —contestó ella, intentando extender también su mano, pero las bolsas de zapatillas se le cayeron.—Tranquila —se apresuró a decir Damián, recogiendo las cosas por ella. Astoria solo lo miraba, sonriendo. Sus ojos verdes brillaban con cierto asombro, pues si era honesta, era la primera vez que un hombre, desconocido, era tan caballeroso y atento con ella. Además era muy guapo.— No quiero sonar atrevido, pero ¿cree que me dejaría acompañarla? Aunque sea para ayudarla con las bolsas —pidió el rubio.La chica titubeó y su mente comenzó a repetirle una pregunta a la que no tenía respuesta: ¿Debería confiar en un completo extraño? Pero antes de siquiera plantear una respuesta, su boca actuó por si sola.—Por su puesto, voy a mi trabajo —respondió, fijando sus ojos en los del chico, buscando algo que no sabía que era, pero cuando su corazón comenzó a bombear fuerte, supo que lo había encontrado.— La danse de Bouvier.—Eso explica que lleves tantas zapatillas —comentó Damián, comenzando a caminar a un lado de la chica.— ¿Eres bailarina?—No exactamente —contestó la castaña, haciendo una mueca de disgusto al recordar que seguía sin llegar a cumplir su meta...Astoria estaba sentada en un café, con una humeante en sus manos y frente a ella estaba sentada una mujer mayor, delgada y rubia, que aunque bella, se notaban que los años no habían pasado en vano.—Puedes venig conmigo, Astogia —decía la mujer mayor, con un evidente y marcado acento francés, sonriendo de medio lado y mirando con ternura a la joven que acaba de cumplir diecinueve años.—No lo sé, Charlotte.¿Irnos a los Estados Unidos? —repitió Astoria, muy insegura ante la propuesta.—Lo siento de vegdad, pego no puedo gechazag la ofegta que me han hecho, Astogia. Me duele mucho degag a mis alumnas, pego fogmag pagte Bgoadway siempge ha sido mi mayog sueño y la idea de igg a dag clases allá es mi última opogtunidad —declaró la mujer.—Pero tú querías ir como bailarina cuando tenías dieciséis años —le recordó la joven, quien se había vuelto muy amiga de la mujer que para fines practicos era su jeda, la mujer que le había ayudado tanto desde que había llegado al mundo Muggle.—Las cosas no siempge se dan de la fogma que uno quiege, pego si se te da la opogtunidad tienes que tomagla —contestó la mujer, mirando fijamente la castaña.— Y yo te ofgesco la pogtunidad de convergtigte en la bailagina que tanto quieges. Piensalo, Astogia, puedes teneg un nuevo mundo de posibilidades —alñadió Charlotte. Astoriase quedó en silencio y de forma distraida le dio un trago al café...—Es muy guapo —decía una niña de quince o dieseis años a la que Astoria peinaba con esmero en un moño alta. Ambas vestían con leotardos rosas y firmes zapatillas de pinta, alistándose para interpretar de la despedida del estudio de ballet.— Pero no creo que debas arriesgarte.—Lo sé, pero nunca pensé conocer a alguien como él, siento que es todo lo que siempre quise —respondió la Greengrass.—¿Qué quieres más? ¿Al ballet o a él? —cuestionó la chica, pero Astoria no respondió, porque la verdad no tenía una respuesta a eso. Damián era divino y de verdad jamás había conocido a un hombre como él. Quería intentarlo, pero igual no quería dejar volar su oportunidad de ser bailarina.— Si yo fuera tú me iría con Madame Bouvier. El ballet lo es todo para mí, tu oportunidad es única —sentenció la chica, poniéndose de pie para salir al escenario...—¡Astoria! ¡Astoria! —gritaba un rubio vestido con un traje azul marino, de estilo militar, que corría por la pista del aeropuerto, intentando a alcanzar a la castaña que apenas subía las escaleras de un avión, en compañía de su maestra de baile.—¿Damián? —preguntó Astoria, sorprendida y volteando a verlo.