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Dulce Locura — capítulo 8

Los rayos del sol impactando en mi rostro y el olor a café recién hecho me hicieron despertar. Rodé sobre mí mismo, quedando boca arriba, en ese momento en el que estás en la barrera entre dormido y despierto.

Me pasé una mano sobre los ojos, como acostumbraba cada vez que despertaba. Sin embargo, me sentía extraño. Nunca había tenido un pijama de cuello vuelto. Abrí rápidamente los ojos y me encontré tumbado en un sofá, tapado por una gruesa manta y la chica con la que estuve charlando-peleando anoche. Toda la historia vino a mi cabeza: la pelea inicial, los insultos "niño" y "criatura", cantar para ella, el frío… y el agotamiento.

-Buenos días, Rubén -dijo ella, llevando una bandeja de desayuno y poniéndola frente a mí.

No sabía que responder, era como si todo mi vocabulario hubiera desaparecido. Sentía vergüenza y miedo, soberbia y altivez al mismo tiempo. Me incorporé totalmente, me crucé de piernas y ella se sentó frente a mí.

-Lo siento -fue lo único que pude articular con sentido.

Ella me miró, no sabía a qué me refería. Me obligó a mirarla, a lo que me resistía, ya me había dado cuenta, desde el primer segundo, que esos ojos castaños, tan comunes para la mayoría, me habían hecho perderme en lo más profundo de mí mismo, llevándome a esa actitud vergonzosa y soberbia tan contradictoria. Pero no tuve otra escapatoria. Castaño contra gris azulado con toques de castaño claro, una mezcla extrañísima de los genes paternos.

-Estabas demasiado cansado como para irte a casa, Rubén -punzada en el pecho, decenas de agujas clavándose en el corazón-, además, era ya muy tarde, ¿cómo iba a dejarte ir solo a casa? Por no decir… que te derrumbaste en el sofá nada más terminar la canción.

Durante la mayor parte del desayuno estuve callado, o apenas articulé palabra. Sentía algo en el pecho entre dolor y felicidad. Un equilibrio perfecto entre ambas, y sentía, que si abría la boca para decir algo, me desmayaría y la fiebre subiría a niveles máximos en mí.

-¿Te encuentras bien? Te noto demasiado…

-No… no te preocupes -traté de tranquilizarla, pero ella ya se había puesto a mi lado, puso una mano en mi frente para comprobar la temperatura-. Es algo normal, por la mañana siempre estoy algo decaído.

-¿Estás seguro? Creo que tienes fiebre -comenzaba a portarse como la noche anterior, en el momento en que comencé a meterme con ella-. Y yo tengo la culpa

-Y yo te digo que no, María. Anoche venía de un ensayo con mi banda, y eso nos desgasta muchísimo, por eso caí rendido. Pero como estaría solo en casa…

-¿Y eso por qué?

-Déjame acabar -ella agachó la cabeza, avergonzada como un niño pequeño tras una travesura-. Como estaría solo en casa, no quería llegar y encontrarme con la casa a oscuras. Mis padres están en una conferencia sobre arqueología, y mi hermana está en casa de una amiga. Y como por las noches suelo hacer cosas extrañas… y me pillaste saltando la valla.

-¿Así que eres músico? -inquirió.

-No exactamente. La música me apasiona, pero lo que realmente me gusta es el cine. Casi cualquier película con argumento coherente -en ese momento, un par de diálogos se me vinieron a la memoria-. Imagínate, soy capaz de recitarte varias escenas de películas sin equivocarme.

-¿Ah, sí? Cuéntame.

-¿Conoces "Closer" de Mike Nichols? -ella asintió-. Bien… la primera vez que se ven Alice y Larry, el hombre dice, "Ya sé que es una vulgaridad hablar de la obra en la inauguración de la obra, pero alguien tiene que hacerlo. ¡En serio! ¿Qué opinas?", y ella le responde con esta magistral intervención, "Todo es mentira. Hay un montón de bellas fotografías de desconocidos tristes. Y a todos esos gilipollas de lujo que tanto aprecian el arte, les parecen preciosas porque es lo que quieren ver. Pero la gente en las fotos está triste, y sola, pero las fotos hacen que el mundo parezca bonito, así que la exposición reconforta, con lo cual es mentira, y a todos les encanta una gran mentira"-había visto tantas veces ese filme, que me conocía todas y cada una de las palabras de su guión-. Tanto Clive Owen como Natalie Portman se salen en este largometraje.

-Parece que sabes mucho de cine…

-A falta de libros… buenas son las películas.

Durante casi toda la mañana, le estuve explicando mi amistad con la historia del cine, nacida allá por 1999 cuando vi, a la tierna edad de cinco años, el thriller de la década, "El silencio de los corderos". Lo había visto sin consentimiento, pero no sentí miedo ni repulsión durante su vista. Tanto Hannibal como Clarice me habían cautivado… cada uno a su manera.