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Dulce Locura — capítulo 13

Volví a casa y me metí rápidamente entre las sábanas de nuevo. Dejé las botas en el lugar exacto donde las vi, y la ropa la dejé en el fondo del armario, en un pequeño hueco que nadie podía ver. Estaba tan cansado, que a los pocos minutos de reunirme de nuevo con las sábanas y las mantas, me quedé dormido.

A la mañana siguiente entré una hora después al instituto. Tenía Historia en la primera clase, pero era una asignatura tan aburrida que hace tiempo que la dejé de lado, al menos, algún que otro martes.

Así que eran las 9:15 cuando aparecí por el instituto. Tenía un aspecto más que deplorable, ya lo sabía antes de que la mayoría de mis compañeros se volvieran para mirarme. A mi lado, Álvaro, me enseñó una noticia a través de su móvil; cuando la leí, me quedé absolutamente paralizado. Aunque en mi fuero interno no mostraba un ápice de sentimentalismo. Habían encontrado un cuerpo quemado a 19 kilómetros del límite con el pueblo vecino. El cuerpo era de un joven, pero estaba totalmente quemado, lo que dificultaba su reconocimiento.

Esa noticia me tuvo ensimismado prácticamente todo el día; me había asegurado de no dejar huella alguna, pero siempre se podía escapar algo: una pestaña, un trozo de tela, del traje, sangre… cualquier cosa… y me convertiría en el principal sospechoso… además del asesino.

Esa tarde decidí dar una vuelta por los alrededores, en parte por dejar de sonar sospechoso, y por otra, en busca de un buen paisaje para el concurso de fotografía provincial que se acercaba.

-¡Eh, chico! -un hombre, mejor dicho, policía, me chistó. Me quité los auriculares, y le atendí-. Está prohibido venir por aquí, hemos encontrado pistas de un espantoso crimen, y no se puede estar a menos de varios kilómetros a la redonda.

-¿Es ése el chico que han encontrado quemado? -inquirí, fingiendo interés.

-Tiene más o menos tu edad, no lo sabemos con certeza. El cuerpo está demasiado dañado como para hacerle las primeras pruebas.

El buen hombre me explicó todo lo que habían encontrado, a cambio, le di pequeñas muestras para facilitarles la investigación. Les conté que le conocía, pero que no nos llevábamos demasiado bien; por ello, me llevaron a comisaría, y me hicieron un interrogatorio con más profundidad. Evité hablar excesivamente de mí, además de la pequeña banda con la que repartía su justicia, para evitar demasiadas pesquisas. Una hora después, salí libre. Me consideran testigo protegido, pensé.

Porque creían que el misterioso asesino volvería a actuar.

Pero no sabían cómo. Pensaban que seguiría la misma técnica, y ellos ya estarían preparados. Pero no habían encontrado nada sobre él: pelo, saliva, sangre, ropa, pisadas… era como si todo se hubiera evaporado.

Aproveché lo que quedaba de tarde para hacer las fotografías que había querido hacer un par de horas antes. Estaba atardeciendo, mi hora favorita del día, junto al amanecer, claro.

Me fui a uno de los puntos más altos del pueblo, desde allí, a lo lejos, vi una sombra de espaldas a mí. Me acerqué, y le tendí un pañuelo.

-Ten -le ofrecí.

Ella lo cogió, y le pude ver el empapado rostro. Era un niña pequeña, de apenas diez u once años, rubia, de cabello no demasiado largo y ojos castaños verdosos. Llevaba un uniforme de escuela, y el abrigo con el que se completa el uniforme de invierno. Cuando hubo dejado de lloriquear, le acerqué la cámara y la señalé con el objetivo, captando su silenciosa tristeza para la posteridad.

-Dime, pequeña, ¿qué te ha pasado? -quise que se desahogara.

-Yo… mi abuela… -tartamudeaba, y sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas, y con ello, los sollozos.

-¿Se ha ido? -la niña palideció de repente, un gutural sollozo rompió el silencio y yo la atraje hacia mí. Dejé que llorase todo lo que quisiera, y cuando se tranquilizó momentáneamente, hablé-. Yo también pasé por eso, y tenía más o menos tu edad.

-¿Qué… qué fue lo que pasó?

-Mi hermana y yo estábamos con nuestros abuelos paternos, así pasamos dos semanas, alejados de todo lo que ocurría en el hospital. Y recuerdo, un sábado, estaba tan contento jugando con mi hermana, que cuando vi a mi madre, con una media sonrisa, y la declaración: "La abuela se ha ido", yo sonreí, porque entendí que se había ido del hospital… a casa -mi voz se rompió, y mis ojos se llenaron de lágrimas. Callé unos instantes, en los que ella me miró-. Pero luego entendí lo que eso significaba. Y entonces lloré, durante todo el día… hasta quedarme dormido.

-Y ahora, ¿qué pasa?

-Tendrás que ser una niña fuerte para aguantarlo; no siempre vas a poder largarte y llorar lejos de todos. No pienses en los malos momentos, piensa en los buenos… sólo eso.

Conseguí que esbozara una pequeña sonrisa, que capté con la cámara y mi rapidez. Ese momento, a esa edad… todo es un mundo. Nos levantamos y nos fuimos de allí, varias calles después de habernos marchado, llegamos a su casa.

-Gracias por todo, Rubén.

-No, gracias a ti -y antes de que pudiera replicar-. Por las fotos-. Y le saqué una última instantánea con mi vieja Polaroid, la aireé y se la regalé. Espero verte en mi exposición… en persona.