**—Te amor —dijo el rubio, mirando con ojos suplicantes a la castaña... El despertador comenzó a sonar, marcando las siente de la mañana. Astoria abrió los ojos pereza y golpeó de mala gana el aparato para callarlo. Se levantó con pesadez y se fue a bañar para alistarse para el trabajo. Ya llevaba una semana trabajando ahí y aunque no era algo que le apasionaba, no se podía quejar de nada. O-O-O Estaba despierto desde la cinco de mañana. Sentado en su despacho y con una taza de café frío en sus manos. Había pasado una semana desde que habían enterrado a su madre y a pesar de la promesa que le había hecho a su padre no había sido capaz de hacer nada. Seguía con Pansy, seguía enternecido con todo el amor que ella le profesaba y seguía sin tener el valor para de tenerla. De hecho se planteaba muy seriamente que a lo mejor podría llegar a ser feliz con ella. No es que fuera un conformista, pero al final de cuenta ya estaba casado con ella. Sin embargo, cuando despertaba por las mañanas y la miraba a su lado, no podía evitar sentir antipatía por ella, ella con su cabello perfectamente lacio y en su lugar, con un antifaz negro para dormir y siempre recostada boca arriba, con las manos ligeramente apoyadas en su vientre, ¿qué a acaso no se movía?, ¿que acaso no se despeinaba?, ¿por qué tenía que ser tan meticulosamente perfecta.? Pansy siempre estaba leyendo revistas de chismes, siempre arreglada con esmero y lista para asistir a cócteles y reuniones, sin importarle mucho que él estuviera cansado y simplemente quisiera tirarse a la alfombra a dormir. Vale, que él también había crecido en ese mundo y no le era extraño eso de mantener la apariencia y estar presente en las reuniones aunque uno no quisiera, así había sido desde que tenía uso de memoria, pero muy honestamente en ocasiones solo quería momentos normales. ¿Era necesario cuidar la apariencia dentro de las cuatro paredes de su propia casa?, ¿de verdad era necesario?. Solo buscaba momentos normales en su vida, una mujer que se viera linda al natural, que pudiera andar por los jardines de la mansión despeinada y con ropa simple, si era posible, hasta con pijama. Él quería una mujer que se preocupara un poco más por él que por el "qué dirán". Pansy lo adoraba, eso nadie se lo negaría, pero también demostraba que la vida social era más importante para ella que lo que él quisiera. Porque entre una tarde de cóctel con varios Martinis y chismes de por medio, entre el hecho de que él quisiera dormir dos horas en la tarde y levantarse a tomar el té al atardecer, la pelinegra sin duda prefería la primera opción. Suspiró y se frotó el rostro para despejarse un poco, pero casi sin querer vino a su mente esa chica que había contratado como asistente, esa chica que vestía en ocasiones como muggle y que seguramente tenía una vida de lo más común y normal con su marido muggle en el Londres no mágico. Jamás pensó que llegaría a pensar eso, pero de verdad que llegaba a sentir envidia de esos que alguna vez había llegado a odiar con todo su ser. Dichosos los muggles que no habían vivido la guerra como ellos, que tenía una vida simple sin deberla ni temerla, ignorantes de la magia y sin problemas. —Buenos días, mi amor —saludó Pansy, entrando al despacho sin previo aviso y sacando al rubi de sus pensamientos. La pelinegra ya estaba impecablemente arreglada, como si se dispusiera a asistir a un gran evento, maquillada y con joyas. Draco jamás la vería desalineada, lo sabía. Jamás la había visto así, ni siquiera en los días de Hogwarts, ni siquiera durante la guerra, mucho menos ahora que se jactaba de ser la señora Malfoy. No le quitaría crédito a su belleza, Pansy era muy bonita, peor al mismo tiempo era tan plástica y falsa que le producía antipatía casi sin querer. —Buenos días, Pan —contestó, tomando un trago a su café y haciendo una mueca al descubrir que estaba helado. —Madrugaste, cuando me desperté ya no estabas en la cama —comentó, como si aquello no fuera evidente. Draco sonrió y asistió, mirando de reojo el reloj, con suerte ya se podía ir al trabajo.— Afuera hace algo de frío —añadió al chica, acercándose a donde el rubio para extenderle una bufanda. —Gracias —él la tomó y se la puso sin mucha gracia, para luego levantarse y tomar su capa negra.