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Los amantes de Hogwarts — capítulo 3

¡Aquí está el tercero capítulo!

En dos capítulos sabréis la reacción de los Malfoy, aquí está la de los Weasley.


—Y aceptaremos la consecuencias —repetí, como a modo de confirmación.

Nos hicimos otro beso y nos dirigimos cada uno a su Sala Comuna.

En las soledades de los pasillos del castillo, me preguntaba si había hecho bien con esta decisión. Era, por una vez en mi vida, una decisión que podía afectar gravemente. ¿Había hecho bien? Con alivio me acordé de que aún podía hacerme atrás.

¿Hacerme atrás? Mientras ya llegaba delante del retrato intenté hacerme fuera de la mente estas ideas. ¡Qué idiotez! El orgullo de los Gryffindores me lo impedía y por lo cuál, aceptaría las consecuencias que salieran de mis propios actos.

Pasaron los días rápidamente y, antes de que me pudiera dar cuenta, ya estaba en el Hogwarts Express de viaje de vuelta para pasar las maravillosas vacaciones de Navidad con mi familia.

Llegó el tren a la estación más o menos a la misma hora que siempre. Cuándo bajé, intenté reaccionar como siempre pero una parte de mí no podía hacerlo.

Llegué a casa y lo primero que hice fue estirarme en la cama y, mirando las nubes, procurar tranquilizarme. Me llamaron a cenar. Me estaba poniendo cada vez más nerviosa porque era mañana el día de Navidad y, por consecuencia, el día que decidimos que se los diríamos.

Recuerdo que aquella noche me la pase en vela, incapaz de dormir. ¿Quien dormiría cuando la mañana siguiente debía hacer algo como lo que hacía yo? Yo, por lo menos, no.

Me levanté de la cama —sí, había conseguido dormir— y me fui hacía la cocina, dónde había mi madre cocinando. Almorcé sin mucha gana, de hecho no tenía ni pizca, pero me obligué a mí misma hacerlo.

Un par de horas más tarde, nos fuimos a la casa de mi tío Harry y mi tía Ginny, que era dónde había las suficientes habitaciones para alojarnos a todos un par de días y era la más grande de todas.

Ahí había toda mi familia, ya, que estaba esperándonos. Un momento ideal para decírselo, pensé con ironía. ¡Me iban a matar!

El primer plato fue, como siempre, buenísimo. Canelones de pollo y pastas de patata. A Al nunca le había gustado las pastas de patata y James, sabiéndolo le había transfigurado el plato de canalones en pastas de patata.

Al cabo de una hora, las postras estuvieron encima de la mesa. No podía esperar más, al cabo de un rato todos se irían y perdería mi oportunidad.

Me miré la mesa y la gente que había sentado en ella. Como si fuera por primera vez, me dí cuenta de que todos los primos habíamos crecido y ya no éramos niños pequeños.

Ahora el mayor era Ted Lupin, que ya tenía veinticinco años, y la más pequeña era Roxane Weasley, con trece años. Los demás primos y primas estábamos entre ellos dos. ¡Dios, que rápido habíamos crecido!

—Tengo que deciros algo.

Toda la mesa me miró. ¡Rayos! Me subieron los colores a la cara y el desgraciado James hizo un comentario al respeto. Cuando conseguí calmarme, con voz neutra les dije:

—Tengo novio.

Mi voz no era de alegría, ¡claro que no!, porque aún faltaba que supieran quien era. La reacción de mi familia, ¡ilusos que no se esperaban el peor!, fue de alboroto general —sobretodo James—. Sentí comentarios por el estilo de "¡Ya era hora!" o "¿Cuanto tiempo hace que lo tienes?".

—Des de hace dos años y medio, James.

No se lo creyó, pero insistí tanto que terminó por creérselo. Hice una sonrisa forzada mientras esperaba, no sé porque, que fueran ellos los que me pidieran quien era mi novio. ¡Sin pregunta no se los iba a decir!

Mi abuelo me miro des de su puesto como jefe de mesa y me dijo, notablemente interesado:

—¿Y quién es el afortunado, Rosie?

Tragué saliva despacio, mientras pensaba en las cuatro palabras que tanto temía... ¡eran sólo cuatro palabras de nada! Levanté la cabeza y me miré a mi abuelo, mientras le decía:

—Scorpius Malfoy, abuelo Arthur.

Pasaron muchas cosas a la vez. La cara del abuelo cambió. Mis primas más pequeñas —Roxanne, Lucy y Molly II— se atragantaron con la comida o con su propia saliva, nunca supe con qué. A Lily le cayó la cuchara al plato, mientras me miraba con cara alarmada.

Louis y Dominique —esta última había llegado expresamente de Francia por la comida familiar— dijeron: *"Que dites-vous, Rosie?"*en francés. Victorie me miraba como si estuviera loca-loca por cerrarme en un manicomio y no dijo nada. Fred y James, que jugaban a Quidditch en la escuela y sabía mucho de la rivalidad entre ambas residencias, dijeron: "¡Cojones!" y "¿Qué?" respectivamente.

Al, mi querido primo —con el que me relacionaba más— me miró como si fuera una alíen y, cuando consiguió tragar la comida, dijo: "¿Y llevas dos años así?".

La reacción de los mayores fue distinta, pero algo por el estilo. Estaban todos callados, sin decir ni una palabra. Silencio y más silencio. Mi abuelo Arthur me gritó:

—¿Qué has dicho, Rose Weasley?