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Dulce Locura — capítulo 10

Mi hermana no había llegado cuando aparecí por casa. Todo estaba exactamente igual a como lo dejé, ya que fui el último en salir esa noche. Dejé la guitarra en la habitación, cogí de entre las sábanas el pijama y una muda, y me fui a dar una ducha.

Mientras esperaba a que saliera el agua caliente, me fui desnudando. Estaba demasiado pálido, tanto como cuando era niño y tenía que llevar esas camisas de mi padre para no exponerme al sol. También algo escuálido, sobretodo por los hombros, demasiado marcados. Y el pelo, totalmente enmarañado, por haber dormido en un sofá, no peinarme y tenerlo demasiado largo.

Comprobé la temperatura del agua y me metí en la ducha. Durante casi dos minutos, dejé que el agua cayera libremente sobre mí, empapándome por completo; entonces reaccioné y me duché en condiciones.

Cuando salí del baño, Paula acababa de llegar. Aún llevaba la mochila, además de varios folios entre las manos. Entró en su habitación, vecina de la mía, y luego, asomándose antes, en la mía.

-Espero que hayas aprovechado tu visita a la casa de Elena, que si no… -Paula era muy estudiosa, se esforzaba a veces a niveles máximos, pero también era muy distraída, y si yo no estaba pendiente de ella, podría pasarse toda la tarde mirando el movimiento errático de una molécula de polvo.

-Tranquilo, hermanito, tú confía en mí -se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas y los folios que llevaba en la mano entre nosotros-. Voy a exponerte mi parte del trabajo.

-¿Quieres que te ponga el proyector? -inquirí. Sí, tenía un proyector pequeñísimo en mi cuarto, lo utilizaba como proyector de cine cuando la programación televisiva era insufrible. Paula asintió.

Encendí el ordenador, quité la tapa al aparato y abrí el archivo del trabajo. Entonces, mi hermana comenzó a largar. Yo le miraba embobado, la verdad es que estaba exponiendo de forma coherente y sin altibajos, segura de sí misma. Si podía resistir la extraña mirada que yo le dirigía, esa que nadie es capaz de aguantar… superaría su miedo escénico.

El resto, el de su compañera, me lo explicó tímidamente, ya que ella no tenía ni idea de lo que Elena exponía. Eran dos partes totalmente opuestas, pero a la vez estrechamente unidas.

Al llegar la tarde, nuestros padres regresaron de la conferencia. Nos comentaron cómo era el pequeño pueblo al que habían ido, perdido entre las montañas de la sierra madrileña; el calor de los vecinos, tan agradables cada vez que mi padre les pedía que le explicase algún mito o leyenda de las que tanto había oído hablar. Mi madre nos trajo dos gorritos de lana hachos a mano, esos gorritos con una bola de pelo en la coronilla y dos trenzas que caen a ambos lados de la cara. Cuando Paula y yo nos miramos mutuamente, no pudimos esconder nuestras carcajadas y nos reímos el uno del otro. En ese momento, mi padre nos echó una foto con su cámara profesional.

-¡Os pillé! -rió. Nos mostró la foto, la verdad… era una situación muy vergonzosa-. Sabía que no podíais resistir sin reíros el uno del otro.

Ya de noche, me encontraba repasando varias asignaturas, las que tendría al día siguiente, y como no abrí la mochila en todo un fin de semana, tendría que apresurarme y estudiar un par de horas antes y después de cenar. Aunque esa noche, la última cosa que tenía en mente eran los apuntes… estaba totalmente perdido en el recuerdo de aquellos ojos marrones.