—Ya me voy, hay mucho que hacer en el ministerio, nos vemos más tarde —sentenció, dejándose besar la mejilla antes de salir con prisa del lugar. O-O-O Se cambiaba a toda prisa pro segunda vez en la mañana, maldiciendo en todos los idiomas que conocía. Había corrido con la desgracia de derramar su café sobre su túnica mientras desayunaba. Su única túnica limpia y no le quedaba más que ponerse su ropa normal, muggle, y rezar a Morgana para que su jefe no se molestara con ella. Tomó unos vaqueros, una blusa blanca, una sudadera rosa y conservó los tacones que ya traía. Sin reparar mucho en arreglar su cabello o retocar el maquillaje. Simplemente tomó su bolso y salió a toda prisa rumbo al ministerio, ya era tarde y lo último que quería era que la despidieran. Llegó al lugar a tropezones y siendo observada con curiosidad por su vestimenta. Solo se detuvo cuando estuvo frente a la oficina de su jefe, tomó aire y se armó de valor antes de golpear a la puerta y escuchar un seco «adelante». Entró al despacho y se toó con su jefe, sentado en su butaca, detrás del escritorio lleno de papeles, papeles que ella debía de haber organizado antes de que él apareciera. —¿Se te pegaron las sabanas, Murray? —dijo el hombre, con cierta burla y reproche.— ¿O acaso fue que tu marido no te dejaba salir? —añadió con cierto veneno, había cosas y manías que nunca cambiaban, como esa costumbra de Malfoy de insultar y burlarse. —Lo que pase en mi vida personal no le concierne, señor —gruñó la castaña con un leve sonrojo en las mejillas, conteniendo las ganas de gritarle. —No, eso no me importa —admitió encogiéndose de hombros.— Lo que si mi importa es que vengas al trabajo vestida con decencia —acotó con tono mordaz, mirando divertido a la chica, quien gesticuló sin decir una palabra. —Lo siento, pero tuve un pequeño inconveniente en la mañana... —dijo finalmente, intentando justificarse. Tenía muchas ganas de decirle unas cuantas cosas a su arrogante jefe, pero la sensatez y prudencia podían más en ella a la hora de pensar que de verdad necesitaba ese trabajo, ya había gastado buena parte de sus ahorros en las malditas túnicas. —Tú misma acabas de decir que lo que pase en tu vida no me incumbe —le cortó con sorna. —Bien, ¿y entonces que hago si no tengo que ponerme? —masculló, desesperada y mordiéndose la lengua. El rubio evitó reir y se quedó mirando por unos instantes a la irreverente bruja. La apariencia desalineada de Astoria era todo lo opuesto de Pansy, era justo como había imaginado a la "chica normal e ideal", linda sin maquillaje, despeinada y vestida de lo más corriente, incluso para ser ropa muggle. —Ponte a trabajar, para que te pague a fin de mes y te puedas comprar más ropa —respondió el rubio, sonriendo con cierta burla. La castaña bufó y tomó un montón de papeles del escritorio de su jefe para comenzar a trabajar.— Lo primero de hoy es asignar las misiones a los desmemorizadores —informó Malfoy.— Así que revisa la lista de muggles y agrupalos por zonas, grupos de cinco y me los traes para aprobarlos antes de que asignarlos —ordenó ya con más tranquilidad, comenzando a acomodar ciertos papeles de su escritorio para hacer su trabajo también. —Si, señor Malfoy —contestó la castaña con tranquilidad, aunque gesticulando y maldiciendo mentalmente al pedante rubio arrogante y burlón que tenía como jefe. Salió del despacho, con varios papeles en sus brazos y fue a ocupar su escritorio, fuera de la oficina de Draco Malfoy, Se sentó de mala gana y estirándose un poco comenzó a leer la lista de los muggles a los que debían de desmemorizar. La lista contenía los nombres de los muggles, el lugar donde vivían y la razón por la cual les debían de modificar la memoria. La lista era encabezada por un tal Davis Butter, quien vivía en Norwich y había visto a unos magos volando en escoba mientras pescaba en el bosque. Luego estaba una tal Sheila Crowood, que vivía en Bristol y se había encontrado con uno de los Micropuff de los Weasley y lo tenía escondido en su habitación. Así seguía la lista de personas que habían tenido contacto con la magia, poniendo el