Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Dulce Locura · de

Dulce Locura — capítulo 9

Estaba sentado a medias entre el suelo y el balcón que daba a la calle, mirando a la gente pasar y retratándolas en una de mis litografías. No disponía de los medios estrictamente necesarios, pero… por ella, haría cualquier cosa. Sí… la conozco de apenas unas horas, pero tenía ese sentimiento que se apodera de ti cuando te reencuentras con alguien al que has querido mucho.

Me servía de apoyo la pierna izquierda, ya que era zurdo; aunque de vez en cuando soltaba el lápiz, y el cigarrillo que sostenía entre los labios ocupaba su lugar. Tenía de fondo composiciones que formaron parte de bandas sonoras, a un sonido suficientemente alto como para oírlas, pero sin llegar a ese volumen insufrible para el oído humano.

-Ya te dije que no deberías fumar -recalcó ella, mientras se acercaba y se sentaba paralelamente a mí, en la otra punta del balcón.

Callé durante un rato, me limitaba a calcar sobre el papel lo que mis ojos veían. Gracias al cielo, gran parte del dibujo era apenas unos simples esbozos, y pude borrarlos sin dejar marca. Comencé entonces a hacer un esbozo de ella, ya que me tapaba gran parte de lo que tenía pensado anteriormente.

-No te muevas -le dije rápidamente, cuando se disponía a marcharse de allí-, quiero que formes parte de esta litografía.

Desde entonces, en silencio, sólo roto por el ambiente de la calle y el continuo ir y venir de la gente, mi mano y mi mente se concentraban en calcar al máximo lo que mis otros sentidos percibían. Las quejas de los vecinos, el grito de una madre al ver una travesura de su hijo pequeño; los coches que pasaban demasiado rápido, posiblemente por culpa de un niñato engreído que acaba de sacarse el carné, y el caso contrario, el niñato que tiene un automóvil de lujo y va pavoneándose por todo el vecindario; el olor a rueda quemada, tan insoportable para mis sentidos, el olor a una buena sopa que reconforte al cuerpo en unos días tan fríos como estos finales de noviembre. La vista de un amanecer tardío, con sus tintes anaranjados mezclados con los fríos azulados, el sol que molesta y tu vista que huye de él; y la chica más hermosa que puedas imaginar, frente a ti, regalándote esa sonrisa que intenta ocultar, pero que sus hoyuelos le delatan; esa chica que aunque esté con el pijama más infantil que exista, te parece el vestido perfecto para pasar el día contigo, esa chica que se mete contigo, que te hace rabiar… pero que también se preocupa por ti. Y el tacto de un simple folio blanco, un lápiz nada fuera de lo común y una goma carcomida por el continuo uso, pero que al contacto con tus manos se convierten en los instrumentos perfectos para el dibujo más exquisito que tu mente pueda imaginar.

Un rato después, acabé la improvisada litografía. Un dibujo a base de rayas, puntos y algún que otro borrón en el fondo para dar sustancia a los reflejos del sol en la base de las nubes. Y ella, como parte principal del dibujo, casi tan perfecta como en la realidad, con su sonrisa escondida, y su mirada perdida en el infinito, esperando que su invitado acabe de una maldita vez el dichoso dibujo. Pero que calla y se queja en silencio.

-María -susurré, tenía la garganta completamente seca, como de costumbre. Ella se acercó y se sentó junto a mí.

-Es… -levantaba y agachaba la mirada, buscando diferencias entre el dibujo y la realidad- es precioso.

-Como tú -. En ese momento me di un bofetón mental, otra vez mi mente reaccionaba contra mí. Cuando vi su intención de devolvérmelo, se lo impedí-. Te lo regalo, ya tenía pensado dártelo, lo había hecho para ti.

Sentía como la sangre se me subía rápidamente a la cabeza, las orejas las sentía completamente ardiendo, cosa que hacía mucho que no me sucedía. Claro que… llevaba tanto tiempo solo y viviendo en la más completa oscuridad interior, un alma fría y rota… hasta que llegó ella y me recompuso.

En ese momento comenzó a hacer más frío, pero ninguno de los dos hizo amago de levantarse. Ella se sentó frente a mí, pero de espaldas, de forma que yo le daba calor en la espalda, y ella se recostaba en mi hombro. Sentía su respiración en mi oído izquierdo, lo que me ponía demasiado nervioso.

Y, de nuevo, el incómodo silencio.

Ambos mirábamos en completo silencio, anonadados por las impulsivas palabras que habían salido a borbotones de mis labios, el ir y venir de los vecinos. Y, de repente, me puse rígido. David, uno de esos traidores que me habían hecho el vacío y destruido durante meses, estaba frente a nosotros, mirándome con un gesto fríamente calculador, siniestro y odioso. Mi rostro no compartía la tensión del resto de mi cuerpo, pues permaneció neutral y sereno. Pero ella lo notó.

-¿Te ocurre algo, Rubén? -inquirió ella, alejándose de mí y dándose la vuelta, de modo que quedamos frente a frente-. Estás muy tenso.

-No te preocupes, estoy bien… -mentí, en mi fuero interno ardía de odio hacia esa persona. Me levanté de forma inesperada-. Debería irme ya, mi hermana está a punto de llegar y no quiero que esté sola.

Rápidamente cogí la guitarra y marché al rellano, cuando ella me frenó.

-Te olvidas la cazadora.

-Ya me la devolverás otro día -la atraje hacia mí, la abracé y le di un beso en la frente, justo donde mis labios llegaban- así tendré una excusa para verte, criatura.

-No vuelvas a llamarme así, niño… -fue lo único que pude oír con claridad, porque sé que me dijo varias cosas más, metiéndose conmigo, pero el sonido de mi propio corazón latiéndome en los oídos me impedía oír nada más.

Un par de minutos más tarde, de camino a casa y con las manos en los bolsillos del abrigo, encontré un pequeño trozo de papel con su nombre y su número de teléfono.

Sonreí, complacido, por la suerte que había vuelto a cruzarse en mi camino, por la felicidad que sentía en ese momento, algo que no me ocurría desde hacía ya mucho tiempo, quizá demasiado.