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Dulce Locura — capítulo 11
El despertador sonaba con estrépito en mi cabeza. Le di un manotazo y volví a taparme con las sábanas, aunque no me quedé dormido. Eran algo más de las 6:30, la hora a la que siempre ponía el despertador para evitar llegar tarde al instituto, ya que fácilmente caía en la tentación de cerrar los ojos.
Me quedé un rato mirando el techo, tuve un momento de duda. *¿Verdaderamente podré hacerlo? ¿Tendré el valor y la sangre fría suficiente como para darles a todos el escarmiento que se merecen? ¿Podré hacerlo, y no ser reconocido?*Siempre quise ser una especie de salvador para todos aquellos que lo necesitaran, pero ahora, que me había concienciado para ello, sentía como si todo lo que había ganado en todo este tiempo hubiera desaparecido.
Sin embargo, recordé la cicatriz que me atraviesa parte del costado. Y no era precisamente de un accidente de moto, de bicicleta, ni tan siquiera una operación. Fue el resultado, junto con un brazo roto y sufrir los continuos ataques nerviosos que hacen que pierda el movimiento voluntario de la mano derecha, de una paliza a la edad de 14 años.
Pero yo no fui el único. Aquellos con los que mantuve una relación de amistad tiempo atrás, habían sucumbido a las enseñanzas de Julio, uno de esos repetidores que sólo se contentan con el sufrimiento de los demás, sintiéndose el dueño de todo el patio, el dueño de la vida de todos y cada uno de los chicos que estábamos en el instituto.
Yo, disconforme con la actitud de todos ellos, Julio, David, Pedro, Ángela y Clara, me sumí en mi autismo, hasta que ya no quisieron saber nada más de mí. No tuve otra opción, o estaba con ellos, o contra ellos. Y la única forma de salir de allí, sin secuelas, era la expulsión. Y lo conseguí.
Pero ya lo tenía todo preparado. Dentro de poco dejarían de hacer sufrir a todos aquellos que se les ponía por delante. Porque ya no era sólo en el colegio, ya formaban parte de una pequeña mafia que controlaba gran parte del pueblo. Les pedías un favor, y te lo hacían pagar con creces; y si eras su objetivo… mejor no hablemos.
Saqué mis futuras ocupaciones de la cabeza, y me levanté para prepararme. Vaqueros, camiseta y chaqueta, además de mis amadas deportivas. Preparé la mochila, y fui a desayunar.
Mis padres se iban cuando yo llegué a la cocina. Me dieron un beso rápido cada uno y me recordaron volver a despertar a mi hermana. Preparé el desayuno para los dos, y la obligué a levantarse de la cama y a vestirse de una maldita vez.
Cuando acabamos, saqué la moto de la cochera y nos fuimos en dirección al instituto. Fuimos de los primeros en entrar, aunque así nos quitábamos del frío que hacía esos días.
Al encontrarme con la clase cerrada, me quedé un rato en el descansillo de la planta baja. Llevaba puestos los auriculares, escuchando al azar las canciones del playlist. Miraba varios papeles de propaganda, en especial uno sobre clases de teatro, cuando alguien me chistó por la espalda. Me quité los auriculares rápidamente y me encontré a Álvaro y a Eva.
-¿Te vienes a clase? -inquirió ella.
Asentí y los seguí, la puerta seguía cerrada, aunque por poco tiempo, pues el profesor no tardó en llegar. Poco a poco la clase se llenó completamente, hasta 36 alumnos, y las horas lectivas comenzaron.
Química, Lengua, Matemáticas, Historia, Inglés y Biología fueron las clases de ese día. Intenté atender todo lo que pude, pero mi mente estaba en un lugar muy lejano de esa mesa y silla. Me llamaron más la atención en un día que durante toda la ESO, siendo el centro de atención de todos. Pero seis horas después, a las tres de la tarde, todo había acabado.
Esperé a mi hermana, la llevé a casa y almorzamos. Después, ella se fue a su habitación, a hacer los deberes que le habían mandado. Yo, por el contrario, estaba libre, pero sin olvidar la cantidad de exámenes que tendría dentro de nada. Me marché y llegué media hora después a mi trabajo, ayudante de fotógrafo… o fotógrafo, ya que siempre que yo trabajaba, estaba solo. Me llevé conmigo las asignaturas de Química e Historia, cosa que hice bien, pues apenas cinco personas vinieron ese día a por encargos o fotos en ese momento.
Llegué a casa de noche, mis padres ya casi habían terminado de cenar. Solté la mochila y mi madre me calentó la cena, viendo la cara de cansancio que traía conmigo. Cené sin apenas articular palabra, me encargué de fregar los platos y me fui a mi habitación.
Al poco tiempo, todos dormían. Aproveché y salí de casa, embutido en un vaquero, camisa y chaqueta negra, y unas botas con cualquier marca borrada. A mi hombro, un arco desmontable y media decena de flechas de madera y punta de metal, sin marca… todo borrado.
Me engominé el largo cabello, hacia atrás, de forma que no me molestase lo más mínimo. Caminaba en silencio, solo, de noche, hacia mi objetivo. No me costó mucho encontrarle, salía de una vieja casa, acompañado. Le seguí, y en cuanto estuvo solo, lo agarré por detrás, y le obligué a respirar el mareante olor del cloroformo.
Me lo llevé lejos, caminando por calles solitarias y mal iluminadas; hasta llegar a mi destino: una casa de piedra abandonada, en medio de ninguna parte. Lo acomodé en el suelo, impidiéndole la salida esposándolo a las dos picotas que había previamente colocado en la pared. Lo amordacé, y esperé a que despertase.
Media hora después, comenzó a dar respuestas de vida. Estaba desorientado, así que aproveché y me coloqué la máscara que solía llevar el fantasma de la ópera, aunque en este caso, sólo dejaba ver una mejilla, medio mentón y medio labio. Sonreí, y él miró asustado.
-Volvemos a encontrarnos, David -susurré.