riesgo el estatus del secreto. Continuó a revisando los datos y apuntando las regiones donde se encontraban las personas, separandolos por secciones como su jefe se lo había pedido. Era una lista larga y cuando iba casi por la mitad se topó con algo que no hubiera esperando, con algo que hubiera preferido olvidar. Ahí, a mitad del pergamino marrón, estaba el nombre de su aún esposo: "Damián Murray, Liverpool, Inglaterra. Casado/Separado de una bruja y en posesión de libros de brujería." Contuvo el aliento y volteó a ver la puerta del despacho del señor Malfoy. ¿A caso su jefe no leía esas listas? ¿A caso no la había relacionado con el hombre de la lista? ¿A caso no era obvio que ella era esa bruja? ¡Maldición! ¡Y mil veces maldición! Se había olvidado por completo de esos libros, de sus demás cosas de hechicería que escondía tan fervientemente del alcance de Damián y que había olvidado tomar a la hora de marcharse. ¿Y ahora que hacía? Decir la verdad era la mejor opción ¿no? —¿Y tú quien eres? —una voz falsamente dulce sacó a Astoria de sus pensamientos, quien al levantar la vista se topó con una bella mujer de tes clara, ojos azules y un brillante cabello lacio y corto en color negro. La mujer la miraba con las cejas enarcadas y por su vestimenta se debía de tratar de alguien muy importante, con un abrigo de botones de plata, joyas muy caras, guantes de piel de dragón y zapatillas altas, no se trataba de ninguna empleada del lugar. —Astoria Murray —respondió la castaña, casi mecánicamente, parpadeando con desconcierto. ¿Quien era esa mujer? —¿Y trabajas aquí? —preguntó la pelinegra, mirando minuciosamente a Astoria, quien solo asistió con la cabeza, sintiéndose incomoda.— ¿Trabajas para Draco? —la castaña volvió a asistir.— ¿Y por qué estás vestida así? —interrogó de nuevo. —Tuve problemas con mi guardarropa —murmuró, mordiéndose la lengua para no decirle: "Que le importa." La mujer de cabello corto parecía que planeaba continuar con su interrogatorio, pero antes de que lograra articular media palabra, la puerta del despacho se abrió y Malfoy salió con unas carpetas en sus manos. —Necesito que le lleves esto a Potter, deja lo que estás haciendo... —ordenó el rubio, mirando a donde Astoria y topándose con la figura de su esposa. —No me habías dicho que tenías secretarias, amor —comentó Pansy con la voz llena de reproche y solo entonces la Greengrass calló en cuenta de con quien había estado hablando. ¡Merlín! Era Pansy, la que siempre había sido la mejor amiga de su hermana mayor, ¿y si la reconocía? —Es asistente y aún está a prueba —contestó Draco, sonriendo con arrogancia y dejando la carpeta que era para Potter en el escritorio de la chica. Astoria arrugó la nariz y fulminó al rubio con la mirada. ¿Como que a prueba? Estaba por rezongar cuando Pansy volteó a verla de nuevo y la castaña no hizo más que esconderse detrás de la carpeta que le acaban de dar. ¡Maldición! ¡Maldición! ¡Y más maldición! Parecía ser que se había levantando con el pie izquierdo ese día. Si Pansy la reconocía se le iba a armar en grande y ni hablar si hermana se aparecía también por ahí. Aunque sabía que tarde que temprano tendría que enfrentar aquello, entre más tarde era mejor. —Vale, igual no vine por eso —dijo Pansy, tomando a Draco por el brazo.— ¿Podemos hablar? —Claro —aceptó el rubio.— Y apurate con esos papeles, Murray —añadió, antes de entrar a su oficina, seguido de su esposa. Astoria bufó e hizo un montón de muecas, mirando con reproche la puerta de caoba que se había cerrado. Tomó aire y suspiró, poniéndose de pie para ir a llevarle los dichosos papeles a Harry Potter, por lo menos tenía algo más de tiempo para pensar en lo que haría con el nombre de su marido en esa lista... O-O-O —¿Que fue lo que pasó para que decidieras venir hasta aquí? —preguntó Draco, sentándose en su escritorio con tranquilidad, como si atendiera a un empleado más que iba a consultarlo por algo. —No es nada malo —respondió sonriente la pelinegra.