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Dulce Locura — capítulo 12

-¿Quién… quién eres tú? -tartamudeaba.

-¿Quién? Quién es sólo una forma de la función qué, ¿y qué soy? Un hombre con una máscara -me acerqué a él, cada vez más asustado-. Querido amigo… ¿no me reconoces? ¿O es que acaso estás tan a la sombra de tu querido Julio como para moverte solo? Oh, que estulticia…

Alejándome de él, le mostré todo mi repertorio. Vaqueros negros, camisa sin cuello y chaqueta con cremallera negra, y guantes embutidos en cuero negro. Lo único que contrarrestaba mi oscura vestimenta era la máscara, y los fríos ojos que ocultaban.

Quise que recuperase la memoria, y que su ínfimo cerebro propio juntase las piezas y averiguase quién era. Con sólo mis extraños ojos, y mis citas literarias y cinéfilas tenía más que suficiente. Pero él no se daba cuenta. Qué desperdicio.

Saqué varios cuchillos de la cajetilla que llevaba en el cinturón, sobre la espalda. Eran pequeñas dagas con una R grabada al final de la empuñadura. Se las iba lanzando alrededor suya, para su sufrimiento y mi diversión, pues cada tiro estaba más cerca de mi objetivo.

-Dime, ¿has averiguado ya quién soy? Porque… se te acaba el tiempo -el filo de una daga le cortó parte del flequillo-. Te lo juro, a la próxima… no fallaré.

Me senté frente a él, en silencio, con una fría sonrisa en mis labios. Jugueteaba con la última daga, la sexta.Canturreaba para mí el Bolero, de Maurice Ravel.

Al rato, me harté. No me había reconocido. Opté por el camino más rápido.

Le obligué a mirarme, mientras con la otra mano me quitaba la máscara que me protegía la identidad. Soltó un grito ahogado cuando vio mi rostro, absolutamente neutro, frío y letal. Entonces me di cuenta de mi pérdida de humanidad. Veía mis gestos en sus castaños y asustados ojos, esperando para lo peor… Cogí con decisión mi daga, apunté a él…

-¡No lo hagas, por favor, no lo hagas! -rogaba una y otra vez, haciéndome sonreír-. Rubén, por favor… Necesito tu perdón… Yo… no sabía lo que hacía, sólo le seguía a él…

-No te creo. ¿No sabes por qué? -me levanté la chaqueta y la camisa, mostrándole la fea cicatriz-. No lloraste como lloras ahora cuando casi muero desangrado por tu culpa… por vuestra culpa. No. En aquella ocasión reías, con todas tus fuerzas. ¿Y sabes lo que tenía? Una hemorragia interna. ¿Eso era divertido? Para mí, no. Para vosotros, sí. Y me abandonasteis… tuve suerte de que alguien me encontró; me llevaron al hospital y me curaron. Pero… ¡quedé marcado! ¡Marcado para siempre! Y hoy… tú me acompañarás…

Preparé la daga, él cerró los ojos, empapados en lágrimas. Y la lancé… errando, a propósito, el tiro.

-¿Pensabas que todo acabaría tan fácilmente? Estabas muy equivocado, amigo mío… tenemos toda la noche -susurré, con una voz impasible.

Él gritaba socorro, pedía ayuda… pero yo le impedía gritar. Le amordacé, quedándonos en un silencio interrumpido por sus sollozos.

-¿Sabes? Me ha llevado meses prepararme para todo esto… Y ahora que te tengo aquí delante, estoy disfrutando tanto de tu agonía que no quiero matarte. Eres mi juguete nuevo, y no quiero perderte tan pronto -me puse en cuclillas frente a él-. El otro día, cuando me viste con esa chica… sí, te odié. Tanto o más como tú a mí. Pero, ¿qué odiabas, mi persona, o que estuviese acompañado? No la conozco apenas, pero por ella casi pierdo la concentración que tanto me ha costado conseguir para acabar, uno a uno, con vosotros. Pero he sobrevivido a ello. Si tuvieras un poquitín de cultura, conocerías la trilogía Memorias de Idhún; yo sería el frío Kirtash, o… Christian, como Victoria, su debilidad, y a la vez su punto fuerte, lo llama. Pero esta noche, David, esta noche… me siento Kirtash, el frío asesino. Y así te lo voy a mostrar.

Me levanté, lancé dos dagas; una a su rostro, cortando el trapo que le amordazaba, y el otro, un segundo después… directamente al corazón. Lanzó un grito… rápidamente silenciado.

Me lo cargué al hombro, y en el claro más alejado, a casi 15 kilómetros de nuestra partida, dejé el cuerpo. No había ningún árbol ni rastrojo cerca, por lo que lo rocié con gasolina, y dejé que una cerilla lo prendiera. La apagué, me la metí en el bolsillo, y borré las huellas que pude haber dejado. Me subí en la moto, y me marché.

Eran las 3:17 de la madrugada.