— Pero me gustaría que me acompañaras a San Mungo —declaró. —¿Y ahora que te pasó? —el rubio enarcó las cejas y la miró de arriba a abajo. No, no le sorprendía el pedido, en una ocasión Pansy había aparecido para que él llamara a los desgnomizadores porque un gnomo la había mordido mientras paseaba por el jardín. —No te puedo decir, pero quiero que vengas conmigo —insistió la pelinegra. —Pansy, estoy trabajando —contestó seriamente él.— Pídele a Daphne que te acompañe, a Tracey, a Cleo, ¿qué sé yo?, incluso si quieres ir a sacar a Blaise de El Profeta, adelante, pero yo tengo cosas que hacer —sentenció. —Vamos, Draco —la chica hizo un puchero, amenazando con ponerse a llorar. —Dime por qué y le consideraré —declaró, comenzando a desordenar un poco su escritorio para que su esposa viera todos los papeles que ahí tenía. —Tengo un retraso —confesó, mordiéndose el labio inferior. —¿Un qué? —Draco dejó sus papeles y volteó a verla con los ojos entornados y el entrecejo fruncido. No, no estaba sorprendido. Su mente era muy rápida, no por nada estaba en el puesto que estaba, y sabía reconocer cuando las cuentas no le salían.— ¿Desde hace cuando? —preguntó ante el silencio de Pansy. —Dos semanas —respondió la pelinegra, quien percibía la antipatía de su esposo como un prematuro rechazo a la posibilidad de tener un hijo. Daphne se lo había advertido, debió de ir sola a hacerse las pruebas y luego llevárselas a Draco, pero siempre había sido algo atrabancada a la hora de hacer las cosas. —No puede ser —dijo Draco, mirando con seriedad a su esposa. —Draco, sé que no lo habíamos planeado, pero... —intentó decir Pansy, sin embargo Draco la fulminó con la mirada, haciéndola guardar silencio. —No puede ser, por el simple y sencillo hecho de que hace tres meses que no tenemos relaciones, Pansy —informó el rubio, arrugando los papeles que estaban en sus manos.— Tres meses atrás, cuando los Nott dieron una fiesta por el acenso de Theo —la aludida abrió la boca con asombro, como si ni ella misma recordara aquello.— No subestimes mi memoria, Pansy —gruñó. —Bueno, muchas veces... —baboseó, sintiéndose una completa idiota. Debió de hacerle caso a Daphne. —No me dirás que tienes ya dos o tres meses y hasta ahorita te das cuenta —ironizó Draco. Sus palabras sonaron burlonas, pero su mirada estaba taladrando a su esposa. Y es que, en el dado caso de que la pelinegra estuviera embarazado, la lógica le susurraba que en tal caso el bebé no sería suyo y la sola idea de saber que su mujer le había engañado, le hacía hervir la sangre. Muy independientemente que no la amara, el hecho de que lo hubiera traicionado cuando él pensaba que podía confiar en ella. ¡Maldita fuera! —¿No estarás insinuando que te he engañado, verdad? —chilló Pansy, poniéndose de pie de un salto, con los ojos llenos de lágrimas. —Dos más dos, son cuatro. ¿Qué no? —bramó el rubio, también poniéndose de pie, imponiendo su presencia ante su mujer. —¡No lo puedo creer, Draco! ¿Desconfías de mí? —le gritó la pelinegra, sin poder contener las lagrimas por más tiempo. —¿Y que demonios quieres que pienses si me vienes a decir que es posible que estés embarazada? —le dijo levantando aún más la voz. —¡Quería que te alegraras! —respondió, manoteando el escritorio de su esposo, tirando los papeles.— ¡Pero a ti solo te importa tu trabajo! —Deja de hacer berrinche, por amor a Merlín —el rubio tomó a la chica por las muñecas, intentando detener su ataque de histeria. —Es la verdad, solo te importa tu trabajo y tu sobrino, jamás has querido tener un hijo conmigo —lo acusó y aunque en otras ocasiones Draco le hubiera dicho que eso no era verdad y la hubiera intentando consolar con promesas y palabras cariñosas, en ese momento, algo en su cabeza le dijo que ya era hora de ponerle fin a todo. —No, Pansy, no quiero tener un hijo contigo, ¿contenta?, ¿eso querías saber? —le dijo con frialdad. La chica miró anonada a su marido, sus ojos azules estaban abiertos en su máxima expresión. —¿Qué? —alcanzó a decir con un hijo de voz, sin dar crédito a lo que acaba de escuchar. —Que ni siquiera sé si un día quiero llegar a tener hijos, pero en dado caso de que llegara a tener, te aseguro que no los quiero contigo —informó con seriedad, sintiendo como su corazón bombeaba con fuerza dentro de su pecho y las manos le temblaban un poco.— Porque no te amo —concluyó. Por fin lo había dicho. —Tú no puedes estar hablando en serio —susurró Pansy, retrocediendo con miedo, como si frente a ella estuviera algo terrible a lo que no se podía enfrentar. —Nunca en mi vida he hablando más en serio —aseguró él.— Y te digo de una vez que en dado caso de que estés embarazada, te corro de la casa, porque ese hijo no puede ser mío —sentenció. —¡Eres un estúpido, Draco! —le gritó la chica, haciendo algo que ninguno de los dos hubiera llegado a considerar horas atrás. Un seco «¡paf!» resonó en la oficina de Malfoy, dejando al rubio con la mejilla colorada y a la pelinegra con la mano temblorosa. Draco se llevó la mano a la mejilla que su esposa acaba de golpear, mientras la chica solo miraba su mano con espanto. Ninguno dijo nada, él se quedó ahí, mientras que Pansy salió corriendo del lugar. Todo aquello había pasado por culpa de un estúpido arranque de euforia. Ni siquiera estaba segura de estar embarazada, pero lo había deseado tanto que había olvidado por completo esos pequeños detalles que indicaban que posiblemente todo fuera culpa del estrés. Porque fuera lo que fuera ella siempre le había sido fiel a Draco, siempre. Sin embargo, ahora sabía que su amor y fidelidad no le habían servido de nada, porque él no la amaba. Salió corriendo del ministerio, llorando y maldiciendo. Se sentía tan tonta, tan estúpida y tan destrozada. Esa mañana cuando había mirado el calendario y hecho cuentas se había entusiasmado de más, nunca hubiera cruzado por su mente que todo terminaría así. O-O-O —No sé que hacer —suspiró Astoria, quien hablaba con el señor Weasley. Le había entregado los papeles a Potter y al regresar a su lugar de trabajo se había topado con el señor Weasley, quien la había interceptado para preguntarle por su ropa y al no poder contenerse más, había terminando por confesar la verdad. —Lo más sensato es que hables con Malfoy y le digas la verdad, él es el encargado de la Oficina de Enlace con Muggles y siendo que tu marido es un Muggle... —le aconsejó el señor Weasley.— Toma en cuenta que deben de modificar su memoria ya que él conoce nuestro secreto y además se deben de divorciar, ya que él no puede simplemente olvidar que está casado con un bruja mientras la ley muggle dice que está casado con una mujer —analizó el hombre pelirrojo. —Seguro que si le digo me va a correr por mentirosa —masculló con resignación. —No mentiste realmente, porque si estás casada —le consoló un poco Arthur, sonriendo de medio lado.— Aunque si estás en una situación muy complicada. —De eso ya me había dado cuenta —suspiró y se frotó el rostro. —Vamos, Astoria. Ve a hablar con Malfoy para que hagan algo al respecto, entre más pronto, menos complicadas serán las cosas —le animó el hombre. La chica titubeó, pero asistió con la cabeza. ¿Qué más le quedaba? Si no hacía algo seguramente que el ministerio la sancionaría por poner en riesgo el estatus del secreto y causar una catástrofe entre la cooperación muggle-mágica. Si, parecía estúpido que una pelea entre esposos pudiera conllevar tantos problemas, pero tratándose una bruja y un muggle, no sería la primera vez que eso ocurriera. ¿Pero por qué le había tenido que tocar a ella? Se despidió modestamente del señor Weasley y tomó rumbo de regreso a la oficina de su jefe para decirle lo que estaba pasando. Llegó frente a la puerta y se paró en seco. ¿Seguiría con su esposa ahí adentro? Hizo unas muecas y golpeteó el piso con su tacón. En tal caso de que la esposa de Malfoy siguiera ahí, sería una prudencia interrumpir, por el contrario, si ya se había marchado, no podía perder tiempo o atrasaría todas las misiones de desmemorizar de ese día. Se debatido mentalmente sobre si tocar o no tocar a la puerta, pero cayendo en cuenta de que fuer lo que fuera su jefe se molestaría con ella, no dudó más en tocar. Apenas golpeó la puerta escuchó el seco «adelante» por parte de Malfoy y entró. —¿Qué se te ofrece, Murray? —preguntó el rubio, quien estaba sentando en su silla y mirando el techo. El escritorio de Draco seguía siendo un desastre, tal cual lo había dejado Pansy y él no se había tomado la molestia de arreglar. Aunque Astoria observó el desastre, no se atrevió a mencionar nada al respecto. —¿Podemos hablar? —pidió la chica, permaneciendo de pie, frente al escritorio de su jefe. —¿De qué? —cuestionó, incorporándose para mirar a su asistente. —Sobre la lista de muggles a los que se les debe de modificar la memoria —respondió con nerviosismo. —¿Algo está mal con ella? —interrogó con fastidio, lo último que necesitaba en esos momentos eran problemas en el trabajo. Suficiente tenía con lo que acaba de pasar con su mujer. No tenía cabeza para más problemas. —Si —contestó Astoria, sintiendo como sus manos comenzaban a temblar. El rubio enarcó las cejas expectante, esperando que ella le dijera lo que estaba mal, mientras ella, abría y cerraba la boca sin estar segura de que decir. —Habla, mujer, no pierdas mi tiempo —gruñó exasperado ante el silencio de la castaña. —Ahí está el nombre de mi marido —dijo finalmente, cerrando los ojos con fuerza, como si esperara recibir un golpe. Draco hizo una mueca de fastidió y resopló. ¿Tanto misterio para eso? —Pues solo ignoralo y apurate a terminar las asignaciones, que vamos tarazados —le ordenó, pero Astoria no apreció tranquilizarse, al contrario, se puso más nerviosa al tener que explicar la situación. —Es que no entiende, él pone en riesgo el estatus del secreto, porque estamos separados —confesó con cierta vergüenza. Malfoy la miró de nuevo, aunque ahora lucía algo sorprendido en lugar de fastidiado. Esa mañana él hubiera jurado que su asistente tenía una vida tranquila y placida, hasta había llegado a envidiar a su marido y ahora resultaba que esos dos también se estaban divorciando. Vaya ironías de la vida, al parecer el matrimonio era un asco para todo mundo. —¿Se están divorciando? ¿Ya han metido los papeles en el ministerio muggle? —cuestionó. —No exactamente —balbuceó Astoria.— Cuando él se enteró de que yo era bruja me corrió de la casa y me dijo que quería el divorcio, pero desde entonces que no lo veo —declaró con aflicción al recordar lo que había pasado. —¿Hace cuanto de eso? —volvió a preguntar, más allá de que le interesaba saber la historia, necesitaba la información para tomar una decisión practica. —Una semana —respondió sintiéndose algo tonta. —¿Y por qué no vas a hablar con él? Quizás puedas solucionar las cosas —comentó el rubio con cierta ingenuidad. La verdad se decía más fácil de lo que se hacía, el mismo no era capaz de ir con Pansy en esos momentos, no después de lo que había pasado. Estaba completamente seguro de que ahora si habían terminado. —Hay muchas cosas que se pueden perdonar, pero el decir o hacer sentir a alguien que no se le ama, es algo que deja fisuras que no se pueden volver a sanar —confesó la chica con lagrimas en los ojos. Porque aunque aún quería a Damián, no olvidaría nunca esa frialdad con la que la había echado de la casa, como le había dicho que él no la había obligado a quedarse a su lado. Quizás estaba siendo un tanto orgullosa, pero sabía que algo así no se olvidaba y conociéndose, siempre le tendría resentimiento. —¿Entonces si te quieres divorciar? —cuestionó él, con sus ojos grises pendientes de las expresiones de la chica. Seguramente Pansy estaría igual, aunque con la diferencia de que Astoria no llevaba encima ni una gota de maquillaje, no tenía los labios rojos, ni los parpados brillantes, simplemente era ella y no negaría que se veía linda, a pesar de estar llorando. —Si —admitió con cierto dolor. Aún no terminaba de digerir que su cuento de hadas se había terminado. —Bienvenida al club —murmuró con ironía para si mismo, pues Astoria no lo llegó a escuchar.— Entonces, ve a terminar la lista, porque ya estamos tarazados y mientras iré a hablar con los de la Oficina de Enlace con Muggles. —Gracias —susurró la chica, sin atreverse a mirar a su jefe y poniéndose de pie para salir del lugar. —¿Cuantos años llevan casados? —preguntó antes de que la castaña saliera. —Un año —respondió, girándose a ver al rubio y por primera vez desde que estaba trabajando ahí, puso atención al porte aristócrata que Malfoy poseía. Ese porte que era el que hacía suspirar a las chicas desde el colegio. Sacudió la cabeza y clavó sus ojos verdes en el piso. —Entonces aún podemos borrar todo —declaró Draco.— Eso, claro está, si estás segura —dijo y Astoria estaba por contestar, pero él la interrumpió.— Piénsalo, porque una vez que modifiquemos las memorias de la gente que sabía de su matrimonio y borremos los registros del ministerio muggle, no hay vuelta atrás. Asotira asistió con la cabeza y salió del despacho. Se sentó en el escritorio y suspiró. ¿Estaba segura de quererle poner fin a ese matrimonio? No, no estaba segura de eso, pero si estaba segura de algo, ella no era una princesa, aquel no era un cuento de hadas y Damián sin duda alguna no era su príncipe, así que eso de regresar con él para vivir felices para siempre, ya no sucedería. La castaña se apresuró a terminar los nombres de la lista y mientras los escribía, un mago calvo y robusto entró a la oficina de Draco. El mago no tardó mucho en salir y ella tampoco tardó mucho en terminar el encargo de su jefe. Así que cuando el mago salió, Astoria entró con las listas para los desmemorizadores. —Aquí están —le informó la chica, entregándole las listas para los desmemorizadores. —Gracias —respondió Draco, tomando las listas y extendiéndole una carpeta color verde a la chica.— Ya hablé con el encargado de la Oficina de Enlace con Muggles y me confirmó que solo necesitas que tu esposo firme esto y nosotros nos hacemos cargo de borrar su matrimonio —informó con seriedad y con una frialdad que nadie hubiera creído que hablaban realmente de un divorcio, bueno de algo más allá de un divorcio. Era borrar una historia de dos personas que en algún momento se habían amado, por no decir que aún se querían algo. —Está bien —aceptó Astoria, tomando la carpeta. —Tienes hasta el viernes para tomar una decisión —le concedió Malfoy, pero Astoria negó con la cabeza. —Si me lo permite, me gustaría ir ahora mismo —pidió la castaña. El rubio parpadeó con cierta ingenuidad, de verdad que la chica tenía prisa por ponerle fin a su matrimonio. Ya hubiera querido él tener esa determinación para dejarle las cosas claras a Pansy. —Como gustes —aceptó él, encogiéndose de hombros y comenzando a firmar las listas de los muggles a los que desmemorizarían. Quizás cuando entregara las listas, él mismo se animaría a ir con Pansy a decirle que quería el divorcio, que fuera lo que fuera, ya era hora de ponerle final a esa mentira que llamaban matrimonio. No debía de dejar pasar más tiempo, de lo contraría se podía arrepentir y estaba seguro de que no habría otra oportunidad mejor que esa para poner el punto final. Draco observó como Astoria salió a toda prisa de su oficina, con la carpeta verde que era su boleto a la libertad. Tal vez él también debería de tener los papeles de una vez en la mano, aunque en su caso debía de ir con el inepto de Potter, que era el encargado de la ley mágica. Suspiró y se apretó el puente de la nariz, le comenzaba a doler la cabeza con tanta cosa, pero aunque sonara precipitado era ahora o nunca.Bien, aquí está el cuarto capítulos, ¿qué tal les pareció? ¿les gustó o no?La verdad no estoy muy segura de si lo estoy sobrellevando bien, porque ya incluso me he salido de la propia linea que yo me había planteado, pero pues siempre y cuando les guste, la continuaré :3Aunque seguirán siendo 7 capítulos, porque como dije: no me quiero extender mucho.En fin, siéntanse libres de comentar y decir lo que piensan, ya saben que todo es tomado en cuenta ^^¡Un beso enorme para todos y mil gracias por leerme! :3